Como barrilete de noviembre.

El viento de la madrugada me despierta las ventanas crujen, por las esquinas se quiere colar el chiflón  y afuera las hojas secas son arrastradas sobre el pavimento, he dejado nuevamente las puertas del armario abiertas adrede, quiero saber qué es lo que me causa tanto temor, ahí dentro han de haber tantos fantasmas. Es tan cómodo cerrarlas y fingir que todo está bien,   dejando en la oscuridad  la olla de grillos donde se  encuentran agazapados tus más íntimos desasosiegos.

Lo observo como esperando que de ahí salgan armados hasta los dientes los causantes de mi pavor nocturno,  me levanto me asomo y sólo está mi ropa desdoblada y alborotada ningún fantasma por lo menos ninguno palpable, visible pero sí los respirables porque huelen a pasado, a recuerdo a yugo y desesperación. Todos agrupados forman un batallón que muy bien podría llamar ansiedad.
Me meto dentro de  mi calzoneta de baño, encima un pants una playera y me abrigo. Me subo a mi automóvil y me voy, conduzco por las calles alfombradas de hojas secas, ya los árboles desnudos esperan pacientemente la llegada del invierno para cubrirse con la espuma blanca algodonada.

El vendaval austral ha deshecho los nidos de las aves, éstas ya no están también han migrado en busca de otros horizontes, otras lunas, otros soles nuevos y tibios amaneceres.

Y ahí está nuevamente ese cielo encapotado, como pintado con nubes de algodón tiznado. Sombrío y lúgubre el otoño comienza a agonizar, el viento frío te cala en  las orejas, te reseca los labios y las mejías, las yemas de los dedos lucen como congeladas. Huele, huele a tapisca a frijol aporreado, a atol shuco  a ayote en dulce y mazorca de máiz nuevo, lista para los tamales de fin de año. Quiero imaginar que huele a Patria, pero es solamente eso, mi imaginación. Un puñado de barriletes que viajan desde el sur de la frontera quiere apropiarse del horizonte y colorearlo con sus cáñamos y telegramas, pero es solamente el encanto de una imagen difusa en mi mente de migrante,  esa necedad mía por no olvidar lo que fui, lo que viví y respiré en suelo propio. Tengo miedo de perder la brújula y extraviarme en tierra ajena. Tengo temor de convertirme en vagabunda  y en una enajenada de la migración.

Son hermosos sí, los venados y los patos los copos de nieve y el cielo encapotado, la neblina que abraza los días de fin de año es un encanto y caricia para mi alma montuna, de pronto me pierdo en los canales de mi imaginación  y viajo al occidente de mi suelo amado, para encontrarme con la espesa neblina de Zunil, de Tecpán en el norte me sale al encuentro en La Cumbre la blancura envuelta en musgo que enamora Cobán. Retorno pues y  la veo aquí en mi presente entre rascacielos y autopistas, entre arces y encinales. Es lo único real allá y aquí; ese humus que brota de la tierra y mis pies andando siempre andando.

Manadas de patos han llegado a apoderarse de los parques, son las aves de la estación y se toman las calles con la misma autoridad con la que un granjero camina en medio de sus hortalizas. El tráfico se detiene para darles paso, ahí van pues las manadas a paso lento con el colchón de plumas coloreadas de café y blanco diría que parecen gallinas poshorocas en engorde, de las habadas y pintas. Los venados son los amos y señores de las reservas forestales asoman la cabeza a la carretera como para saludarte y dejarte admirar su belleza.

Hoy no quiero pensar, quiero tener la hoja en blanco como pintada con yeso de pizarrón, pero ahí están las emisoras radiales anglosajonas tocando noche y día la música de la temporada, villancicos que incluyen The Wonderland, Rudolfph el Reno, y las voces de Frank Sinatra  están ahí saliendo de las bocinas de mi automóvil las canciones navideñas. Por si fuera poco del manto de nostalgia también ha comenzado a nevar. Los adornos navideños lucen en parques, centros comerciales, avenidas y arriates dentro de poco se instalarán las pistas de hielo para patinar en el centro de la ciudad.

Guantes, sombreros, gorros, abrigos y botas algodonadas es lo que visten las personas en las calles.

Estoy por llegar al gimnasio mi plan es nadar, pero un  chicotazo de perversidad me toca al espalda y cambio de dirección, voy a una de las playas de uno de esos suburbios judíos y en donde vive gente millonaria, donde los jardines no tienen cerco y abundan las alarmas colocadas entre los arbustos, medio te acercás en la orilla de la calle y comienzan a sonar no pasarán ni dos minutos cuando ya tendrás en tus narices a dos patrullas de policía y si tenés cara de latinoamericana ya estuvo que te llevaron jalada  y reportada con inmigración, si tenés la tarjeta verde no está en tela de juicio en ese momento.  Ya han sido cerradas las playas desde finales de agosto, por ende es prohibido nadar. Pero el paisaje luce como cuadro pintado por manos de  lugareños de San Pedro La Laguna.

