Del Cristo Negro de Esquipulas.


La Misa del Señor de Esquipulas en Chicago, es un evento sin precedentes,  allí encontrás vos de todo,  es muy distinto al chinique  que se arma para las “fiestas patrias”.   Enero en las ciudades en donde neva se torna extremadamente frío,  es cuando empieza a asentar el invierno, días tremendamente grises: como  el de las cenizas en los polletones. Vientos que traspasan febrero, en ambos meses se interna ese clima que  invita a   que te tomés  una taza de café de olla, arreculadita en una esquina de la cocina, pegadita a la lumbre del polletón.
Pero aquí no hay polletones, en dónde recularse sobra pero: ¡debajo! No es lo mismo la magnesia que la gimnasia.

Dos cuadras antes de llegar a la iglesia comienza la cola, hay amontonazón de carros, la gente busca estacionarse en la parte de atrás de la iglesia, hemos conducido durante dos horas, vivimos en un pueblo, a las afueras de la ciudad. Mi hermana y yo, por fin logramos estacionar la nave ¡´ssssa nigua! Faltan quince minutos para que inicie la misa en celebración al Cristo Negro.

No soy devota de  él ni de ningún Santo, o imagen, es más ni a misa voy, pero es que la Misa Del Señor de Esquipulas no es cualquier cosa.

Así que me apeo del carro, voy trepada en zapatos altos, de esos fifís que no soporto, siento que voy caminando en zancos de esos que utilizan en los circos, en ropa de vestir, -pantalón por supuesto- el pelo suelto, abrigo negro,  y la mentada máscara en la loza que me hace sentir como mimo.  ¡Pero es la misa del Señor de Esquipulas cualquier sacrificio vale la pena!
Al llegar encuentro a la marita de siempre,  en la entrada, la chifladera de la gran chucha, y piden una ¡vuelta, vuelta, vuelta!  Sienten tan raro verme en ropa de vestir, que piensan que es  mi hermana gemela  y no yo la que anda ai en la misa con mi hermana mayor. Mi look de trovadora lo dejé en casa, el morralito lo cambié por una bolsa que no le encuentro acomodo cuando me la cuelgo del hombro, sólo porque no da la pita, sino me la tiraba cruzada sobre la espalda.

Se han propuesto conseguirme marido,   me andan presentando cada prospecto que paquetecuetes,  me toca hacerme la bestia, ya les he explicado  un millón de veces que no quiero hombres casados, con hijos, con vicios y encima machistas: “entonces se va quedar para desvestir santos”  me dijo uno de los de la marita, “mejor goce lo que la vida le pone enfrente que cuando llegue la vejez va  a decir malaya, pero malaya  ya no estará”.  

Del sótano de la iglesia sale por las ventanas ese humo blanco inconfundible del : pom. Allí se encuentra ensayando el coro  podés escuchar las voces salir en melodía entre las persianas de las ventanas,  los de la romería también han estar alistándose, entre ellos los monaguillos.
Y a la antigua sale al sacerdote  a la puerta a  invitar a que entre,  a toda y todo chachalaquero que está silbando en la loma en la parte de enfrente de la iglesia. Es un evento sin precedentes, ¡la foto del recuerdo tiene que estar!

La iglesia adentro está a reventar, ya no cabe una alma, hay:  judíos, evangélicos, mormones,  ortodoxos, allí lo que menos importa es la religión,  lo que realmente hace el llamado es la celebración de la tradición Guatemalteca en el extranjero.

El olor del pom me alborotó la nostalgia así que cuando entramos a la iglesia ya voy con los lagrimones escurriéndome el maquillaje de mimo.  Por allí alguien nos hizo favor de apartarnos lugar poniendo los abrigos sobre las bancas. La iglesia está decorada con docenas de pascuas,  a un lado del altar se observa la imagen del Cristo Negro, es un cuadro encaramado sobre un  palito en especie de horqueta. El coro luce impecable, son señoras y señores, vestidos de negro y un uniforme de chalecos típicos, ese colorido me hace un nudo en la  garganta y  extraño Guatemala tanto como en el primer día que puse los pues en tierra de Yankees.

Los feligreses cargan sus mejores atuendos, es una gala esa celebración. Cámaras fotográficas por doquier, niños vestidos de típico,  gente con bufandas típicas,  mujeres con pantalones de vestir y güipiles,  todos cargamos algo de Guatemala, ¡mi bufanda es de Guatemala! En ella se guarda la esencia de mi país, la carga enrollada en el cuello, calientita, pegadita al corazón.

