Carne en Amarillo.

Es viernes por la tarde, recién he salido  de trabajar,   la temperatura de los últimos tres días ha estado congelante,  un frente frío ha entrado a la Ciudad de los Vientos,  ha nevado durante cuatro días: agua-nieve, nieve espesa, lluvia tipo granizada, y el  factor viento no ha ayudado en nada,  ha amanecido una enorme plancha de hielo, que ni echándole sal se derrite, es muy peligroso para caminar y contimás conducir un troncomóvil. 

Los guantes de lana ya valieron pura estaca, en enero se utilizan de lana por dentro y enguatados, impermeables por fuera,  te arden las orejas al caminar media cuadra, el choreque se te congela y después resulta que ni hablar podés, si salís con el pelo mojado en menos de un minuto se te congelan las crines, comprobado:  me sucedió en enero de  hace algunos años, de machazaza, salí con  la colochera mojada a encender el troncomóvil,  y cuando me vi tenía aquella murushera congelada, sí,  ¡el agua que había en mi cabello  se había convertido en hielo! Eso sucede en enero y febrero, justo para estos días.

Ahora, ni estando en mi tercer día de goma salgo con el pelo mojado. Mi troncomóvil tiene  quince minutos de estar  encendido, me trepo, busco  una tarjeta telefónica, me enchuto el manos libres en  una oreja y  marco el  número de la casa, comienzo a  conducir, son  casi las seis de la tarde,  oscurana total desde las cuatro, el ocaso con sus colores rojizos se ha petateando  temprano. El teléfono sigue timbrando, voy manejando pianito, atenta al freno y los giros, con el hielo en la carretera el pedal es traicionero. Cuando de repente, escucho: ¿Aló?  Es la voz de mi progenitora, mi corazón cambia de revoluciones. La he llamado para preguntarle la receta de la carne en amarillo, me la sé de memoria y ella sabe que me la sé, pero es un juego entre nosotras, yo me hago la que no tengo idea y ella finge deletrearme los condimentos y los pasos  a seguir.
─ ¡Nanoj! ¿Cómo  estás¿ ¡desde éste lado te saluda tu consciencia!
Se suelta la primera carcajada.
─ ¡Negra!

─ Te llamo para pedirte la receta de la carne en amarillo,  quiero revivir “a la luz de tus ojos”  el invierno la tiene de bajón,  y vos ya sabés que mis aleros son el pepián y la carne en amarillo. Pero se me olvidó la receta, ¿será que vos me la podés dar? – La luz de sus  ojos es mi hermana-mamá “La Pelu”-.

Cambia su tono de voz y me la imagino hasta haciendo los ademanes cuando habla de la cocina.
Va, ta’bueno.

Y comienza aquella mujer a hablar de tomates, miltomates, pepitoria, bolobique, ajos…  y desmenuza la preparación, “se pone a hervir aparte… tal  y tal cosa… luego si  tenés achiote o bijol… le agregás tal cantidad… que no se te olvide las hojitas de laurel y tomillo…

─Nanoj, ¿y si me sale muy ralo el recado?

─ Ah, eso es fácil… le agregás  miga de  pan, o un pan francés tostado, o tortilla tostada, los licuás, porque allá no tenés piedra para molerlo.
Entonces recordé que en la casa, aunque hay licuadora todos los condimentos para los recados los hacemos en la piedra de moler de mi mama,  que tiene desde la edad de Tatapalo.

─Mmm Nanoj, aquí las únicas piedras que hay son las que le ponen a los jardines, vieras son de río y encima todavía les dan forma… para que se miren fifís, ¿podés crér? Tetuntes hasta el sol de hoy no he visto, ni arenilla para lavar los platos, tampoco Fodidol ni peine saca piojos. Saber si habrán piojos aquí vos, y de seguro han de ser canches.

Escucho la segunda carcajada de mi mama.

─ ¡Patoja bruta! ¿De dónde tenés vos tanta imaginación¿

─ Del cruce mama, del cruce.

Siempre en la casa cuando  algo sale mal hecho, escucho a mi Tatoj decir; es que el cruce con los Corado salió mal, yo tuve que haberme buscado otra esposa, y enseguida va la réplica de mi Nanoj, ¡papo!, el cruce lo hice mal yo, con el Oliva, familia de sobados. Así que los hijos decidimos que ni los Oliva ni los Corado, la culpa siempre sería “del cruce”.

─ ¿Sabés? “La Pelu” dice que tengo tu sazón, para los recados y los tamales: ¡
100% Comapa!

─ ¡Pecado fuera si naciste allá!

Me la imagino inflando el pecho pura gallinita inglesa al  igual que yo cuando dice Comapa.

─ Es que siempre  me anda llorando que le cocine pepián o carne en amarillo, y como mañana le toca trabajar temprano, cuando regrese a medio día la voy a sorprender con la carne en amarillo, y también compré Maseca para echarle unos sus pishtones, voy a hacerle fresco de pepita.

─ ¿Te recordás?

Sé perfectamente a qué se refiere con eso.

