El vuelo de la libertad

Mis abuelos maternos dejaron todo en Comapa y se mudaron a vivir a Ciudad Peronia, la cume de sus hijas se acababa de divorciar y ellos fueron a ayudarle con la crianza de los niños para que ella pudiera trabajar, llevaron Comapa a Ciudad Peronia.

Construyeron una covacha, plantaron un jardín y construyeron un gallinero y mi abuela con las palmas de sus manos embarró el polletón, tal como lo hacía en Comapa. La casa en el pueblo la dejaron encargada y durante más de una década su vida giró alrededor de los nietos.

Mi abuelo consiguió trabajo de rajar leña, vendía helados que mi mamá hacía y era mil oficios en la colonia, tal como nos tocó a nosotras con mi hermana-mamá, las únicas nietas que trabajamos en la infancia.

Mi abuela cuando los niños se iban a la escuela se iba a ayudarle a tortear a mi tía Aidé, que tenía tortillería y ahí sacaba unos centavos para comprar comida y ayudarle a la cume. El jardín (parcela le digo yo) era una copia en calco del que tenía en Comapa en el patio de su casa, y para nosotros ir a la covacha de mi tía cume era como ir a Comapa, era lo más cerca que podíamos estar del pueblo, para principios de la década del noventa yo aún no conocía Comapa. Me la imaginaba con las historias que contaba mi mamá, mis tías y mis abuelos y me había enamorado perdidamente de mi pueblo natal que cuando fui por fin a conocerlo supe que era ahí donde quería pasar el resto de mi vida.

Un buen día mi abuela al verme tan apegada con los animalitos y que eran mi adoración, me regaló dos huevos de la gallinita inglesa que además era colocha, cuando la gallina se quedó los marcó y los puso en el nido, nacieron una polla y un pollo, el pollo murió. Me llevé la pollita para la casa y allá la cuidé con esmero y amor, de la misma forma en que cuidada las gallinas, los patos, los coches y las cabras. Era la única gallina que era mía porque mi abuela me la había regalado, por tradición como hacen en el pueblo; la herencia de un animalito para que el niño tome responsabilidad de cuidar una vida y alimentarla y que nazca un lazo íntimo con la naturaleza, para respetarla y valorarla.

Era la única gallinita inglesa y la única colocha, se veía como miniatura entre las demás cuando andaban en manada sueltas en el patio. Un buen día llegó un veterinario de esos burgueses que mi papá siempre creyó sus amigos, pero que solo lo utilizaban como peón, como el de los mandados y los oficios. El veterinario tenía fincas en las afueras de la ciudad, había llegado a ver unos gallos de pelea de mi papá, y le gustó la gallinita inglesa. Le dijo a mi mamá que se la vendiera y ella le dijo que no, que cómo iba a creer que se la iba a vender, que se la llevara regalada. Yo que andaba por los 11 años aproximadamente me metí en la conversación (a sabiendas que después me caería chicote con mi mamá) y le dije al veterinario que la gallinita no era de mi mamá, era mía y que mi abuela de la había regalado cuando apenas era un huevo en gestación.

A él no le importó y agarró la gallinita y la metió en el carro, de esos de doble tracción y modelo del año que usan los burgueses finqueros. Arrancó y se fue, yo corrí desquiciada atrás del carro y me colgué de la palangana para rescatar a mi gallinita pero él aceleró y se la llevó. Mi mamá lloraba de la risa al verme guindada del carro llorando por mi gallinita.

Como no paraba de llorar agarró un chicote y comenzó pegarme en una de las tantas tundas que me daba todos los días, me cayó por haber hecho el “berrinche” de la gallina y por haberme metido en la conversación, pinta me dejó las piernas y el lomo. Me dijo que era necesario quedar bien con el veterinario y que agradeciéramos que se había fijado en la gallinita.

El sentimiento por haber perdido a mi gallinita se quedó ahí en mi memoria de niña, la forma en que la regaló mi mamá, la finalidad de quedar bien, de rendir pleitesía a un burgués solo porque era veterinario y adinerado. Hay cosas en la vida que no se compran ni se venden y mucho menos se obsequian para quedar bien, que es otra forma de compra venta, entre ellas está el amor y la fidelidad. Nunca más tuve una gallinita inglesa. Y cerré mi corazón a todo afecto que yo supiera que estaba en peligro por la cercanía de mi mamá que al igual que mi papá arrasaban con todo con tal de quedar bien y tener contactos con gente de otra clase social.

