De San Juan Chamelco a Gringolandia.


Gamaniel Cotzajay es un joven que emigró siendo apenas un niño, hijo de un padre alcohólico; desde muy pequeño se vio obligado a trabajar para poder ayudar en lo económico a su madre; que con cinco crías más le era imposible sostener el hogar con el mísero salario que juntaba lavando ropa ajena.





Son las cuatro de la mañana una fuerte ventisca de polvo se levanta provocada por el paso de la camioneta sobre la carretera de terracería en la salida del pueblo, allí va encaramado Gamaniel, es el ayudante del chofer. Se guinda de la puerta con sus brazos pequeños, y trata de observar en la oscurana los techos de teja de su natal San Juan Chamelco, Alta Verapaz. No los volverá a ver durante mucho tiempo piensa; mientras la garganta se le hace añicos. La espesa neblina típica de la tierra del Quetzal se le cuela entre las bolsas del pantalón y se anida quedita tratando de hacerle menos dolorosa la despedida. Al bajar el último pasajero ya en la estación del casco urbano Gamaniel se despide de su padrino, (el chofer) y le deja una carta en donde avisa a su madre de su decisión, le explica y pide perdón de no haber tenido el valor de despedirse, pero le suplica su bendición y que le encienda una veladora al Santo todas las noches en su nombre. Que disculpe porque el dinero del día se lo va a tener que llevar para los gastos del viaje.

La mayoría de los muchachos del pueblo ha emigrado, son los ancianos quienes quedan a cargo de las familias, él no será la excepción y se promete regresar con dinero, para sacar a su mamá de trabajar, construir una casa hermosa, echarle torta de piso para que ella ya no ande en los lodazales. Ilusionado emprende la inusitada travesía que cambiará drásticamente el rumbo de su vida.

A jalón; de camioneta en camioneta llega como puede a la frontera de Tapachula, cruza en la noche el río Usumacinta: se amarra a las extremidades botes plásticos de doble litro de gaseosa le sirven como flotadores. Ya en el otro lado lo reciben (como rito habitual) algunos miembros de la mara Salvatrucha, le piden su comisión, el joven de catorce años, asustado y atónito enmudece, esa acción enoja a los asaltantes y la efervescencia los invita a propinarle una golpiza de película. La luz del día lo despierta; desnudo sin zapatos, sin ropa, sin dinero. Humillado pide ayuda en las calles, por las noches llega a dormir a la Casa Del Migrante, allí tiene techo y comida gratuito, mientras que en su casa (en San Juan Chamelco) no tienen aún noticias suyas. Sus fuerzas se desgastan, la energía se le escapa, y la parca sensación de abandono le carcome los huesos, pero enseguida aparecen los sueños, la ilusión y la esperanza de brindarles a su Nana y a sus hermanas un futuro digno, éstos se convierten en la polea que lo empuja a seguir con el viaje.

Sin más rumbo que el Norte, es la única dirección que lo guía, es que voy pa´l norte es la razón que da cuando le preguntan ¿de dónde es y para dónde va? Trata de sumarse a la aglomeración encabritada que espera en las líneas férreas, pero el tumulto es demasiado, logra subirse después de varios intentos fallidos y es allí que puede casarse de uno de los tubos y se engancha como puede en un vagón topado de centroamericanos enajenados por la alucinación de un futuro mejor. Entre ladrones, violadores, asaltantes, se desperezan las horas, subido en el techo del furgón no se sabe quién es su acompañante, allí sumergido; untado en esa masa es sólo él y su alma. Por asalto lo toma un grupo de policías en plena madrugada, Gamaniel se ha amarrado a uno de los tubos del techo con su cincho: la noche es traicionera y el sueño mata. Sufre el riesgo de caer desde la altura de un vagón al filo de los rieles, del cual muy pocos viven para contarla.