─ ¡Claro mama,  las vivencias nunca se olvidan!

Sigo  conduciendo, a vuelta de rueda, ha comenzado a nevar,  hay camiones  por doquier regando sal en las calles y estacionamientos,  también en los zaguanes de las casas.

Mi cuerpo está allí pero mi imaginación me conduce hacia los años mozos, a los de penurias económicas…

Mi fascinación por los recados y el caldo de costilla es de locura.
Me regresa al presente la voz de aquella mujerona canche de ojos avellanados.

─ ¡Con repollo,  papa y güisquil!

─ ¡Sí, porque nunca tuvimos para carne…!

Cuando terminaba de vender helados los fines de semana, siempre compraba en el mercado de la Respetada Ciudad Peronia: pepitoria, ajonjolí, tomate, papa, repollo, el resto de chunches y güisquil, llegaba a la casa, y ponía a cocer la verdura, mientras… doraba en el comal de barro, las semillas,  las molía en  la piedra y una hora después ya estaba lista la carne en amarillo, ¡pero sin carne! Igual pasaba con el pepián: con el chile guaque, chile pimiento, el culantro… siempre sin carne…

Tal vez una o dos veces al año teníamos el lujo de comer pepián y carne en amarillo  como Dios manda, ese día era de celebración, hasta hielo se hacía en bolsa para echarle al fresco de carambola –fascinación de mi papa- o de  rosa jamaica –preferido de mi mama-.

─ Nanoj… ¿y qué decís del caldo de pollo y de las mollejas fritas con consomé?

─Mmm… “La Nena” – le dicen a mi hermana mayor en mi casa- se pinta sola para las frituras, ¡le quedan al centavo!

De igual manera los almuerzos de lujo en la casa eran: comprar una libra y media de mollejas en el mercado y hacerlas fritas con consomé, allí mismo se compraba un libra de menudo de pollo y se hacía caldo,  unos se atipujaban las patas, otros los pescuezos, no sé quién los hígados y  la fulanita o zutanito  las mollejas. El muñeco de tortillas lo tostábamos en aceite y sal: fresco de Toky, masa o limonada, muy pocas veces tuvimos postre, y cuando lo teníamos ¡era de locura!: ¡Fresas con crema!

Me percato que la nostalgia  a tomado por el cuello a mi mama, así que decido contarle esos chistes en doble sentido,  nuevamente regresan las carcajadas que se cuelan por el teléfono celular, hablamos del kamasutra  en versión guatemalteca con acento de Comapa,  la escucho decir sorprendida ¡papo! ¡debajo! ¡Veoacrér! ¡saco! ¡Incachable! No me cree cuando le digo que todavía soy virgen! No  para de reír, y me dice: ¡vas lenta!  ¡picále que ya va a ser el fin del mundo y quiero nietos! Me cuenta que “La Pescadita” –mi sobrina- tiene toda mi cara, mis ojos, la expresión de su mirada es igual a la mía, mis labios, mi nariz y mis manos… dice que ni una hija mía saldría tan parecida   a mí como ella.  Le sigo contando chistes… ella seguramente está llorando de la risa.

─ ¡Sos de lo que ya no hay Chilipuca! Ni volviéndote a hacer sale otra igual.

─ ¡Cómo vas a crér mama conmigo vos rompiste el molde.

─Extraño tus micheladas, nadie las prepara  como vos, tampoco hay nadie que cuente chistes,  ni que nos ande nalgueando,  o que nos apague el televisor…

Entonces soy yo la que me carcajeo, y recuerdo pues, los días en que estaba la familia completa viendo televisión, tal vez lo más importante de una película, cuando yo me levantaba de mi lugar, me hacía la bestia y les apagaba la tele, y zampaba la carrera para el patio muerta de la risa, allá me andaban carrereando todos para darme la camorra, mi mama  me soltaba un retahíla de piropos… mientras volaban los yinazos por  los aires.

 O bien cuando les aparecía  por atrás y les bajaba las faldas, las pantalonetas y pantalones de un jalón, “hija del demonio” me gritaba mi mama mientras me lanzaba aunque sea la paleta de madera, o mi papa que me gritaba “ hija de Pepe tenías que ser”.

Pepe era un vecino moreno, guapetón que tuvieron en la Finca La Pangola, mientras mi papá trabajaba allí manejando un tractor, cuentan que era tremendamente guapo, nacido en Livingston,  y que enamoraba a mi mama,  pero la nía Lila ya estaba casada con don Guayo y tenía dos hijas, así que cuando se enojan mi mamá para cucar a mi papá le dice que yo soy hija de Pepe,   mi papá se para de pestañas, y cuando está enojado mi papá me dice lo mismo “ ¡Hija de Pepe!”, lo único malo es que nunca conocí al tal Pepe. Menos mal no me dicen que soy hija de José María Morales, porque entonces chapaleamos… de él ni las cachas….

