El licor y yo.

Mi relación con el licor comenzó al mismo tiempo en que nació en mí la pasión por el balompié. Decir que en mi vida solo ha estado la pasión y no la adicción es mentir, es traición. Fácil es hablar de los entrenos, de los goles de chilena, de las ovaciones gritando, ¡gol! De las fintas, de las guanacas y de los goles olímpicos. Hablar de la pasión es un encanto, fluye, nutre por eso es llamada pasión a esa fuerza extraordinaria que se apropia de las venas y del corazón. Ni un orgasmo ni multiorgasmos se asemejan siquiera a la hoguera de una pasión. Fuego ardiendo y brasa viva las 24 horas del día. Eso es para mí el balompié.
Pero también hay otra fuerza oscura y extraordinaria que se instala en el mismo lugar se llama: adicción. Comencé con ambas cuando tenía alrededor de ocho años de edad. Recién llegados a Ciudad Peronia. Mi padre siempre ha tenido el vicio de las peleas de gallos, -que ya no practica- tuvo muchos “amigos ricos” que lo utilizaban para amarrar las navajas, en mi casa siempre hubo gallos de pelea que mi papá criaba y entrenaba, que regalaba a los amigos ricos para quedar bien con ellos, porque eran ricos no porque fueran sus amigos. Eso lo he entendí yo desde niña, él todavía no. Cuando no llegaba a las horas de la madrugada ebrio con dos o tres gallos muertos para que mi hermana y yo los limpiáramos y los cocináramos, llegaba con sus amigos a seguir la fiesta en la casa.
La de los mandados siempre fui yo, en la casa se repartieron las labores del trabajo y del oficio. Yo era la encargada de ir a la Terminal a comprar la fruta para hacer los helados, todos los lunes a las cuatro de la mañana me iba en el primer bus y regresaba en el mismo a las 8:30 solo a tomar café y a agarrar la hielera para irme al mercado a vender.
A los amigos de mi padre los conocí cuando vivíamos en la zona 8, ellos tienen ventas de repuestos para automotores, grandes predios a los que les llamábamos hueseras. Todos ricos, con carros de último modelo, los fines de semana vacacionando en Izabal, Atitlán, Petén y en el extranjero. Mi papá iba con ellos desde que estábamos en la zona 8, era el amarrador de las navajas, ahí se le iba el sueldo, por cierto que yo recuerde nunca ganó una pelea. En pago los amigos ricos le daban los gallos muertos que mi papá nos hacía pelar a esas horas de la madrugada dejaba uno para la casa y los otros se los llevaba para que ellos los hicieran asados en la huesera y seguir allá la farra.
Para cuando llegaban a la casa en Ciudad Peronia ya iban entonados y entraban acelerando sus carros de doble tracción y levantando polvo, los niños corríamos atrás de las palanganas para guindarnos y darnos el colazo, los vecinos se quedaban asombrados de la elegancia de los amigos del papá de las heladeras: pantalones Dockers eran los más baratos que usaban.
Las esposas de alta alcurnia les daban la calle, ni ellas ni sus trabajadoras domésticas iban a estar atendiendo vicios, ni borracheras, ni gomas. Pero mi papá tenía dos hijas y una esposa y para quedar bien siempre nos ofreció para el servicio. Sin nuestro consentimiento.
Aparte de la cantidad de trabajo con la venta de helados, tortillas de chicharrón y atoles, la responsabilidad de los cumes, los animalitos, el estudio y el qué hacer todavía nos tocaba carga extra que consistía en: sonreír todo el tiempo, hacerles de comer, estar atentas a servir la comida caliente, las tortillas sin quemar, y la cerveza fría y la botella de licor sin terminar.
La encargada del licor siempre fui yo. Debo aclarar que a mí nadie me obligó a tomar, el vicio me lo hice solita. Con mi gusto y con mi gana.
Yo desde niña había estado enojada y peleada con la vida –hasta recién el año pasado- muchas preguntas rondando mi cabeza y ninguna respuesta. Me costaba respirar, mi escape fue el balompié que defendí con garras y dientes, en la infancia perdí mucho –y no he sido la única niña en el mundo que ha perdido- pero nada ni nadie pudo arrancar de mí, la pasión.
