La evocación

Voy caminando por la acera de la calle, me dirijo al supermercado, comienza a soplar el aire frío del otoño, de pronto escucho que llega de lejos, traída por el vendaval una melodía que pasa por la avenida y se marcha y vuelve y se va y regresa. Las piernas se me aguadan, esa música, esa música me pregunto, esa música de dónde la conozco; me dan escalofríos cuando escucho la letra de la canción, me agarro como puedo de la pared de una de las tiendas, me siento fatigada, no puedo caminar.   La melodía sigue sonando unas veces fuerte y en otras se diluye entre la fuerza del viento.

Comienzo a llorar instantáneamente, no puedo respirar, una punzada en el pecho como aguja clavada en la yema de los dedos me lleva a otra etapa de mi vida, me arrastra años atrás, a miles de kilómetros de distancia y coloca frente a mí, como una sucesión de imágenes salidas de una película en blanco y negro, la calles empolvadas de mi arrabal en las tardes agonizantes al pie de las montañas verde botella en los años turbulentos de mi adolescencia.
Aparecen del filón de la calle los patojos de la mara Los Caballos, con su grabadora al hombro y con la música a todo volumen, se plantan a media cuadra y comienzan a bailar, como en coreografías y cantan esas letras en inglés que nadie entiende, ni ellos. Y les hacemos rueda y les aplaudimos, son los años tiernos de la década del 90 que empieza a retoñar en mi Gran Amor. Los años de la alborada y la tragedia en el arrabal.
El viento acerca y aleja la melodía; cómo se llaman, me pregunto desorientada, con la boca seca, aún sosteniéndome de la pared, quiénes son, qué grupo es, qué canción es, me pregunto una y otra vez mientras veo esas imágenes salidas de la irrealidad, de otro tiempo, de mi memoria perturbada.
Lloro de dolor, un dolor ocre, al recordar la noche en que comenzaron a desaparecer los patojos de la mara Los Caballos, uno por uno se los llevaron y aparecían muertos en los barrancos, en el bulevar, en el estacionamiento de camionetas, en la entrada de la aldea. Adolescentes huele pega, con las hormonas revueltas y las emociones en caos, enérgicos, llenos de vida, con juventud desbordante como agua de quebrada en invierno, con la ilusión y la alegría de los niños de arrabal.
Niños excluidos, abandonados y estigmatizados por una sociedad que veía al arrabal como zona roja, como fuente de asesinos, violadores y extorsionadores.
Esa canción, esa canción, me repito una y otra vez: quién la canta, qué música es la que bailaban esos patojos en aquel entonces, sigo indagando en mi memoria, tratando de desenredar mis recuerdos aturdidos por la sorpresa.
Esos primeros años en el arrabal fueron atroces, más de 30 adolescentes aparecieron muertos en el término de 3 meses, su delito había sido el haber nacido y crecido en la última de las clases sociales: vivir en un arrabal, vestirse como podían, porque en el arrabal uno no se viste como quiere, se viste como puede; con lo que hay, si es que hay. Y si es que hay también se come, sino se sueña que se come, se saborean los manjares, las frutas, mientras se vacían los botes de alcohol o le respiran las bolsas de pagamento en cualquier esquina. O se rifan los puñetazos en las peleas callejeras.
Trato de respirar a bocanadas, comienzo a caminar lentamente por la acera recuperando el equilibrio, el locutor de la radio anuncia que acaba de terminar la canción I Want To Break Free, de Queen. ¿Queen? Me pregunto, ¿quién es Queen? ¿Es grupo? Busco inmediatamente en internet desde mi teléfono celular, y descubro que es una banda famosísima de otros tiempos.
¿Queen? Río sorprendida, ¿esos patojos cabrones escuchaban a Queen? El dolor del golpe del recuerdo va disminuyendo y las memorias felices comienzan a aparecer, a colores, con aromas y sonidos. Y estoy de nuevo en la década del 90, con los bailes callejeros, las chamuscas en las cuadras, las barranqueadas, las idas a la aldea. Más tarde las borracheras en la cantina Las Galaxias de donde todos salíamos viendo luces.
La mara Los Caballos fue la primera mara de Ciudad Peronia, le siguió la mara Las Amazonas, hecha por mujeres. Después vendrían todas con nombres de metales, cuando invadieron el sector del Asentamiento y La Cuchilla.
De aquella limpieza social no se habló en ningún medio de comunicación, se decía que eran peleas entre maras y que eran ajustes de cuentas entre ellas. Quienes somos de Ciudad Peronia sabemos que nada de eso es verdad, sabemos que fueron ellos como pudo ser cualquiera de nosotros. Porque en mi Gran Amor, todos somos una mara, una sola familia, un solo clan.
Recuperada comienzo a caminar y entro al supermercado escuchando música de Queen en mi teléfono celular, mientras pienso que no pudieron acabar con todos como pretendían, porque de aquellas causas perdidas sobrevivimos varios y aquí estoy yo, porque ellos viven en mí: en mi letra, en mi poesía y en mi locura.
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Para las Memoria de Infancia, con amor.
Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.wordpress.com
26 de enero de 2018, Estados Unidos.

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