Hace poco antes de venirme, llegó  mi papa del trabajo y nos contó que en Puerto Barrios  se enteró que  recién había muerto Pepe, lo sentimos como parte de la familia, su nombre  ha estado durante años en nuestra casa,  en nuestro día  a día: encendimos una veladora y oramos por el descanso de su alma, yo me despedí de él como “Mi Papá Pepe”.
Nos despedimos, termino la llamada telefónica  y me dirijo a la tienda mexicana a buscar los condimentos, ya llevo la nostalgia como abrigo.
Entro y  todo es tan distinto… al mercado de Ciudad Peronia, a La Terminal de mis nostalgias,  las zanahorias no tienen cola, se las cortan, el apio no tiene raíz,  no hay cebolla con tallo, salvo la tiernita para azar, no la venden por manojos sino por libra.
Me dirijo a la carnicería, tomo un número y espero a que me llamen,  hay gentío esperando, es viernes…  busco  el bolobique pero nones, no hay, no existe en estos lares, así que pido carne para guisar, que es la que se asemeja. Aquí no hay falda, sino tampiqueña… todas las carnes cambian de nombre, las mexicanizan, pero yo siempre pido en guatemalteco,  cuando se me quedan viendo con cara de asoleados, les explico para qué y cómo es la carne entonces; me dicen ellos el nombre  por el cual  la conocen,  es un juego mío, nunca me gusta ir y comprar las cosas con el nombre de ellos, es mejor educar, intercambiar conocimientos…  la mayoría automáticamente para no entrar en explicaciones, piden con el nombre de ellos, y así sin siquiera tener noción, olvidan  nuestros modismos, y terminan hablando como ellos. ¡No estoy de acuerdo!

Ya he comprado la carne, estoy buscando el güisquil tierno, cuando en eso el circuito de radio de  la tienda comienza a tocar la preferida de mi papá, es don Antonio Aguilar, la piel se me eriza, y me reculo a un lado del estante de madera que sostiene las verduras… “ El tiempo pasa… y no te puedo olvidar, te traigo en mi pensamiento constante mi amor, y aunque trato de olvidarte cada día te extraño más…”

A mi costado aparece mi Tatoj y me dice: “?Prieto, bailamos?” me cuelgo del cuello de aquel hombronazo, como si fuera racimo de guineo maduro,   y barremos el pino como dos típicos de oriente, vamos de estantería en estantería, pasamos por donde están las frutas, luego de vuelta en vuelta llegamos donde están los cereales, regresamos al corredor donde abunda el arroz, el máiz y el frijol, para caer finalmente sobre el colchón de mi infancia, aquella tienda mexicana desaparece, y  de la nada me encuentro bailando con mi papá en el piso de talpetate de la casa, a lo lejos escucho a mi mama  alegando : “¡ve que gente sin oficio busquen qué hacer!” pero nosotros seguimos bailando de punta a punta en   aquel cajón de bloque,  él por momentos la silba y por otros la canta, con su voz de Javier Solís. Es mi pareja de baile predilecta.

La canción termina y caigo de sopetón sobre la estantería de las papas, volteo y no está mi Tatoj, ha desaparecido junto al recuerdo de mi infancia. Paso a caja a pagar, y salgo a la intemperie, el frío viento me sacude de pies a cabeza,  estoy en otro tiempo, en otra realidad, en un clima y mes distinto, estoy en Estados Unidos, tengo 31 años y soy emigrante.

Me percato que la niña ha quedado atrás, junto a sus vivencias,   pero  orgullosa conserva  aun en el extranjero la receta del pepián y de la carne en amarillo y el inconfundible sazón de su Nanoj: ¡Made  In Comapa!
Ilka Ibonette Oliva Corado.
Viernes 21 de enero de 2011.
Estados Unidos.

3 comentarios

  1. La próxima vez cuente que final tuvo su pelo conjelado… y todos sepan la diferencia entre decir pelo ondulado y quebrado, jajaja!

    Yo tambien tuve problemas comprando carne, tuve que llevarle la foto de la parte de la vaca al carnicero, entonces haciendo las comparaciones nos dimos cuenta que es imposible tener las mismas partes porque las vacas las cortan de diferente forma, viuda, lomo, lomito… se entrecruzan con ShortLoin, Tenderloin, Sirloin etc. En fin hay que educar a los carniceros.

    Siempre es un gusto hablar con nuestros padres por teléfono, es que orando a veces cuesta entender lo que nos dicen desde el cielo.

    Gracias por sus historias, cuidese!

  2. Hola Ilka.. desde hace un par de años (desde que escribiò sobre sus vivencias en la terminal) he tenido el gusto de leer lo que escribe, me encanta su forma de narrar situaciones cotidianas y sentimientos, a travès suyo conozco las vivencias del campo pues soy pura capitalina.

  3. Rene Oliva Valenzuela

    Hasta hambre me dio de leer tu relato, que bueno que no olvides tus dotes de cocinera y sobre todo que sea comida chapina la que te guste.
    No se si el pollo en amarillo que y como es como la carne que vos mencionas pero que delicioso; pero mas delicioso es leer tus memorias… y y te cambio el nombre de “hija de pepe” por Hija del Pepian…..buen provecho. Fidel

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