Para colmo los amigos ricos llegaban solo a comer y a beber y no ponían nada de dinero, pero como el orgullo en el oriente va por delante, mi mamá y mi papá me mandaban a fiar licor a la abarrotería o a la tienda de doña Leonor. Yo veía que ellos después de algunos tragos se relajaban y yo quería saber qué era esa relajación que los hacía reír a carcajadas por cualquier bobada. Estaba mi mamá sentada en la mesa con mi papá y sus amigos, mi hermana y yo cocinando y sirviendo y cuidando a los cumes.
Cuando yo veía que ya se iba terminando el litro de cerveza les avisaba y me mandaban a fiar otro, en el camino me empinaba el culito del litro para cuando ellos se iban yo ya estaba borracha de tanto residuo de litro de cerveza. En más de una ocasión mis papás se dieron cuenta pero les pareció divertido que la niña hiciera muecas y mimos fuera de su rebeldía habitual. A mi me daba por abrazar, contar chistes y reír a carcajadas.
Cuando se trataba de alcohol también me empinaba los culitos de las botellas así sin nada, regresaba caminando en zig zag con la botella nueva bien abrazada para no dejarla caer.
Para el siguiente día tocaba hacer las cuentas de lo que se debía y que no se pagaba hasta pasada una buena temporada porque dinero para pagar no había, apenas para comer y aquellos eran lujos.
Raras veces comimos carne, los caldos de pollo los hacíamos de patas y menudo pero cuando llegaban los amigos ricos de mi papá tenían que comer carne y nos mandaban a fiar a la tienda de doña Concha, que vendía carne adobada. Nosotras dos y las crías no comíamos porque no alcanzaba solo degustaban el platillo quienes estaban en la mesa celebrando. Celebrando alguna pelea de gallos ganada o la tristeza de tantas peleas perdidas.
Nosotras entonces freíamos tortillas en aceite y les dábamos a los cumes. Sigue siendo un ritual exclusivo que compartimos con mi hermana mayor solo cuando por alguna razón de ultra tumba la diáspora intenta atacar nuestra memoria, freímos tortillas y comemos para mantener los pies bien puestos en la tierra.
Entrada la noche tocaba pasar a su cama a mis papás a come podíamos, ya no se sostenían. En muchas ocasiones los amigos de mi papá intentaron tocarnos las piernas y las caderas, buscar algo más con las niñas vírgenes que los atendían. Hubiese sucedido una y otra vez de no habernos percatado mi hermana y yo que decidimos guardar la distancia cada vez que servíamos, mis padres probablemente ya entonados y en la celebración jamás se hubieran dado cuenta.
Así pasaron los años hasta que entré a la adolescencia, ya era normal que mis papás bebieran los fines de semana por múltiples razones tan comunes en el arrabal. Para ese entonces comencé a tomar más, mi carácter insoportable yo era una olla de presión muchas veces pensé que no sobreviviría los dieciocho años, pensé que moriría antes de esa edad, estaba segura que así sucedería. No había día en que no me agarrara a golpes con los patojos, siempre andaba con el uniforme del colegio con el ruedo deshilado. Los puños con costras y moretones, las piernas pintas y adoloridas las costillas. Era dinamita que a la menor chispita explotaba.
Empecé a tomar con los patojos de la sección, aquellos entraban el licor en bolsas de agua gaseosa y lo tomábamos con pajilla, a la hora de salida ya iba toroleca y en lugar de entrar por la puerta de enfrente a la casa me saltaba el tapial de adobe para que no me viera mi mamá porque entonces las tundas eran de exclusividad.
Los sábados por la noche siempre había toque en la calle Usumacinta sector de la colonia que colinda con la aldea La Selva, allá sobraba el licor y siempre anduve con dos o tres latas de cerveza en la mano, regresaba en la madrugada con los 16 hombres de mi vida que nunca dejaron que nadie intentara sobrepasarse, tuve la dicha de ser custodiaba por la lealtad de mis hombres, siempre fuimos una para todos y todos para una. Lo seguimos siendo a pesar de la distancia.
Nos abrazábamos en manada y regresábamos cantando por las calles y el bulevar: “el que no se quite lo botamos, el que no se quite lo botamos” y a nadie íbamos a botar porque todo mundo durmiendo a esa hora, solo los adolescentes andábamos en la calle.
