La enigmática Lila Downs en Chicago.

Como el nombre de mi blog lo dice todo, hoy la haré de cronista y tushtera.
De pura guasa me enteré de su llegada a Chicago, le escribí un mensaje en sus redes sociales preguntando para cuándo venía a la ciudad y me contestó que para el sábado, ¡imagináte vos y era miércoles por la mañana! Temí no encontrar entradas por estar a destiempo pero como diría mi bisabuela, soy una niña que nació con suerte y cabal las pude comprar.
Nos atravesamos la ciudad con mi hermana, encaramadas en mi yegua Picapiedra y la dejamos comiendo zacate en un self parking de a $20 la noche. Me quedé pensando qué era eso de self parking pero ni tiempo me dio de averiguar pues la cola para entrar ya estaba avanzada.
Comenzaba a llegar la gente con sus trajes típicos de Oaxaca, Nayarit y otras latitudes de México y Latinoamérica, por ahí parejas interraciales -que les dicen- gringos con latinos, latinas con afroamericanos y europeos también en aquel fresco de tamarindo con guayaba.
En la cola vi varias parejas de homosexuales, ¡ y me encantó! Estaban ahí tomadas de la mano como cualquier pareja de barrio y de residencial, esa libertad es fabulosa ese nivel de raciocinio y de aceptación, dejarlas ser simplemente porque derechos tenemos todos y todas.
Abuelos con sus nietos y jovencitos que por primera vez asistían a un concierto de ese tipo de música.
Al filo de las siente y media de la noche abrieron las puertas y nos encontramos de frente con una exposición de pinturas de artistas mexicanas residentes en la ciudad, saqué mi cámara a las carreras y más corriendo que caminando tomé las fotos al pedalazo.
Nos avisaron que todavía estaban ensayando y probando sonido así que otra media hora ya adentro del teatro para entrar al recinto específico donde se llevaría a cabo el concierto, típica jutiapaneca chachalaquera no pasó ni un minuto y ya estaba abriendo la boca con los vecinos de la fila. Hicimos un montoncito –como el de las carteritas de fósforos y el naipe que jugábamos en Peronia- y cada uno empezó a confesarse…
Yo dije que era guatemalteca cosa que nadie me creyó hasta que saqué mi identificación, en el grupo se encontraban dos muchachos a los que se les notaba el amor en la mirada y se les desbordaba por los poros pero aun de los que no se atreven a expresarlo en público, fue imposible no notarlo porque los rodeaba una nube de encanto y enajenación. Mexicanos ambos, guapetones de pronto por la espalda se resbalaba una mano que acariciaba sutil y rápidamente la cintura del otro, yo me disfruté tanto esta timidez…
La conversación era una ensalada, mientras unos hablaban de estudios otras de oficios y eso sale a galope despepitada una señora de tercera edad que contó que en su pueblo Tampico solo había podido estudiar hasta segundo primaria pero que la escuela a ella le hacía los mandados, que había trabajado de gata en medio México y emigrado hacía cuarenta años a Chicago, contó que en su restaurante llegan artistas a cantar, entonces los mexicanos preguntaron en dónde estaba su restaurante y dijo el nombre y la ubicación, ¡nombre para qué lo dijo! Poco faltó para que le besaran los pies, resultó ser uno de los mejores restaurantes de comida típica mexicana del oeste de la ciudad.
Yo me quedé en las mismas. Pero faltaba lo mejor, mientras unos hablaban de la UNAM y de sus títulos… de algunos viajes a Hawai y de sus tarjetas verdes ella humildemente contó que se había conocido media Europa y relató calle por calle y evento por evento, del día que fue a una playa nudista y que pensó que le daría infarto viendo aquellos cincos colgantes y bosques tupidos que enraizados en ninguna tierra caminaban sobre la arena.
De cuando se fue a Grecia y a su esposo se le metieron dos suvenires de carne y hueso a su habitación de hotel mientras ella compraba agua pura en el bar, lo encontró con las palpitaciones del corazón saltándole entre el cielo de la boca y la mandíbula, le tocó llevarlo al hospital y por supuesto ¡no compró los suvenires!
Invitó a la manada del puñado –de carteritas y naipe- a almorzar a su restaurante el día siguiente con el cincuenta por ciento de descuento, especialidad en mariscos dijo, yo me quedé chompipeando en el Son de la Loma – de la Azúcar Celia Cruz-.
