Los niños de La Bestia.

Ahí van con sus caritas tiznadas, con el cansancio en sus labios, fragmentados los sueños, enfrentando la adversidad.
Los niños de La Bestia, el tren de la muerte, a tantos mutila, a miles silencia, a muchos les roba la risita inocente de la niñez que se va.
Marcadas sus vidas, las playeras gastadas, pantalones manchados del orín que se seca entre vagón y vagón, el miedo al acecho, el peligro perenne, arrechos los críos, son un batallón.
A los niños de La Bestia los golpea la vida, los tortura el delincuente ataviado en pulcritud de policía indecente. Qué comen los niños de La Bestia, si los días disparejos solo les ofrecen necesidad.
Una ferrovía asesina, la noche desentendida en su eterna oscuridad, la máquina asesina que se traga las vidas sin que nadie lo quiera notar. Ánima de quien se va.
A los niños de La Bestia los gobiernos los escupen, los quebrantan, los desmiembran, los desaparecen. ¿En dónde están?
Los niños de La Bestia se vuelven hombres ajados, azareados, mutilados, mohínos.
Los niños de La Bestia, con sus zapatos destrozados van en el lomo del ferrocarril, asoman los dedos mallugados, ¿esto cuándo tendrá fin?
Ahí van trepados en el lomo del animalón. El gran volado al que le llaman largo convoy.
Dónde duermen los niños de La Bestia. A quién se abrazan, con quién conversan. Son almas dispersas, infranqueables y leales a su dolor.
Son un éxodo los niños de La Bestia, ¿cuántos lo logran? ¿Cuántos se quedan? ¿A cuántos expulsa su indigno país? No hay cifras exactas, son los invisibles que no tienen fin.
¿Y a vos te interesa, saber de sus vidas, causas perdidas de la degradación?
Ilka Oliva Corado.
Julio 15 de 2014.
Estados Unidos.

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