En los toques sucedía de todo, los de la mara que olían pegamento, se inyectaban de todo y fumaban de todo, el único daño que hicieron fue ese y a ellos mismos y a sus familias, pero a la mayoría se los llevó la limpieza social y en tres meses aparecieron muertos más de cincuenta de ellos. Los acusaron de roba carros, violadores, vendedores de droga, todo para tener excusa y justificación para matarlos. Siempre he pensando que entonces debieron matarme a mí, porque ninguna diferencia existía entre ellos y yo, salvo que yo vendía helados y ellos recogían basura en la colonia y les pagaban veinticinco len por costal. Yo vivía en casa de bloques y ellos en covachas de nailon y lepa. En mi calle podía entrar carro y en la de ellos no porque eran de gradas. Si yo hubiera vivido en ese sector de la colonia y en lugar de vender helados hubiera trabajado recogiendo basura a tiempo completo como ellos, seguramente estas letras no existirían. No trabajé a tiempo completo recogiendo basura pero sí lo hice y es uno de los tantos oficios que he hecho en mi vida.
Nunca me dio por oler pegamento ni inyectarme nada, lo único que he fumado fue un cigarro cuando tenía 20 años y fue tan fuerte que me quedé dormida al terminado, estaba en casa de una amiga. Hasta el día de hoy no me quito la molestadera de la manada que me vio con la jeta babeando bien dormida en la cama, noqueada por el cigarro. Para muchas cosas soy nigua….
Detesto su olor, solo tenía curiosidad de saber por qué mi papá fumaba tres cajetillas al día y por qué mi abuelo materno no podía vivir sin sus puros. No le encontré la gracia. Y tampoco encuentro la respuesta a esas interrogantes.
Entonces tomaba de lunes a viernes en el colegio y los sábados en los toques de la colonia. Mayormente cerveza, siempre me salté el tapial de adobe y me iba a bañar con el agua del tonel para que mi mamá no notara. Las vecinas de la cuadra en muchas ocasiones me salieron al camino y me decían que yo estaba buscando que mi mamá me matara a golpes y en el fondo así era, yo quería desaparecer de la faz de la tierra. Una inconformidad con cada minuto de vida. Lo que ellas hacían era meterme a sus casas, me daban pociones de hierbas para que se me bajara la borrachera, me lavaban la cabeza con agua fría, me daban a comer papas crudas y a masticar papel periódico, todo para que no llegara a la casa tan echada al lastre y mi mamá no me terminara malmatando.
Con la misma pasión con la que jugué fútbol agarré a tomar cerveza. Curiosidad por el sexo nunca tuve a esa edad, mi cabeza estaba en otro lugar tan lejos de los roces y excitaciones que podrían provocar las calenturas de los bailes. Nunca fui de novios, yo besaba a quien me gustaba sin prometer ni comprometer, siempre fui clara: soque está bien pero nada más. Para cuando tuve novios me sentí incómoda con el nivel de control que querían ejercer sobre mí: saber mis horarios, actividades, cada paso dado y encima fingir ser la niña conquistada. Darme la mano en público para marcar terreno. Abrazarme así de espaldas poniéndome el pito en mis caderas, cosa que detesto ver en cada pareja. Caminan como pingüinos y les rozan, frotan y restriegan todo a las patojas. Para esos bailes no tengo ritmo. Y cuando me quisieron meter mano los mandé a volar. Las cosas se hablan y si la otra está de acuerdo se hacen, eso de andar de tocador y la otra fingiendo no darse cuenta pero después sí y que sí le gustó pero después ya no por el qué dirán, es doble moral en la adolescencia. Y en esas vainas soy tajante. Si quiero hago y no espero a que me estén cortejando si no quiero aunque me cortejen.
Ser así me convirtió en una de las putas más detestadas por las mamás de mis amigas, me convertí en mujer de la vida, solo por hablar claro. Siempre he estado rodeada de hombres entonces hay de dos sabores: o era marimacho o puta. Con ellas fue de las dos cosas, no me perdonaron la libertad. A mi pobre mamá le llovieron las quejas siempre he sido la hija que más problemas le ha dado, en todos los sentidos.
