El escritorio color teal.

La vi entrar de pronto en el apartamento, así como un ventarrón de fin de año. Yo me encontraba sentada en uno de los sillones de la sala con mi ordenadora portátil sobre mis piernas, escribiendo no sé cuál de las tantas catarsis que del aire se me descuelgan de la chaveta.

“Nía Tanates” le dije a modo de saludo cuando la vi ya repuesta de la traqueteada en el ascenso de las  gradas del edificio. Aparte de su bolsa –tipo costal- habitual también tría un escritorio color blanco que realmente no era escritorio, me dijo que era algo llamado o que en mi pésimo inglés quise darle la idea de “un espejo de vanidad” porque aparte de la mesa con gavetas también era parte del juego un espejo largo que bien  se colgaba de la pared o se repesaba sobre la mesa.

La veo organizar las dos partes del mentado “espejo de vanidad”. Las arruma –como arruma la mayoría de tiliches que anda  jalando para compartir con gente de los barrios del sur de la ciudad- en una esquina de la sala del apartamento, realmente no le veo la funcionalidad o es que yo soy muy parca en asuntos de decoración de interiores, la verdad con mis libros mi cama y mi ordenadora me doy por bien servida. Así que pasan los días y con forme va caminando el verano me encuentro con lijas, brochas y botes de pintura color teal. Hasta el  momento no logro asociar el material que veo regado en el apartamento con el “espejo de vanidad”. Pero como no es conmigo tampoco pregunto.

En los años de mi infancia en Ciudad Peronia uno de esos sueños inalcanzables fue tener un escritorio para realizar mis tareas, el veintiúnico convertido en escritorio fue la mesa del comedor que se podía utilizar fuera de los tres tiempos de comida o cuando mi mamá no estuviera de malas o cuando mi papá no invitaba a sus amigos “los ricos” –a quienes siempre trató de patrón y jefe con esa típica sumisión del campesino labrador de la tierra que dicho sea de paso no heredé o que decidí no aceptarla como herencia- por el contrario la mesa se convertía en barra de cantina –Las Galaxias- en apoyo  para desmoldar helados y en planchador.

En esos años en que la imaginación vuela y te lleva en un abrir y cerrar de ojos en un colazo por el espacio sideral,  a conocer la casa de Los Picapiedra y a saludar a Los Supersónicos  no digamos convivir en la comunidad de Los Pitufos, sí en esos años, en aquellos años yo volaba apercollada de saber ni qué nube soñando con mi escritorio para poder sentarme correctamente en una sila con respalgo y realizar los óvalos en los cuadernos de califrafía, poder sentarme y colocar el codo sobre el escritorio tomar el lápiza o lapicero y escribir poesía.

Pero era un anhelo de esos que aparecen en el quinto sueño –o en el tercer día de goma- y de los cuales yacen en el mentado subconsciente y que pocas veces logran ver la luz del día por  lo menos  concientemente. Así que me trepaba al tapial de la casa buscando las montañas que nos dividían de San Lucas Zacatepéquez y de la  aldea Sorsoyá –en donde está la fresera de mi infancia y la aguacatera de mis nostalgias- y con unas hojas sueltas en las manos comenzaba a escribir versos sueltos, frases sin rima enajenada por los colores chiltotos del ocaso desgranándose en el horizonte lejano.

Lo deberes los hicimos –mi hermana mayor y yo- caminando de un lado a otro con intervalos o mejor dicho en los intervalos  de tiempo mientras; acarreábamos agua, lavábamos platos y ropa, alimentábamos a los animales (gallinas, cabros, marranos, coquechas, conejos, patos…) vendíamos helados, pupusas y atoles. La chispa   me la sacó mi mamá  a punta de cuerazos digo “me la sacó” porque el privilegio de ser la hija consentida le dio  a mi hermana una especie de inmunidad para la cuestión de los castigos con chicote en mano. Pero sus castigos a la larga fueron mayores y estos serían la de llevarla a tomar el papel de madre y padre para las tres crías hermanas y con esto dejar en algún lugar del patio de la casa; su infancia.

Paradas en un pie nos tocó aprender las tablas y las capitales del mundo. Los ríos y coordilleras de Guatemala. Paradas en un pie conocimos el mágico mundo de Libros de Colección Claudia. Y también paradas en un pie llevamos a mis crías cumes al colegio. Eso de tener un escritorio en casa definitivamente no era para nosotras, primero porque era considerado un lujo ya que nunca se tuvo el capital económico para desperdiciarlo en esas cosas, suplir las primeras necesidades era la importante lo demás era relegado a la imaginación.

Una cubeta plástica –puesta boca abajo- y un bloque de cemente fungieron como escritorio y los colocaba en el patio de la casa, esa relación mía con el viento y la libertad siempre han creado en mí una especie de fascinación inexplicable. Así que por lo regular pegado  a las matas de tomate mandarina, el palo de limón criollo o junto a las matas de culantro siempre viendo hacia las verdes montañas que  guardan en sus entrañas mis vivencias de infancia, mis sueños y mis  anhelos peronienses.

Pero es que dentro de las carreras por cumplir primeramente con las labores domésticas, la alimentación de las crías cumes y la búsqueda del sustento también teníamos que encontrar tiempo para estudiar, esos son los famosos intervalos en los que sacamos fibra estudiando al pedalazo.

