La primera pelea callejera

Mi primera pelea callejera la tuve por ahí de pasados los ocho años de edad. Raras veces utilicé la puerta de la casa para salir, lo que me encantaba era saltarme el tapial de adobe del patio como lo hacían las cabritas. Y también lo hacía porque desde mi infancia hasta mi adolescencia mis salidas fueron clandestinas, sin permiso de mi mamá que cuando se enteraba me iba a traer de las greñas y a chicotazos a donde estuviera, aquello era un espectáculo de pago por ver.

Siempre fui intrépida -y de las que hacen las cosas y después las piensan-. Y todo el tiempo a las pruebas me remitía, (en el arrabal así es, hay que demostrar que no hay debilidad alguna) pues aquella tarde me salté el tapial y fui a donde estaban los patojos escogiendo para armar los dos equipos de fútbol para la chamusca.

Pues yo llegué con mis once ovejas, lista para jugar, y me metí entre el montón de cipotes a esperar para qué equipo iba. No duré ni diez segundos cuando ya me estaban sacando a empujones, ¿la razón? Era niña. ¡Las niñas no juegan pelota! Me gritaron todos mientras me empujaban. ¡Claro que sí! Les grité y me volví a meter entre el montón. ¡Las niñas juegan cocinita y muñecas! ¡No todas las niñas, a mí me gusta jugar pelota!

En el arrabal no habían parques, ningún lugar recreacional, las chamuscas se hacían en las calles, o en la arada (la que es hoy la colonia Jerusalén) entre el zacatal. Las porterías eran dos piedras, las pelotas las hacíamos de calcetines viejos y chirajos, con pelotas de plástico pinchadas que íbamos a sacar del basurero. La primera pelota de fútbol que tendría vendría muchos años después y fue en la edad adulta, cuando un novio en lugar de anillo de compromiso me dio una pelota de fútbol y me hizo la mujer más feliz del mundo.

Los cipotes no estaban dispuestos a dejarme jugar y yo no estaba dispuesta a que me sacaran porque era niña, entonces logramos solucionarlo yéndonos a los puñetazos. Acepté pero ellos no contaban con que mi Tatoj me entrenaba en fútbol, boxeo y karate. El reto fue   a puñetazo limpio y si me noqueaban jamás volvería a preguntarles por jugar fútbol pero si yo ganaba entonces sería parte del equipo. Al prime pitazo de sangre de la nariz se paraba la pelea. Hicieron un círculo y comenzaron las apuestas, todos contra mí, nadie daba ni media cáscara de naranja (es que jugábamos a los hulazos) a mi favor, porque era niña. Aquellos patojos varejonudos se metieron al ruedo uno por uno y a uno por uno les fui partiendo la nariz de un puñetazo. A mí no me tocaron ni un pelo aunque se iban encima con toda la ira de haber sido avergonzados en público.

En el arrabal si hay algo que existe es la fidelidad y la palabra. Dijimos al primer pitazo de sangre y así fue, al primer pitazo entraba otro al ruedo. Yo era pequeñita de estatura comparada con aquellos cipotes canilludos, galgos y atolondrados que dieron vida a mi infancia.

Logré vencerlos a todos en las peleas y para cuando terminé me dieron la bienvenida al equipo, a jugar íbamos todos tamarindeados cuando llegó mi mamá con una chancleta en la mano y me agarró del pelo y me hizo arrastrada para la casa.

Aquella tarde también fue mi debut en las tantas chicoteadas que me propinaría mi Nanoj con los años gracias a mi pasión por el fútbol y mi fascinación por saltarme el tapial de casa y salir a jugar sin pedir permiso. De todas formas no me daba permiso para salir a jugar aunque se lo pidiera, entonces me tocó habitar el mundo de la clandestinidad y hacer del fútbol mi pasión de pasiones. Aquella noche dormí con el cuero caliente de tanto chicotazo pero feliz de haber logrado entrar al equipo de fútbol de los 16 Hombres mi Vida. De ahí pal real…

Para: Los 16 Hombres de mi Vida, con este amor de arrabal.

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

21 de enero de 2016

Estados Unidos

2 pensamientos en “La primera pelea callejera

  1. Suerte la tuya Ilka, tu vida a sido forjada al calor y al golpe, como toda fuerte armadura… como se trabaja el metal más resistente… Mujer de que estas hecha!

    Te abrazo mucho!

    Magda

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