Historias de un silbato: El rechazo total. VII.

Si de árbitro asistente era rechazada cuando fui central esto fue total. Formaron una muralla a mi alrededor; jugadores, entrenadores, árbitros, autoridades deportivas, público, medios de comunicación y autoridades arbitrales. Lo imposible era pasar de asistente a central, no porque no llenara los requisitos y no pasara las pruebas físicas, médicas y teóricas, era irrealizable porque era mujer y una absoluta intrusa en el mundo de los hombres.

Cuatro veces me había reunido con la Comisión Arbitral para decirles de mis intenciones de ser árbitro central, hasta ese momento era asistente y de vez en cuando me daban juegos de central, pero yo quería definirme como central y ya no realizar asistencias. Y realizar las pruebas era derecho de todos, de todos menos mío por ser mujer. Lo vieron como un falta de respeto y altanería de mi parte, “¿una mujer central?, ¿se siente bien Ilka?, eso es imposible. Usted no puede ser central porque se la comerían viva los jugadores, imagínese usted ganando más que sus asistentes, no lo permitirían sería una humillación para ellos, usted tiene que comprender eso, sea cuerda.”–Palabra que he odiado toda mi vida, porque siempre me han dicho que sea racional; que en mis circunstancias de vida es sinónimo de conformismo y sumisión-. “Sabemos lo que siente pero no podemos apoyarla en esto, hasta mucho hemos hecho dejándola trabajar de asistente. Admiramos su entrega y la agradecemos pero no podemos dejarla pasar al siguiente escalón porque se nos vendrían todos encima.”

 

Saliendo de la cuarta reunión cuando me dirigía a la salida del edificio de la Fedefut me alcanzó uno de los miembros del Comisión Arbitral, me habló con tanta dulzura que me dejó helada. Me dijo que todo podía cambiar si cualquier día yo aceptaba salir a tomarme un café por ahí y escaparnos juntos a disfrutar una atardecer, me extendió su tarjeta de presentación y me dijo que esperaba mi llamada, no se la recibí y le agradecí el café y le dejé claro que no saldría con él. La misma acción realizaron por separado otros mequetrefes. Pero juiciosos se mostraban cuando andaban acompañados de sus esposas, hasta me las presentaban con aquella amabilidad y reverencia hacia ellas. Entendí que el muro impuesto a mi alrededor era más grande de lo que me imaginaba.

Con todo el dolor y la desesperanza de la frustración a los meses pedí cita nuevamente y me reuní con ellos. La respuesta fue la misma. Los reté, les dije que no estaban preparados para ver a una mujer haciendo el mismo trabajo de los hombres y que lo hiciera bien –porque he dudado de muchas cosas en mi vida pero jamás de mi habilidad y capacidad en el fútbol- y que los superara, que su machismo los volvía injustos. En esos años era más explosiva que ahora, siempre he tenido carácter fuerte, entonces aquello se los dije a gritos y somatando la mesa con el puño de mi mano. Ahí estaba yo recién salida de la adolescencia y ellos hombres maduros, sabuesos, jauría.

Pero nunca en mi vida me he ahuevado ante la adversidad, -para muestra llevo un desierto de frontera en mi piel- la infancia me curtió y me enseñó en el camino más áspero lo que es la sobrevivencia en la constante discriminación. Me propusieron un cambio físico radical y me dieron un mes para lograrlo, me tocaron el orgullo y en un mes de nuevo me presenté con 30 libras menos, ¡se fueron de culo!, no pudieron negarse, realicé las pruebas y las gané. Y así me convertí en central. De entrada recibí el rechazo del gremio arbitral cuando lo anunciaron en sesión general, fueron inclementes. A excepción de unos cuantos. Ciertamente la vieron como una humillación, serían ellos mis asistentes y sería yo la que tendría la última palabra dentro del terreno de juego.

Todo esto que estoy relatando en Historias de una Silbato no tiene una sola palabra de ficción ni drama innecesario, es lo que viví y ahora que he logrado superar el sentimiento de fracaso lo puedo contar, libre de emociones y dolores en la imparcialidad de la realidad. ¿Por qué lo cuento? No debería revivir amarguras y debería ver hacia delante, lanzarlo por la borda y continuar mi camino. Pero es mi deuda con la vida no guardarme por miedo al qué dirán o a exponerme en carne viva, las injusticias que se realizan en un sistema patriarcal y machista, la equidad de género la debemos luchar todos en cualquier rincón del mundo. Once años han pasado y abro de nuevo esa puerta para adentrarme en la vorágine que fue el arbitraje en mi vida en Guatemala. Una diferencia de años luz con mi experiencia arbitral en Estados Unidos, pero eso lo relataré más adelante.

El sueño de mi vida era ser árbitra internacional y lo sufrí, lo lloré, lo grité en soledad, lo renuncié tantas veces, lo abracé desconsolada, me aferré a él con todas las fuerzas de mi ser, me quedé sin aliento, sin lágrimas, sin esperanza y aún así salía a entrenar todos los días a las cuatro de la mañana diez kilómetros y a las diez de la noche otros diez. Infaltable mis serie de 300 abdominales en la madrugada y otras 300 en la noche. De lunes de domingo. Yo corrí el kilómetro extra. Conozco de lesiones deportivas. De la fatiga muscular y del cansancio emocional. La frustración me ha acompañado toda la vida pero a su lado también el ímpetu de luchar por lo que se ama, con uñas y dientes así le toque a uno morir en el intento. Yo morí, morí por dentro, me hice pedazos, me volví partículas de desilusión. Pero mi sueño me hacía levantarme bien pijeada pero con la frente en alto.

Tener el rechazo total del gremio arbitral en lugar de sucumbirme me fortaleció para enfrentarme al rechazo de afuera, cuando me tocó cambiar la banderola por el silbato.

Este serie continúa, no tengo idea de cuántos serán los capítulos, tengo cientos de historias por contar que insurrectas quieren salir de mi alma para volar libres por el mundo.

 

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.

Enero 27 de 2015.

Estados Unidos.

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