Invierno en Guatemala

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Cuando llega el invierno a Guatemala y asoma con sus temporales perennes para establecerse durante largos meses, la sensación agridulce también avista; porque florecerá la milpa, el bledo y la verdolaga. El jocote de corona rojeará en agosto y las flores de mayo embellecerán los campos. Abundará el maicillo y los huertos se vestirán de fiesta. Las crías saltarán en los charcos con alegría de carnaval y jugarán con barcos de papel. Pero también con el invierno llega la tragedia; los derrumbes, los deslaves, las crecidas de los ríos que se llevan todo a su paso.

Y es entonces cuando Guatemala también se entristece, y los cielos cenizos se visten de luto. Y las mañanas llenas de rocío, lloran, y las tardes de torrenciales se acongojan: por los nadies, por los parias, por los marginados de los tiempos y de las sociedades.

En invierno Guatemala también llora como en todas las épocas del año; y sus lágrimas se mezclan con las gotas de lluvia y forman ríos en las calles, bohemios para el arte nostálgico pero crueles para el arrabal.

Las crecidas de los ríos arrancan de raíz los milpales y las parcelas, los árboles que en verano fueron fresca sombra para los corazones enardecidos, se convierten en tragedia de la deforestación. Y el campo solloza su orfandad, su fragilidad frente a la destrucción de la explotación y el irrespeto. Anhelan las libélulas la poesía de los ocasos en las quebradas.

En invierno se inunda el arrabal, y se desmoronan los cerros y las laderas se convierten en camposanto. Y habita el terror y la angustia en las casas de los proletarios, de los obreros y los campesinos; en la Guatemala defraudada, menospreciada y golpeada en la rebelión de las mocedades y en las manos ajadas de los abuelos. En la Guatemala que solo se nombra cuando es zona roja y clica criminal.

Para el indigente que pernocta en las calles, para las familias que viven y comen en los basureros, el invierno junto a su belleza también tiene inherente la tragedia. Junto con los zompopos de mayo llegan los derrumbes y a los parias se les va la vida en un grito angustiado que ningún gobierno parece escuchar. Desaparecen como un despojo más, entre el vertedero.

En la Guatemala de casas de lepa, de paredes de adobe, con techos de nailon y de cartón, el invierno es incertidumbre. En la Guatemala de las laderas habitadas por asentamientos, los truenos de una tormenta son alarma y zozobra.

El invierno en mi terruño es lozano y fecundo: trae la alegría de la majestuosidad de las flores silvestres y la tristeza de la carencia y la precariedad. Llora enlutada la  poseía.

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

07 de septiembre de 2016, Estados Unidos.

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