Entre la FM Joya y el Voceador de Periódicos.

Lo que va recorrido del mes de abril ha sido para mí de puros reencuentros, despeñaderos y encontronazos con las nostalgias y las bandidas añejas melancolías. Todo empezó cuando un amigo que radica en otro de los estados vecinos del área norte del país, llamara por teléfono para departir es decir; casaquear y ponernos al día de las peladeras semanales que no faltan en una relación entre chapines. Lo primero antes del habitual, ¡hola vos!, es preguntar por el estado del tiempo, en éste sector te informan del tiempo cada diez minutos, en los programas televisivos, en las estaciones radiales, en las pantallas enormes que guindan en los centros comerciales, en Chicago por ejemplo sea verano, otoño o invierno tenés que salir de tu casa con paraguas, chumpa, guantes y si vos querés hasta con botas de hule marca Colibrí pero si sos ananad@ no te las pongás porque te podés caer e inmediatamente algún buen hijo de vecina te llama al 911 y te vas en un abrir y cerrar de ojos jalad@ al hospital más cercano para que algún doctor de residencia logre soplarte el dedo que te golpeaste.

Pero cuidadito porque antes de ingresarte te piden hasta el número de matriz en el caso de las mujeres y en el de los hombres el examen de fertilidad. Después de eso deciden estudiar tu caso pero no sin antes cobrarte los quinientos dólares; la tarifa de la ambulancia por darte jalón del lugar en donde pegaste el ranaso con tus botas marca Colibrí hasta el hospital, que no vienen siendo más de tres cuadras, pero aquí no hacen rebaja y mucho menos que te lo dejen fiado. Bueno entonces cuando por fin logran sangrarte el dinero, estudian tu situación legal, allí sino importa que hayas dado hasta el número de la cuenta de banco (con que no sea de Bancafé porque te meten al bote por estafador ) y si regalaste tu semen para alguna obra benéfica sino sos legal es por demás, aunque les hablés en inglés mejor pensála (porque te acusan de cuenter@) y a la primera es de dejar las botas marca Colibrí tiradas y zampar la carrera hacia donde te dirija tu nariz. Antes de que te atalayen los policías enormes que hay en éste país y de un pescozón te lleven jalad@ pero a la cárcel del cuate aquel que habita en Arizona. Que tiene el nombre algo así como: Yo el su plagio… Y allí si no hay berrinche que valga te podés pelar las rodillas devanándote en la tierra, contarles los chistes de pepito que querrás, confesar el lugar en donde se esconde el Señor Tortuga, ni por más que tratés de explicarles y pedirles que no te echen el muerto porque vos no tuviste nada que ver con la decisión de Chávez de regalar a Obama el libro Las Venas Abiertas de América Latina, es más; que ni idea tenés de qué trata porque no has leído ni siquiera el Popol Vuh, aunque te volvás ojete y entregués el sombrero del Sombrerón o te convirtás es historiador y les expliqués cuál es el Mal de Camioneta porque no hay cuento que valga; no te harán el favor (ni con mordida) de trancear el cambalache con Pavón, el Santa Teresita o el Infiernito… que serían como un hotel de cinco estrellas comparado con la pocilga en donde éste hijo extraviado de algún bisnieto del tío Sam hace de las suyas clavándote un cepo en los pies.
¡Viste lo que te puede pasar por utilizar botas de hule marca Colibrí!

