Cándido amor.


Amanece, es una cálida mañana de agosto los finos rayos de sol se filtran por las rendijas de la ventana, Carissa voltea y ve a   Ipek  profundamente dormida  abrazada a su cuerpo.

Observa detenidamente cada centímetro de su piel, el color de sus cabellos y la respira inhala su pudor, su timidez, su olor,  con ternura  acaricia su rostro; sus cejas perfectamente delineadas, su nariz respingada y sus labios finos y delgados que horas atrás besó con  pasión, se detiene en la barbilla y se acerca tiene deseos de besarla nuevamente pero se detiene no quiere despertarla, quiere contemplar unos instantes más a su Diosa Egipcia.
Se arropa con la  piel  desnuda de Ipek, el bochorno del verano comienza a fugarse y Carissa se sumerge de nueva cuenta en la humedad de las sábanas. Besa los pies de su amada  sube lentamente hasta sus muslos, acaricia palmo a palmo  sus piernas finas y delgadas, se extravía  en su torso firme y  nada en el mar de su espalda desnuda y bronceada. La luz del sol le canta a la mañana  de agosto y  la humedad de la habitación  entibia las sábanas.

Observa dormir a  su   Diosa Egipcia que  respira lento y pausado,  su espalda desnuda es su cárcel y su desasosiego, es su perdición,  cada centímetro de su piel la lleva el borde de la locura. Acaricia su cuello y sus senos desnudos y despiertos los pezones que piden más fricción más deseo más pasión se entrega de nuevo al cuerpo de Ipek la joven egipcia que conoció en una exposición de arte hace algunos inviernos.

Carissa llegó a la exposición de arte con quien era su  pareja en ese tiempo un pintor de origen hindú, un bohemio enamorado de la vida del vino y  de las mujeres. Conocía el ambiente y a las amistades de su compañero de cama tanto como a sus amigas fugaces, ella no era la única con quien compartía los placeres de habitación. En cambio él era su oxígeno y su razón de vivir.

Perdidamente enamorada del pintor más famoso de la exposición Carissa conoció un sentimiento diferente cuando vio por primera vez a Ipek, una entusiasta joven egipcia aprendiz de pintura en oleo supo -después cuando las presentaron-.

La contempló, estaba sentada sobre un sillón  verde botella   alejada del bullicio con una copa de vino en la mano  observando  un cuadro de pintura abstracta al que después ambas no pudieron encontrarle  forma, ni sentido. Era una pintura del hindú que una amaba con locura y que la otra conocía apenas de nombre.

Después que uno de los organizadores de la exposición las presentó, ambas se sentaron en la comodidad del sillón verde botella, conversaron durante el resto de la velada, Carissa se olvidó por primera vez de vigilar al hombre que la engañaba con cuanta mujer cruzaba en su camino, el color de ojos de la joven le llamó la atención, la profundidad de su mirada y la desnudez de su alma que salía tímida cada vez que sus miradas se cruzaban de frente, algo tenía Ipek que la  hacía sentir desahogada, tranquila y relajada.

La confianza nació inmediatamente durante aquella velada, se compartieron los números telefónicos y los días que  siguieron se  comunicaban con llamadas, mensajes de texto y salidas al cine, a tomar café,  a caminar en las noches de luna  ó a patinar en la pista de la orilla  del lago que embellecía la ciudad.

Ipek veía en Carissa a una mujer insegura de sí misma, perdida de un amor enfermizo por un hombre que si bien estaba con ella también tenía otros deslices, un  hombre al que  Ipek  le conoció más de una chica de compañía,  hábiles amigas de alcoba y romances de medio día.  Veía en Carissa a una mujer de mirada triste y taciturna, a un ser que poco a poco estaba cavando su tumba, resignada a un amor que la encarcelaba.
Una noche de verano al salir del cine fueron hasta el apartamento de Carissa, no estaba el amor hindú como solía suceder la mayoría de noches de la semana, encendieron unas velas, abrieron una botella de vino y se sentaron a disfrutar los últimos minutos de la noche, con una segunda botella le dieron la bienvenida a la madrugada, amanecieron abrazadas sobre un sofá de  la sala.

Esa mañana Carissa terminó su relación
con el pintor hindú y se liberó del amor enfermizo que la estaba convirtiendo en rastrojo. Los días siguientes Ipek se convirtió en la visita regular de las noches de verano, leían novelas de Corín Tellado,  de Matilde Fournier   y escuchaban música de Vivaldi. Las noches se les pasaban en instantes, una pintaba en oleo y la otra la fotografiaba, Carissa era fotógrafa del Periódico El Eco de la Ciudad y también hacía trabajos especiales para pequeños reportajes de una revista de urbanidad, Ipek modelaba su dorso desnudo para el lente de la mujer que  le llenaba los días de alegría y las noches de un extraño placer.

El verano comenzó su lenta retirada y en una de las tantas noches de lecturas, pinturas y fotografías en blanco y negro, en aquel apartamento entró  por la ventana el escurridizo amor junto al deseo y la ternura.  Ambas no pudieron contenerse a la fuerza de un sentimiento que había nacido desde el día en que se conocieron, que silencioso la unía más,  y sus ropas cayeron lentamente sobre  la alfombra, sus labios se juntaron en besos suaves, sus pieles finalmente se encontraron, desnudas disfrutaron la belleza de la otra, las miradas se encontraron de frente y las manos se perdieron entre los cuerpos sedientos de caricias.

Carissa sintió  una tibieza desconocida  humedecer el centro de su cuerpo, su  piel  vibraba  como nunca antes, Ipek  bebió el manjar que emanaba de aquella oquedad sagrada  y lo succionó con tal sabiduría  hasta que escuchó a   Carissa  perderse en  un espasmo explosivo de plenitud.

Los labios vuelven a encontrarse y los cuerpos se siguen amando durante el resto de la madrugada. Carissa roza con sus labios  húmedos el centro de la flor de loto que tiene en sus manos, besa sus pétalos y el  pequeño ápice  que en instantes hace que Ipek descienda a otros mundos sumergida  y ensimismada en su propio gozo. 

La madrugada las vence en un sueño profundo.

Amanece  y Carissa observa a Ipek desnuda abrazada a su cuerpo y la acaricia con el sosiego de quien tiene toda una vida para amar. Ipek despierta y  cándida   se entrega plenamente  a la única mujer que puede leer a través de su mirada la dulce poesía que esconde en su alma. Llegarán otros agostos pero hay uno que no podrán olvidar.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Agosto 18 de 2012.
Estados Unidos.

5 comentarios

  1. Gracias Ilka, por esta belleza de relato.
    Por compartirnos su talento y por su visión de igualdad. Saludos desde Angola, Roberto.

  2. Que lindo amor, es lo importante en la vida. Gracias escritora por compartirnos su talento,
    Desde Galicia reciba mi completa admiración,
    Manuel.

  3. uyuyuyyyyy
    ese si que es amor!!!!
    que romantico……

  4. Negrita linda: Te felicito por tu historia de amor, con ese final tan especial. Digno de una buena escritora como tú. Besos, Chente.

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