Cosecha

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Después de una semana de lluvia perenne finalmente sale el sol, es domingo por la mañana y decido cortar las hortalizas que quedan antes de que las ardillas terminen con ellas. Quito la malla con la que la tengo cercada y la guardo, pronto nevará y se echará a perder, está soleado pero sopla la brisa fría de la época de la tapisca que anuncia que pronto llegará el invierno estadounidense.

Estiro los brazos, desperezándome y respiro el olor a hierbas, comienzo por los tomates; hacía años que no tenía en mis manos tomates mandarina, es el primer año que los cosecho desde que salí de Ciudad Peronia en 1998. Qué extraña sensación retornar al pasado en la nostalgia de los recuerdos. Toco la tierra y la desmorono entre la yema de mis dedos, viene de lo lejos el olor de la aldea y del jardín de la casita que fue nuestro nido.

El olor de los tomates frescos, recién cortados me recuerdan a La María del Tomatal y los primeros años en Ciudad Peronia cuando todo era un gran potrero y no había agua potable, ni buses ni mercado. Me detengo para descansar la espalda y respiro nuevamente, profundo, abrazando el tiempo y el ocre de la evocación. Los surcos de tomate en el terreno de la María eran interminables, sembraba también milpa y tenía cercado el sitio con palos de jocote corona. Su casa quedaba al otro lado de la calle, a pocos metros del primer estanque, donde se juntaban las aldeanas a lavar. También se bañaban ahí mismo en fustán y sostén. Todas llevaban su jabón de coche y sus bolsitas de champú Vanart, era lo que se usaba en la aldea y en el arrabal, nosotros los comprábamos en La Terminal, a un costado de la parada de autobuses que van para Jalapa y Jutiapa, por donde están las ventas de flores, a pocos metros de donde venden cocos y rapadura, enfrente de la tomatera.

En el sitio de su casa tenía árboles frutales, palos de guayaba, nísperos, caña de azúcar, aguacatales, guineos, flores silvestres, ayotales. Una vaca que cuando no encontrábamos leche en los alrededores para comprar para que tomaran los cumes que estaban recién nacidos, ella nos vendía y se quedaba sin lo del día para su consumo. También para la época navideña nos regalaba hojas de guineo para los tamales y ramas de pascua para adornar la casa.

La María andaba en sus cuarenta años cuando yo tenía 8, y la recuerdo patente: arisca, entera, con los músculos macizos, su cabello liso, cano, que se agarraba en una cola y que soltaba en las tardes cuando lo acariciaba con su peineta en la sombra del aguacatal, sentada en la hamaca. Se ponía caites para andar en el sitio y en su casa, para salir usaba el único par de zapatos. El marido no le sirvió para nada, agarraba farras de semanas enteras y se quitaba la goma rajando leña con hacha, para luego volver a perderse durante día. No les conocí hijos.

Con los cipotes de la cuadra nos íbamos a asaltar el tomatal, ella lo sabía y nos dejaba jugar a los ladrones: nos saltábamos los cercos de alambrado de un salto y nos tirábamos boca arriba entre los surcos a devorar los tomates maduros, llevábamos sal y limón. Tal vez el más grande de la manada de la calle Éufrates tendría unos 10 años, yo como siempre, era la única niña del grupo. Después saltábamos los cercos de regreso, con las panzas llenas, para ir a rodar al zacatal entre los barrancos que colindan con la aldea El Calvario, regresábamos entrando la noche cada uno con su manojo de chipilín que cortábamos en el monte, porque crecía silvestre como las flores de mayo y el escobillo.

 ¿Dónde estás María? Me pregunto mientras corto los tomates en mi parcela rentada, a miles de kilómetros de distancia de mi gran amor, ahora inquilina en tierra extraña. Dónde estás, y se me aguan los ojos y un nudo de sal se disuelve en mi garganta. Agarro un tomate mandarina y comienzo a comerlo, lentamente, saboreando el agridulce de la añoranza. Donde quiera que estés, deseo que estés bien y la vida te haya devuelto lo tanto que nos diste. Suspiro, me seco los ojos mojados con el revés de la mano y sigo cortando los tomates.

Por qué me duele tanto, me pregunto mientras sigo cortando los chiles dulces, por qué me duele tanto Guatemala, por qué después de 14 años sigo sintiendo la añoranza como el primer día de extranjera. Tal vez porque nunca me fui en alma, tal vez porque mi esencia se quedó allá, entre la arada y los volcanes, entre los pinos y los güisquilares. Y aquí vago, como hoja seca que arrastra el viento a finales de otoño.

Sigo con los pepinos y los ayotes, un fuerte viento de otoño me hiela la piel, fue ráfaga, se descuelgan de mi memoria las imágenes de noviembre en Ciudad Peronia y el cipotal volando barrilete en la arada, donde hoy está la colonia Jerusalén. Los veo corriendo atrás de los que se reventaron y van a dar a las copas de los pinos de la aldea. Cuando era verde todo el año y florecía y olía a milpa y hortalizas. A leche recién ordeñada a guayabal maduro, a vida y a querencias.

Por qué me duele tanto estar lejos, vuelvo a preguntarme desahuciada y no encuentro la respuesta. Sigo cortando las hortalizas inmersa en el octubre de vendavales y de pieles cenizas y rajadas por el frío, en el arrabal que llenó mi vida de encanto.

Llega mi hermana-mamá con una cerveza en la mano: ¡Negra, hay sol y pensé que te gustaría tomarte una cerveza en lo que disfrutás de tu parcela! Su imagen me saca de golpe del pasado y me regresa al presente, mientras saboreo la cerveza la veo trabajar en su jardín, trasplantando y podando flores. No sé cómo le hace para que el pasado no la golpee como a mí. Arranca las matas de milpa, las amarra como en manojo y las coloca en el tronco del arce que está en el patio y me dice con su sonrisa que ilumina el día: Negra, te las puse ahí para que recordés cada vez que las mirés, que no importa en qué lugar estés, siempre, siempre vas a cosechar.

Entré la cosecha y me puse a cocinar y ella se quedó en el jardín. Había semillas y hierbas aromáticas, hice una especie de pollo en recado, tirándole a pepián. Eché pishtones y comimos como en Guatemala después de vender helados los domingos, al filo de las 4 de la tarde. Pero solo estábamos las dos, faltaron mi Nanoj, mi Tatoj y los cumes, también Mosaico en Madera y el fresco de carambola. Eso es la migración y sin embargo también es cosecha.

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

12 de octubre de 2016, Estados Unidos.

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