Se encuentra el mirador sobre una colina rodeado de mansiones que cuentan con  elevador propio para bajar a la orilla del lago, vaya lo que es el dinero, la gente ahora se ahorra hasta de caminar con un elevador en medio minuto ya están en camino de encender las motos acuáticas y los yates que guardan ahí mismo en sus casas.

 En la colina abundan los arces y los encinos. Y aparece nuevamente ese miedo mío por las alturas que nació cuando emigré, decido subirme al árbol con el valor que requiere enfrentarte al primer fantasma que se quiera poner al brinco. Y ahí voy pues trepando lentamente hasta llegar a su punto más alto, de arriba escondida entre la copa diviso el  lago que parece mar, sus aguas lucen grises y opacas el azul ha quedado en el verano.

Aquí arriba el miedo es mayor porque estoy separada de la tierra, repesada en una rama quiero voltear hacia abajo pero la fuerza no me da, me distraigo observando el lago gris de aguas congelantes en fin de año. Me abrazo a una rama y c
lavo mi mirada en el  suelo pero no encuentro nada, ningún valiente fantasma que se quiera ir a los puños conmigo, tengo lista cáscara de naranja, un hule, tres tetuntes, dos cachinflines, y la vaina de mi corvo.  La ansiedad la siento en las palpitaciones de mi corazón agitado, decido descender habiendo realizado mi primera batalla con el miedo a las alturas. Es la primera de las muchas que seguramente me tocará enfrentar. Para la siguiente llevaré mi trompo y mi cáñamo para retarlos a los calazos y también mi  bolsa de cincos con mis tres tiras favoritas, las dos gotitas de agua para retarlos al triángulo, ¡a ver quién tiene más pulso!

Camino por la vereda descendiendo de la loma hasta llegar a la playa, el día está frío y lúgubre el agua gris se mueve formando pequeñas olas que revientan al encontrarse con la arena blanca. Camino por la orilla del muelle no hay nadie paseando mascotas yo realizando yoga, me entra la perseguidora quiero deshacerme de la carga emocional y de la adrenalina que provocó mi subida al árbol,  ¡mentira! Solamente quiero lanzarme de panzazo en el agua fría y congelante.

 Arriba del peñasco yacen las mansiones con enormes ventanales. Me acerco al cuidador de la playa un joven de Estonia recién emigrado pero con los documentos legales que le permiten buscarse cualquier trabajo y exigir un salario justo y con beneficios. Le pregunto si puedo lanzarme de panzazo desde el muelle, me mira con los ojos desorbitados preguntándose posiblemente: “¿quién es esa loca que quiere que le de hipotermia?”

Le reitero que no tardaré mucho, me advierte que el agua está en un punto congelante que está prohibido  en esta época nadar en el lago. Me lo quiero cantinear a modo de mordida para que me deje realizar mi pato aventura, pero al menor intento seguramente llamará a la policía y me acusará de acoso sexual. No soy tan pilas seduciendo gente así que seguramente pensará que le quiero pagar un buen fajo de billetes si me invita a entrar en su habitación. ¡Por la gran púchica! ¿Cómo le hago para convencerlo pué? Le digo que es una cuestión interna que tiene que ver con mis miedos, los que nacieron cuando emigré. La palabra emigrar le cayó como balde  agua fría –del lago- y me anuncia que entiende de esos miedos y que los conoce, me sugiere que lo espere un minuto irá a su oficina a traer algo, regresa sin camisa, sin zapatos y metido en una pantaloneta con una sonrisa de oreja a oreja me avisa que no me dejará saltar sola, eso sí que no desde el muelle que lo hagamos desde la playa,  con la velocidad de un trueno y al pedalazo me quito mi ropa y  me quedo en calzoneta y los dos corremos despavoridos hacia las aguas frías del lago, los gritos salen solitos de nuestros roncos pechos, el agua está a punto de congelación pero seguimos corriendo hasta llegar al punto donde es necesario nadar para seguir avanzando.

Después de unos minutos salimos con la piel morada -tonalidad varita de San José- y con las mandíbulas entumecidas. ¡Me grita que estoy loca! Pero le digo que, ¡no solo yo! Nos cambiamos en los vestidores,  y salgo nuevamente abrigada nos abrazamos y nos despedidos quedamos que en mi próxima visita me contará de su natal Estonia, de Rusia y del puñado de países que nacieron después de aquella separación. Yo quedo de contarle del Lago Más Hermoso del Mundo.

