Una historia de alegoría atemporal.

Se lo he escuchado decir a tantas personas en distintos lugares: “lo único irrecuperable en la vida es el tiempo.” “Nunca el agua de un río pasa dos veces por el mismo lugar.”

Entre mi enojo con la vida siempre existió el reclamo de mi infancia trastornada; las pocas horas para dormir, la sobrecarga de trabajo y tener que luchar siempre contra la corriente para lograr salir del agujero. Ser invisible y no ser escuchada por más gritos que pegara. Pasar desapercibida y ser notada solo cuando subía la hielera de helados en mi hombro y los ofrecía con voz de vendedora ambulante, entonces era una de las dos niñas heladeras de la colonia. Terminaba la faena y sin el atavío de la hielera, era entonces más invisible que nunca.

Sin tiempo para realizar las tareas escolares, inventé mecanismos debido a la falta de tiempo y a la sobrecarga de trabajo, estudiaba para los exámenes con el cuaderno en la mano mientras limpiaba el chiquero y el gallinero, lo colocaba sobre una piedra cuando ordeñaba las cabras. En la casa que la educación nunca tuvo ni pena ni gloria los modales los ensañaba mi mamá a punta de chicotazos o de los rezos que preferíamos no escuchar, porque cuando empezaba no había quién la parara. El radio siempre encendido sintonizando la Radio Ranchera, así leía los cuestionarios que formulaba para acotar los párrafos que tenía anotados en el cuaderno, y entre canciones de Los Tigres del Norte, Los Cadetes de Linares, Las Jilguerillas y Ramón Ayala, me atravesaba las preguntas y las respuestas con la misma ligereza con las que me embutía las tortillas con sal para calmar el hambre ya que ni tiempo para sentarnos a comer teníamos. Eso de sopear el caldo de frijoles con tortilla era un lujo de los domingos en el almuerzo-cena después de entregar las cuentas de los helados vendidos a mi mamá.

La chispa para no perder el tiempo y aprovechar la luz del día y el sol de la mañana para tender la ropa, lavar en las madrugadas para que a eso de las cinco de la mañana ya estuvieran los lazos llenos con los pañales de los niños y la ropa de trabajo de mi papá. Labor exclusiva de mi hermana mayor. Lo mío siempre fueron los animales y todo lo que tenía que ver con el patio.

La encargada de ordeñar las cabras, conseguir la comida para los marranos, me tocaba después de vender los helados pasar de puesto en puesto preguntando por desperdicio de verduras y frutas. Llenar un costal y llevarlo en los hombros toda la subida del bulevar principal y entrar por la puerta del patio. Qué felicidad verlos masticar las cáscaras de sandía, melón y piña que me regalaban los de los licuados de la parada de autobuses. Y qué ganas de poder masticarlos yo también pero comprar una fruta era lujo que solo se nos permitía para navidad y exclusivamente para el ponche. La media libra de uvas siempre fue in privilegio y nos las comíamos despacio para no tener que vernos en la pena de tragárnoslas sin saborearlas, porque pasaría un año para volver a probarlas.

Qué lujo poder regar los dos jardines y abonarlos, sembrar las hortalizas y conversar con las flores. Qué inspiración perder la vista y los pensamientos en las montañas que dividen Ciudad Peronia de San Lucas Sacatepéquez. Ver aquellos volcanes en la lejanía y esperar noviembre para volar los barriletes desde la arada. Qué ilusión tan grande el eco de los barrancos repitiendo mis palabras de niña en la inmensidad del tiempo.

Crecer con una muda de ropa, un par de calcetas, zapatos rotos y dos calzones. No darle importancia a los sostenes que conocí hasta bien entrada la adolescencia. Añorar una bicicleta, pintar mis trompos con los pintauñas de mi mamá a escondidas suyas. Tener mis tiras favoritas para jugar cincos y escaparme para poder jugar pelota con los patojos aunque consciente de que al regreso la chicoteada de mi mamá era de ley. Por eso el fútbol es mi gran pasión, lo celebré, lo sufrí y lo lloré, lo viví con la inmensidad con la que se respira en la alcantarilla. Cada gol anotado al final de la chamusca era un chicotazo bien puesto en las piernas y las rodillas. Directa, no había pierde, darme en las rodillas y en las piernas para que dejara de andar potranqueando en juegos de varones. Y me revelé, nada ni nadie quitaría la pasión de mi vida así fuera la misma mujer que me trajo al mundo. Reté a mi mamá y la enfureció, “¿desde cuándo los patos les tiran a las escopetas?” Y me llovió sobre mojado. Pero la pasión sigue en mí. Es de lo pocos amores que he podido rescatar de mi infancia y mantenerlo conmigo.

En mi agobio con la vida siempre le reproché más tiempo libre, quería jugar, quería poder disfrutar de unos minutos del aire, dormir unos minutos extra, comer a mis horas, no trabajar como mula y no ser mamá siendo niña. Pero fui de las que les tocó madurar a pijeadas, a trabajo forzado y a cansancio añejo. A sueño retrasado y a penas de dinero, de tiempo y de emociones.

A causa de las circunstancias crecí bajo mi propia ley que ha incluido decisiones apresuradas, equivocadas, pero mías y mías también las consecuencias que he afrontado a pulso: tragando polvo.

Siempre he querido ser niña y recuperar mi infancia y en ese intento constante y tan complejo he visto pasar la vida, lejos, en otra vereda atemporal. He corrido a tratar de detenerla pero va con el tiempo que es irrecuperable. Y así he visto cómo mi cabello se puebla de canas, que son el reflejo de cada experiencia vivida y sigo luchando contra la memoria para recuperar imágenes, sonidos y olores.