El coro comienza a cantar, hay gente llorando por doquier, la nostalgia y añoranza ha hecho acto de presencia en aquel recinto,  personas que  tiene más de treinta años de no visitar –porque su estatus migratorio no lo permite-  G
uatemala, allí hay tenido hijo y nietos, que ya no son Guatemaltecos sino gringos con descendencia chapina. Muy pocos de las segunda y tercera generación hablan es español, mucho menos los otros idiomas en el que se comunican sus padres. Hay mucha gente de occidente en la misa,  hasta en esa celebración hay divisiones: la gente de occidente se sienta en un sector, los de Zacapa en otro, los de Jutiapa en otro,  los capitalinos –que se creen dueños de la iglesia y de todo para variar- en el centro, ¡vaya desgracia que aun en el extranjero no nos podemos unir!

Escucho las primeras letras de la canción que  escribiera “El Cantor del Paisaje” Don José Ernesto Monzón: “He venido de tierras lejanas, a adorar al Señor de Esquipulas..”  El sacerdote que oficia la misa es un Monseñor Puertorriqueño,  que más parece chapín, al conocer tanto de la celebración, su sermón fue como  agua en el desierto para las almas del que en el destierro padece  el frío de la diáspora.

Habla de Guatemala, de Chiquimula y Esquipulas, mientras se voz se riega por medio de las bocinas mi memoria me envía; lazases, imágenes, voces, colores y olores: es inevitable realizar un viaje retrospectivo hacia mi infancia. Subiendo las gradas del templo veo a un hombre una mujer y dos  niñas, son mi familia, mi padre mi madre, mi hermana mayor y yo, nuestra primera visita a la Basílica,   esperamos horas para poder  besar los pies del Cristo Negro. Encendemos veladoras y salimos del lugar. Afuera un sacerdote está regando agua bendita sobre objetos y personas, hacia allí vamos, un fotógrafo se acerca y ofrece la foto del recuerdo, una instantánea que costó un quetzal con cincuenta centavos. Es la única prueba que consta que  “la Pelu” y yo tuvimos el pelo liso,: como escoba de palma. Meses después nos llenamos de piojos en la escuela y mi mamá con sus tijeras  nos voló aquellas crines hasta dejárnoslas pegaditas al cuero cabelludo. ¡De allí pal real, nos convertimos en colochas murushas!

Veo entrar a los monaguillos, romeros, o como se llamen: van vestidos con trajes típicos del occidente del país, hace mucho que no veía un traje típico en su totalidad, LUCEN ELEGANTES,  alguien va moviendo el contenedor con el pom, el humo inunda la iglesia, baña de nostalgia el lugar, de dos en dos, siguen entrando quienes llevan la ostia, el vino, los canastos para la ofrenda,  y una ofrenda con:  maíz, pan,  agua y flores; que me recordó el Ritual Maya del TOJ.

La gente sigue llorando, no ha parado de llorar desde que inició la misa,  por doquier, hay pañuelos secando lágrimas: el destierro duele.

“¡Ilkrióloga!” me grita una voz que viene del pasado, es de Wendryóloga   una de las de  mi marita de los básicos, es  cuñada del director del colegio en donde estudio, cursamos el mismo grado y somos  de una edad, oriunda de Los Planes, San Juan Ermita, Chiquimula. Me vuelve a gritar y pierdo la concentración en la misa, le contestó ¿Qué pues?  Me dice: “ vos tenés que ir a Los Planes ahorita para  el 15 de enero, vieras qué alegre se pone”, le contesto “ ya vas, mi  mamá por nada del mundo va a dejar que vaya tengo que vender helados”  “n´mbre le vamos a pedir permiso si querés, es que vos sos mujer de monte, aquí estás confundida, la ciudad no es para vos, ya vas a ver que allá vas a correr como cabrita en la vega” y así lo hicieron, pidieron permiso: a los catorce hice mi segundo viaje a Chiquimula,  cerca del mercado de Chiquimula abordamos La Juanita,  la camioneta que jala gente para Camotán y Jocotán,  deja atrás en cruce para Esquipulas y se adentra en las áridas tierras que conducen a la frontera con Honduras, por donde están las ruinas de Copan. 