Pasaron los años y la idea de apropiarme de un escritorio se hacía cada vez más lejana, seguíamos vendiendo helados, cuidando crías y estudiando a tropezones prendidas del hilo de las retrancas de fin de año pero saliendo a flote porque dadas las circunstancias no nadábamos pero aprendimos a flotar  así  como cuando nadás de perrito. Ciertamente no fue un objeto que por no tenerlo nos limitaría de realizar las tareas y mucho menos de escribir versos sin rima. Pero fue quedando ahí engavetado entre las pocas cosas materiales que formaron parte de lo inalcanzable.

Y me hice maestra y entonces ahorré y me fui a comprar un escritorio de pino ahí a un costado del Cementerio General que consistía
en una silla y  una mesa de las más rústicas de esas a las que se les mira el corazón del árbol que huele a ocote. Pero entonces cuando ya tenía por fin mi escritorio emigré y quedó nuevamente guardada la idea de sentarme a escribir sobre una mesa y sentada en una silla con respaldo. La importancia del escritorio perdió efecto y quedó archivada en el subconciente.

Hasta que un día de finales de verano al regresar del trabajo me encontré, ¡con un escritorio color teal, en la sala de nuestro apartamento rentado! Mi hermana tenía las manos manchadas de pintura y olía a tinner  el ambiente en nuestro nido. Me grito emocionada; ¡sorpresa! Y me señaló el que en vida fuera “el espejo de la vanidad” del pobre ya no quedaba ¡ni pura estaca!

Mi hermana mientras yo no estuve en casa ese fin de semana echó punta lijando el mueble de madera hasta  quitarle el color blanco y dejarlo en pampa para luego cubrirlo con el color teal –que después del verde y del anaranjado es mi favorito en tierra gringa- lo colocó pegado a una de las paredes de la sala y ahí mismo el espejo. Lo encontré con hojas de papel en blanco en una de las gavetas, en otras mi habitual libreta de hojas amarillas y un par de lapiceros, sobre el escritorio yacía mi ordenadora portátil, una lámpara y un disco compacto de Adele. ¡Todos aquellos accesorios formaban parte del  escritorio que nunca tuve!

Después mientras celebramos el detallazo que se echó mi hermana conmigo, me contó que se lo regaló una vecina de su jefa   entonces pensó en mí y en el escritorio que nunca tuve. Pidió favor a una amiga para que lo trepara en su camioneta caravan, ya que en  el carro de mi abnegada hermana-mamá no cabe ni su conciencia de tanto tiliche que le carga a tuto.  Lo decoró con uno de mis colores favoritos. Para que ahora sí me sienta una escritora de verdad, porque dice que una escritora sin escritorio, ¡es como ver a una gallina habada con las plumas de un solo color! Sería algo así como ver a un pato poc nadando en el Lago Míchigan o bien subir el volcán de San Pedro La Laguna, ¡y no ver el amanecer desde la cima!

Ahora que entro todos los días al regresar del trabajo y me encuentro con el famoso escritorio color teal confirmo que nunca  realmente me hizo falta un escritorio, ni para hacer las tareas ni para escribir versos sueltos ni mucho menos para surcir mi catarsis. Ahora que lo veo ahí lo uso de cuando en cuando siento que no  calzo  en ese espacio, siento que es un adorno de lujo para la sala del apartamento –y digo de lujo no por el material con que está hecho sino por el significado que mi hermana le dio al “mirror vanity” usado-.

Me he percatado ahora que lo tengo al alcance de mis manos que realmente nunca fue una necesidad básica y que fui feliz escribiendo sobre aquella cubeta plástica –puesta boca abajo- porque mis ojos se bañaron de ocasos  color cáscara de zapote y flor de fuego. Me percato de que mintras estudiaba   en un pie me estaba preparando para que hoy en día yo tenga la facilidad de escribir y de que mis ideas fluyan mientras limpio baños y aspiro alfombras.  Mientras camino con en el parque carroceando al niño que cuido cuando soy niñera. De que aquellos intervalos de tiempo mientras hacíamos las labores domésticas hoy me sean de utilidad mientras me siento a escribir en los quince minutos de tiempo de descanzo en los juegos de fútbol o cuando estoy parada esperando pagar mis compras en el supermercado.

Al ver ese precioso escritorio color teal confirmo de que soy privilegiada y que efectivamente nací con suerte –como le dijo Mamita (mi bisabuela) a mi abuela cuando me recibieron al nacer- porque  el universo me dio la venia  de tener a una mamá que me hizo sacar fibra y que me enseñó que la vida tiene ese sazón gracias a que se aprende a barajear el día  a día inventando recursos y buscando las oportunidades. Y porque las vivencias de  infancia aun en aquella extrema pobreza siempre cada noche en cada sueño tuvieron su razón de ser.

Termino de surcir este escrito sentada aquí en este precioso escritorio color teal que mi hermana-mamá convirtió para mí, para que con todo el lujo que te regala la soledad pueda hilvanar historias y remendar nostalgias.

Nota: Y no podía faltar la fotografía del recuerdo.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Diciembre 06 de 2011.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Como siempre me haces relacionar tus vivencias con las mias, en este caso me recuerdo de mi primer escritorio (más bien mesa), que fabriqué con una tabla cuadrada que me regalaron, conseguí unos trosos de madera, tipos sobrantes de las vigas de los techos de lamina, y lo forre con papel lustre color azul, este escritorio me me sirvió para los años de diversificado y universidad, en un rinconcito de la casa que me dieron para poder realizar mis tareas y estudiar, muchas veces me quede dormido con los libros de almohada jeje. para mi madre fué una reliquia después de que deje el nido!!! aún permanece intacto, y hoy en día es utilizado como altar con la foto de mi mamá…..perdón por mi comentario, es que no puedo dejar de pensar en tiempos que me toco pasar cosas similares…Saludos y un abrazo…encantado de leerte….

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