No era bien aceptado ver a una patoja bebiendo en las gradas de la cantina, rodeada de cipotes con un litro de cerveza en la mano y empinándose a boca de jarro. Pero mis amigas lo hacían también solo que escondidas en el monte de la arada mientras fumaban y olían pegamento, ahí mismo el zacate servía de hotel. Salían del monte bien peinaditas y arreglándose la ropa. ¿Qué de malo tenía que yo tomara a plena luz del día o en la noche en las gradas de la cantina? Nunca me he escondido y ser así provoca espanto en la doble moral de muchas personas. Solo las mujeres de la vida toman cerveza así sentadas de piernas abiertas y en medio de tanto hombre.
Pensaban las mamás que como siempre estuve rodeada de patojos también me acostaba con ellos, lo que no sabían es que la mayoría de esos cipotes eran quienes se acostaban con sus hijas. Para cuando salían embarazadas y andaban llorando por la calle de la amargura y buscaban en mí el consuelo, les decía: ¡ a mí no me digan ni mierda que para eso hay preservativos! La respuesta habitual: pero a fulano no le gusta usar. Pues muy su clavo. ¿En qué cabeza cabe meterse a camisa de once varas sabiendo las consecuencias? Mi vida siempre la he regido así: lanzarme de cabeza al vacío y ser responsable y capaz de enfrentar las consecuencias que esto pueda traer a mi vida. ¿De qué otra forma se puede vivir? No me arrepiento de haber emigrado ni de las consecuencias que esa decisión trajo a mi vida, antes de salir de Guatemala las estudié y puse sobre la mesas los pros y los contras, así que como mujercita aquí estoy. Dándome en la maceta pero con mi gusto y con mi gana.
Siempre anduve ebria o engomada, la goma me la sacaba jugando fútbol pero después me volvía a emborrachar cuando terminaba el partido. En las fiestas familiares –muy contadas por cierto- me emborracha con mis tíos, trago ellos y trago yo, ahí sí era permitido que tomara porque era fiesta familiar. Cargada me llevaban a la casa. Mi papá se preguntaba, ¿y qué hacemos con esa patoja bruta pué? Mi mamá decía que era tan insoportable que me iba a meter a un internado y yo la atizaba para que lo hiciera, le decía que seguramente ahí iba a estar mejor y que no me pondría a trabajar como mula. Ella decía que entonces ahí me iban a violar los maestros, que tanto que se había escuchado de eso, ¿eso querés que te hagan? ¿Por qué te cuesta tanto ser normal? ¡Me encanaste el pelo, me das dolor de cabeza, no te puedo controlar, te me saliste de las manos, a todo el mundo pijeás! Un día me van a decir que te mataron por andar de borracha o de peleonera. ¡Con que no me salgás panzona es todo! Si me salís panzona te doy la calle y ahí mirá a dónde putas te vas a vivir.
Según mi mamá y mi familia yo comencé mi vida sexual antes de entrar a la adolescencia para ellos no era normal que yo anduviera tan feliz y campante con tanto patojo, y que me nalguearan o los nalgueara a plena luz del día sin reparar en que la gente nos miraba.
Doña Lila su hija negrita se dejó nalguear por el hijo de don fulano, allá cerca de la abarrotería. Tunda segura de mi mamá. Que ni tiempo de explicarle me daba. Yo sigo nalgueando a las personas que quiero sean hombres o mujeres, es una forma muy particular que se ve algunas veces en los deportistas cuando anotan un gol o logran un triunfo, se nalguean unos a otros. Para mí es tan normal que no le encuentro morbo alguno.
Según mi mamá y mi familia dormí con medio Ciudad Peronia y no digamos lo que piensan las señoras de la colonia que siempre me vieron rodeada de hombres, los mismos hombres que son los padres de los hijos de sus hijas. Nunca tuve urgencia por la vida sexual, siempre he pensado que hay tiempo para todo. Y desde niña pensé que tampoco debía ser tan interesante porque a pesar de las maravillas que hablaban de ella las parejas se separaban, los matrimonios acababan. Cuando la conocí tampoco me deslumbró, no le gana a mi amor por el fútbol ni al oxígeno que me puebla cuando escribo.