Anonadada  observo en titipuchal de palos de mango tierno, mangos Tommy, los de brea y pashte,  jocote marañón,  polvareda, ríos, quebradas, palos de pino y encino, milpa seca,  siento el calor pegado sobre la ropa,   de cuando en cuando entra por la ventana  una fina brisa de aire seco, que te hace desvariar,  observo gente montada en bestias que cargan costales de máiz tal vez o de frijol, en otras llevan en aparejos cargas de leña, mujeres cargando en la cabeza rollos de chiriviscos secos,  y el corvo en la mano. Vestidos floreados, caites, yinas y chinitas, nadie con zapatos.  Wendryóloga me explica que son gente de la comunidad Chortí,  que andan lejos de donde viven –Jocotán y Camotán- porque bajan a vender a las aldeas vecinas.

Finalmente nos apeamos en Los Planes, frente al parque tapizado de adoquín,  veo algunas bancas
de cemento y árboles de pino que pronto crecerán y darán sombra al lugar. Por las puertas, se asoman rostros de personas,  no se dejan ver por completo,  yo voy vestida con mi ropa habitual: pantaloneta, playera y tenis, llevo  en el bolsón mi veintúnico pantalón de lona. Wendryóloga se ríe cuando chotea a los patojos que idos me ven las piernas, me dice “ vos no te asustés es que aquí vienen muy pocas capitalinas y menos con piernas de futbolistas, aquí las mujeres no usan pantalonetas”. Pero la asustada soy yo, de ver tanta gente canche, de ojos zarcos,  las mujeres hermosas y los hombronazos tan apuestos.

En su casa nos recibe un palo de  limón mandarina,  un palo de morro, dos plantas de chile chiltepe enredadas en el palo de limón,  la sombre de un palo de achiote, una manada de gallinas y coches nos  invitan a entrar en la morada, el olor a caldo de gallina de patio nos abraza, es medio día, y el pichel de fresco de tamarindo está derritiendo la bolsa de hielo que le acaban de echar.

Mi hermana me codea, me pregunta si iré a tomar la ostia, dunda involucrada en la bruma de mis pensamientos le contesto que no, que mi consciencia no da para tanto. Mientras ella se va a formar,  me siento sobre la banca y regreso al recorrido por aquellos años de mi pubertad.

El techo es de teja y palma, un horcón es la columna central, de allí se ven amarrados palos de  cortaron tiernos –porque mientras se secaban se torcieron-  que dan forma al techo. Un polletón  galán, de esos que dan lujo verlos, allí hierve el caldo de gallina, a un costado está el comal lleno de pishtones,  brazas asando  la carne de gallina y chiles, el ruido del chorro de agua crea una melodía indescriptible, me asomo aun con el bolsón a tuto,   no es pila, no es agua potable, no: es un tanque, -o estanque- con tres lavaderos,  y el agua baja de la montaña, fría, con sabor a tierra, allí mismo agarré un tolito de jícara y me soloquée hasta  más no poder, me recordó el agua que se toma en La Joya, Comapa.

Una nube de abrazos me recibió en el instante, ¡Ilka, Ilka, Ilka qué patoja tan galana, hermosa! ¡Bienvenida a ésta su casa! ¡Venga siéntese! ¿Cómo les fue en el viaje? ¿Quiere fresquito? ¿Viene con hambre quieren comer ya? Yo saque los obsequios que llevaba: azúcar, aceite,  pan.. Me dijeron que si a la otra  les llevaba “obsequios” que  allí mismo me subían al bus de regreso. –Era una falta de respeto, al igual que en Comapa-.

Los siguientes días descubrí otro mundo, MÍ MUNDO, el monte, qué libertad andar en el monte, por las mañanas a ordeñar vacas,  a la vega a cortar cebolla, cilantro, tomate, cocos, caimitos, zapotes, chicos zapotes, jocote marañón, a media  mañana en un  matate echábamos, cuchillo, limón, sal, chile, pepita, un muñeco de tortillas y frijoles, en el camino  hacia  La Posa Del Coco, me trepaba a los árboles a cortar los racimos de mango tierno, se me llenaban los brazos de leche y brea. Allí en el río veíamos desfilar las horas,  mientras hacíamos posas, nos tirábamos clavados y hablábamos de tonteras propias de la edad.

El Día del Señor de Esquipulas fue una locura, tumultos de gente por doquier,  fuimos a visitar el templo que ya tenía  un cuadro de vidrio protegiendo al Cristo Negro,  también vimos a su papá,  que lleva la mitad de su vida trabajando de fotógrafo en las gradas del templo.
Dormíamos en manada,  una familia numerosa, sopotocientos hermanos y hermanas, todos canches y con panzas de pupo mareño, el punto negro allí era yo.

