Chifla el viento austral en el atisbo de un otoño con olor a Guatemala.

Tarde septembrina, lentamente el otoño ha ido incorporándose a la agitada vida de la ciudad, el viento austero con su vendaval indomable, se apropia lentamente de las sombrías tardes que cada vez son más comunes. Frío; el viento trae consigo envuelto el frío, las hojas queditas comienzan su metamorfosis, en su habitual agonía de todos los años. El otoño está a punto de reventar en un arcoíris de multicolores.

Las aves comienzan la etapa de emigración, buscando refugio lejos del lugar a donde llegan muchos humanos buscando uno. Las hojas tiernas comienzan a caer, sueltas, solitarias, en un eterno llanto agónico que no las deja descansar, hasta que perece la última y deja al árbol completamente desnudo, indefenso en espera del congelante invierno. Es entonces que se dejan arrastrar, sosas por un viento sin piedad que las conduce a ningún lugar en específico. Convirtiendo aquel paisaje en una especie de trance fantasmagórico para quien lo observa.
Chifla; el viento chifla, y hace ronronear las persianas de las ventanas del opaco ático desde donde observa Bartolo la tarde que huele a su natal Todos Santos Cuchumatán. Ha ido a parar a esa casa de pura chiripa, porque un amigo suyo cayó en cama hirviendo en fiebre y le preguntó si le podía hacer la campaña de “cubrirlo” por unos días, con gusto acepta Bartolo si está desempleado prácticamente desde hace 6 meses. Y ha sobrevivido a la inestable economía haciendo chapuces por aquí y por allá.
Es una mansión de esas de revista, de las que parecen de ensueño, tan fuera de serie que pareciera no ser habitada por humanos, sino ser de pura finta; pero al contrario sus dueños son como la mayoría de gringos; con ojos de gargajo y de tez blanca desabrida. Medio cruzaron palabra con él cuando se presentó a trabajar en nombre del amigo, no prestaron atención a su nombre para ellos lo importante es la mano de obra “barata” no a quien pertenezcan las diez yemas que la realizarán. Mientras pinta se asoma a una de las enormes ventanas y observa los inmensos árboles de sauce que bañan la espesura de los jardines de aquel lugar, en instantes el paisaje se transforma ilusorio ante sus pupilas lúcidas; aparece desesperado el verde profundo de sus Cuchumatanes tomándolo por asalto y apropiándose de sus sentidos, las hondonadas bordadas de musgo lo atrapan por el cuello, hasta que cae indeciso bañado en nostalgia ante la armoniosa melodía de las tardes de su niñez, resuena sonoro el llanto del hormigo, el eco del tun y de la chirimía; es sin duda la caricia de una tarde guatemalteca en una perdida y poblada ciudad del norte de la nación norteamericana. Lejanía-nostalgia-desolación, es la realidad que vive el que sobrevive a la vorágine de la emigración.
Es indescriptible el hastío diario que vive Bartolo, sucumbir entre la lozanía de los recuerdos bellos que se niegan a abandonarlo y una realidad cruda, sucia e indigna que vive en las miserias de ser etiquetado como un indocumentado.
Bartolo un joven que habla solamente su idioma materno el Mam, medio chapucea palabras en castellano, y hace malabares con las muy contadas en inglés, se ha ganado la vida realizando las labores más inusuales, en la tierra donde le dijeron que ganaría dólares en paleta. Emigró en busca de lo que no había perdido. Hoy es demasiado tarde está ensartado con una deuda que sobrepasa la carga de sus hombros, tiene que recuperar las escrituras de dos y únicas parcelas (pertenecientes a la familia de tres generaciones) que dio su abuelo como enganche al coyote que se encargaría de llevarlo desde su casa en Todos Santos Cuchumatán, hasta Santa Mónica California, pero en el camino lo dejó abandonado en la frontera de Tijuana. Desde allí se las miró peludas y tuvo que inventarse la de las mil y una noches para lograr pasarse por la “línea” arriesgando el pellejo y quedar tostado en las mallas eléctricas que