Pues en lo que hablábamos del clima con mi amigo, a lo lejos escuché el eco de una voz que creí reconocer en algún lugar del archivo de mi memoria, le dije: ¿qué emisora estás escuchando?, me contestó: la Globo.
¿La qué? Repetí, ¿La qué decís? Le proclamé ya con las palpitaciones del corazón revoloteando entre el cielo y suelo de mi boca. Aquel estaba escuchando vía Internet la emisora radial Globo. Al fin para no cansarte te cuento; que después de una cantidad de preguntas que salían como matraca de mi garganta y sonaban como metralleta al convertirse en voz, logró deducir que le preguntaba por la radio FM Joya. Encontró la dirección en el buscador Google y me la envió como rayo, es decir; tipo tetuntazo lanzado con honda. En la mera shola me pegó porque caí sembrada en la silla cuando escuché escurrirse por entre en las bocinas del ordenador la voz del ruiseñor que alegró las mañanas lombricientas y piojosas, de mi testaruda niñez ahora ya extraviada en la distancia. Y era él; allí estaba el eterno seductor con voz de ángel mi querido: ¡Carlos de Triana! Medio logré pronunciar palabra porque lo único que recuerdo recorría mi garganta era un nudo ciego que subía y bajaba pero no lograba desembocar , lo salado de las lágrimas espesas que leales brotan del corazón se encargaron de ayudar formando olas propicias de reventazón en el umbral oscuro de mis ojos, éstos ya no tuvieron más remedio que ceder a tal inmensa manifestación sentimental y emocional y abrieron las compuertas del alma ; sentí esas gotas de agua empapar mi rostro aún asombrado con el hallazgo.

Gracias a la eficacia de mi amigo hoy puedo escuchar esas emisoras porque yo en esas charadas del Internet y la tecnología si soy vaca echada, zopenca y lela, no tengo idea cómo es que he logrado poder escribir una palabra en éste cosa llamada teclado, porque la verdad mis años de ir a la escuela de mecanografía los pasé de madrugada. ¡Y los gané con chivo!
En mis lejanos años de niñez y pubertad fueron mis compañeras fieles las emisoras radiales, ya que la bendita televisión llegó mucho después y como la tecnología va arreada (pero el pisto no) la mentada mini plasma aún no descansa en la sala de mi casa. La radio Ranchera con su: Cancionero del Recuerdo, abrazó las noches cansadas de desvelo, mientras yo aderezaba los deberes o tareas escolares, acompañada de una pastilla, Sin Sueño y una taza de café sin azúcar, en las mañanas salía a mi lado a encontrar el alba la voz de Carlos de Triana en la FM Joya y: Canciones de mi vida. La Globo era otra que me cantineaba. La Fabuestereo con su fenomenal: Fabumarimbas en las horas de almuerzo mientras que radio Ranchera también abonada en la educación con su habitual programa: Mosaico en Madera y los lejanos horarios de Leyendas de Guatemala. Fue por esa vía cuando me enteré que a la pobre Llorona se le habían ahogado dos niños, quise ayudar en la búsqueda y rescate pero mi mamá me atravesó con su voz de generala guerrillera (¡porque mi sombrero de ser cuque!), que dejara de andar de bochinchera porque me faltaba mucho para entrar a la San Carlos. Que si quería colaborar en esa volada mejor me quedara durmiendo en el patio y hablara directamente con la propia señora Llorona que de fijo pasaba antes de las tres de la madrugada y rápido daría que era ella porque se me erizarían las pecas de la espalda. Desistí y me cambié de comisión; ahora me encuentro tratando de dar con la esposa del Cadejo.
En cuestión de noticias la primera era Emisoras Unidas, en las mañanas junto al pan francés y mi tolito de Incaparina coqueteaban las cuscas Tropicálida y Radio Fiesta fueron éstas dos últimas las que sirvieron de aleras. Juntos la escoba y el trapeador se convirtieron en nuestros amantes y compañeros de baile, mientras hacíamos limpieza en la casa el Baile del Perrito nos hacía rueda, entre tanto llegaba de colado el chinique con su: ¡a choca la canción!, y el lazo lo pasaba la Lambada. En cuanto a la noche; arrullaban mis pestañazos en la mesa mientras realizaba mis tareas las incansables melodías de los Iracundos, Abracadabra, Santa Fe, Mocedades y el amorsote de mi mamá; José Luis Perales y todas sus canciones que te permiten columpiarte en la chaquetera reminiscencia de los fugaces apapachos cashpianeros.

