Lealtad

Cuando mis artículos comenzaron a publicarse en Cubadebate y en teleSUR fueron varios los periodistas internacionales e intelectuales latinoamericanos los que me escribieron para felicitarme, y para sugerirme que dejara de escribir en mi blog porque tener un blog no era tan prestigioso porque hoy en día cualquiera tiene uno (soy una hija de vecina) también me dijeron que dejara de escribir en medios pequeños porque eso me convertía en una especie de bestseller y le restaba seriedad a mis letras.

Escribir en Cubadebate y teleSUR hizo que se acercaran a mí intelectuales para los que antes fui un cero a la izquierda, al igual que embajadores y cónsules de gobiernos de países suramericanos y que me incluyeran en sus listas de envíos por correo electrónico. Resulta que estoy entre los receptores VIP de sus envíos. O sea…, ¿hoy sí valgo para leer la información que envían?

Muchos a partir de ahí comenzaron a llamarme hermana, compañera, compa, cumpa y sienten que pertenezco a su círculo, me aceptaron como un miembro nuevo. Sin embargo yo sé muy bien a dónde pertenezco, por qué escribo como escribo y por qué no cambio el tono y sigo enviando mis artículos a los mismos medios que me publicaban antes de Cubadebate y teleSUR. Eso se llama lealtad y la aprendí en el mercado de Ciudad Peronia, que es mi Alma Mater. No me la enseñó ninguna escuela, ni universidad y tampoco ningún medio de comunicación. Me la enseñaron los vendedores de mercado. Cuando yo no existía para Cubadebate o teleSUR fueron esos medios pequeños los que me publicaron en sus plataformas, ¿por qué tendría que dejar de enviarles mis letras ahora?

Sé muy bien que me mastican pero no me tragan, porque me hace falta algo importante para tener el derecho (según ellos) a codearme con los que se creen crema y nata: los títulos universitarios. Tener el mote de intelectual –ese que se dicen entre la misma manada como una forma de tirarse flores unos a otros y sonreír para la foto y ganar contactos- esa clase social que de entrada es carta de presentación.

¿Por qué no cambié inmediatamente y me creí lo de estar volando en las alturas? Como me lo dijeron muchos periodistas internacionales, a partir de ese momento.  Y viendo el cambio que tuvo que me incluyeran en sus listas de envíos.   Por ejemplo sigo tocando puertas en medios pequeñitos, muchos de esos se publican solo en pueblos o en ciudades, ni siquiera en todo un país y mucho menos a nivel mundial. Porque como articulista sé muy bien que soy paria y me interesa que mis letras lleguen a ese lugar de donde yo vengo, porque escribo para los míos: para los nadies. Y sigo buscando medios en los lugares más recónditos, porque allá me interesa que llegue mi opinión de paria. En las barrancas, en las laderas, en los lodazales.

Cuando mis letras llegaron a teleSUR y a Cubadebate fue muy emocionante, tan gran grande mi emoción que me costó digerirla y reaccioné hasta los días de verlas publicadas en esos portales. Ambos eran sueños que creí inalcanzables, porque no creí que mis letras llegaran a avanzar tanto como para que esos portales abrieran las puertas. Yo me mantengo en la alcantarilla, mi mundo existe entre las sombras, en las hondonadas.

Estoy muy agradecida con Cubadebate y teleSUR  así como con todos los medios que me publican, pero tengo los pies en la tierra, nada es para toda la vida y un día ellos me dirán adiós  o yo a ellos. Eso es así. Y lo mismo sucederá con los otros medios de comunicación en algún momento, es parte natural de los procesos. Por ejemplo con Resumen Latinoamericano que fue uno de los primeros medios en abrir las puertas a mis textos, ya no escribo en ese portal y tampoco soy corresponsal, -por razones de desacuerdos en línea editorial decidí dejar de enviarlos- sin embargo siempre estaré agradecida con sus editores y su director. Me dieron a conocer en varias partes del mundo.

No creo en eso del prestigio, para mí no existe. Cuando uno crece con hambre y excluido no tiene tiempo para pensar en vanidades,  solo en la sobrevivencia.  Como tampoco existe la reputación. Son factores externos que están fuera del alcance de nuestras manos: como uno vive, como se expresa, o lo que hace a unos agrada y a otros no, de la opinión de los otros se crea la reputación. Uno es aparte.

Para mí todos los medios son importantes, no hay medios pequeños ni medios grandes, todos hacen su trabajo, como tampoco le doy prioridad a ninguno de ellos. A todos les estoy agradecida, eso sí. Mi única prioridad es mi blog. ¿Por qué? Porque cada medio tiene sus propias agendas, sus líneas editoriales, porque también ahí hay clasismo y exclusión. Hay un filtro para los textos que se publican. Muchos de mis textos han sido censurados, porque son demasiado directos o porque no tienen la calidad que requiere el medio en ese momento.

Me he dado golpes de cabeza contra la pared cuando no publican mis textos de violencia de género porque me dicen que no es tema importante. Y son medios independientes que supuestamente están luchando contra el sistema. O por ejemplo cuando publico temas de Guatemala, me dicen que ese país es poco conocido y que no es relevante lo que sucede como para publicarlo, que hay noticias más importantes.

Muchos de estos medios me han pedido una biografía porque me dicen que comparto plataforma con gente que tiene doctorados y maestrías, además de ser intelectuales y periodistas destacados. Quieren una biografía donde hable de títulos universitarios, que no poseo y no voy a mentir. Por esa razón un día hablando con mi Nube Pasajera me bautizó como “inmigrante indocumentada con maestría en discriminación y racismo”. Biografía con títulos querían pues ahí está esa. Otros medios ocultan en mi biografía que yo vendí helados de niña en un mercado, porque según ellos le resta prestigio al medio. Quiero decir también que ningún medio me paga por publicar mis letras. Otros ocultan que trabajo limpiando casas, por las mismas razones.

