La Infancia desdeñada.



Hay tantas personas que con el paso del tiempo te marcan la vida. La infancia… en la infancia desdeñada, olvidada y explotada.

A los doce conocí a una familia en Rabinal,  los hombres de la casa campesinos, adultos, jóvenes y niños. Los varones tenían acceso a la educación  formal, eran las niñas las que se levantaban a preparar el desayuno, tortear y a arreglarles el almuerzo. A las seis de la mañana los mirábamos partir entre las veredas y los árboles de naranja. Ellas, a las edad de 5, 7, 9 y 12 años tenían sus labores repartidas. Las dos mayores a lavar la ropa de los hermanos al río. Las dos pequeñas a limpiar la casa, desgranar máiz y  darle comida a los animales. No era algo nuevo para mí, porque lo mismo hacía en Ciudad Peronia, con la salvedad que yo sí iba a la escuela y no lavaba en río  pero sí acarreábamos en tinajas de La Bomba Agua, porque desde siempre en Ciudad Peronia, el agua llega tres días a la semana por solamente cinco horas.  Aquel sitio que se convirtió en  nuestro hogar, también albergaba, marranas, cabras, perros, conejos, coquechas gallinas y gallos de pelea. La infancia me la pasé tomando leche de cabra: cuando las ordeñaba me tiraba sobre el suelo, panza arriba, abría la boca y dejaba caer el chorro de leche directo de la ubre de la cabra. La boca se me llenaba de espuma, recuerdo. También salía a “pastorear” las marranas y las cabras, me perdía entre aquella inmensa arada que hoy  se ha convertido en la colonia Jerusalén.

De aquellas niñas en Rabinal, que por cierto no hablaban castellano, y yo no hablaba su idioma, que monosílabos y con mímicas nos comunicamos el mes que estuve de visita en aquella aldea. De ellas aprendí a cortar anonas sin mallugarlas, -porque eran palizas las que le propinaban con el fuete de las bestias- a cortar manía y a hacer pepita de ayote, que consistía en: agarrar semilla por semilla y quitarle la cáscara, dorarlas en el comal y salir a venderlas en domingo, a la plaza del mercado central de Rabinal.

Cortar naranjas y echarlas en un canasto y a  ajenarlas sobre la avenida principal de aquel municipio. Probé por primera vez el frijol camagua en caldo de gallina y los tamales con comino, no digamos el pinol. A los 13 años,  ellas ya eran mujeres  que estaban listas para el matrimonio: según lo que me contaron y las tradiciones de su pueblo, a los quince seguramente se convirtieron en mamás, porque llegar a los 16 sin haber parido era considerado algo así como una  mujer insana. No sabían leer ni escribir.

A los quince cuando fui por primera vez a Comapa, conocí a Gamaniel  un patojo de ocho años de edad que trabajaba como ayudante de camioneta, hijo de padre alcohólico que violentaba a su mamá física y verbalmente, hermano de seis criaturas, su madre lavaba ropa ajena y él ayudaba con  lo que ganaba de su trabajo de ayudante. No sabía leer ni escribir, pero era tan listo, tan despierto y tan maduro. Que al verle su carita gretada, vos mirábas los ojos de un hombre robusto y fuerte como un roble. A esa edad, rajaba leña, iba al molino a hacer la masa, acarreaba agua de La Pilona y todavía tenía tiempo en las noches, cuando pasaba frente al sitio de mi abuela, y nos sentábamos a conversar, él me hablaba de sus sueños y yo, de cómo era la capital. Quería convertirse en doctor me dijo. Hoy en día es chofer de camioneta, con su trabajo les está pagando la escuela a sus hermanas. Aún no sabe leer ni escribir.

Liz: a los cinco años de edad ya era toda una guajera en Ciudad Peronia. La menor de cuatro hermanos: tres hembras y un varón. Hija de padre desconocido y  de madre  asaltante de domicilios, según lo que se comentaba en la colonia. Aquella familia, vecina de la cuadra en donde crecí, vivía en una covacha de lepa y nailon,  un solo cajón, que se agenciaba como cocina, comedor y dormitorio. La abuela, la madre, una tía y un tío, eran las personas adultas del hogar, nunca estaban en casa, las crías prácticamente crecieron solas.

Y eran de aquellas niñas lindas, con su cuerpecito bien desarrollado a pesar de comer sólo una vez al día, que me temía que en cualquier momento llegara un degenerado y las abusara: porque por las noches la covacha de llenaba de inquilinos de paso.

