Treinta y cinco.

El primer trago de cerveza me lo tomé cuando andaba cerca de los nueve años de edad, de ahí pa´l real se me volvió sangre. Se me volvió costumbre de niña que iba a la tienda a comprar los litros de cerveza cada vez  que sus papás ahogaban su miseria en el alcohol, para olvidarla entre los brindis aunque regresara infernal en la resaca. Y fue tornándose en una adicción de espuma de malta. La tengo en la sangre y forma parte de mis glóbulos rojos, es la espesura de mi hemoglobina.

Así empezó mi soltura y afinidad por los bailes callejeros y las visitas a la cantina Las Galaxias rodeada de los 16 Hombres de mi Vida, nuestra hilaridad momentánea que festejábamos con música de Los Tigres del Norte en la rocola, unos cuantos brindis agridulces por la pobreza y los sueños que emigraban junto a las parvadas de loros que sobrevolaban las montañas verde botella que abrigaron mi infancia.

Y así entre la hielera de helados, las ventas de pupusas de chicharrón, atoles, choco bananos y choco piñas, pasaron muchos cumpleaños en los que deseé no haber nacido. Para no recordarlos me bajaba los números con botellas de cerveza a veces cuando me iba a pastorear mis cabritas y mis coches, los escondía en la arada, los pedía fiados en la tienda. En otras con Las Memorias de mi Infancia y los impostergables amores que ofrece la amistad verdadera. Pasábamos las botellas de boca en boca. Los bailes callejeros eran mi perdición, a la mayoría me iba escapada y me saltaba el tapial de abobe del patio en mi casa. Regresaba a deshoras con la resaca asomando que me quitaba en el momento bañándome con el agua fría del tonel de metal que teníamos en el patio.

Nunca me ha gustado celebrar mi cumpleaños, a decir verdad nunca lo he celebrado. Es fecha en la que durante muchos años me deprimí desde las vísperas. Para no sentirlo llegar me emborrachaba. Estar viva me pesaba. Me dolía tanto. No solo a mí, lo mismo sentían mis amigos de infancia. Poco varía la individualidad de la infancia de alcantarilla.

Las adicciones son mucho más que esos vicios de pandilleros y putas de periferia. Son el clamor de los anhelos que se evaporan cuando la noche es más oscura, que se escabullen entre los techos de lámina oxidada, las paredes de lepa podrida y las calles de lodazal.

Las adicciones de periferia tienen ese exclusivo sello que reconocen los parias más allá de las fronteras del tiempo y el espacio.

Y así llegaban mis cumpleaños y con ellos la amargura que se volvía nata en mi garganta siempre en silencio. Granos de sal que se deshacían solo con cerveza. Así se me fue la infancia y llegó la adolescencia, la época más tormentosa de mi vida, no por las hormonas y el deseo sexual sino por el carácter que se tornó infernal, insoportable. Me declaré abiertamente en guerra contra la vida. Ya habitaba mi atmosfera de luna y sol y era la terrible oveja negra de mi familia.

Ya me había acostumbrado a los distintos recursos de mi madre para sosegarme: cables de luz anudados, cordones de planchas, lazos trenzados, sartenes, hincarme en granos de maíz, ponerme a rezar mientras me partía los palos de escoba en la espalda y me hacía zumbar las orejas entre jalones de pelo e insultos que denigraban mi color oscuro y mi descaro de haberme atrevido a nacer. Su lema era que entre más fuerte me diera mejor entendería y aprendería la lección. Entre más insultos y entre más renegara de mi vida yo dejaría mi esencia para convertirme en una copia de mi hermana mayor, sosegada y obediente. Sucedió todo lo contrario. La rebeldía se instaló de tiempo completo y hasta el día de hoy no me ha abandonado.

Fueron perdiendo el encanto   las cuatro paredes que formaron nuestro hogar y me enamoré del monte y de los barrancos, del vendaval y de los abrazos de mis amigos, de las tardes de historias compartidas y de la cerveza que nos hacía llorar cuando el dolor se nos volvía coraza. Conversé de mis adentros solo con mis cabritas y mis marranos. El corazón se dio por desterrado y lloró sus penas en la soledad de su reclusión.

Así fue como la algarabía de mi adolescencia que se preñó de barrancos, lodazales, tardes de vuelos de barriletes, bailes callejeros, romances que duraban lo de una canción ranchera, y litros de cerveza, se fue tornando en un dolor agudo cuando a muchos de mis aleros inseparables les arrancaron la vida. Los que se los tragó el norte, la frontera y la limpieza social. Me fui desmoronando y me convertí en fragmentos inestables, emocionales, incomunicados y sombríos.   Y la edad de las mocedades estar viva se volvió una condena.