Y así he visto pasar los instantes que por más que trato no puedo encerrar en mi puño.

Luchando contra el tiempo me he dado cuenta que me hice adulta y que aunque me fatigue intentándolo jamás recuperaré mi infancia, jamás volveré a ser niña, jamás podré vivir mi niñez a plenitud. Fue como fue y debo dejarla en el pasado. Dejarla en la memoria y darle paso al momento presente para que no se diluya y sea también irrecuperable. Quién dijo que crecer no dolía. Hace unos meses que he estado despidiéndome de la niña que quise ser, cerrando ese duelo que llevó tantos años.

Un día inmersa en la lectura de un libro me quedé pensando en cómo se hubiera desarrollado mi cerebro y mi inteligencia de haber leído desde niña. Luego pensé en que de haber leído y haber tenido otra infancia y mis circunstancias de vida hubieran sido otras, jamás hubiera escrito, porque empecé a escribir como catarsis. No sería poeta, no tuviera dos libros publicados, mis letras no viajaran por el mundo.

Un día también totalmente abrumada por el desconcierto de ya no ser invisible y ver mis células, mis venas, y mi tacto viajar por el mundo en cada letra escrita desde esta guarida donde me refugio de la vorágine del bullicio, me puse a pensar en que tal vez la rapidez con la que se propagan y llegan a lugares que jamás conoceré en la vida sea porque no soy una escritora letrada, con minuciosa preparación en la gramática y la cadencia y el sentido de lo que crea. Que lo que siento lo digo de golpe y con claridad.

Tal vez es porque los lectores se dan cuenta que no aparento, que mi trasparencia es la de los millones de niños que maduran a leñazos mientras trabajan a ritmo forzado y porque represento a todos aquellos que vieron migrar sus sueños, que los vieron ahogarse en la adicciones, que los despidieron sin ilusión de volverlos a encontrar.

Tal vez porque soy la fidelidad de la alcantarilla. Porque soy la esencia de los vendedores de mercado. Porque mi voz habla por el silencio de los millones de niños y adolescentes que a esta hora en la que escribo están trabajando con la ilusión de tener un libro para leer. Con la ilusión de ir a estudiar para aprender a leer y a escribir. Que están bregando la vida con el hambre a cuestas.

Porque nunca he negado lo que soy y porque lo honro. Porque también lloro la tristeza de la indocumentación. Porque al igual que los millones de parias toco puertas que no se abren y todos los días me echan en cara mi realidad indocumentada. Porque no sé aparentar y porque mi palabra tiene el dolor, la alegría y la fascinación del arrabal. Porque soy post frontera. Porque tengo infiernos que no pretendo ocultar. Porque mi grandiosa inestabilidad emocional es mi norte y mi sur.

Porque cuando tomo una decisión me tiro de cabeza sin esperar caer parada. Porque cuando extiendo mi mano es para ayudar y no para pedir.

Un día me puse a pensar que de no haber tenido una infancia sui generis con el privilegio de la precariedad, los miedos y los avatares de la periferia, estos avernos que me habitan jamás se hubieran dignado a salir y convertirse en mis alas que vuelan los horizontes, que salen de mi jaula para liberarse en el viento.

Un día me puse a pensar que de no haber crecido invisible, denigrada, en la carencia, que de haber tenido una infancia normal y cómoda, no sería poeta y escritora de las que nacen, de las que son reales. No expresaría la realidad de aquella infancia desdeñada que se esfuma en el tiempo y olvido.

Pensando en todo eso comencé a cerrar mi duelo y a despedirme de la niña para darme la oportunidad de vivir a plenitud el tiempo presente. Para honrarla siempre hasta el último instante de mi vida, consciente de cada etapa. Aún sigo en la despedida, duele tanto.

Pensando en ella que es mi norte y mi sur, me he negado rotundamente (aunque sí ha pasado por mi mente) a casarme por papeles y a que cualquier cabrón me coja las veces que guste, cuando guste y me ponga como guste, a cambio de darme un papel que me facilite la vida, la salida y entrada a este país.Y que me lo eche en cara las veces que quiera, humillándome.

Pensando en ella y en su precariedad, sigo teniendo una bitácora y me he negado a caer en las redes de los que pretenden hacer con mis letras su pasarela y su trampolín.

Para que esta mujer que soy siga honrando a la niña heladera que fui, es necesario dejarla en el pasado a donde pertenece y recuperarla en la memoria y en mis letras, cada que ella quiera visitarme en el presente.

Por ella, por lo que sufrió, por sus sonrisas contadas y por su carácter del demonio y su arrojo invencible, por su osadía de sobrevivir la frontera, y su aplomo para contar su historia de vida, tengo las manos extendidas esperando el instante en que me tope con un agente de migración y me espose, me ponga los grilletes y me deporte. Dormiré tranquila en cualquier catre y venderé helados en cualquier mercado. Porque todo pasa en la vida, porque no hay altura que sea eterna, porque lo único real es el suelo, la raíz, la soledad y el amor propio.

Y para agradecerle a la niña heladera la mujer que soy hoy en día, he decido dejarla ir y que salte feliz en los barrancos y riachuelos de la infancia honrada sin las penas del trabajo forzado, de las horas sin sueño y las responsabilidades de adulta. Para eso me convirtió en escritora, para escribirle una historia de alegoría atemporal.

Para: la niña heladera con el amor de escritora y con la nostalgia de vendedora de mercado. Sea para vos la honra de cada una de mis letras. ¿Quién dijo que las despedidas no duelen?

Nota: Este texto pertenece a la trilogía que componen los relatos: Infértil, Treinta y Cinco y Una historia de alegoría atemporal.

Ilka Oliva Corado.

Diciembre 02 de 2014.

Estados Unidos.

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