Dos campos às cabines de TV: as meninas também jogam (e entendem de) futebol

Tradução do Revista Diálogos do Sul  Cheguei aos “campos do lago”, assim são chamados os campos de futebol que estão em frente à praia da Rua Montrose, e minha grande surpresa foi ver times mistos de meninas e meninos; não pude conter o pranto pela emoção, aquele instante para mim foi catártico. Na minha infância, tinha crescido brigando com moleques, desafiando-os com socos para lutar por meu lugar no campo. Diziam-me que o futebol não era coisa de meninas, que fosse brincar com bonecas e lavar pratos. Eu em resposta os desafiava e dizia que iam ver que eu não estava…

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Las niñas también juegan fútbol

Llegué en noviembre a Estados Unidos, para los primeros días de abril cuando empezaba a derretirse la nieve del invierno, salí a buscar trabajo a los campos de fútbol, llevaba conmigo mi título de árbitra de futbol avalado por FIFA y una carta de recomendación de la Federación de Fúbtol de Guatemala. Llegué a los “campos del lago”, así les llaman a los campos de fútbol que están frente a la playa de la calle Montrose, mi gran sorpresa fue ver a equipos mixtos de niñas y niños, no pude contener el llanto por la emoción, aquel instante para mí…

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La autenticidad de atreverse a ser

Uno se debe así mismo la autenticidad de su ser, de su pronunciamiento y de las acciones en su vida, con esto la responsabilidad de las consecuencias. Uno se debe así mismo la transparencia de sus palabras aunque el dolor, la rabia, la urgencia, la confusión, el desencanto, el trastorno y el vacío traten de engullirlas; para arrebatarnos nuestra única y última resistencia. Porque la palabra: es la sangre, la piel, la ternura, la lucha, el ímpetu que trasciende la historia del tiempo, porque viaja en el viento, que es la lozanía y el rescoldo del espíritu. La memoria. Lo…

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La soledad de la desolación

En cualquier país del mundo uno está solo, pero en Estados Unidos más. Es una soledad aterradora, que maltrata, que quema, es una soledad fría, que congela, que arranca la piel y que una y otra vez le dice al paria: suicidáte, nada vale la pena, vos mismo no valés la pena. Veo esa soledad todos los días, en las miradas perdidas de los indocumentados. Es una soledad como un abismo, como una hondonada donde uno va rodando, rebotando sin parar. Es la soledad de la desolación, la certeza de haberlo perdido todo.

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Culeada

Campante, estaciono el automóvil a unas cuantas cuadras del lugar, y salgo a caminar por las calles cercanas al Boystown, es verano y también es la fiesta de cuadra de la comunidad LGBTI en Chicago. Fiesta que no me he perdido en los últimos años. Es un ambiente maravilloso, de libertad y que   me encanta. Escenarios por doquier, arte callejero, organizaciones pro derechos humanos, ambiente queer, no apto para homofóbicos, es una pequeña feria para quienes disfrutan de la diversidad. Y cada año la espero con ansias.

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Fulanito

Corría el año de 1995 y ya eran los finales del ciclo escolar, cursaba tercero básico y le acababa de dar el   sí a un compañero de salón que me propuso que fuéramos novios. Me lo propuso después de una trompada que le propiné una tarde que a media clase se puso un espejo en el zapato y cada vez que pasábamos las mujeres de esa fila nos miraba la ropa interior. Nadie se había dado cuenta hasta que pasé yo y el sol que le jugó una mala pasada se reflejó en el espejo haciendo que este brillo me…

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Niño Arañero, de mi corazón

A Chávez lo reconozco en mi corazón, como el Niño Arañero. Lo imagino con sus dulces de papaya en el sur de la América milenaria, de la Patria Grande de Simón Bolívar y de todos los que creemos en la unidad de los pueblos. Un joven soñador que acariciaba alas de mariposas y veía en la fuerza del viento unicornios galopando, dirigiéndose hacia las grandes alamedas florecientes, mismas de las que habló Salvador Allende. Alamedas post dictaduras que tenían formas de yermos, ciudades devastadas, anhelos destrozados y generaciones sin memoria. Una Latinoamérica apta y readecuada para los planes de los…

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También fui Sancarlista

Recuerdo que en una de mis otras vidas, quise graduarme de la Universidad de San Carlos de Guatemala, universidad de mi corazón. La única universidad pública de Guatmala. Fue a los 12 años cuando la descubrí, íba con mi Tatoj a vender helados a una empresa de transporte pesado, a la zona 12, donde había filas y filas de tráilers estacionacionados esperando carga.

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La evocación

Voy caminando por la acera de la calle, me dirijo al supermercado, comienza a soplar el aire frío del otoño, de pronto escucho que llega de lejos, traída por el vendaval una melodía que pasa por la avenida y se marcha y vuelve y se va y regresa. Las piernas se me aguadan, esa música, esa música me pregunto, esa música de dónde la conozco; me dan escalofríos cuando escucho la letra de la canción, me agarro como puedo de la pared de una de las tiendas, me siento fatigada, no puedo caminar.   La melodía sigue sonando unas veces fuerte…

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El brazo largo, largo, largo

Me agacho a recoger el plátano que cayó al suelo desde la estantería,   y cuando me levanto me encuentro con un brazo robusto, largo, largo, largo, negro, negro, negro que alcanza un plátano de lo más alto de la estantería. Pasmada lo sigo lentamente desde la punta del dedo meñique, pasando por el hombro y el cuello rollizo hasta llegar a sus ojos negros, negros, negros y; bajo despacio, como en bajada de cuestona, por su nariz negra, negra, negra pasando por sus labios gruesos y carnosos, rojos, rojos, rojos. Un parpadear me despierta del embebecimiento y mis ojos buscan…

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