Cantora.


“De mi adolescencia recuerdo el olor de los azahares, que es profundamente dulce. El otro olor que siento no es agradable y es muy penetrante, es el olor de la cachaza de los ingenios. La cachaza son los restos de la caña de azúcar”.
Ella es una de las mujeres de mi vida, hay tantas que  en tantos contextos. Ella en mi autoexilio en el folclore y en el amor a la raíz y a mi   herencia campesina.
Son pocas por las que deliro y amo, ella es una: Mí Negra Cantora.

En una ocasión me dijo un argentino cuando tocamos el tema de Meredes Sosa: “¿y vos la conocés, la conocés a la Negra? ¿Sabés de ella?”, le sorprendió que una guatemalteca y patoja en aquel entonces de 24 años, supiera de Mercedes Sosa.

Y cómo no saber de La Negra, su música, su esencia, su VOZ; única e inspiradora. En un principio lo que me unió a ella fue el dolor del exilio. Ese dolor agudo e insosegable, que está allí palpitante, que pareciera inconexo por momentos y en otros un hilo un lazo que mantiene unida a la nostalgia de la melancolía.

Y tengo tanto que agradecerle a mi autoexilio, ha sido mucho lo que he aprendido y superado –liberado- que ahora sé que fue necesario emigrar para conocer esta otra parte mía, y soltar el lastre que no me permitía respirar tranquila.

“Cuando en Europa hablan de Latinoamérica creen que es algo uniforme y yo he visto indios en Ecuador, Africa misma en el mercado de Bahía, vi las distintas texturas en los tejidos de cada tribu en Machu Pichu”.

Me partió en dos, hay un antes y un después en mi vida a raíz de mi estancia en tierra extranjera. Y de repente apareció Mercedes Sosa. Y no se apartó de mí. Sus discos y su voz acompañaron mis primeros años de autoexilio. Los largos días  limpiando la casa de mi jefa de ojos verdes, -preciosos- allí estaba  La Negra cantándome al oído, hablándome del silencio, del mito, del paisaje, de la opresión de los pueblos marginados, me hablaba del agudo espasmo que marca las horas y los días de quien vive en el exilio.

Me habló de Las Madres de la Plaza de Mayo, que ahora son Las Abuelas de la Plaza de Mayo: “todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos. A pesar de los golpes que asentó en nuestras vidas, el ingenio del odio desterrando el olvido,  a nuestros seres queridos…” –Víctor Heredia-.

“Es porque soy tan testaruda que todavía insisto en cambiar el mundo”.

En las mañanas nubladas de abril me cantó: “Mirar rasgado, patitas chuecas María va, pisando penas, arena ardiente María Va, calcina el monte un sol de fuego María va…”             me retornó a la memoria  de familia, e imaginé a mi padre cortando tabaco y cortando melón en los campos desnudos de Zacapa, cuando apenas tenía siete años de edad. E imaginarme a la manada de niñas que en las mismas circunstancias de María, también parían en medio de los tabacales orientales de la Guatemala de mis nostalgias.

De pronto me alegraba las tardes otoñales susurrando a mi oído La Canción de las Simples Cosas. Esa que habla de la esencia del al
ma, y del frágil amor a las cosas que un día nos marcaron, ese amor sublime que se lleva el viento, cuando sucumbís en la diáspora.

Cuando me dio por tirarme de cabeza sobre un abismo sin fondo, creyendo que sólo llovía sobre mi cabeza mientras a mí alrededor salía el sol. Me agarró de las orejas y me cantó a capela: “Sobreviviendo”, ese día supe de los dolores colectivos y de la memoria de un pueblo, de la lucha necesaria y constante. Ese día supe de lo trágica que resulta la indiferencia cuando no nos volteamos a mirar las carencias y necesidades de las demás personas.

“Yo sé lo que canto y para qué lo hago”.

Ella es una de las mujeres que  han marcado mi caminar, me tomó de la mano y me enseñó la vereda  ya por ella andada, para hacerme más fácil el trayecto y mientras me asimilaba extranjera, cantó y cantó hasta que logré liberar el lastre y me acepté en tierra extraña.