separan la frágil frontera entre México y Estados Unidos. Pero se arrepintió al momento de tocar la malla metálica y optó por hacerlo por otra vía más segura (supuestamente) pero menos fácil, encontró un túnel por donde miraba se zampaban “mojados” en cantidad y ni dos veces y se metió como pudo, durante treinta y dos horas gateó en la oscurana de un desagüe infestado de ratas y mierda. Tragando del agua que le llegaba a la cintura en algunas ocasiones, los roedores no le daban pelo a la carne fresca que les llegaba caída de quien sabe donde pero se daban banquete clavándoles sus dientes cundidos de enfermedades. Logró llegar en la madrugada de un frío día de septiembre, hirviendo en fiebre, hambriento y delirando el nombre de doña María: su mamá.
Al otro lado se encontró con que estaba en territorio privado, (los otros que iban con él se las pelaron saliendo del túnel) metido en alguna reserva de nativos americanos, lo supo ocho días después cuando pudo ver lúcido la cabellera en cascada del hombre que le sobaba la cabeza con sabe qué hierbas y oraciones de palabras inteligibles muy parecidas a los rituales que hacía el curandero de su pueblo.
Diez años han pasado desde aquella odisea, se curó de la fiebre y el dolor del cuerpo pero el dolor del alma lo lleva bien anclado en el pecho, ese no hay remedio que lo cure. Agradecido con los nativos americanos de por vida, se despidió de ellos el día que lo dejaron en el centro comercial donde lo llegaron a recoger algunos amigos del pueblo que viajaron tres días y tres noches en un carro camuflado de “vehículo de panadería” para llevarlo al norte del país.
En aquel humilde apartamento ubicado en el sótano de un edificio al sur de la ciudad, se ubicó con los paisanos, se sintió en familia, por fin alguien entendía su idioma, sus lágrimas, su dolor y el grito desesperado del agobiante tormento que anidaría para siempre en sus recuerdos. Cada vez que se mira al espejo ve reflejada las cicatrices de las mordidas de las ratas en su piel morena.
Poco a poco va saliendo de la deuda, deseando abonar lo más que pueda para poder terminar de cancelar y salir del suplicio de vivir siempre escondiéndose, huyendo, temblando cada vez que mira a un policía, pensando que vivirá la pesadilla de ser deportado en cualquier instante.
Pero esa tarde las penas se van de capiusa y lo dejan nadar libre en la bruma de sus recuerdos, esa tarde el olor a pom, copal y atol blanco recién hecho le hacen la agonía más placentera; el olor a ocote recién rajado, es el aroma inconfundible de su hogar, el olor fresco a vida es el que lo embarga mientras mancha sus manos de pintura en el aquel ático. El inconfundible embrujo seductor de las montañas verdes, de tardes nubladas y cornisas atiborradas de crisantemos bailan indelebles en el umbral de sus pupilas cansadas.
Es el viento austero que silba en los pinales, el que chifla autoritario elevando el vuelo de los barriletes de noviembre, el vendaval, es el viento que trae consigo el nombre de Guatemala, el canto de su natal Todos Santos Cuchumatán.
Ilka Oliva.
Lunes, 28 de septiembre de 2009.
Estados Unidos.

3 comentarios

  1. querida negrita: ya te leí…es un total disfrute, y con todo lo que te quiero me sabe mejor!!
    y tu Guate te espera, cuando tú regreses con los brazos llenos, y tu Atardecer te espera con los brazos abiertos.
    un besototote!
    PD:
    pensé que escribirías CHIFLADA. pero no. fue chifla, jajaja!

  2. Ilka, muy buena estrategia para hacernos entrar en tu blog. Si no es así no lo hacemos. je, je, je. Muy buen relato, casi pude sentir los mordiscos en mi propio lomo.
    Buena onda como siempre, y muy buen blog. Felicitaciones nuevamente

  3. Estimada Ilka: Escribes con el corazón y con el inconfundible sabor chapìn. La nostalgia por la patria y el amor a las letras hacen brotar un texto agradable y lleno de poesía. Tu lector. Chente.

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