La Garífuna de aroma a coco tierno.

La primera vez que yo fui a Comapa  a conocer el pedacito de tierra donde nací tenía recién cumplidos quince años. Enloquecí. La Arada donde había jugado durante mi infancia se volvió miniatura frente aquellos potreros y laderas de la árida tierra de mis ancestras y ancestros maternos.
Casas de paja, de bajareque, paredes de adobe con techos de teja, el olor a la tierra mojada cuando aparece un chaparrón, ver la milpa en flor, las enredaderas de frijol camagua,  todo aquello en tamaño gigante, mi Nanoj intentó tener en el pedacito de jardín en Ciudad Peronia su natal Comapa  así es que crecimos las cuatro crías con las mañanas bañadas de aroma a culantro fresco, tomates maduros, guías de güisquil, de ayotes, pero nada se comparaba con la casa de mi abuela, de adobe grueso –del que ya no hacen- y techo de teja, corredor y horcones, vigas de donde  colgaba una hamaca. La cocina con su polletón, un palo  de guayabo rojo, el matasano, los palos de café, los izotales, el plumajillo… La laja sobre una horqueta.
Entonces bajé al sitio con mi abuelo  doce kilómetros por el camino real  y atajos, íbamos con matate al hombro cada uno, mi machete cuto,  y un cutumbo que llenamos de agua en el nacimiento de  la aldea Las Crucitas, en el mismo nacimiento  donde beben agua las bestias y los aldeanos.
Crecí escuchando las historias de infancia de mi madre y de mis tías: hablaban del guatal, de ir a aguar las vacas, de ir a sembrar y cortar arroz, de ir a hacer jabón de aceituno, de ordeñar vacas, de rajar leña, de lavar en las lajas de la quebrada.
Entonces conocí la quebrada de El Pino aldea donde vive la mayor parte de la comunidad Xinca de Comapa, los indios les llaman las personas del pueblo.
 
