Mi primer día como gata.

Hay fechas que vos recordás intactas, patentes en tu vida. Pues yo nunca olvidaré el día y la hora en que me convertí en chacha, chole, gata, limpiadora de casas y doméstica.
A propósito del Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar.
Llegué a Chicago una madrugada de noviembre, caían copos espesos empezaba la temporada invernal, la época del frío, durante los tres meses siguientes estuve convaleciente literalmente en cama, más que exhausta , más que un cansancio emocional y físico era mi piel la ardía en llamas, estaba atestada de tunas de nopal, de las finas bellotas, las pequeñas espinas.
Tres meses duró mi hermana sacándolas de mi cuerpo una a una con una pinza de hospital, tenía hasta en los párpados. Inhabilitada para trabajar me pasaba los días entre el sótano de la casa que limpiaba mi hermana y el cuarto que rentábamos en el condominio de una señora rusa. Ahí en el silencio hacía las tareas de inglés que mi hermana me dejaba, era necesario aprender lo mínimo para conseguir trabajo de limpiar casas.
Comenzaron a atisbar las que se convertirían en serias depresiones que durarían años en abandonarme. En algunas ocasiones fui a ayudarle a limpiar pero fueron muy pocas, mi cuerpo ardía en llamas por las tunas de nopal y no podía moverme sin que éstas causaran dolores severos en mi piel estaban incrustadas habían hecho de mi piel su casa.
Finalmente a principios de febrero sacó la última y ambas lloramos y nos abrazamos en una especie de celebración, estábamos ahí en el cuarto del condominio de la señora rusa, lo recuerdo patente, ella en la noche también celebró con nosotras preparó una cena exquisita típica de su país, eran esos días en que mi hermana-mamá era mi voz, yo no entendía el idioma y no podía expresarme sin que ella tradujera.
Mi hermana me buscaba directamente en la sala del condominio cuando llegaba de trabajar sabía que yo iba a estar pegada a la ventana tratando de hacer de aquel vidrio una especie de sendero por el cual regresar inmediatamente a mi país, sus ojos se le aguaban yo estaba en un limbo total insalvable, de pronto de la veía cambiar de inmediato escondía su dolor yo no sé cómo pero se volvía un roble y me exigía entregarle la tarea de inglés y repetir el abecedario y las frases escritas, yo comenzaba en mi negación y ella en la forma de hacerme entrar en razón y hacerme ver que estábamos muy lejos de Ciudad Peronia y de nuestro idioma materno, que las circunstancias habían cambiado y que tocaba afrontarlas.
Yo lloraba y pataleaba, maldecía mi puta suerte. Los recuerdos de frontera me martillaban los sesos constantemente y no me permitían respirar, siempre lo hacía por bocanadas, ahogada en mi desencanto.
Mi hermana se ideó inscribirme en el gimnasio y comprarme todo el equipo deportivo necesario para mi reincorporación en la pasión más añeja de mi vida, pasé un año sin entrar al recinto, lo veía de afuera y comenzaba a llorar mi forma de auto castigo fue dejar de hacer lo que más amaba, entre tantas otras cosas.
Que yo recuerde hasta el día de hoy ninguna especie de ego me ha logrado conquistar, sigue rondando aunque lo ignoro por completo. Lo digo porque fui Maestra de Educación Física y ejercí durante cinco años antes de emigrar, pero en el invierno de dos mil cuatro las mañanas soleadas con mi ejército de crías saltando entre conos y cantando cancioncitas y jugando rondas desaparecieron por completo, el cielo era gris y las nubes danzaban entre copos de nieve y niebla. –De ahí mi amor profundo y el agradecimiento eterno al invierno, porque la estación siempre ha traído cambios significativos a mi vida-.
Aunque lo del magisterio nunca lo vi como una profesión sino como uno de los tantos oficios que he hecho en mi vida para ganarme el sustento, eso es, un oficio más.
La mañana del catorce de febrero de dos mil cuatro llegó entre los copos que algodonaban la ciudad, llegó así sin informar con tiempo la primera oportunidad de trabajo. Me puse uno de los dos pantalones que tenía, un par de tenis y una playera azul de mi hermana. El pantalón era café claro de corduroy lo recuerdo patente. Llegamos pues a la mansión ubicada en uno de los suburbios del norte de la ciudad, ésos donde vive la gente judía ricachona. Mi hermana estacionó su carro a media cuadra del lugar y caminamos entre la nieve, había celebración de Bar Mitzvah.
Ellos necesitaban dos personas para que en medio de la fiesta fueran a limpiar los baños y a recoger la basura de los más de trescientos invitados. La cocinera los abrió la puerta de servicio en segundos apareció la dueña una judía elegante y hermosa con su clase social a flor de piel, con su inglés con acento del Medio Oriente que trataba de disimular sin éxito.
Nos explicó lo qué teníamos qué hacer y nos recomendó ser cautelosas y tratar por todos los medios de que los invitados no se dieran cuenta de nuestra presencia en la casa, ¡imagináte vos! Ahí yo viví mi primera afrenta, me lo tomé personal, la cara me agarró fuego en indignación pero mi hermana se clavó una mirada en la que leí muy bien, “Negra aquí no sos maestra y a limpiar veniste”.
Fuimos al armario donde estaban los utensilios de limpieza, nos armamos de una cubeta plástica cada una, un cepillo para limpiar inodoros, trapeador, bolsas plásticas, guantes, esponjas, trapos y papel en toalla, también los infaltables químicos en líquido para desinfectar y limpiar.
Ella se despidió de mí como si nunca nos fuéramos a ver y se perdió entre los gabinetes de la cocina y la lavandería me dijo que iría a limpiar el tercer nivel de la casa yo agarré para el sótano, pero algo falló, lo que nos había exigido la señora de la casa no lo pude cumplir porque me resbalé en la primera grada del sótano y rodé por la escalera con todo y utensilios de limpieza, perdí el conocimiento por instantes cuando recobré la conciencia me tenían rodeada un puñado de rostros blancos pálidos me miraban con sus ojos azules y verdes, veía que gesticulaban pero no los podía escuchar, vi sus trajes finos y respiré sus lociones caras de las que nunca podrá comprar una limpiadora de casas.
Entre el puñado de rostros en estado de alarme descubrí el de mi hermana que lloraba, podía leer en sus labios, ¡Negra, Negra, Negra! Me ayudaron a levantarme, me senté en una silla y uno de los invitados que era doctor me revisó, vi mi pantalón mojado ya no era café se había tornado en otro color, tenía cloro en el pantalón y la playera, alguien había dejado el recipiente de cloro a medio cerrar y cuando caí por las escaleras se vació entre las gradas alfombradas y mi ropa.
Que estaba bien dijo que la pérdida de conciencia momentánea había sido ocasionada por el golpe. Los invitados regresaron a su fiesta y la dueña de la casa nos clavó la mirada acusadora pero le urgía más tener sus baños limpios y las alfombras aspiradas. Limpiamos la casa, me enredé más de una vez con el cordón de la aspiradora y enloquecí con sus tantos botones a los que no le sabía la función, encontré televisiones plasma guindadas del techo en cada baño, en la cocina, en la lavandería, en las cinco salas, y hasta en el garaje. Tres cuartos llenos de juguetes y maquinitas como las de los Capitol.
Sillones de cuero, ocho carros de último modelo propiedad de la familia, desde el segundo piso vi la piscina y el jacuzzi, el inmenso jardín con árboles frutales cubiertos de nieve. Seis horas después salimos con cincuenta dólares en la bolsa cada una. Ése fue mi primer pago en Estados Unidos, mi primer pago como limpiadora de casas.
Se hizo agua como se les hace a todos y a todas los que trabajamos en la mano de obra explotada en este país. Al salir fuimos a una tienda de segunda mano a comprarme otra mudada porque la siguiente semana comenzaba a trabajar con una familia coreana, cuidando tres niños, pero esta historia la contaré en otro colazo.
Por cierto he aprendido tanto en este oficio como nunca en mis tres raquíticos años de universidad. Cada jornal es una escuela, pública por supuesto.
Ilka.
Marzo 31 de 2013.
Tabucolandia.