A los 14 años me atacó eso de sacarme la comida, provocarme el vómito. Comía y me iba al patio cerca de donde estaba el tapial de adobe y las astillas de la leña que vendíamos, mi razón era exclusiva: matarme. Según yo sacándome la comida me iba a morir en más tarde unos tres meses, pero pasó un año y nada y yo con impaciencia comía y me provocaba el vómito, hasta que un día me encontró mi mamá y me metió una tunda que me dejó en cama, pensó que estaba embarazada y que eran nauseas de la preñada. Me hincó sobre granos de maíz y me hizo rezar no sé cuántos padres nuestros y sopotocientas oraciones, hasta las de las posadas, entierros y confirmaciones y bautizos. Mientras rezaba me chicoteada en la espalda, mi pobre madre pensó que de verdad estaba embarazada y que había arruinado mi vida y la de la familia. Y yo ni cómo explicarle que eran fumadas mías en mis intentos de suicidio. Cuando por fin me dejó hablar le dije que era porque me dolía la panza. Me hizo jurar nunca más sacarme la comida, já hincada en máiz le prometí que sería virgen toda mi vida.
Para cuando tuve novios le dije a mi mamá: Nanoj ando con fulano solo quiero que lo sepás por mi boca antes que alguien más te lo diga. Entonces que venga a pedir permiso formal a la casa. ¿Permiso de qué? Qué permiso ni qué permiso, vos tenés que aprender a confiar en mí, yo no voy a traer gente a la casa solo porque me trinco con ellos. ¡Hija de la gran puta rebelde! ¡Pero ojalá me salgás con una panza porque te saco el hijo a patadas! –Mi pobre madre hoy muere por que le de nietos-.
Tan solo un novio llevé a la casa a supuestamente pedir permiso, aunque ya habíamos disfrutado de los placeres carnales hacía ratos, como era 20 años mayor que yo y separado y con hijos, a mi mamá le dio vahído, mal de camioneta y salpullido. Yo definitivamente encarnaba la perdición de perdiciones, la deshonra de la familia, ¿en qué cabeza cabía andar con un hombre tan viejo y con hijos además! Yo le decía a mi mamá que: chucho viejo ladra echado, y tenía que salir corriendo para que no me destartalara las ollas en la cabeza. De sexo siempre he tenido la libertad de hablar con ella, lo hacemos como si fuéramos hermanas y sin ningún miramiento. Siempre dice que soy una sinvergüenza.
Él 40 y yo 20. Para cuando me conoció yo era una chara, tomaba más alcohol que agua pura, era atleta en ese tiempo y con la misma responsabilidad con que entrenada también bebía.
Él más que novio y amante fue y sigue siendo mi amigo incondicional. De esos que llamás a las tres de la madrugada para decirle te quiero o para decir que necesitás de su ayuda. Sé que desde que nos separamos han existido otras personas en su vida y él sabe que también en la mía, pero nada ni nadie nos ha podido arrebatar la confianza y la magia de nuestro amor arrebatado que un día existió, de esos que se viven pocas veces en la existencia. Con ningún hombre yo logré el nivel de comunicación sensorial que tenía con él. En cambio con mujeres lo rebasan.
Para cuando llegamos a la casa a pedir permiso resulta que no estaba mi papá y que mi mamá no quería que se enterara porque no estaba divorciado, mi mamá tenía la fe que aquella calentura mía fuera pasajera, pero durante la cena habló con él enfrente de mis hermanos y mi hermana mayor que siempre ha estado como juez en la casa, le dijo: mire fulano mi deber como madre es decirle que la Ilka ya es mujer vivida y que desde los 14 años anda con patojos ahí vea usted si sigue con ella, no quiero que me la devuelva cuando se de cuenta que ya no es niña. Ciertamente yo la mentada virginidad la había perdido hacía añales en tantas montadas de bicicleta y en los tubazos cuando me caía. Ahí se quedó pegada saber ni en qué año y ni en qué bicicleta de los patojos. Mi novio lo que hizo al escuchar fue guardar la cordura y la educación frente a mi familia y le dijo: no se preocupe que a su hija la quiero tal y como es, gracias por el aviso. Mi mamá esperaba que mi novio se levantara y se fuera y me dejara por impura. Para restregarme en la cara, ¡ya viste que te dije que nadie te iba a tomar en serio por estar jugada!
