Historias II.

I.

Un día saliendo de nadar justo caminando hacia los vestidores me encontré una señora de la tercera edad, una estadounidense preciosa, me impactó lo bien cuidado que tenía su cuerpo, se notaba que había practicado deportes toda su vida, no me pude contener y le dije: ¡qué mujer tan hermosa, qué cuerpo tan bien cuidado! Se detuvo medio confundida y contestó con una interrogante: ¿Perdón? Sí, usted tiene un cuerpo hermoso y muy bien cuidado, felicitaciones. Puso en el suelo su tabla, sus lentes y sus aletas, me hizo una reverencia y me dijo en un estado de emoción que le aguó los ojos: ¡gracias, gracias, gracias, mi esposo nunca me ha dicho eso y llevamos casados 40 años! ¡Gracias, gracias, gracias, sweet heart! ¿Nunca le ha dicho su esposo que tiene un cuerpazo? No, nunca, por eso te agradezco, no sabes de qué manera acabas de impactar mi autoestima. De nada, es la verdad, tiene un cuerpo precioso. ¿Le puedo preguntar qué edad tiene? 77. ¿Qué? Luce como de 50, que tenga buen día, cuídese preciosura. Gracias sweet heart, tú también. Me fui caminando hacia los vestidores pensando en mis adentros: de verdad que existen hombres tan pasmados.

 

II.

Fui a la biblioteca a prestar unos libros y me encontré a una señora que era recepcionista en una clínica dental que queda en el mismo edificio donde está la clínica del quiropráctico que está tratando las vértebras de mi espalda, siempre que pasaba por ahí tres días a la semana la saludaba desde el corredor, hace ocho meses que alguien más está en su puesto, imaginé que ya se había jubilado, es de tercera edad. Una rubia espectacular, de ojos azules y esa piel añeja que me enloquece. Cuando la encontré en la biblioteca la saludé y le dije sorprendida: ¡tanto tiempo sin verla! Se me lanzó encima y me abrazó tan fuerte como si hubiésemos sido amigas de toda la vida que dejaron de verse por un tiempo. Tan guapa como siempre, le dije.

Me tomó de la mano y me llevó a una banca, nos sentamos. Quiero darte las gracias por todos estos años que pasabas saludándome y dándome los buenos días me vestía para ti, porque eras la única persona que siempre halagaba mi forma de vestir y eso me motivaba a levantarme todos los días y vestirme y maquillarme y esperaba impaciente la hora que tú llegabas para recibir tus saludos y tu cortesía. ¿De verdad? Sí. Pero quiero que sepa que no son cumplidos, usted es una mujer muy hermosa y su belleza viene de dentro, no importa cómo se vista, su luz viene de su ser interior y por favor no se arregle para nadie más, vístase, maquíllese para usted misma, gústese, ámese usted, no espere cumplidos que vengan de fuera. Y no dije nada que no fuera cierto, no digo las cosas por decirlas, las digo porque las siento y me nacen; usted es una hermosura de mujer y no lo dude jamás.

Le di un abrazo y me despedí, me siguió hasta la puerta y me dijo como despedida: ¿te han dicho que tienes una luz interior que destella? Sentí que la cara me agarraba fuego y le tiré un beso, me fui. Esa luz de la que ella habla tal vez  es el resultado de todas las humillaciones que he vivido, de mis caídas, de mis vacíos, de mis infiernos, de mi victimización, y de recién aceptarme, respetarme y amarme tal cual soy. La autoestima recién la he conocido. Viví tanto en la oscuridad.

III.

Recién llegada a Estados Unidos, al mes justo me mandó mi hermana a pagar el gimnasio, no entendía y mucho menos hablaba inglés, me escribió en inglés en un papel: “Este es el pago del mes de fulanita de tal” me dijo que se lo enseñara a la señora que estaba atendiendo en el escritorio y que le diera el dinero y mi tarjeta del gimnasio. Para mi mala suerte me encontré con una racista, emigrada de India. Me comenzó a gritar cosas que yo no entendía y la gente se fue acercando, hasta que llegó un muchacho hispano y me preguntó qué sucedía, le dije que no hablaba español y que quería pagar mi mes. Él hizo el favor de traducir y además de defenderme. Pagué entré y él se fue, le di las gracias, jamás he olvidado ese gesto suyo ni el de la señora que atendía en el escritorio de pago.

Ese mismo año un señor estadounidense nadaba en el mismo carril donde lo hacía yo, ya entendía palabritas de inglés pero no lo hablaba. Comenzó a insultarme por mi color de piel y por ser latina, me dijo que de seguro era indocumentada, que todos los latinos tenían que ser deportados y me ordenó salir del carril porque no quería compartir el espacio con una negra. Vi levantarse de una silla a otro hombre robusto, de ojos verdes que se lanzó a la piscina, lo tomó del cuello y le dijo: quien se sale ahorita mismo de la piscina eres tú y te vas de aquí o sino llamo a la policía para que te arreste por esas agresiones racistas. Yo soy emigrante también de Rumania dime a mí que me que salga de la piscina y que me vaya de aquí y dime también que hablo con acento., dime algo de mi color de piel. El gringo agachó la cabeza y se salió de la piscina, quienes estaban ahí y vieron el encontronazo aplaudieron. A mí me dio por llorar de la cólera por no hablar inglés. El hombre me abrazó y se presentó: mucho gusto soy Román. A Román nunca lo he olvidado, y no sabe la lección de vida que me dio. Gracias a él y al muchacho hispano que tradujo cuando la señora hindú me gritaba improperios, sé que el inglés sirve para trabajar pero más importante aún para ser voz recién emigrados que aún no lo hablan y rechazar toda muestra de discriminación.

Y así se van escribiendo las historias que me pueblan.

 

Ilka Oliva Corado.

Noviembre 23 de 2014.

Estados Unidos.

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