Finalmente abrieron las puertas y logramos llegar a la primera fila, bueno he de ser franca hicimos la primera fila porque aquel teatro resultó ser algo así como un chinique de pueblo, un salón comunal, un recinto listo para el bacanal, no había una sola silla más que el piso pelón. Yo lamenté que no estuviera regado a palanganazos de agua y que no estuviera alfombrado con pino, calláte ingrata imagináte vos las hojas de pacaya pegadas en las paredes y el lazo del chinique a tostón la pieza.
Para variar en mí que parezco chicharra me asaltaron las ganas de ir a mear, cuando llegué me topé con una cola como de cien mujeres que parecían agonizar en dolores de parto, con otra gringa que estaba atrás de mí acordamos ambas asaltar el baño de hombres de lo contrario nos perderíamos el concierto, así lo hicimos al primero que salió lo basculeamos y entre risas y encantos lo convencimos para que fuera a catear el baño a ver si no habían pitos en pampa que nos hicieran escúpelo en los ojos, habían pero dijo que eran diminutos así es que no los podríamos avistar siquiera.
Los hombres que nos topábamos saltaban asustados, les explicamos que era una emergencia que entendieran que siempre el baño de mujeres era un caos, entonces nos hicieron valla y cada una entró a su asunto y salimos despepitadas entre abrazos y besos en las mejillas de los educados caballeros con pitos en miniatura.
De entrada dos patojos llegados de Los San Diegos California con un par de instrumentos tocaron un tipo mero raro de cumbia una fusión de sonidos entre que metálica, rock y rancheras… aquello era un licuado de purgante para sacar las amebas.
Cuando ya estábamos por ir a buscar unos olotes, hojas al monte, piedras y papel periódico anunciaron a la enigmática Lila Downs. ¡Lila Downs!
Y salió la despampanante mujer, ¡potranca de hembra! Con sus ¡ancas de yegua indomable! Yo sentí que me dio vahído, mal de camioneta, salpullido y goma de tres días, sentí que me dio el telele y me di un colazo en el otro mundo donde habitan los pasmados más zopencos que respiran en la cordura y reviví cuando escuché su voz cantando Los Pollos, ¡volví a mi locura!
Con su traje típico del pueblo de su raíz materna, y es lo que admirás de alguien que nace en otro suelo ajeno y que no niega su raíz, que encima la honre, ¡no lo hace cualquier persona, solo las grandes!
Una sensualidad de mujer, el erotismo y lujuria en cada poro de su piel, fue imposible no imaginarla bailando la danza de los siete velos, una voz que es un torrente de denuncia, irreverencia y orgullo.
Es de ese tipo de mujeres que llevan el feminismo a tope, en proa. Las que son y no dejan de ser por temor a sociedades opresivas, de las que se expresan con todos los sentidos, con cada parte de su cuerpo, con todo movimiento explosivo y libertador.
De las que con su sola presencia te hace hervir la sangre, no necesita intentar convencer a nadie solo con su Luz te unís a la manifestación y queja de su bandera multicolores.
Imposible no admirar sus músculos definidos y demarcados como pequeñas lomas en cordilleras… su cabello trenzado como las Adelitas de la revolución, su conciencia a flor de piel en cada gota de sudor recorriendo los montículos de su cuerpo.
La excelente creación de La Cucaracha esos arreglos musicales y las letras que incitan a despertar del limbo…
Zapata se queda… Paloma Negra… La Cama de Piedra… La Cumbia del Mole…
Una artista completa tocando todo tipo de instrumento musical. Su voz, su voz, su voz no la define es tan solo una de sus muchas formas de expresión porque cada poro de su cuerpo es una revolución autónoma.
A medio concierto alguien del público le lanzó un ramo de flores a lo que ella agradeció y le dijo a la persona ¡qué linda playera de Guatemala! Se escuchó una bulla de porra chapina, no pudimos ver entre la aglomeración quién se lo había regalado.
Los dos guapetones se terminaron besando tímidamente en un instante en que el teatro quedó en absoluta oscuridad, ¡yo de shute les aplaudí y aullé como loba! Los tres reímos sabiendo nuestro cuento, preguntaron si era una loba feroz y les dije que no, que era una rugiente Leo del zodiaco que no importaba que también la hacía de loba a veces y de gatita en otras, de pasmada siempre.
Por ahí ellas también en completa libertad y sin ninguna pisca de vergüenza se atrapaban en telarañas de besos que relataban tórridos romances.
Cuando salimos encontramos a la yegua Picapiedra durmiendo la mona y así medio asueñada nos llevó sanas y salvas a nuestro nido rentado.
Lila Downs en Chicago un concierto para no olvidar.
Dejo aquí las fotos.
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Ilka.
Abril 01 de 2013.
Tabucolandia.

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