Culeada

Campante, estaciono el automóvil a unas cuantas cuadras del lugar, y salgo a caminar por las calles cercanas al Boystown, es verano y también es la fiesta de cuadra de la comunidad LGBTI en Chicago. Fiesta que no me he perdido en los últimos años.
Es un ambiente maravilloso, de libertad y que   me encanta. Escenarios por doquier, arte callejero, organizaciones pro derechos humanos, ambiente queer, no apto para homofóbicos, es una pequeña feria para quienes disfrutan de la diversidad. Y cada año la espero con ansias.

Llego temprano para lograr un buen lugar para ver es espectáculo de las Drag Queens, después desfilan artistas internacionales y locales, una variedad de talentos en edades, nacionalidades y géneros. Algo deslumbrante para quien disfruta las cosas simples y maravillosas de la vida. Y por supuesto, para quien no tiene telarañas en la cabeza.
Termina el espectáculo de las Drag Queens y me dirijo al escenario que está en el otro extremo, en el camino me quedo observando el escenario que está a medio camino, son por lo menos 8 calles cerradas para lograr realizar la fiesta de cuadra; en ese escenario solo hay bailarines amenizando con movimientos acrobáticos. Llama mi atención la única chica del grupo, que está vestida de corinto con una especie de leotardo, cabello rojo fuego, trenzado y una personalidad y unos movimientos que me electrizan, me quedo ahí estampada sobre las vallas que coloca la policía para delimitar los espacios.
Estoy ahí con mi vaso de cerveza en la mano, bajo el sol abrasador de junio, y ella me enloquece, con ese color rojo lava de volcán, con esos movimientos tan sensuales, con esas piernas rollizas y esa mirada de gata, con esos labios que invitan a besarlos con la delicadeza de los pétalos de las flores silvestres.
No hay más, es un mundo de gente caminando amontonada disfrutando de la fiesta de cuadra, escenarios, ventas de comida, una feria en esplendor y para mí solo existe ella, ella y su color de pelo rojo fuego, ella y su leotardo corinto pitayo, ella y sus labios que los imagino suaves y que me muero por besar.
Ella y la música que baila para mí, aunque sean docenas admirándola, como yo, imaginándola de mil maneras, entre sus brazos. Voy por otra cerveza cruzando los dedos para que nadie me quite mi lugar, regreso enseguida y me quedo estampada en el mismo lugar, repesada sobre las vallas. Tiene algo que me hace flotar por los aires, algo que acelera las perversidades de mi imaginación. Un encanto sutil en la mirada.
Y la imagino en su día a día, fuera de ese lugar, en las mañanas al levantarse, cuando almuerza, cuando se cambia de ropa, la imagino decidiendo entre un vestido y otro, tiñéndose el cabello, pintándose los labios, amarrándose esas botas que le llegan a las rodillas. Siento que no tengo los pies sobre el suelo, siento que estoy flotando por los aires, entre algodón, entre sus brazos, besándola. Me tapo la cara, riendo sin parar, con la pena pensando en que si mis pensamientos se pudieran escuchar o ver, con seguridad me mandarían a la hoguera por pervertida.   Claro, cualquiera que no entienda que también entre mujeres se viven las formas sutiles del amor y la pasión.
La música retumba y de cuando en cuando volteo a ver a la muchedumbre que baila desatada a todo lo que da, como si ése fuera el último día de sus vidas, me divierten, me alegran, me inyectan de un ánimo muy particular. Ánimo que solo vivo una vez al año, en la fiesta de cuadra del Boystown, seguido el siguiente fin de semana del desfile del Orgullo LGBTI, que no me pierdo por nada del mundo.
Voy por otra cerveza y me repeso de nuevo sobre las vallas, dándole el primer trago estoy a mi cerveza cuando siento unas manos calientes agarrándome las nalgas, me empieza a nalguear, e inmediatamente me abraza por la cintura y empieza culearme bailando reggaetón, me culea con todo lo que da, que mi cuerpo rebota en las vallas, me volteo inmediatamente y me encuentro atrás mío con una mujer homosexual,  con porte de hombre, puertorriqueña, de unos sesenta años de edad, dándole con todo a mis caderas.
Y si ya de por sí, me explotan esas actitudes en los hombres, en las mujeres mucho más, no lo soporto, me asquea, me enfurece.  Y  no son mi tipo las mujeres con planta de hombre. La empujo alejándola de mí y advirtiéndola que no se acerque más. La tipa se va y a unos pasos le siembra otra vez las manos sobre las nalgas a otra patoja gringa que está bailando sola, la muchacha ni se inmuta y sigue bailando.
Yo regreso a la bailarina que en ese momento baja del escenario y sale justo por la valla en donde estoy repesada, le digo no sé qué cosa, embrutecida por su belleza física, y ella sonríe, me abraza, dice gracias y me da un beso en la mejilla. Le pido una foto y encantada acepta, nos tomamos la foto juntas. Yo no sé si pararme como estatua o abrazarla por la cintura, en lo que me quedo decidiendo ella toma mi brazo y lo coloca sobre su cintura, yo me quedo más pasmada todavía. Ese olor de su cuerpo sudado me altera las hormonas, trato que no se me note y guardo la compostura.
La veo marcharse al camerino de atrás del escenario, no vuelve más. Comienzo a caminar buscando la salida, he pasado prácticamente todo el día en la fiesta de cuadra, subo al automóvil y comienzo a manejar por las autopistas de la ciudad, preguntándome muerta de la risa, que por qué no fue ella la que me culeó, que yo encantada de la vida me hubiera dejado de ese tormento de mujer.
Y son las horas…
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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contcto@cronicasdeunainquilina.wordpress.com
20 de febrero de 2018, Estados Unidos.

2 comentarios

  1. Ilka eres genial.

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