Covachitas de lepa cubiertas con papel tapiz

Parece día de verano,   me digo para mis adentros mientras tomo la cuerda, le pongo el brazalete y saco a caminar a la perrita en uno de los suburbios del norte del estado, caminar perros es otro mis oficios de inquilina en este país, el clima veraniego, así se siente en Chicago cuando en pleno invierno hay días raros, tan raros que parecen de verano: cielos despejados, temperatura primaveral y nieve derritiéndose en las aceras, el aire respirable sin que congele la nariz o la garganta.

Es un día así, y yo camino a la perrita mientras escucho música en mi teléfono celular, voy con mis audífonos puestos y deleitándome la voz de Soledad Bravo, un mensaje de texto me avisa que se quieren comunicar conmigo desde WhatsApp, abro la aplicación y leo:

  • ¿Qué onda Negra? ¿Cómo está el clima en Chicago? Me recordé que antes en las covachas poníamos papel tapiz.

Es la Soruya, una amiga de infancia que se comunica desde Guatemala. Y le contesto por mensaje de voz:

  • ¿Papel tapiz?
  • Sí, para que no pasara el aire entre la madera.

La Soruya está hablando de finales de la década del 80, cuando vivían en El Éxodo, en Mezquital. Cuando nosotros vivíamos en la capital, en la zona 8, en una vecindad cercana a la iglesia La Divina Providencia y que si agarrábamos la calle por donde aparecía la mara del Infiernito, al medio día, llegábamos directo a la entrada del mercado La Terminal por el lado de la Avenida Bolívar. Y si cruzábamos a mano izquierda bien nos podíamos ir por toda la Santa Cecilia hasta llegar a Don Bosco y de ahí cruzar a mano izquierda otra vez para tomar la Avenida Bolívar y regresar volando pata, vitrineando hasta llegar de nuevo al cruce de la Divina Providencia y regresar a la vecindad.

O bien irnos por la calle por donde aparecía la mara del Infiernito en la tarde, y llegar a la bomba de agua y tocar el portón y preguntar si nos vendían suero de vaca para hacer requesón y poelada. O agarrar la calle por donde aparecía la mara del Infiernito, y cruzar a mano derecho y salir a las líneas del tren, cruzar la Avenida La Castellana y llegar al zoólogo La Aurora y volar pata en toda la Avenida Las Américas, para luego regresar dándole la vuelta al reloj de flores y subir por la zona 9 hasta llegar de nuevo a la vecindad.

Para cuando nosotros vivíamos en la zona 8, la familia de la Soruya vivía en El Éxodo, Mezquital. Para principios de la década del 90 un arrabal llamado Ciudad Peronia que estaba recién nacido, se llenó de gente que llegaba de todas partes del país, buscando un sitio dónde levantar sus covachas y hacer un nido temporal con la ilusión de que se convirtiera en perenne.

Para cuando nosotros llegamos, mi abuelo materno y el albañil ya habían levantado el cuarto de bloques que fue nuestro nido, la nuestra fue de las pocas casas que era de bloques, Peronia era un descampado con covachas por doquier. Covachas de lepa y de nailon. Aquello parecía un refugio hecho a última hora que albergaba a cuando necesitado llegaba. Así fue que Ciudad Peronia creó su propia identidad con personas de distintas etnias y regiones del país que armaban sus champas en un santiamén, en los zacatales sin lotificar y hasta en los barrancos que colindaban con Las Terrazas y El Club, buscando la cuestona hacia Balcones.

La Soruya me envía mensajes de texto y yo contesto con mensajes de voz, y conversamos de la década del 90, sin mencionarla,  porque está ahí, intrínseca como nuestra identidad del arrabal, fue la década en que crecieron nuestras raíces entre lodazales, polvaredas y atardeceres color flor de fuego; con hambre y con alegría de calle, de calle de arrabal. Las calles de los arrabales tienen su propia identidad: parvadas de niños corriendo descalzos, desgreñados, con las caritas tostadas por el sol y con las comisuras de los labios llenas de frijoles secos. Candelas de mocos y canillas cenizas, son la identidad de las crías de las periferias.

La Soruya continúa:

  • Lo gracioso es que también nos compraban para forrar los cuadernos, del color que nada que ver con que había pedido.

La escucho y viene a mi memoria los días en la zona 8 cuando mi papá nos forraba los cuadernos de la escuela, cuando estudiábamos en la José María Fuentes, allá abajo colindando con las líneas del tren y que quedaba a un costado de la escuela de varones. Mi Tatoj forraba los cuadernos en la mesa de la cocina, nítidos, nítidos los dejaba, y él mismo les escribía nuestros nombres para que no se perdieran. Recuerdo el olor a cuadernos nuevos de principio de año, el olor a nailon y a papel lustre.

Le cuento a la Soruya que en la zona 8 nos los forraban con papel lustre pero cuando llegábamos a Ciudad Peronia y nacieron las otras dos crías y la escases de dinero nos hizo ir a vender helados, para ese tiempo nos tocó forrarlos con papel periódico o con papel de envolver tostadas.

Los textos de la Soruya se convierten en audios, y yo los escucho en mis audífonos mientras sigo caminando por con la perrita, los mensajes van y vienen, las voces viajan en el tiempo y la distancia, una distancia imperceptible cuando el afecto y el trato no ha cambiado, porque tiene la raíz del arrabal y de nuestros años de escasez y de alegrías compartidas.

Nuestras vidas tomaron sus rumbos, ella está casada  y tiene  dos niños canelitas finas como su tía Negra, mi sobrina pinta como yo, y mi sobrino juega fútbol, igualitos a su tía Negra. Y ella que no pierde la esperanza que un día le salga con la noticia de que la haré tía,  y yo que siempre la desahucio diciéndole que espere sentada porque primero será ella abuela, que yo perder mi virginidad…

Nos despedidos sabiendo que nos vamos a volver a comunicar en cualquier instante, vuelvo a la música y continúo caminando con la perrita, escudando a Soledad Bravo, saboreando la dulce miel de los recuerdos de arrabal.

Los afectos que estuvieron en los tiempos difíciles, en los tiempos de escasez, de hambre, de ira, de dolor, de debilidad; los afectos que nos vieron desnudos de alma, tan impuros y tan humanos y tan vencidos y que han permanecido ahí; inquebrantables, sosteniéndonos, acompañándonos, son los afectos que valen la pena y la alegría. Son los afectos que hace la vida más ligera y son esa belleza abstracta que nos hace sentir…

Para la Soruya, por la amistad que no ha sido capaz de secar ni el tiempo ni la distancia. Por la década del 90 en Ciudad Peronia, porque nos dio raíces fuertes y profundas.

Si usted va a compartir este texto en otro portal o red social, por favor colocar la fuente de información URL: https://cronicasdeunainquilina.com/2018/01/10/covachitas-de-lepa-cubiertas-con-papel-tapiz/

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com10 de enero de 2018, Estados Unidos.

4 pensamientos en “Covachitas de lepa cubiertas con papel tapiz

  1. Te podes imaginar que mientras leia tu narracio’n, vos insisti’as en los noventa para mi tus letras me transportaban a los sesenta que fue’ la decada cuando yo era nin~o-joven y fue’ la u’ltima decada que vivi’ en mi Guate. Los pasajes que mencionas son los mismos que yo visitaba. Como es la vida. Yo de nin~o vivi’ muchas bellos momentos con mi abuelo por esas areas. Algu’n di’a platicaremos de la zona 8. Saludos y gracias por transportarte a atraves de tus letras a mi nin`ez.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s