El árbitro es una mujer.

Historias de un silbato. II.

Corría el año dos mil cuando fui nombrada para dirigir un juego de fútbol de cuarta división, el pueblo era Morazán, municipio del departamento del Progreso Guastatoya. Hacía unos meses que había ascendido de árbitra asistente a central, que no fue así como así tan fácil y de solo un trámite como sucede con los hombres. A mí me exigieron el triple que a ellos porque era la única mujer del panel central y nadie me visualizaba como central creían que lo mío era ser asistente, que no desestimo el trabajo; en mi opinión necesita más concentración el asistente que un central porque los fuera de lugar (o fuera de juego) mal sancionados pueden dar o quitar un gol que termine echando a perder toda una semana de entreno de un equipo, un campeonato y hasta un Mundial. Tiene que estar custodiando el balón y a los jugadores, el asistente es quien cuida la espalda del árbitro central, son los ojos que vigilan todo lo que el central no puede ver. Es doble responsabilidad y valoro enormemente el trabajo del árbitro asistente, pero yo quería ser central y eso nadie pudo quitármelo de la cabeza ni arrebatarme el ímpetu.

Me decían que no tenía la altura ni la condición física porque para ser central hay que tener presencia, personalidad y estar lo más cerca posible del balón;   ser más alto que el jugador para que este no nos vea hacia abajo, , me decían entonces compañeros árbitros y el personal de la Comisión Arbitral que no me ilusionara porque mi lugar era de asistente y que me iría mejor ahí porque una bandera cualquiera la puede levantar en cambio tener la capacidad para decidir marcar un penal o no es cosa de pocos. Desestimaban mi capacidad porque era mujer. Y a mí que me encantan los retos y nadar contra la corriente, no permití que conjeturas, prejuicios y estereotipos me quitaran la oportunidad de estar en el centro del campo. Carácter he tenido toda la vida y mi trato con hombres era tan normal porque crecí rodeada de ellos. Cosa que no sabían en la Comisión Arbitral, sabían que era maestra de Educación Física y que había jugado fútbol profesional, que tuve el segundo lugar de la promoción de árbitros, recuerdo que nadie ni siquiera mi profesor podía creer que una mujer supiera el reglamento de fútbol y más todavía interpretarlo, el día de la graduación la ovación era enorme cuando pronunciaron mi nombre y mencionaron como dato curioso que era el segundo lugar en puntaje de la promoción de todo el país, para ellos era una hazaña pero para mí era normal ya que el fútbol ha estado en mi vida desde siempre; me hubiera encantado que mis papás y mis hermanos estuvieran conmigo ese día, pero esa felicidad la viví sola como todo en mi vida. Fui la única sin familia el día de la graduación. Y he aprendido a vivir la felicidad también con su otro rostro, ambos al mismo tiempo y eso me da la potestad para hablar sin el papel de víctima. Esa soledad y la lucha aislada, esa resistencia me han hecho indomable, ingobernable porque nadie tiene derecho a exigirme si no ha estado conmigo.

Y es lo que hace la sociedad con los niños de la calle, los tacha y los margina y les exige pero no hace nada por ayudarlos, por darles una oportunidad, les llaman mareros y huele pega, los drogos y los adictos pero los ven a distancia, desde el calor de una sábana y un plato de comida caliente, no son capaces de involucrarse, de cuestionarse el por qué son así, por qué de su actuar, por qué son tal fieles a la pandilla, a la mara, por qué respetan la calle, es fácil porque en la calle han encontrado lo que no tienen en sus casas, lo que les niega la comunidad, la sociedad y el sistema, en la calle los seres rotos se complementan porque todos viven el averno de la soledad y el rechazo, la calle es el único lugar donde pueden ser, donde no están solos, donde uno de la vida por el otro. Esas personas que los critican deberían de lavarse la boca con jabón antes de referirse a ellos porque si de enterezas hablamos no hay nivel de comparación.

La soledad le enseña a uno a conocerse desde dentro, a enfrentarse a sus demonios y a vencerlos cosa que no permiten los distractores y el bullicio, entonces siempre se aplazan y el tiempo va pasando y vamos jugando a estar bien, fingimos estar bien; hay una fuerza interna indomable que tienen las personas solitarias que uno nunca encontrará en las otras que gozan de la “felicidad” de la compañía, los solitarios son seres que pueden ver en la oscuridad y no se intimidan. Hay tanto temor a la soledad que por eso muchas personas buscan nunca estar solas, prefieren estar rodeadas de insignificancia para no tener que verse el color de sus venas y el verdadero rostro humano; nacemos y morimos solos. Partiendo desde ahí la compañía no puede ser cualquiera, tienen que ser alguien que merezca nuestro tiempo y nuestra atención porque la vida es tan corta como para estarla desperdiciando en ambigüedades.

