Aquilino.

Nos tiramos por el desierto de Sonora y logramos cruzar a Arizona pero la Patrulla Fronteriza nos agarró. Nosotros íbamos caminando entre los matorrales y nos faltaban como cuatro kilómetros para llegar a la carretera en donde nos iban a recoger, nos dijo el coyote, pero nos salieron como veinte hombres armados y entre la oscuridad de la noche apenas pudimos distinguir porque nos cegaron con las luces de sus linternas. Eran de la Patrulla Fronteriza.

Intentamos correr pero nos tenían rodeados, éramos 24 los que íbamos y con el coyote hacíamos 25. A todos nos violaron ahí mismo, pero a las cinco mujeres que iban con nosotros les fue peor porque todos las malograron, por adelante y por atrás. A los hombres que se resistieron los pusieron de rodillas a que les hicieran sexo oral y después de espaldas nos agarraron a todos. Ya van preparados esos desgraciados porque cajas de condones tenían listas y no los dejan ahí, usados los metían en una bolsa plástica. También usan guantes de doctor, de esos blancos que utilizan en los centros de salud.

No nos llevaron a ninguna estación policial o centro de detención, lo que hicieron fue que nos sacaron a la carretera y ahí estaba otro carro particular esperando y nos subieron ahí y nos llevaron a una casa particular, ahí nos cuidaban de seguro otros de la Patrulla Fronteriza que estaban de descanso, no sé, me imagino que así trabajan ellos porque los hombres estaban bien fornidos y no parecían delincuentes. Eran policías también porque días llegaban gringos y días otros de esos latinos que nacen en Estados Unidos y hablan palabritas de español.

Llamaron a nuestras familias para pedirles el rescate y a cada uno nos tocó pagar $12,000 para que no nos mataran. Un mes estuvimos en esa casa en Arizona, a los hombres nos ponían todos los días a que les hiciéramos sexo oral y a las mujeres sí las violaban. A uno le hierve la sangre cuando mira esas bajezas y no poder hacer porque nos tenían engrilletados y con las manos amarradas, ni al baño podíamos ir solos. Llora uno de la pura rabia.

Cuando ya habían cobrado el dinero de todos nos llevaron al desierto otra vez y llamaron por radio a otros policías de la Patrulla Fronteriza también y les dijeron que nos acababan de encontrar y que ellos se hicieran cargo. Ahí nos entregaron, nos llevaron al centro de detención y nos deportaron. Nos tiraron a México nuevamente. Ni huellas ni fotos nos tomaron, de seguro para no dejar registro de nosotros por si denunciábamos, así nos dijo un coyote con el que hablamos en México para ver si nos cruzaba otra vez, pero nos cobraba $4,000 por el puro cruce del desierto y la verdad mi familia ya no tenía cómo ayudarme, para pagar el rescate tuvieron que sacar préstamos en el banco y empeñar hasta el aparejo de la yegua.

Decidí regresarme para Honduras y los otros dijeron que sí iban a intentar cruzar nuevamente. Ese desierto es perro, se muere la gente de cansancio y de hambre, el calor al medio día es insoportable pero en la noche el frío lo hace a uno llorar.

Que Dios cuide a todos los que emprenden esa peregrinación porque aunque uno les diga que es peligroso ellos se van, así de grande es la necesidad que los obliga a irse.

Aquilino, 42 años, deportado hondureño. Trabaja en la agricultura en su natal Copán. Padre de 6 hijos.

 

Ilka Oliva Corado.

07 de noviembre de 2014.

Estados Unidos.

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