Lo despiertan a patadas, entre gritos, llantos, sustos, se construye aquella escena grotesca la gente corre por doquier, tratando de salvar su libertad, es sabido que al que atrapan allí mismo lo bautizan… y Gamaniel fue bautizado, lo violan diecisiete policías frente a otro grupo de niños en las mismas condiciones. No se imagina que esa madrugada junto al abandono de su infancia también ha sido infectado con el virus del VIH-SIDA. En los días siguientes, es atrapado por el lazo que aqueja a la mayoría que viaja sin “pasaporte y paga su cuota en especie”: arde en fiebre durante cuatro días, las mujeres que comparten el vagón le proveen de medicinas conseguidas no se sabe cómo. Se alivia.

Los días transcurren con sus horas largas y tediosas, es invierno y lo único que lo cubre del temporal es un pedazo de nailon que recogió en algún basurero. Sentado, apiñado en el techo del vagón ve desfilar el paisaje que muchas veces pareciera ser el mismo y lo hace pensar en que sigue en el mismo sitio, los minutos son pesados, por momentos siente que se detienen para hacerle la existencia más desgraciada, pero por fin la noche llega y debe mantenerse despierto para evitar caer al vacío o ser atacado nuevamente. En cada estación la chonta los toma por sorpresa, entre los focazos que desorientan las miradas acostumbradas a la oscuridad, los grupos cambian de trenes, dependiendo la dirección que lleven, en un dos por tres se bajan y se suben, algunos se trepan como monos, las mujeres son las menos aventajadas, casi siempre necesitan ayuda para subir; la velocidad del tren es demasiada para sus cuerpos cansados.

Las historias de los viajantes amenizan o tratan de apaciguar el horrible viaje, atontado observa gente de todas las edades, niños que calculó tendrían unos sus ocho años, también viajan solos; como él. Todos con una sola meta hacinada en la cabeza: llegar a Estados Unidos.

Los cruces de vías son traicioneros, pero también son puntos clave para bajarse de los vagones y alimentarse, hay varias organizaciones humanitarias trabajando en esos sectores, sus miembros anuncian con megáfonos los puntos de encuentro en donde pueden comer, dormir y asearse; la estadía por persona es de veinticuatro horas, el tiempo justo que toma la llegada de otro tren abarrotado de emigrantes. El acercamiento a la frontera es un colador, aparecen policías por doquier, de día, de noche; no importa son muchos, el pavor que ahora les tiene Gamaniel lo debilita ante su presencia, corre como loco sobre los furgones, se avienta de uno a otro sin importarle tropezar caer al abismo, y morir; morir piensa: que bueno sería morir en ese instante y dejar de respirar la apestosa existencia. Logra escaparse de uno de los operativos, se mete como puede en el interior de un vagón, y observa espantado escondido desde una esquina la escena que le convertirá en hiel la sangre, la voluntad con que violan y abusan, treinta y seis policías a cinco mujeres, le ha dado tiempo de contarlos, porque cada uno pasa por su segunda vuelta. Lo franquea el deseo de matarlos a todos, la rabia que siente le hace hervir la sangre, piensa por instantes en correr sacarles las pistolas y dispararles en la cabeza, o de aventarlos desde el tren en marcha. Empuñando sus pequeñas manos contra su pecho, sumido en la más ingrata desesperación, muerde su playera para que su queja y su llanto no lo descubra: quiere ser grande, convertirse en un hombre y no ser niño nunca más. Pero se queda mudo, inmóvil y sumiso ante la cruel realidad.

Pasada la estupefacción del momento cuando los policías desaparecen, se acerca y observa que entre ellas se encuentra una niña salvadoreña de ocho años con la que compartió la mesa en la Casa del Migrante, también viajaba sola, le contó que iba a encontrarse con su mamá en Los Ángeles, California, ahora su cuerpo sin vida estaba tendido en ese lugar frío y oscuro, victima de la brutal violación. Es colocada por otros emigrantes en la orilla de la línea férrea en donde algún buen samaritano leerá la nota que escribieron a las carreras y donde se explica que su país de origen es El Salvador. El viaje continúa.