Me los eché a la bolsa cuando me puse a tortear PISHTONES, -Product of Comapa-. Durante  cinco años seguidos regresaría a aquel lugar,  a realizar las mismas labores, y regresaba a la capital con el mismo cargamento que nosotras cortábamos en la vega: cebollas, yuca, malanga, culantro, semilla de achiote, tomate, mangos, chicos, ayotes tiernos y sazones,  cocos, palmitos. Queso, crema, quesadillas, semitas y  la lluvia de abrazos y lágrimas que me despedían cuando abordaba de regreso La Juanita.

En cinco años  los residentes de Los Planes, vieron a la patoja capitalina, brincar como cabra, andar descalza pa´rriba y pa´bajo,  en pantaloneta,  jugar fútbol con los patojos y apostar las aguas en las técnicas al paderón,  hasta que un salido apostó un beso,  y  ella a petición de su amiga se dejó ganar,  y le tocó recibir el trinque en medio parque, frente  a la manada de ishtos que se aglomeró, ¡a bulla y la camorra para el besador no se hizo esperar! ¡Por fin había besado a una capitalina! ¡Morena y con piernas de futbolista! Son las horas y aquella bulla recorre fronteras, y viaja a través de los años en las memorias de quienes fueron partícipes.

La misa termina cuando el sacerdote dice: “Pueden ir en paz”  salimos del lugar y en manada nos dirigimos al sótano, allí una de las cofradías,  ofrece tamal, café y una champurrada.
Nos despedimos de los de la marita de siempre, quedamos de vernos en algún momento, en el mismo restaurante guatemalteco que cede el lugar a las nostalgias de cuanto chapín o chapina quiera  ir a llorar sus penas.

Me despido de Los Planes, de Esquipulas, del Cristo Negro,  pero en la   bolsa del pantalón llevo dulces típicos, llevo puesto el sombrerito de Esquip
ulas, mi pelo pringueado con agua bendita,  y las sonrisas y saludos de aquella familia que me grita mientras la Juanita camina entre el  polvoriento camino: “¡No se te olvide regresar aquí está tu casa!”…  los gritos viajan  a través del tiempo y saltan charcos de agua y nueve, se cuelan por la ventana del carro y llegan hasta mi oído: antes que surquemos de nueva cuenta las autopistas de Chicago mi hermana y yo, les levanto la  mano y les grito: “¡claro que regresaré… regresaré…!”
Nota: saludos a la familia García Guerra, hasta Los Planes, San Juan Ermita, regresaré… la inquilina regresará…

Ilka Ibonette Oliva Corado.
15 de enero de 2011.
Estados Unidos.

3 comentarios

  1. bueno muy bonito me gusto bastante no cabe duda que los chapines somos inteligentes pero un poco come jaivas como decia mi abuelita porque ni estando lejos de la tierra nos unimos asi pasa y pasara siempre pero eso si cuando vamos a guatemala poneme la carpeta roja pa caminar maria!porque en los nuevayores donde vivo yo si hay de todo fijate voz que hasta las cucarachas vienen gratis con la renta y los ratoncitas son las mascotas del hogar …..pero haya en guatemala que no te de el sol y la gente siga creyendo que venimos de un gran lugar y que cuando estamos en guate nos sacrificamos porque algo nos hace falta nuestra creencia de que vivimos en la opulencia ……saludos y sigue adelante ''el meromero /manuel de jesus

  2. Excelente blog; la conjugacion de la experiencia personal con la colectiva-cultural del pueblo de Guatemala.La riqueza de los rituales religiosos Maya-Catolico, es una especie de testimonio de una buscada unidad etnico-cultural que hasta aca no hemos logrado los Guatemaltecos concretizar y a la que Ilka con su ingenio caracteristico hace referencia.No se si algun dia podamos como nacion alcanzar tal grado de madurez que nos permita vencer todos nuestros complejos y ccontradiciones y asi de una vez y para siempre dejemos el sub – desarrollo que nos caracteriza.

  3. My bonita historia, esos viajes en buses extraurbanos son inolvidables.

    Queda en el registro que si se maquilla, y que en realidad tiene el cabello liso, pero se lo cortaron con tijera de zigzag cuando era niña.

    Saludos

    PS

    Aqui en los Angeles tambien un gran gentío que va para la iglesia a ver al negrito, bonita costumbre independientemente de la religión que se profese.

    Hay anotjitos, comida, dulces…
    y como buenos Chapines nos socamos entre nosotros mismos, todo tan caro. Yo me gaste como $20 en puras chucherias, me quede con hambre.
    🙁

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