Los tres mayores iban a la escuela pública –la que está atrás del mercado- ella –Liz- se quedaba en casa.  Por las mañanas, agarraba un costal viejo y se iba de casa en casa, tocando puertas, ofreciendo ir a tirar la basura a cambio de cincuenta centavos.  Veinticinco le daban, y la mirabas toda la mañana jalando costales de basura en el trayecto del bulevar principal e ir a tirarlos al barranco que está cerca del mercado.  Una niña de cinco años. Con lo que le pagaban, se iba al mercado, compraba huevos, verduras y frutas,  se iba a bañar y a cambiar a su casa, y por las tardes-noches, la mirabas de casa en casa ofreciendo el producto. Tenía cinco años de edad.

Y cuando hablabas con ella, sentías que tu conversación la estabas haciendo con una patoja de quince años.

Un día, llegó la noticia a la colonia, al tío lo habían quemado con agua caliente una noche que intentó asaltar una casa, murió. La tía cayó presa por intentar asaltar en otro sector. Las hermanas y el hermano salieron de estudiar. A la mayor la embarazó un ayudante de camioneta que no se hizo responsable del hijo. Su hermano se convirtió en un respetado jefe de mara en una colon
ia de la zona 21.  La otra hermana es madre soltera de tres criaturas y trabajaba en la misma labor antigua de su madre y la más conocida por el mundo a través de la historia.

Ella: es esposa de un respetado jefe de mara en no sé qué colonia marginal. De aquellas criaturas con las que compartí mi infancia guardo el recuerdo, de sus días en el abandono, sus miradas perdidas y el empañoso sueño y anhelo de un futuro distinto: que no pudieron lograr. Los conservo así, en su infancia desdeñada, con sus pieles gretadas y sus noches sin luna.

En la misma colonia vivía –vive- Mariana, de aquellas niñas enfermizas, por el polvo, por el frío, por la lluvia, cualquier viento siempre la tiraba en cama, era de llevarla de emergencia al centro de salud de la colonia. Su madre analfabeta y su padre un lustrador de zapatos en el Parque Central de la capital.

Cuatro crías, ella la más pequeña: la cume. Su madre se prostituía con un vecino de la cuadra, divorciado, vivía solo y el que en mejor condiciones económicas estaba del sector. Medio Ciudad Peronia lo sabía, menos sus hermanos y su padre. Su madre lavaba ropa ajena, vendía jugos de naranja en las madrugadas en la parada de buses, pero  con el salario de su esposo y el de ella no lograban juntar para solventar la educación de las crías.  Fue así que su madre decidió llevarla a esos encuentros con su amante. La dejaba sentada en la sala de la casa del vecino divorciado, mientras ella entraba a la habitación a satisfacer al que media hora después, le pagaría la módica cantidad de cincuenta quetzales.

Cuatro veces por semana, durante doce años en el mismo sillón, escuchando los ruidos provenientes de la habitación sin puertas: su madre vendiéndose para  poder pagar la educación de sus hijos.  

Hoy en día aquella niña enfermiza, está por graduarse de Auditora en la universidad de San Carlos de Guatemala. Ella se ha costeado su estudio, vendiendo jugos en la parada de buses de Peronia. Dijo que no quería saber que su madre se vendiera para que ella lograra optar a la educación formal, fueron suficientes los doce años que pasó tragándose la cólera y las lágrimas sentada en aquel sillón. La primera en lograr tan alto nivel en la educación superior, en la familia de su padre y de su madre. Y la conozco y tengo el orgullo de ser su amiga.

La infancia…  nos marca.  Pienso en aquellas criaturas guajeras, ¿qué pensarán? ¿qué sueños tendrán? Las niñas violentadas por sus padres, las abusadas sexualmente. Esos niños que mirás en los semáforos. Las niñas que mirás prostituyéndose. En Puerto Quetzal y en Puerto Barrios, abundan las niñas  no mayores de doce años, vendiéndose a los choferes de tráiler, a cambio de un almuerzo.

Pienso en aquellas que en este momento están siendo víctimas de la trata de blancas. A los niños que son abusados, a los que en este momento están trabajando a cambio de ningún salario. A los que venden periódicos. A los que huelen pega, a los que se están inyectando algún tipo de droga. En las niñas que están pariendo víctimas de una violación.

En las que tienen hambre y frío, las que están en los hospitales, víctimas del maltrato intrafamiliar. No es un juguete lo que les hace falta, no. Es una caricia, la mano amiga, un  hombro, un consejo, una mirada, una herramienta, una oportunidad. Porque a la infancia desdeñada es nuestra indiferencia como sociedad la que la está matando: no de hambre sino de olvido.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Octubre 01 de 2011.
Estados Unidos.




  




2 comentarios

  1. Me estrujaste el corazón! Es una diaria realidad de la que ninguno estamos concientes.

  2. Estimada negrita: Pintas un cuadro que parece fantasía, pero es una triste realidad que se da en nuestra patria, gracias a la pobreza, a la falta de educación y la irresponsabilidad de los padres.
    Por un momento me hiciste recordar los nueve meses que pasé en Rabinal, cuando era joven, por razones de trabajo. Besos, Chente.

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