Entonces ya había sesionado con la gente de la Comisión Arbitral y me había dicho que no de ser central porque era mujer y los jugadores me iban a irrespetar y que no sabían si me podían a agredir y que además saber si iban a creer en las decisiones que yo tomara fuera y dentro del campo, les dije que esa parte era mi responsabilidad y que no estaba pidiendo privilegios sino lo que era mi derecho como árbitra, tener las pruebas físicas y teóricas para optar para central. Entonces me retaron pensando que agacharía la cabeza pero yo nací en tarde de torrencial y no me intimidan los truenos. Me dijeron: “cuando baje de peso y pase las pruebas entonces hablamos.”

En ese tiempo yo practicaba halterofilia y mi masa muscular por ende pesaba y además mis músculos estaban marcados, esa misma tarde cambié mi comida y mis entrenos, dejé de practicar ejercicio anaeróbico en mi tiempo libre y lo cambie por cardiovascular –como el que hacía en los entrenos con el panel arbitral- mis cenas eran una taza de té de manzanilla solamente y dejé de comer frituras, todo lo hacía hervido en agua sin sal y comencé a tomar agua en cantidad, entrenaba dos veces al día; por la mañana a las cuatro en punto salía correr y a las cinco ya estaba terminando de hacer mis abdominales y despechadas para alistarme para irme a trabajar, en la noche al regresar salí a correr a las diez y a las once estaba terminando mi serie de abdominales para empezar a hacer mis deberes de la universidad, bajé 30 libras en un mes y realicé mis pruebas teóricas y físicas y las pasé con excelente puntaje, con mi hoja de notas en las manos fui nuevamente a la oficina de la FEDEFUT hablé con la gente de la Comisión Arbitral y les dije: aquí están las pruebas, no me pueden negar que sea árbitra central, se fueron de culo y les tocó con todo el dolor de su machismo darme la oportunidad, que no me la regalaron y no fue privilegio porque la luché, y me tocó mantener el mismo nivel de consistencia física para poder trabajar de central y así cinco años hasta que emigré.

No fue fácil trabajar con hombres porque estos no eran los niños con los que crecí y con los que podía ser, ellos me veían como un objeto sexual y la mayoría siempre buscó una historia para poder contarle a sus amigos, por eso me cuidaba muy bien las espaldas cuando salía a trabajar con ellos, son pocos los que me vieron con equidad y esos pocos siguen ahí a pesar del tiempo y la distancia. Crecí desnudándome con los patojos para irnos a meter al río nunca hubo morbo y lo mismo sucedió con mis compañeros con los que estudié magisterio ahí todos nos conocíamos desnudos, pero cuando entré al arbitraje por ser la única mujer no tenía vestidores para mí sola, el mismo vestidor tenía que usar para los hombres porque solo hay tres, dos de los equipos y el de los árbitros que por lo general siempre son hombres y no hay separaciones para mujeres que a través de la historia han estado segregadas del deporte –pero está cambiando para bien- entonces me tocaba llevar mi lycra puesta y mi top y una playera debajo de la ropa para que a la hora de cambiarnos no tuviera problemas, a veces dejaba que se cambiaran ellos y luego entraba yo pero tuve muchos problemas porque algunos insolentes abrían la puerta como desprevenidos, como no recordando que ahí estaba una mujer, las puertas de los vestidores en las canchas y estadios de los pueblos por lo general no tienen ni chapa ni candado, en muchas uno de cambia al aire libre porque ni baños hay.

Entonces aparte de que la mayoría quería llevarme a la cama me tocó lidiar con que hacían todo lo posible para dejarme mal parada dentro del campo porque no podían creen que una mujer fuera central y ellos asistentes, -por todo y por el salario que gana más el central que el asistente- y entonces me tocó sacar las uñas y hacerlos que me respetaran y no había cómo me metieran zancadilla porque siempre fui frontal e hice las cosas como correspondía. Errores arbitrales que en su mayoría son visuales los tenemos todos, no somos perfectos pero en procedimiento y en reglas internas no pudieron conmigo y les dolió tanto.

Uno aprende a conocer a los compañeros sus fortalezas y debilidades profesionales, y dependiendo el juego así es el nivel de concentración, todos son distintos, de todos se aprende y en todos hay sorpresas. Había juegos en los que sabía que debía cuidar más el lado del asistente dos porque le temblaba el pulso para marcar fueras de lugar dudosos, en otros estar más enfocada dentro del área penal porque el asistente no marcaría nada si yo no la veía para perjudicarme y decir que fue mi responsabilidad porque él no vio nada y como la central es ella pues a ella que la castiguen. En otras que faltas cerca de ellos que no marcaban o saques de banda o tiros de esquina que les tocaba a ellos sancionar no lo hacían, y ese nivel de exigencia me dio más experiencia, mejoró mi condición física porque tenía que estar prácticamente en todo porque los asistentes de adorno nada más y además tijereros.

