Arte

Las busqué tanto, las imaginé en cada camino, en cada calle, en las cuatro estaciones, a lo lejos entre los rascacielos las imaginaba con su profundidad de verde botella, con la parvada de loros paseando en la mañana y la tarde sobre los terrenos de la María del tomatal, dejando un surco verde entre las nubes que acariciaban los volcanes.

Las lloré, las llamé, las nombré, las añoré inmensamente y nunca pude encontrarlas, por más que las busqué. Me olvidaron, me dije, me olvidaron. Yo no, yo las recuerdo siempre, sus venas, sus riachuelos y sus pinos frondosos emponchados de musgo blanco. Esa agonía de no poder verlas nuevamente, majestuosas con su verde botella.

Pero ayer cuando pintada este lienzo aparecieron imponentes, con el eco de sus aves, del viento en las coronas de los árboles, con los palos de aguacate y los bejucos, con su corazón de piedra poma. Estaban ahí, volvían a mí después de décadas tratando de sobrevivir en su ausencia. Mi corazón vibró enardecido y una dicha silenciosa y calma inundó mis ojos de agua salada. Las montañas verde botella que abrigaron mi infancia llegaban desde Cochabamba, Bolivia, para llenar de felicidad a esta alma que las ha buscado tanto en sus memorias.

Esta pintura significa el reencuentro, volvieron y están aquí conmigo en mi habitación, ellas más majestuosas que antes y yo igual de arisca ya no tan potranca, pero al fin juntas. Me las trajo ella, la campesina quechua que cultiva la tierra, como en la aldea con los surcos que recorrí de niña. Será una caricia de mis ancestros pues una de mis etnias, la Xinca, que es una etnia indígena no maya, viene de raíces andinas, de pueblos indígenas de Perú y Bolivia. De mi sur, mi amado sur.

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