En las fiestas familiares en las que asistió lo trataban como mi amigo aunque mis tías, tíos, primos y primas me veían trincándome con él en todas las esquinas de sus casas, frente a todo mundo. Era el repudiado por andar pervirtiendo a una niña de 20 años pero también lo veían como un santo cuando les daba jalón en su carro. Lo que no querían aceptar era que la pervertida de la relación siempre fui yo. Le metía ideas en la cabeza que el hombre temía hacer por pecaminosas, al final lo terminaba convenciendo y me decía: Negra sos un demonio. Pero bien que te gusta quemarte en el fuego de mi infierno va. Bueno es que sos irresistible vos, ese tu carácter de domadora. Y vos asoleado por dejarte domar. Reímos a carcajadas. Intentó de todo por sacarme del alcohol pero no pudo. Yo no me dejé ayudar. Seguramente de haber estado yo sobria hubiese sido distinto, pero así como fue no le cambiaría ni un solo instante.
Mi papá que se hacía el que no sabía cuando le convenía, el amor entre mi novio y yo se notaba a kilómetros de distancia y siempre que él quiso hablar con mi papá mi mamá se lo impidió porque, “Guayo lo mata si sabe que anda con la Ilka sin haberse divorciado”. Puros cuentos, ya todo mundo esperaba que yo saliera con mis once ovejas y con la noticia de que serían abuelos y tíos. Era lo único que faltaba. Es más sorprendidos estaban de que yo la eterna rebelde anduviera con alguien en situación formal. Yo le decía a mi mamá que no había por qué sorprenderse que se trataba solo de amor, ¿por qué castigar el amor? Lo mismo le digo ahora que ando nadando en otros mares.
El único que me conocieron también. De los otros les he contado nada más, así de aquellas fumadas que cuando mi mamá las escucha en nuestras conversaciones telefónicas me dice: ¿de verdad? ¡Sos el demonio ishta hija de la gran puta! ¿A qué horas fui a parir a una mujer tan atrabancada? ¡Sos una pervertida! Pervertida pero bien que te quedó la espinita de hacerlo.
En el fondo mi mamá sabe que lo salvaje e indómita lo heredé de ella y de nadie más. Ha sido difícil aceptarlo porque soy como un espejo en donde se refleja, la diferencia es que yo me he atrevido a hacer cosas que ella por el qué dirán no pudo en su momento. Pero yo la atizo de que nunca es tarde. ¡Que ni lea esto mi papá porque me manda a la hoguera! Hablo de lo sexual y de todo en general.
Él hizo todo lo posible por ayudarme a salir de mi adicción pero no pudo, mi vicio nos arrastró a los dos y llevó la relación al demonio.
Todo en mi vida emocional venía colapsando desde la adolescencia y el alcohol ya se había vuelto parte vital de mi torrente sanguíneo. Fui cayendo lentamente en un pozo de donde no me dejaba ayudar. Él ya esperaba un final trágico, siempre estaba al pendiente de mí, trataba de no dejarme sola, aunque nunca me cortó las alas, es de esos hombres que una quiere tener para el resto de su vida porque es compañero, amigo, amante y sobre todo ve a la mujer como un ser en equidad. Con él jugaba pelota, cincos, cartas, corríamos juntos, escalábamos volcanes. Leíamos poesía. Pero el alcohol era mi inestabilidad y de dulce encanto me transformaba en la agresividad misma. Le informé de mi decisión de emigrar porque quería hacer un último intento para aclarar mi mente y mi corazón, necesitaba irme lo más lejos posible y poner tierra de por medio. El entendió que debía hacerlo y que debía luchar sola y de frente con todo el lastre que venía cargando. Lo que le dolió y lo que me dolió la separación.
Emigré. Decisión que tomé y en un mes la cumplí. Un mes me llevó renunciar al trabajo, dejar la universidad, el arbitraje y decirle adiós a todo cuanto amo.
Aquí pasé cinco años con todos sus días y sus horas, en ebriedad. Noches completamente ebria. Saliendo del trabajo a comprar la caja de cerveza y beberla en una noche. Días de jaqueca por la goma y tardes de empezar de nuevo a beber. Cinco años. En que toqué fondo, en que me maldije, me odié, me rechacé, le falté el respeto a mi cuerpo, a mi alma, a mi corazón. Cinco años en que todo lo vi negro, en completa oscuridad. Odié el país, las circunstancias de mi vida.