Si hay algo que aborrezco con todas las fuerzas de mi ser es ese mundo de compra venta, del quedar bien, de fingir una sonrisa, de tener contactos, de buscar codearse con gente que desconoce la esencia humana y vive en un mundo de mezquindad. Aborrecí a aquel veterinario por haberse aprovechado de su postura y haber aceptado la gallina que mi mamá me robó para quedar bien con él. La injusticia de aceptar algo robado, la injusticia de aceptar algo tan valioso de alguien que se creía inferior y quería demostrarle pleitesía.

Lo aborrecí a él como he aborrecido a todos los seres de esa misma calaña toda mi vida.

Desde el instante que vi alejarse ese vehículo de doble tracción entre la polvareda de la calle Éufrates, decidí que viviría mis afectos sola, lo más lejos posible de mi familia y que me entregaría por completo en el instante sin pensar en ningún futuro, y así lo he hecho desde entonces, soy una mujer absolutamente pasional y emocional, no le presto atención a la razón   y son mis instintos los que marcan mi camino. No hago planes a futuro, vivo el instante con todo, en todas la áreas de mi vida. Es lo único real, ese momento.

Pasaron los años, emigré y no volví a tocar animalitos. En mi inconsciente quedó el recuerdo de mi gallinita inglesa. Este año para la primavera fuimos a comprar flores con mi hermana-mamá y semillas de vegetales para la parcela rentada, (aquí en Estados Unidos yo a todo le llamo rentado, hasta el aire que respiro, lo único propio, lo único realmente mío quedó en la casita de mi infancia, allá lo guardo, intacto, en mis nostalgias) sembramos entre en los tiestos flores de mielita.

A la semana un día que me puse a regarlas me topé con que en un tiesto había un nido de pájaros y tenía 3 huevitos. Fue una emoción muy grande, era algo tan extraordinario, algo que me hacía rebozar el corazón, que latía y latía como batucada, lloré de la emoción y corrí a contarle a mi hermana-mamá. ¡Parecés niña! Me dijo mi hermana emocionada, más por ver mi alegría que por el nido de pájaros. Desde ese instante todos los días al regresar del trabajo iba a verlos. Y ahí estaban los huevitos que se volvieron pájaros, nacieron como pollitos pelucos, con esa debilidad y apariencia y poco a poco fueron creciendo sus plumas, y aquel nido se fue llenando de amor, un amor inmenso que se volvió felicidad y me hacía rebozar de alegría.

Cada día al verlos en el instante menos pensado brotaba un recuerdo de mi infancia en Ciudad Peronia, con la gallinita inglesa, en el patio con las gallinas o pastoreando las cabras. Cada vez que veía los ojos de los pajaritos recordaba los años cortando zacate, buscando residuos de verduras y vegetales en el mercado para llevarles de comer a los animalitos en la casa.

Fue una especie de reconciliación con los años más hermosos que he vivido, con la alegría de haber podido compartir con animalitos, de saber lo que es ese sentimiento inexplicable.

Un día regresando del trabajo ya no estaba en el nido el mayor de los tres, había volado, y fue una sensación agridulce, la felicidad de saberlo libre y la nostalgia de su ausencia en el nido. Ayer mientras regaba las macetas volaron los otros dos, frente a mis ojos, fue un instante increíble, justo volteé a ver cuando salieron del nido y se pararon en la orilla del tiesto y volaron hacia la rama de un árbol. No pude evitar llorar de la emoción, se detuvo el tiempo y las alas de aquellos dos pajaritos volaban libres hacia los horizontes de la vida.

Di gracias a la vida por ese instante, por haber podido estar ahí para disfrutar de su primer vuelo, por verlos crecer, por recordar la hermosura de la vida de arrabal y el privilegio de haber crecido rodeada de animalitos. Por ese amor único, invaluable, que no se compra ni se vende, por ese amor que transforma. Los vi volar y me vino a la memoria, de golpe, el recuerdo de mi gallinita inglesa y reparé en lo afortunada que fui de haberla tenido conmigo el tiempo que duró su compañía, como lo afortunada que fui en este verano estadounidense de haber tenido tres nietos en casa, aunque ahora esté el nido vacío; ley de la vida. Veo el nido vacío e inevitablemente pienso en mis papás, ley de vida.

Mientras lo veía volar pensé en que el día menos pensado seré yo la que esté volando hacia esa libertad que tanto anhelo.

 Les tomé fotografías a mis nietos, las pueden ver aquí.

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com 

04 de julio de 2016, Estados Unidos.

2 pensamientos en “El vuelo de la libertad

  1. Que hermosas fotos, que hermoso lapso acompañar huevitos-crías-vuelo… la primavera-verano en toda la tierra florece y renace… que dicha.

    Gracias Ilka…

    Muchos abrazos!!!

    Magda

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