Amor del bueno.

Desde el año 98 en que mis papás vendieron la casa en Ciudad Peronia me juré no volver a descalzarme hasta que tuviera casa propia, y así pasé los años y así emigré, lo mismo sucedió con volver a sembrar flores y hortalizas, dije que lo haría hasta que tuviera un jardín propio. Mientras me secaba por dentro, porque mi vida son las hortalizas, mi fascinación es ver los tomatales crecer y oler por las mañanas las hojas frescas de orégano, de hierbabuena y cebollín. Ver madurar los chiles dulces y disfrutar cuando el culantro se llena de semillas. Eso para mí es la esencia de la vida. No importa el espacio, en tiestos crece la vida y nos llena de encanto.

Crecí con un par de zapatos que solo usaba para ir a vender helados y para ir a estudiar, el resto del tiempo me la pasaba descalza por mi gusto, -aunque tenía caites- porque me encanta sentir el suelo de talpetate, las polvaredas del verano cuando las aplacaba con las palanganadas de agua y el zacate de la arada cuando iba a pastorear mis cabritas y mis marranos. Ese amor por la tierra que no se estudia, no se compra ni se vende, ese amor que nace y crece y que transforma. Que nos lleva de vida.

Todos estos años dejando en los recovecos mi fascinación por los suelos desnudos, – de esa Tierra de Luz como canta Lila Downs y Mercedes Sosa- y la felicidad de recorrerlos con mis pies descalzos.   Esa agonía que muy bien comprenden quienes tienen cordón umbilical de cepa de guineo majunche, de ramitas tiernas de apio y perejil, de las enredaderas de ayotes y flores de achiote. Solo quien sabe que en la tierra está la entraña de la vid. Ese privilegio de acariciarla en los lodazales y en las tardes frías cuando el viento se marcha llevándose los amores de verano y las últimas lluvias del invierno. Esa fascinación de ver la milpa florear y el quilete llenarse de hijos, contarle los cogollos al limonar que apenas se ha preñado por primera vez. Esa esencia de vida que el asfalto convierte en yermo.

Me quedé entonces sin suelo para caminar mis pies descalzos y me fui para el norte, a encontrarme con rascacielos, jardines podados y pisos alfombrados. Me puse zapatos y recluí mis pies aventureros negándoles el deleite de otro suelo que al final es el mismo.

Y así hasta que para finales de esta primavera una tarde   a punto de salir del gimnasio comenzó a llover torrenciales, me paré en la puerta a ver la lluvia caer y sin pensarlo, instintivamente me quité los zapatos y comencé a correr bajo la lluvia, metí mi maletín en el carro y me quedé saltando sobre los charcos, corría como niña de un lugar a otro, me fui a meter a la tierra de los jardines para enlodarlos y sentir esa masa de alfarero masajeando mis pies, regresé a los charcos y continué saltando, hasta que me cansé, fatigada y me fui al carro, y me dio por reír a carcajadas recordando las alegrías de infancia cuando hacíamos barcos de papel y salíamos a la calle para que se los llevara el río que iba en el medio, las tardes que me agarraba el aguacero poniéndole la lámina al techo del chiquero de los coches. Cuando me tocaba carrear las gallinas recién paridas para que no se mojaran los pollitos. Cuando me quedaba ahí subida en el tapial viendo cómo aquella niebla caía sobre las montañas, ver el cielo descapotarse, es esencia pura, es vida. Eso no se vive en las grandes ciudades, eso nos los roba la industrialización. Esa nostalgia de tierra, de raíz, de ensueño.

Me quedé en el carro llorando, pasó la lluvia y me di cuenta que también los años y mi pelea con la vida comenzó a ceder. A partir de ese aguacero de finales de mayo, me he empapado todas las veces que ha llovido este año, no hay sensación más privilegiada que la sentir la tierra en los pies, de nuevo la conexión con el cordón umbilical.

A pesar de la hilaridad que viví cuando lo hice sin pensar y solo abrí la puerta del gimnasio y salí a encontrarme con el torrencial, no me pregunto, ¿por qué no lo hice antes? Siempre he tenido la certeza de que todo en la vida tiene su razón de ser y que todo proceso tiene su tiempo. El tiempo su paso y su sabiduría, un paso   es distinto al nuestro que siempre vamos de prisa tratando de que no nos alcance o nosotros tratando de alcanzarlo, en esa lucha inconsistente de no dejar ir y querer controlar lo que no está al alcance de nuestras manos.

De los años en sequía, con mis pies condenados al encierro de un par de zapatos aprendí mucho, la aridez también enseña: temple, fortaleza. Resistencia. Una descomunal resistencia. Volví a hacer lo que amaba y a recordar que lo sencillo es lo que llena el alma y la mantiene viva. No hay nada como el amor natural, que no se busca, que no se retiene, que no se doblega, que simplemente nace, se manifiesta y -se va cuando quiere-  transforma. Y así sin pretenderlo es como mi vida se  ha ido llenando  de  amor, amor del bueno.

 

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado

Diciembre 09 de 2014.

Estados Unidos.

2 pensamientos en “Amor del bueno.

  1. Que bueno lo que escribió, Colocha. Le cuento que estoy muy ligado a la agricultura, no a la agraria cultura, por eso cuando escribe del culantro, del tomate, de los pies sobre la lluvia y más me ha provocado olor, sed, hambre y patriotismo. Bueno…las palabras a veces son demás. Ahora le escribo porque estoy de solaz y esparcimiento -vacaciones- . A decir verdad eso deben ser las vacaciones: disfrutar la vida. Y compartir con usted es vida. Va un abrazo.

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    • A la madre… Me sacó las lágrimas, lo sentí en el corazón. Estoy a punto de entrar a nadar, en el gimnasio de la nota, estoy aquí en el carro, día nublado, de lluvia y frío. ¿Se cae con un atol y yo pongo las tostadas? Gracias, me dio en el alma.

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