Aquí se me juntaron todos los años y todos los dolores y todas las heridas y todos mis miedos. Aquí caí y caí y caí sin tocar fondo, cada vez más profundo. Las pocas personas que me vieron ebria nunca imaginaron que saldría de allí. En Ciudad Peronia fui un caso perdido, todo mundo esperaba que me llenara de niños a los trece años de edad, que fuera mamá soltera y que terminara acostándome por dinero con cuanto chofer de camioneta.
Pero el fútbol fue vital en mi infancia y adolescencia para que el licor no me arrastra a los infiernos es decir a los sótanos de los infiernos. Yo necesitaba dejar de pensar en mi realidad que no aceptaba.
Cansada de trabajar tantas horas, de empezar el día a las 3 de la mañana y terminarlo a las 12 de la noche. Por esa razón entiendo el dolor y las formas de actuar de las crías que trabajan en la infancia: en maquilas, en mercados, en campos de cultivo. Se pierde lo más importante de la infancia que es la inocencia y se madura de golpe tan de prisa que no da tiempo de reaccionar. Mis padres no tuvieron infancia. Llegaron niños a una finca de algodón y salieron adultos. De golpe, sin vivir más que en los surcos como niños jornaleros y entre los surcos mi hermana mayor y yo pasamos los primeros años de vida. Soy un ser de contrastes y me cuesta mantener el equilibro entre la niña, la adolescente y la mujer. Cuando siento es la niña la que escribe, la que actúa, la que observa, en otras la adolescente y muy pocas veces la mujer. Aunque mi cabello ha comenzado a encanarse y mi cuerpo está cambiando por la edad hay mucha inmadurez en mí, y en otras ocasiones sale de pronto la madurez de una mujer más grande de mi edad.
Es muy fácil para mi mantener conversaciones y juegos con crías, como entender a la perfección la adolescencia, como también hablar sin parpadear con personas mayores que yo. Todo el mundo dice que tengo un alma vieja. Pero también de niña y de efervescencia adolescente. Es algo que no puedo negar, de mis dos etapas tempranas mucho se quedó sin vivir y sin desarrollar y quieren hacerlo ahora que ya soy adulta. Es un estira y encoge que se nota perfectamente en mis letras.
Ahora desde el otro lado del puente puedo ver con claridad y decir que empecé a beber porque me victimizaba, era mi escape, la salida fácil para no pensar. Mis infiernos salieron de sus abismos y me sorbieron la sangre, me abrieron los poros, me sacaron los ojos, se instalaron en mis entrañas y me hicieron tragar mi propia hiel.
Siempre fui un caso perdido, salvo para unas cuantas personas que vieron en mí lo que yo nunca pude y que han confiado en mi capacidad, en mi fuerza interior, en que no soy quien vale la pena sino la alegría. A esas pocas personas las valoro y las honro. Porque estuvieron conmigo cuando ni yo misma quise ser mi compañía.
Después de cinco años matándome aquí y matándome en mi infancia y adolescencia decidí comenzar a escribir poesía. Nadie hubiera imaginado que el ritual con la hoja en blanco que yo empecé a los 14 años de edad, encaramada sobre el tapial, arriba del chiquero de los coches, viendo hacia las montañas verde botella, sería en mi destierro la que me salvaría del suicidio lento que estaba poblándome. Esa necedad de querer hacer mi lastre un vertedero. Provocar que la gente me detestara. Que se alejara de mí. Insultarme. Eso es un suicidio lento, una agonía, una autodestrucción.
Las primeras letras fueron veneno puro, gota a gota, amargas, lloradas todas. Horas y horas escribiendo mientras mi cuerpo temblaba pidiendo licor. Mientras las noches me invitaban a las discotecas. Mientras brazos ajenos me llamaban. Mientras otras camas me esperaban. Horas y horas llorándolas, mordiéndome los labios. Encolerizada, peleada con la vida, detestando mi ser. A nadie he odiado en mi vida salvo a mí misma y me odié con todo mi ser. Me traté como un rastrojo, no permití que nadie me viera más que como un despojo.
Se abrieron mis venas con la pluma en mis manos y la hoja en blanco ha sido un sendero, una montaña, un amanecer en mi vida. Un laberinto del que he logrado ir saliendo poco a poco.
No ha sido fácil escribir con esta fluidez, al principio las palabras salían lentas, con temor, una tras otra de cuando en cuando. Con las letras dejé de darme golpes en la cabeza. Cuando era niña y adolescente me agarraba a pegarme en la cabeza contra la pared con todas mis fuerzas, aquí lo hice durante cinco años, quería que el cerebro se me saliera para no pensar.