Me sentí culpable por no ser la hija que mi mamá deseaba, por no ser la hermana sensata, por ser la vergüenza de mi mamá. He renegado de mi vida en silencio la misma cantidad de veces que he brindado con una cerveza en la mano. Culpable por haber nacido. Y se me pasó la adolescencia y llegó la edad adulta, y la misma depresión se volvió feroz en cada víspera de mi cumpleaños. De pronto el silencio ya no aguantó más y me dio por cuestionar a mi madre, a culparla de haber decidido tenerme, la acusé de frágil l por no haberme abortado, la enjuicié una y otra vez por no haberme lanzado por el escusado. Por su forma de tratarme y por su desamor. Me sentí con la autoridad de juzgar su vida y sus decisiones, y con todo mi resentimiento la llamé cobarde, cobarde por haberme traído a una vida que hizo de mi infancia y adolescencia el infierno de mi existir.

Por no darme abrazos, por mirarme como escoria y humillarme una y otra vez y exponerme vuelta chirajos ante los demás. Por dejar mi piel cortada y sangrando cada vez que me agredía. Por las costras que se llenaban de podredumbre en mis piernas, en mi espalda. Por el odio en su voz. Por mis deseos intensos de reventarme la cabeza a golpes contra la pared, por las veces que lo intenté y por mis lágrimas calientes que anudaban mi garganta.

Por mi inestabilidad emocional, por mi frialdad. La culpé, la enjuicié, pero jamás renuncié a ella, jamás le grité, jamás la insulté, jamás devolví ni una astilla del rencor que me inundó tantos años, de la hiel que me bebí a copas llenas. Del odio que me amargó la vida. En cambio si he renegado de mi vida.

Jamás pensé llegar a  los treinta y cinco. Pensé que me quedaría en los dieciocho.

Hace un par de años que la depresión en las vísperas de mi cumpleaños desapareció, y en su lugar imagino a mi mamá adolescente, con los dolores de parto, con las yemas de sus dedos con las cicatrices de la flor de algodón, la imagino en la casa de mi abuela, bajo el torrencial de aquella tarde agosto, pujando, sudando, llorando de dolor, pariéndome, pariendo a la hija que heredaría su rebeldía y cuando sucede la cobardía me invade, yo no fui capaz de parir, decidí no hacerlo para no enfrentarme al juicio, para no sentirme retada y poner a prueba mi capacidad, mi amor y mi fortaleza.

La imagino ahí con la comadrona, Mamita y mi abuela, con el abuelo tío Lilo, pariéndome en aquella casa de adobe de un pueblo tan lejano que cuando llega agosto se llena del rojo del jocote corona y del amarillo de la flor de chipilín.

La imagino adolescente, una niña pariendo a otra. Y me duele. Me duele en el alma imaginarla niña pariéndome. En sus circunstancias de vida, en su miseria económica, apostándole a la adversidad y retándola. Entonces una correntada de amor me llena y respiro hondo y veo mi vida en el hilar de mis poros y comparo mi realidad con la de ella. Yo he tenido más oportunidades porque ella apostó por mí, aprendí a leer y a escribir porque ella retó a la vida y a sus circunstancias. Y aún así decidí no parir, para no verme en el banquillo donde yo la he puesto a ella tantas veces para juzgarla y reprocharle.

Entonces cansada de llorar, de ahogar mi dolor, me he dado cuenta que a mí en la vida no me ha tocado ni la cuarta parte de lo mal que lo ha pasado ella. Y me siento imbécil y culpable por enjuiciarla cuando yo no he tenido el valor de parir.

Hace un par de años que tomé ese teléfono y marqué su número, esperé paciente los segundos el día de mi cumpleaños a que contestara, ese día abrí mi corazón y se lo mostré desnudo, y le dije: Nanoj, ¿me podrías contar la historia de mi nacimiento? Y ella sonrió, se le quebró la voz y comenzó a relatar una de las historias más fascinantes que he escuchado en mi vida. De su vena viene mi habilidad para escribir historias.

Este año cumplí treinta y cinco y en las vísperas me senté en la noche oscura, encendí un candil y viajé en el tiempo a la casa de mi abuela para ser testigo de mi nacimiento y ver a aquella adolescente, llorar de dolor y sacar de sus entrañas a la niña que nació con suerte. No bebí, en cambio un remanso me invadió y sentí la plenitud de estar viva.

Me pregunto: ¿sabría en el momento de parirme que con la oportunidad que me daría para aprender a leer y a escribir me convertiría en una escritora y que mis letras viajarían por el mundo?

Para nía Lilona, con el orgullo  que siento de ser hija de una adolescente cortadora de algodón. Nunca pensé que llegaría este momento en  mi vida, que bueno que estoy viva para sentirlo en cada poro de mi piel y en cada palpitar de mi corazón.  Sea para vos Nanoj mi amor rebelde.

Ilka Oliva Corado.

Diciembre 01 de 2014.

Estados Unidos.

9 pensamientos en “Treinta y cinco.

  1. Comenzé leyendo y pensando en tu cumpleaños.. ya al inicio tus letras iban estremeciendo mi lectura…
    En la mitad, ya el pecho se apretaba…
    Al final, no supe que sentí..
    No sé si es hoy, o fue ayer, o será mañana.. sin embargo esta hora es justa para decirte Ilka: Gracias!!!.. gracias por ser y estar ahi un año más.
    Y, cuando hables con tu Madre.. susúrrale al oído que, muy al sur del mundo… alguien admira y agradece su valentia y vida.
    Abrazos!!!!

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