Atletas humildemente grandes.
Hay una canción de Fito Páez que reza así: “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón, tanta sangre que se llevó el río, yo vengo a ofrecer mi corazón”. ¿Y qué más puede ofrecer una persona digna sino el corazón? La esencia, su mirada lozana y transparente, el estruendo de su voz atravesando montañas, alcantarillas y fronteras. Su sangre hirviente danzando al ritmo de un sueño, exigiendo justicia y defendiendo su derecho a existir, al libre albedrío, a la oportunidad. Su sudor derramado con sangre misma en la invisibilidad de las clases sociales, el racismo…