Pues como te decía que el mes ha sido de puros suspiros chambones y éste día en particular, porque está lloviendo a cántaros y debo de confesar qu
e son mi debilidad, me hacen sentir vulnerable y chipe (y no es que ande en mis días) como moteada, ¡púchica!, como si me hubiera fumado un buen puro de los que hace mi abuelo, me hacen sentir como que me hubiera ingerido una mi botella de cusha fresca o un octavo de la Indita: que te agarra igual y la cantidad es menor. Como cuando te dan la primera metida de mano en la camioneta, como tu primer despido del trabajo, cuando te toca la primera cita con la suegra. Era la era de la espuma y efervescencia de El Silencio de Neto. Me pregunto: ¿cuántos de nosotros quisimos ser Neto? ¿Cuántos Netos habremos quedado de esa camada? Era la época en donde te soloquebas los intestinos con las golosinas: Poporopos, Muelitas, Picarones, Tortrix, Arroz Chino, chicles Bazuca y sus estampitas de: Amor es…
Después te resultaban bajando el empacho a puro purgante hecho de: aceite de oliva con limón, bicarbonato, sal y vonós a taparte la nariz y a zambutirte la taza de menjurje. Acto seguido a sobarte la pulquera y esperar el efecto rociador…. Aunque tengo una amiga que el chapuz no se le hizo a tiempo y la timba le quedó así de por vida; como de pupo mareño.

Los tiempos en que un agua gaseosa te costaba veinticinco len al igual que la bolsita de café Quetzal y café Miramar, el café la Jarrillita ya no nos lo podíamos costear porque equivalía a cien lenes… El Toky, toky, toky ¡te quita el calor! Diez len la bolsita los Sipi no los compraba porque muy caros, y la frutitas de azúcar junto a la Nucitas treinta len cada una. ¡Já delicia!
Reponiéndome de la gran carreta de dos semanas que llevaba trasteando las emisoras radiales, todavía con la goma emocional de cinco días que me troceaba el equilibrio y el pulso cuando me encuentro hoy (sin haber tomado mi caldo quita goma: caldo de huevos) con la noticia de que es el tercer año consecutivo en que Prensa Libre celebra y agasaja a sus voceadores, es decir; a quienes les llenan los bolsillos con la marmaja a sus dueños
Me metí a boca de tinaja de pueblo, otro trago de Ron Zacapa Centenario. ¡Si pues, brincos diera!

Voceador, vendedor, ajenador de un medio informativo escrito, ese es el trabajo que desempeñan esas personas, pasan tirando el informativo en el zaguán de las casas, también las que encontrás en las esquinas de los semáforos carrereando los carros cuando éste se torna color verde y el conductor les debe el pago del periódico, los que llueva, truene o relampaguee están como asta de bandera; siempre listos y en el mismo lugar. Cansado trabajo que dignifica la vida de quien lo realiza.
¡Voceador! No sé si sea el día o es que la memoria me ha hecho una jugada de chilena que terminó ganando con pinta, (porque esas babosadas de escalera, montoncitos, y la carta mayor nunca las aprendí) y me pintó porque me ha hecho regresar a caminar por el paso a desnivel que es mi vida, bien maciza porque tiene bases hechas con Cementos Progreso y cernidos un titipuchal de recuerdos, está repellada con la piedra poma molida a puras pedradas. Asustada trato de entrar nuevamente en ese guacal para bucear entre tanto tiliche ordenado como bola de lana usada, de repente aparece frente a mi nariz la imagen nítida del “Colocho” nunca supe su nombre era un patojo de unos veinticinco años de edad, fortachón, de cabellera murusha, el único voceador de periódicos en la colonia, en donde yo viví los años de ardiente juventud. Y digo ardiente porque fueron impregnados de pasión, todo en ese medio de sobrevivencia de hormona colosal fue hecho con pasión. Hasta mis berrinches, yo me revolcaba en el suelo de la casa llorando como novia recién dejada, tronada, cortada, tentada (no, tentada no, porque entonces no lloraría) hasta que mi mamá con la pena pero no le quedaba de otra y ya a las cansadas le tocaba fungir como jefa del centro correccional de menores ( o de algo parecido a un diccionario, es decir; amansa burros) y se daba a la tarea de sacarme del trance en el que me encontraba inmersa; a puras chicoteadas, cinchaceadas, y lo que tuviera en ese momento en la mano, mientras yo aullaba con espuma de chucha rabiosa batida entre enormes candelas de mocos color verde .
Y todo el drama era iniciado por el enfado de no querer lavar los trastes, platos, utensilios de cocina, tiliches y ollas despeltradas. Pero ya bien calientita la niña con sus reatazos bien puestos, calladita se miraba más bonita y se disponía a lavar el cargamento hasta dejarlos brillando.