Es un día soleado, Gamaniel se encuentra junto a tres jóvenes hondureños, que se disponen a cruzar las traicioneras aguas del Río Bravo, están prácticamente a un paso de tocar suelo “americano”, y sin familiares y amigos cercanos se aferra a ellos, ya que estos le han prometido darle alojamiento y conseguirle trabajo en Texas, y así lo hacen. Se lo cruzan tragando agua en paleta, pero llegan a la tierra de la esclavitud disfrazada de libertad. En alguna carretera de esas que abundan desnudas y frías en la frontera, los esperan los familiares catrachos, lágrimas, abrazos y comida en cantidad los reciben.

Dos semanas después Gamaniel comienza a trabajar de ayudante de albañil, bajo de agua porque no está permitido que laboren menores de edad, por sus años debería de estar en la escuela según las leyes norteamericanas. Pero lo impredecible sucede dos meses después de haber llegado a las tierras del Tío Sam, se realiza una “redada” en el lugar de trabajo, y es deportado sin derecho a juicio.

Tres semanas después de estar encarcelado Gamaniel es subido en un avión que lo lleva de regreso a la tierra que nunca lo tratará como extranjero, desde la ventana del aparato volador, observa las venas de México, y lo abruman los recuerdos, ese sabor amargo que siente en el paladar también acongoja su corazón; lágrimas saladas bañan sus mejillas gretadas. Aterriza el avión en el aeropuerto Internacional La Aurora, es recibido por una comitiva de periodistas amarillistas que quieren captar a como de lugar una imagen de los rostros sumisos y sueños frustrados que caminan en fila india. Escucha el canto del hormigo, su piel se eriza, su corazón desbocado late con un ritmo inusitado, es sin duda la marimba: efectivamente hay una en la comitiva de recibimiento del Estado. Se come su tamal y su vaso de horchata mientras lee una pancarta que dice: ¡Bienvenidos paisanos Guatemala es su casa! Después de los trámites migratorios su padrino lo espera en la salida, (ya ha firmado como responsable del menor) se abrazan, lloran y frente a la fila interminable de taxis, se entera que: tu Tata murió y fue enterrado hace tres días. Lo atropelló un carro.

La camioneta de las tres de la tarde bocina en la entrada del pueblo, allí va Gamaniel, realiza el mismo ritual, se guinda con sus pequeños brazos de la puerta y saca cuidadosamente de las bolsas de su pantalón la neblina que nunca lo abandonó, y la deja escurrirse libre entre sus dedos; suelta, blanca, espesa, para que disfrute en los pinales de la libertad que San Juan Chamelco nunca le negó.

Ilka Oliva.

Sábado 19 de septiembre de 2009.

Estados Unidos.


3 comentarios

  1. es triste saber que niños como este y otros mas pasan por situaciones inhumanas tambien de diferentes edades, todo por una”mejor vida” hace poco perdi a un amigo que cruzaba el desierto, y su sueño quedo en eso nada mas en un “sueño” no podremos cambiar al mundo pero si, con estas historias la gente pensara mejor las cosas para arriesgarse a perder todo por nada, hombres y mujeres que dejan hijos, casa familia, por algo que hoy en dia es casi que mundial una situacion economica mala, creo que antes de arriesgar tanto deberiamos hacer hasta lo imposible por tratar de sobresalir en nuestro pais que al fin y al cabo es nuestra casa y como se dice en tu casa haces lo que te da la gana, vale la pena luchar y seguir adelante es dificil muy dificil pero no imposible, y como dice nuestro himno nacional, antes muerto que esclavo seras.

    shenna lòpez

  2. Una de las tantas verdades del peligroso viaje hacia “el sueño americano” Tristemente el paso por México para los indocumentados es la peor pesadilla del viaje y después (si llegan) a ver como sobreviven!!! Muy atinada y verídica la historia………..

  3. Que historia tan conmovedora y humana, ojalá que pudiéramos hacer algo para que esto no siga pasando, especialmente a niños

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