Vi la quebrada e imaginé a mis tías y a mi Nanoj lavando en las lajas, bañándose en las posas, secando ropa sobre las piedras y acarreando agua en cántaros.
En el primer mirador mi abuelo señaló el río Paz, Ahuachapán, El Salvador,  y el terreno donde mis tías y mi Nanoj iban a aguar las vacas, Las Crucitas, La Joya, Guachipilín, San Miguel, más allá en las faldas  del volcán Chingo el sitio donde sembraban arroz.  Sitio donde a escondidas destazaban las vacas los patojos de la generación de mi abuelo cuando el gobierno de Jorge Ubico reprimía a quién se atreviera a matar un pollo sin pedir permiso en la alcaldía y pagar cierta cantidad monetaria por la autorización.
Yo quise contar los kilómetros desde el mirador y no me dio la cabeza eran muchos,  pero sí imaginé a mi Nanoj con cinco años de edad perdida en el monte guiando las vacas al zacatal, la imaginé sembrando el arroz,  descalza porque tuvo zapatos hasta cuando entró a la adolescencia. De cinco años cociendo máiz y moliéndolo en la piedra de mano.
La tía que había emigrado siempre formó parte de las historias,  siempre fue parte de la nostalgia en el corazón de mi madre, siempre hubo un brindis, un salú por ella en: la fecha de su cumpleaños, en el día de la madre, en las navidades, en los años  nuevos. Esos días los ojitos  de mi Nanoj estaban más opacos que lo normal,  encendía una veladora al cuadro del Señor de Esquipulas y pedía por su hermana que estaba en el norte.
Cuando mi tía iba de visita a Guatemala con su esposo y sus hijos era la algarabía, es el retrato vivo de mi madre solo que en negro, mi tía es prieta azulada, mulata con toda la leche de la  herencia Garífuna de las ancestras. Un porte de yegua salvaje en su hábitat natural. En el matriarcado Corado hay seis prietas que abarcan tías, sobrinas y nietas.
Nunca sentí la misma armonía entre mi abuela mi tía la emigrada,  como la que existía  y sus otras hijas, con ella era distinta, recia, seria, fría. Hablaban muy poco, mi tía buscaba abrazarla y mi abuela huía en cierta forma o se veía obligada a devolver al abrazo debido a la presencia de yernos y nietos. Cuando  le preguntaba a mi Nanoj me contestaba que mi tía había sido rechazada desde que nació por mi abuela porque era negra. Así crecí escuchando esa historia. Mi abuela siempre lo ha negado pero es incapaz de verme a los ojos cuando se lo he preguntado. Yo soy negra y conmigo no hay rechazo alguno  o yo de tanto amor y vehemencia no me he permitido notarlo. Mi abuela es morena el canche ojos verdes fue mi abuelo –tío Lilo-.
Hace dos años inicié el contacto con mi tía Marina que vive en Tijuana, México. En un asentamiento, en una periferia, como vivimos nosotras en Ciudad Peronia. Tiene cuatro crías y ya es abuela. Aprovechamos la tecnología e hicimos contacto vía Skype, nos vimos las caras todos,  reímos y lloramos y nos enviamos abrazos y besamos las pantallas de los ordenadores imaginando que eran las mejillas de la otra, mi tía es toda dulzura no  hay resentimiento en su corazón,  es la nobleza andando, nunca ha sentenciado a mi abuela por su trato, por su rechazo, el nombre de mi tía Marina en territorio Peroniense, en sitio del matriarcado Corado es signo de guerra, de pólvora de dinamita, entonces las hermanas se dividen: dos la defienden con uñas y dientes –mi Nanoj y la tía Aidé-  y la cume toma el bando de la abuela. Arde Troya.
Un día me atreví a preguntarle de toda aquella historia e hicieron falta pañuelos de papel para secarme tanta lágrima, me tocó secármelas con  el revés de la playera, fue su catarsis, fue para mí haber descubierto por fin un mundo escondido durante décadas por mi abuela. Mi abuelo nunca tocó el tema, era algo prohibido, nadie tenía derecho a pronunciar el nombre de Marina en su presencia, mucho menos a cuestionarlo por su falta de amor, de carácter y de temple para defender a la hija que ayudó a procrear.
Le pregunté entonces si me dejaba contar su historia y me dijo que no,  porque le daba pena con la gente, le dije que mandara la pena a la cola del diablo, que se liberara, que lo soltara,  y fue hasta hace apenas unos meses que nació de su corazón autorizarme a escribir   pequeñas pinceladas de su infancia en Comapa.
Seguramente con esto me meteré en problemas con el resto de la familia, -por el qué dirán-  como me sucede regularmente al tocar temas escabrosos, pero es necesario cortar las cadenas… – Y las generacionales-.
Cuando nació fue rechazada inmediatamente por los ojos de la abuela que se negó a cuidarla por ser negra, entonces mi abuelo dormía con ella en el suelo de la casa  era su hermana mayor –mi Nanoj- quien la cuidaba y le daba leche de una vaca llamada Chilipuca –como yo-  y atol de masa con sal  porque mi abuela se negó a darle de mamar. Cuando cumplió nueve meses mi abuela se la regaló a su mamá, -Mamita- Abelina para que la criara porque ella no la quería,  un vestido era lo único que tenía y así la recibió Mamita.
Un tío hermano de la abuela le dio dinero a Mamita para que le comprara ropa, la tía creció cuidando las vacas que los hijos le daban a cuidar a su abuela, también hacía quesos y los vendía,  no creció en el pueblo sino en la aldea lejos de sus hermanas y hermanos.
La tía quiso ir a la escuela y fue a los nueve años de edad que la inscribieron para estudiar primero primaria pero tenía que ser en pueblo,  entonces Mamita abogó con mi abuela para que le diera techo y Mamita correría con los gastos económicos,  la abuela aceptó  pero en eso Mamita se enfermó y estuvo varios meses en el hospital en El Salvador y la estadía de la hija rechazada en casa de su madre se volvió obligatoria lo que  provocó que quien la parió explora en cólera y la agrediera física y emocionalmente, la tía no podía juntar fuego,  ni entender nada del mundo de la cocina porque su labor expresa era la de cuidar y ordeñar vacas todo el día. No podía tortear. Un día intentado juntar fuego   y tortear debido a la tardanza su madre molesta optó por agarrar  un tizón en braza viva y quemarle el rostro, los gritos de la niña alarmaron a uno de sus hermanos quien acudió en su rescate.  Le fue negada la posibilidad de estudiar en la escuela. Cuando Mamita regresó del hospital nuevamente fue a vivir con ella a la aldea Las Crucitas  -camino para San Miguel y más abajo el embrujo del río Paz-  y no fue hasta cuando cumplió doce años de edad que fue inscrita nuevamente para estudiar primero primaria en la escuela del pueblo, solo que en esta ocasión Mamita decidió rentarle un cuarto en casa de una señora en el pueblo para que viviera ahí de lunes a viernes y los  fines de semana  regresara a Las Crucitas, vivía en una choza de paja a escasa una cuadra de la casa de su madre, mi abuela Juana.
Para esos días nací yo, en la casa de mi abuela.
Mamita murió cuando mi tía cursaba quinto de primaria y tenía dieciséis años. Sus hermanos y hermanas se habían casado y vivían lejos de Comapa. Se reunió la familia para el entierro de  Mamita y preguntaron a la hermana rechazada quien quedó a la deriva, sin apoyo alguno de Tata  ni de Nana,  ¿con quién se quería ir a vivir? Ella decidió irse a la casa de su hermano mayor  -no tengo autorización para mencionar su nombre- , nunca imaginó lo que le esperaba ahí.
Fueron a vivir a Nueva Concepción con la promesa de que la ayudaría a terminar sexto de primaria, pero ya estando allá la abusó  sexualmente durante meses. Mi madre se la llevó a La Pangola, estando en la finca algodonera mi tía quiso irse lejos de donde trabajaba su hermano mayor y abusador sexual, entonces mi madre le consiguió trabajo limpiando una casa de una señora en la capital, el hermano abusador al saber que se iba su víctima corrió entre los surcos de algodón a tratar de bajarla de la palangana del picopito donde iba, alcanzó a golpearla en el rostro varias veces antes de que el carro aumentara la velocidad y fuera imposible bajarla. En ese momento la tía Marina sintió la libertad  y el aire cálido de Escuintla acariciando su piel.
Trabajó de sirvienta en varias casas, se enamoró de un hombre casado con quien engendraron un hijo, decidió emigrar sin despedirse de nadie, sí, ella tanto como yo vivimos en diferentes tiempos la experiencia de la emigración indocumentada en tierra mexicana.
Se fue sola, porque no tenía idea cómo estaría todo el trayecto, dejó a su hijo con una amiga su viaje fue en  autobús. Capital-Tecun Uman-Tapachula, Ciudad Hidalgo-Distrito Federal- Tijuana, Baja California. (Su Bella Tijuana) Sus únicos acompañantes, doscientos quetzales y un mapa hecho a mano por el amor de su vida.  Su idea era cruzar hacia Estados Unidos, pero estando en Tijuana se arrepintió y sin conocer a nadie decidió quedarse y sacar raíces en ese paso fronterizo, lejos de todo y de todos.
La gente del lugar la apoyó con comida, techo y trabajo. Llegó a Tijuana un 28 de enero de 1,989, -cuando yo tenía 10 años de edad, cuando recién nos habíamos mudado a Ciudad Peronia- el 7 de marzo del mismo año, la alcanzó el hombre su vida y padre de sus cuatro crías, él también dejó esposa e hijos.
Ambos trabajaron en un fábrica  y dormían en el suelo, rentando un pedacito de una habitación, comían todos los días sopas instantáneas para ahorrar para regresar a traer el hijo que dejaron y efectivamente regresaron a traerlo, él es el único de las cuatro crías que no nació en territorio mexicano.
Desde entonces la tía Marina es un mito en las conversaciones familiares, la hermana que emigró sin despedirse, la hija muerta para su madre y la mujer  negra, mulata,  honrada, noble y honesta que ésta enajenada tiene el honor  y el alma llena  de orgullo de pregonar que es su sobrina.
A usted tía Marina, mi Negra-prieta-azabache que me ha enseñado que ningún rencor vale  la pena como para cargarlo a tuto y autorizarlo para que nos haga trizas el alma y la existencia. La amo mi Garífuna de aroma a  coco tierno. Gracias por permitirme contar  parte de su historia.
 