Nada es lo que parece y mucho menos en el mundo de los medios de comunicación independientes. Me he llevado muchos sinsabores y eso que apenas estoy empezando. No quiero imaginar lo que sienten aquellos que ya llevan décadas en este mundo y sin embargo siguen ahí porque su misión de vida es comunicar y denunciar.

Podrán venir los medios que quieran, irse también cuando quieran, que yo seguiré con mi lealtad hacia mi blog: porque es mi amor, mi nido, mi refugio, mi transparencia. Donde nacieron mis letras y donde permanecerán siempre. No emigrarán hacia ningún lugar.

Mi fuente de publicación es mi blog y lo será siempre. El prestigio, los aplausos, los codeos, la buena reputación, los contactos y la labia no forman parte de mi mundo. Sé muy bien quién soy, de dónde vengo y a dónde pertenezco. Soy paria y para los parias escribo. Pertenezco a la alcantarilla de los nadies y no pienso cambiarla por ningún mundo de vanidad.

Aquí la que escribe es una niña heladera y una empleada doméstica. Y nada, un día cualquiera dejo de escribir, desaparezco del mundo de las redes sociales y de internet, y ya, se  murió la flor. Más la bulla.

Bueno, se los quería decir (no sé por qué putas) mis amores. Gracias por estar ahí y ser parte de este mundo de fantasía que ha creado Crónicas de una Inquilina. Ustedes siempre me encontrarán aquí porque esta es mi casa.

Ilka Oliva Corado.

Abril 06 de 2016.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “Lealtad

  1. Hola Ilka,
    Increible!! Quien o que medios de incomunicación o descomunicacion te pide que no hables de Guatemala y de la Violencia contra las mujeres?
    Que clase de periodismo es ese?
    Pero, volvemos a lo de siempre. Con estos egresados universitarios, tan bien domesticados para mantener y extender el mismo estado de cosas o status quo.
    Se “estudia” no por amor al conocimiento y a real y genuinamente querer cambiar este infierno en el que vivimos, Nooo, se estudia por compulsión, porque hay que tener un título, porque no hay que quedarse atrás, porque es lo socialmente aceptable y eso es lo que importa, estar “in”, pertenecer al club o sea un wannabe mas.
    Y estos “intelectuales” no se imaginan que nosotros lo comunes, les leemos y desciframos hasta su lenguaje corporal y sin necesidad de saber leer o escribir sabemos que está bien o mal y tenemos las mismas conclusiones y más de las veces estamos más acertados de lo que ellos le dan crédito al pueblo o masas que ellos tanto evitan y desprecian.
    Estos son la mediocridad pues por su miedo, su vanidad, su cobardía ellos sustentan lo que no vale la pena.

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  2. Hambre de verdad

    Por Federico Bianchini *

    Cuando le comentaron que la leche que estaban dando en algunos colegios estaba podrida, la vicepresidenta del Consejo Escolar de Bahía Blanca Adriana Perdriel dijo: “El que tiene hambre de verdad come cualquier cosa”.

    Lamento decirle, señora Perdriel, de esta forma tan pública, tan poco íntima y cálida, que se equivoca y que su equívoco no es para dejar pasar. Para decir: “No pueden, otra vez, ser tan ignorantes” y consentir que usted siga en su cargo y que todos, nosotros, los que la votamos y los que no, hagamos como si nada hubiera pasado. Que hagamos como si no acabáramos de enterarnos que el Presidente está implicado en un escándalo internacional de lavado de dinero y minimice y se ría y sigamos hacia adelante, buscando el horizonte o vaya uno a saber qué cosa, sin pedir que explique, renuncie o demande a quienes lo están ensuciando de forma tan vil y canallesca.

    El que tiene hambre de verdad, señora, se dedica a la filosofía, a la pintura, a la literatura, a la música.

    El que tiene hambre de verdad, Adriana Perdriel, no está pensando en comer. Sólo puede uno ocuparse de la verdad si tiene las condiciones básicas (muy) satisfechas, si no tiene que trabajar en algo que le permita conseguir comida.

    Con pena debo decir que conozco pocos políticos con hambre de verdad (muy pocos). Me encantaría que fuera la mayoría.

    El que tiene hambre de verdad (y pienso la verdad en el sentido en que piensan el honor los japoneses) y dice una atrocidad como la que usted dijo debería renunciar sin más. Debería poner una excusa: ignorancia, distracción, falta de mérito, imbecilidad, confusión (por abstinencia o consumo excesivo) de antidepresivos, estrés, la que le plazca y aceptar que, aunque sea, tiene dignidad (que suele perderse mucho antes de la esperanza).

    La mujer más buena que conocí, señora Adriana Perdriel, se llamaba Remedios. Hacía unas torrijas tan deliciosas que usted no podría creerlo, unas torrijas casi de fantasía. Había vivido su infancia en España y había sido pobre. Mucho más, seguramente, que algunos de los chicos que meriendan en los comederos de los que usted, políticamente, es (vice)responsable. Cuando uno tenía ganas de comer y se quejaba, Remedios era lapidaria: “Tú no tienes hambre”, decía, “tienes apetito”.

    Yo creo, señora Adriana Perdriel, que usted no tiene apetito (lo que me parece lógico). Pero tampoco tiene hambre de verdad: eso es lo lamentable.

    * Periodista. Editor de Anfibia

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