No entiendo cómo es que lograba sobrevivir el “ Colocho” con una esposa y cinco hijos, en la colonia los pocos que compraban el periódico eran los dueños de clínicas dentales y farmacias, pienso que éstos tal vez si leían el informativo escrito, pero me quedó la duda de los colegas vendedores dueños de puestos de misceláneas, y tiendas de granos, (alimenticios no de ronchas y todas esas familias) agarraban las hojas enormes del periódico para envolver el producto vendido, en las cholojerías era lo mismo, envolver las patas de vaca y te las echaban en una bolsita negra, en mi casa lo utilizaban como papel higiénico entonces solo te tenías que poner un espejo para leer tu horóscopo que llevabas tapizado en las posaderas. Di gracias de que nunca me tocó con chichicaste. De allí pa´l real me di gusto con: tusa, piedras, olotes, hojas de café y últimamente con papel higiénico de esos que tienen olor a flores… ¡me zafo!

He aprendido que cuando el universo confabula a nuestro favor no hay nada que lo pueda detener en su carrera, y es que la palabra leer en una colonia como esa era como hablar de marcianos; nadie los conocía, allí reinaba el pegamento en bolsa que te lo ofrecían como pan caliente, hierbas, sexo, alcohol, y la huesuda que solita se presentaba. Pero dentro de todo la mayoría de personas son honestas y trabajadoras en su pobreza han sabido salir avante, mis mejores amigos radican en esas latitudes, la lealtad es una codificación secreta que aprendí en clave y la fundió el aire que respiré durante muchos años desde la altura en donde se encuentra ubicada.
Regreso al tema del universo confabulador, porque el “Colocho” fue un andén importante en mi vida en ese tiempo, cuando empezó a circular Revista Domingo, yo trataba de encontrarlo en la parada de buses antes de que él saliera en su bicicleta (después se compró una moto) a repartir el periódico a las diferentes direcciones, recuerdo que yo tenía que estar en el mercado ya con mi hielera lista en el puesto a las nueve de la mañana en punto, pero él sabía que cuando no llegaba a comprar era porque no tenía el ajuste económico para hacer el trueque, me veía tan entusiasmada al leer el periódico mientras ofrecía mi mercancía, que se decidió a ofrecerme gratuitamente el pan del saber; él que solamente pudo cursar hasta cuarto de primaria, humildemente pasaba a mi puesto de venta guiñándome un ojo, me dejaba el ejemplar con las dulces palabras: ¡me lo pagás cuando podás!, casi siempre le pagaba atrasada. Y cuando me era imposible asaltaba el congelador de mi casa y salía a entregarle algunos helados que él aceptaba amablemente. Fue así a ese fuego lento al calor de ese rescoldo brasero que la disciplina se convirtió en hábito, gracias a la modestia de ese catecúmeno empírico y excelente ser humano, que optó por continuar expandiendo la escuela del conocimiento. Gracias a ese voceador amigo, gracias al “Colocho” llevo leyendo religiosamente Revista Domingo desde el primer día de su publicación.

Ilka Oliva.
26 de abril de 2009.
Estados Unidos.

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