Ilka.
Julio 11 de 2013.
Tabucolandia.
 
 
 
 
 
 
 

6 comentarios

  1. Sigo coleccionando tus artículos que más parecieran acuarelas que pintan todos los mementos de tu vida con trazos perfectos y un matiz de melancolía, con un diseños que solo se gestan en almas especiales. saludos

  2. Negra: razones de trabajo me han impedido divulgar diversa información como lo hacía anteriormente, pero continuó coleccionando sus artículos, hoy es un día de esos en los que la lluvia intermitente de éste país lo ponen aun más nostálgico, pero debo confesarle que la historia de su tía ha penetrado tan profundo que no he podido sostener las lagrimas que son producto de la impotencia por terminar con tanta incomprensión y racismo que hemos vivido en nuestras familias y en nuestro país.
    Un fuerte abrazo
    Jl

  3. Haroldo Mazariegos

    Como todas las historias humanas de Ilka, llegan al corazón y se quedan para siempre. Me agrada su estilo y su libertad para decir las cosas. Tengo una colección de sus historias, ojala pueda escribir un libro. mujer valiente hecha de madera de guayacán.. con aprecio.

  4. Es una historia muy bien lograda, pero es igualmente valioso que doña Marina pueda liberarse de esos fantasmas del pasado, como lo hace la autora que está notoriamente involucrada en todos esos acontecimientos. Un abrazo para esas dos mujeres hermosas.

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