9 comentarios

  1. Pues ya sabe mi apreciada Ilka:
    Espero que esas cervezas estén bien frías pero con sabor a lo nuestro, ojalá que sea pronto.
    Aquí aunque la vida nos penda de un hilo con tanta cosa que pasa, siempre tenemos una sonrisa para todos y para reírnos de nosotros mismos mientras podamos.
    Así que siga sacando inspiración y esperamos con deleite sus entregas.
    Un abrazo

  2. Vicente Antonio Vásquez Bonilla

    Ilka linda: Como siento confianza contigo, iba a empezar bromeando, diciendo: “Miau, perdón, quise decir ola” Pero, con tu caída en la escalera, me tocaste el corazón y me emocioné de tal manera que, sin la menor pena, te cuento que se me humedecieron los ojos. Me alegró que te hayas conquistado a ti misma, que hayas superado todo y que estés victoriosa y, lo principal, con sentido del humor intacto, para contar tus peripecias. Te admiro. Chente.

    • Me has hecho reír hasta el cansancio con esa tu ocurrencia, pero para que veás que la confianza en mutua te digo que para vos soy Gatúbela las veinticuatro horas del día jajaja, besotes mi amigo bello y nada de llorar que esos tiempos ya pasaron. Besos.

  3. Mi apreciada Ilka:
    Después de una Semana Santa llena de comidas de la época, molletes, pescado, garbanzos uno que otro aperitivo y la tranquilidad de quedarme en casa para evitar el bullicio, este lunes amanecieron hambrientas las palomas del edificio y por la venta les mandé unos pedazos de pan. Le mando mis recuerdos desde el Centro Histórico y como siempre disfrutándome sus vivencias tan especiales. Un abrazo a mi paisana.

    • Mi estimado, recuerdo la escena de la ventana y la paloma en el Centro Histórico. Gracias por estar ahí fiel, siempre fiel, lo aprecio mucho ojalá podamos un día compartir la cervezas prometidas, abrazos en la distancia.

  4. pero pocas pueden contar así su historia…

  5. Preciosa, una de miles. Una de miles. Besos.

  6. Que emocionante tu historia, me transporta hacia una serie de sentimientos, pero de algún modo me hace ver la inconmensurablidad de ese relato mayor de La Historia. Eso es abrumador. Bella.

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