Un día de invierno me abrigó con Las Manos de Mi Madre, para que no extrañara el nido y el origen de mi  cepa: es una canción que asocio con las enormes manos de mi abuela materna y a  su paciencia para enseñarme el arte de tortear.

Por las noches de insomnio se acercó a mi ventana y deslizó entre las persianas las notas de Todo Cambia,  para que  bajo el manto de la oscurana estadounidense, no me aferrara a un pasado que de por sí me estaba atosigando la existencia, y que era impalpable.

En un instante de cólera y de frustración, me consoló con Gracias a la Vida, y con ella me presentó a Violeta Parra que en un instante fecundo me hizo Volver a los 17.  Cuando me mareé al observar la altura de los rascacielos que descansan frente al lago Michigan, afinó la voz y deletreó El Cosechero, entonces de pronto, me vi en la Pangola, observando el trabajo de hormiga que realizaba mi madre cortando algodón como una explotada patoja de las miles que trabajan en fincas y cañales  Del Patrón terrateniente.

Me enseñó a amar su Luna Tucumana,  y Al Jardín de la República: su Tucumán que también hice mío. En aquellos días grises de descontento, desengaño y desatino emocional, se sentó a mi lado con una taza de mate en la mano y me miró a los ojos mientras me cantaba: La Zamba para no morir.

“Hasta creo haber superado el momento halagador del aplauso para quedarme en la pura alegría del cantar, ahí́ encuentro yo toda la felicidad”.

Cuando me dio por extrañar las montañas que rondaban  la hoy inexistente aldea que albergó mi infancia en Ciudad Peronia, escuché de su voz taimada escaparse quejumbroso el llanto nostálgico de: “Ay Este Azul”.  Porque también es válido: llorar, gritar, arrepentirse, pero  no reprimir, guardar, ocultar, todo aquello que nos duela hay que dejarlo ir. Lleva su proceso, a mí me costó lo que llevo de tiempo de autoexilio. Juntas cantamos: “Serenata para la tierra de uno” y con ello abracé el recuerdo de una Patria que llevo en mi piel.

Mercedes me fue presentando poco a poco a todos aquellos miembros de la comparsa del folclore latinoamericano: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, León Gieco,  Violeta Parra, Víctor Jara, Víctor Heredia, Sabina, Serrat, Facundo Cabral, Alberto Cortéz,  de no haber sido por el buen tino de La Negra, yo estuviera hoy por hoy carente de aquellas letras, de aquella lucha a través de las artes y de la música, de la nota y la voz, del sentir y del bochorno, estaría ignorante de lo bello de un continente que respira moribundo, acongojado, mancillado, saqueado y violentado como lo es América, la Latinoamérica que hoy Calle 13 se honra en agradar.

Y sin embargo con lo grande que es, su humildad es mucho mayor, que ha derrumbado barreras, y comienza a atravesar las fronteras del tiempo y del espacio, es un ícono del canto popular y del folclore latinoamericano, un emblema del canto a favor de los pueblos oprimidos y originarios, de la mujer, del labrador, del campesino y de las criaturas que sucumben en la calle, de las guajeras y de los desaparecidos.

Mercedes Sosa es una Cantora, la única que reconozco como tal. Mi intérprete favorita. Entregada a la lucha con su arte y con su voz, ¿qué más puede hacer un artista sino compartir su obra? Ella nos ha regalado el trino del  sinzonte,  y el llanto de la mujer violentada. El eco sonoro de la memoria de las personas desaparecidas por la mano asesina de traidores. Comprende a la perfección el  paisaje que observa nostálgico el corazón de quien emigra.

No se ha ido, no para mí, ella sigue aquí, palpitando en mi corazón desterrado y es candil en las noches oscuras del otoño de mí andar migrante. Ella está aquí, cantándome como en  mis primeros años de autoexilio. Mí Negra, mí Cantora, nuestra Mercedes Sosa. De ir a Tucumán tengo, no me he de morir sin que conozca la tierra que la vio nacer y seguramente también caeré rendida a los pies de su Luna Tucumana la misma luna que baña los celajes de nuestra Xelajú.
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Octubre 03 de 2011.
Estados Unidos.

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