Subo lentamente por la vereda y en el camino me encuentro con una de esas plantas raras, extrañas para un clima como el de Chicago,  dentro de una maseta gigante –como la mayoría de aquí-  me topo con un cactus, mi reacción es automática, camino en dirección a esa planta y sin pensarlo con mis dedos pulgar e  índice presiono una de las hojas, con la mayor fuerza posible hasta que entran en las yemas de mis dedos las tunas del nopal. Siento instantáneamente cómo mi piel comienza a calentarse y se torna de un rojo color flor de fuego, un ligero ardor comienza a palpitar como pulsación cardiaca. Siento cada una de las tunas metidas en la yema de los dedos, sigo caminando ensimismada con no sé cuántas tunas dentro de mi piel.

Entonces sucede que me  detengo y me siento en una banca del mirador y recuerdo que en un día como hoy ocho años atrás llegué a tierra gringa,  en la madrugada y nevaba, me recibieron los árboles desnudos y el abrazo tibio de mi hermana-mamá el de mi tío y un futuro incierto que hoy es pasado.

Esas tunas… tapizado de tunas venía mi cuerpo no había ni un solo centímetro  libre de éstas, el dolor insoportable, fiebre, cansancio hambre y desvelo. No tenía idea aquel viaje marcaría mi vida para siempre. Nuevas heridas, nuevos fantasmas, nuevos retos. Tres meses mi hermana duró sacándome las tunas con pinzas de doctora.   ¿Valió la pena? Me pregunto mientras me sumerjo en el paisaje gris de cielo opaco, ¡claro que valió la pena!, porque me estoy jugando mi última carta. Cada día sigue siendo una nueva oportunidad, tiempo de aire prestado que tal vez no debería de habérseme dado, ¿cómo saberlo? ¿Cómo saber si la venia no se equivocó conmigo? Si fue un error lanzarme dentro del juego de lotería y salir ganadora. Con el premio de la emigración. Tierra de por medio  y un nuevo inicio. Pero se le olvidó lavarme la memoria y los recuerdos y las nostalgias y los miedos. Cobarde Ilka, sería  como pedir servida tu comida en tu cama. La lucha interna es la que nos permite crecer y avanzar. Son los verdaderos logros y victorias, el éxito de la superación. No tiene nada que ver con dinero ni con poder, mucho menos con el Ego que orgulloso y falso muchas veces nos sube a la nube más alta y nos deja caer de cabeza.
Estoy respirando: hoy lo hago en cielo extraño y en suelo ajeno, me convertí en emigrante y camino como inquilina de paso siempre con mis maletas hechas esperando en un esquina para cuando llegue el momento de retornar, porque llegará y no quiero perder el tiempo empacando. Para mientras sigo creciendo, conociendo multiculturas, acentos e idiomas, dialectos y paisajes. Sigo equivocándome que al final es el mejor recurso de la universidad de la vida. Sigo cayéndome y levantándome.  Sigo caminando esperando acaso que un día el camino real me lleve de vuelta a mi nido.  

Me lo estoy tomando con calma, sin nombrar porque quien nombra llama. Llegará… mientras tanto estoy tratando de calmar mis ansias y disfrutar mi tiempo de migrante que cuando llegue a suelo propio también tendré mi propia lucha; la de reinsertarme como el proceso de emigrante retornada, a una sociedad distinta a la que regresa también una mujer distinta a la que partió.

No quiero tomar atajos que ofrezcan llegar más pronto a la Meca, por los caminos reales el paisaje es multicolor, multiaromas y multiculturas, ahí voy yo sorteando a la suerte y extendiendo mis alas al viento para que siga secando heridas,  para que me eleve a las alturas que tanto temo y me permita desde allá arriba enfrentar mis más oscuros temores, sí;  para que me eleve como barrilete de noviembre dejándome llevar por el vendaval del otoño estadounidense.

Ya llegará el tiempo de aterrizar.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Noviembre, otoño.
Estados Unidos.

2 comentarios

  1. Como me gusta leer tus escritos, casi los hago mios. Siempre termino mas sorprendida que nunca. Ademas quiero que sepas que desde que leo lo que escribes he notado que has cambiado, has madurado, has crecido. Lo siento por eso lo digo. Sos cabrona!!!!

  2. Vos: Despues de 5 dias de tocecita hueca (en el sentido más chapin)por fin sin que me hubiera abandonado decidí hoy mismo meterme a la piscina olimpica. Estaba fría vos, no a punto de congelación como tu lago, pero tremenda. Ese primer parrafo es bellisimo. ¡Debería haberlo escrito yo!

Deja un comentario