Tuve los leales y de los que ponían el pecho junto conmigo, de los que nos c sacaron de las canchas a pedradas cuando perdía el equipo local y me mentían en medio de los dos para protegerme, tuve los que llevaron a su familia a los juegos para que me tomara fotos con ellas y les firmara autógrafos, tuve los que cuando me tocaba ir a dirigir a departamentos y ellos vivían cerca me invitaban a quedarme a dormir a sus casas y hacían fiesta porque tenían el honor de tener de visita a la única mujer central. Tuve todo tipo de experiencias en mi carrera arbitral y eso lo ayuda a uno a ver las dos caras de la moneda y sobre todo a tener los pies en la tierra.

En aquella ocasión me enviaron con dos árbitros altísimos como jugadores de baloncesto, uno más rollizo que el otro y recuerdo que fue para el tiempo de la feria del pueblo y cuando llegamos estaba vacío porque nos dijeron que había tres muertos y que todo el pueblo andaba en el entierro, la cancha era un espacio abierto en las cercanías del parque, un tierrero que marcaron con cal. Llegó el entrenador y me ignoró solo saludó a los dos asistentes y les preguntó quién era el central, ellos le contestaron el árbitro central es ella. Vi cómo le cambió la expresión yo era bajita, mujer, ante todo mujer, me vio hacia abajo porque también era alto, ¿el árbitro central es la mujer? Sí, le contestaron mis compañeros. Le extendí la mano y me presenté sentí que temblaba cuando me saludó. En momentos ya andaba un muchacho con un megáfono gritando en el parque: “el árbitro es una mujer, el árbitro es una mujer, el árbitro es una mujer.” Faltando medio hora para el encuentro la cancha ya estaba rodeada por cientos de personas, tuvieron que poner un lazo para que no la traspasaran. Hasta el alcalde fue a ver el juego porque nadie podía creer que una mujer lo iba a dirigir, primera vez en la historia del pueblo, nadie quería perderse un evento así que hasta los familiares de los difuntos llegaron.

En los primeros quince minutos me tocó sacar unas cuantas tarjetas amarillas para ponerles rienda a los jugadores que unos me mandaban a lavar platos y otros invitándome a salir cada vez que les sancionaba las faltas en contra, después de eso el juego tomó su propio ritmo y me volví invisible como debe ser un árbitro dentro del juego; sin protagonismo porque está ahí solo para hacer valer el reglamento y que se respete el espíritu del juego limpio, los protagonistas son los jugadores, así de simple y quien no lo entienda se equivocó de profesión.

Pero siempre por ser mujer en medio de 22 jugadores hombres y además lidiar con la banca y los entrenadores pues siempre tuve los ojos de la afición y de los medios encima, observada con escrutinio; mi forma de pararme, de correr, de sancionar, la fuerza con la que hacía sonar el silbato, mis señalamientos, mi forma para hablar con los jugadores y por supuesto la forma en que luce un uniforme en cuerpo de mujer. Para unos era de admiración para otros de rechazo, no es fácil ser mujer árbitra de fútbol.

En aquel juego recuerdo que sancionaba y las mujeres gritaban: “tomen hijos de la gran puta encontraron a su nana”, “mándenla a lavar platos otra vez y los expulsa”, “seño mire, sáquele amarilla o roja a ese cabrón porque es bien machista en la casa”, “vaya vos ahora gritále que las mujeres no sirven para nada”, “seño, hágalo en mi nombre por favor sáquele roja mire que me pegó ayer” y así gritaban más las mujeres que los hombres.

Los noventa minutos fueron de drama, de risas, de rechazo al principio, y al final terminaron por aplaudir mi participación tanto así que duré una hora tomándome fotografías con la gente del pueblo que además pedía que les firmara autógrafos.   Recuerdo que las mujeres me tocaban las piernas y les decían a las hijas “mirá vos chambona si querés jugar fútbol así tenés que tener las piernas para darle duro a la pelota” “mire seño regáñela porque quiere jugar pelota pero no deja de comer, se harta como cocha.” Mis compañeros me esperaban pacientes, se nos fue el último bus y alguien del pueblo se ofreció a sacarnos a El Rancho. Salimos de ahí con dos gallinas cada uno, con costales de mangos, naranjas, limones, cocos, quesadillas, y hasta manías. Fue obsequio de la gente del pueblo por mi trabajo, y en los años siguientes los equipos llamaban a la FEDEFUT para pedir que por favor les mandaran a la mujer a dirigirles los juegos porque lo hacía mejor que muchos hombres. Pero ésa es otra historia que se irá desglosando en Historia de un Silbato. No es protagonismo de  un relato ficticio, es la vida real y  mi experiencia, la cuento tal cual.  Bienvenidos.

 

Ilka Oliva Corado.

Septiembre 23 de 2014.

Estados Unidos.

3 pensamientos en “El árbitro es una mujer.

  1. esto es exelenticimo
    cuando le cuente a mis hijas que tan valiosisimas somos las mujeres que aguantamos todo por salir adelnate, segiran luchando por ser siempre mujeres,
    sí mujeres de bien,
    siempre me habian discriminado por ser mujer pero ahora se que no solo yo…..

    y si siempre salimos ganando las mujeres

    grandes vendiciones para ti Ilka.
    me encanta leer.
    felicidades Ilka.adelante y siempre adelante

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