Ahora puedo decir que conozco y sé diferenciar la auto victimización porque la viví. Sé lo que es una adicción porque la he tenido a lo largo de mi vida. Ni la pasión de mi vida me pudo hacerla dejar, ni los hombres ni mujeres que he amado, la única que me puso frente a mis infiernos fue la escritura a ella debo mi emancipación. A ella debo haber salido de la adicción. A ella debo amarme y no odiarme. A ella debo esta tranquilidad que ahora me puebla. ¿cómo no agradecer a las escritura tanto amor? La vida no me alcanzará para honrarla.
Mi existencia no es extraordinaria, soy un ser como cualquier otro con sus altos y sus bajos. Con sus infiernos y su luz.
Mi escritura ha sido una catarsis y el valor de ésta radica en que es capaz de entrar a los túneles más oscuros del alma humana y abrir las ventanas para que se llene de luz. No soy la única niña, adolescente o mujer que ha vivido con adicciones. No soy un ser de alma elevada. Soy tan mundana como cualquier otra persona. Tengo tantos defectos como elotes tiene el milpal. Pero a las letras las honro y agradezco que sean mi canal de expresión, no les puedo mentir ni inventar, ellas conocieron mis infiernos y saben de mis altibajos.
Para ser escritora y abrir el alma y desnudar el cuerpo, exponerlos en la hoja en blanco se necesita más que talento y vocación yo diría que: dignidad, honestidad y valor. Y eso me sobra.
Desde este otro lado del puente le sigo teniendo respeto al alcohol y a todas las adicciones que puedan perturbar un alma humana. Hay una canción de Sandy y Papo que bailé con mis amigos en los toques de las cuadras de mi arrabal, canción que solo quien ha vivido una adicción puede comprender. Huelepega. Canción que eriza mi piel y de cuando y cuando la bailo aquí solita en mi cuarto imaginando a mis amigos de arrabal que se los llevó la violencia y las drogas. Yo por alguna razón que aun no entiendo estoy aquí y respiro, no me esfumé antes de los 18 años, edad a la que ellos no lograron llegar. No me mató la frontera ni el destierro.
Este escrito es para honrar sus memorias que habitan en mi corazón. Hablar mi verdad, mi experiencia que no es excepcional es tan solo una historia de vida de una niña de arrabal. Negar lo que fui es negar lo que soy. Soy adicción, pasión, contratiempo, oscuridad, autodestrucción, emancipación y tranquilidad. Soy la voz de mi voz y la de las crías adictas que languidecen en el arrabal. Loor a ellas. A las y los huelepega del mundo entero. Qué mi letra las redima.
Ilka Oliva Corado.
Febrero 01 de 2014.
Estados Unidos.

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  1. Estimada Ilka, este relato es el segundo documento que leo salido de su puño y pensamiento, por cierto me fascina la forma informal y elástica de sus expresiones, pareciera que no está pensando mucho para colocar las palabras, frases y oraciones, uno que otro error mecanógráfico pero se le perdona ante tanto volúmen de manifestaciones y argumentos que hacen que uno se prenda en la lectura y aunque quisiera parar no para, la felicito y la animo a seguir compartiendo de todo aquello que brota de lo mas íntimo de su ser. Me llama la atención en los dos artículos, veo que es una mujer desinhibida y eso me gusta mucho, he podido ver como su vida pareciera ser un modelo pero que a la vez no lo es por las manifestaciones suicidas, por lo que entiendo, usted sigue viviendo su propia vida, tal como usted la quiere vivir aunque eso represente que esté aislada en un mundo inexplicable que nos condiciona con reglas y normas de conducta social. Quiero compartirle algo de mi, yo también tuve una niñez bastante parecida dado por la irresponsabilidad en la que cayó mi padre por darle rienda suelta a sus pasiones y desenfrenos, imbuido en el licor y las mujeres; a pesar de su ejemplo yo decidí buscar a Dios y soy creyente de un Dios que nos creó, así como creó antes de todo la naturaleza y que nos ama y que por todas las edades nos está buscando de muchas maneras; al igual que usted, yo disfruto del campo, del paisaje y tantas manifestaciones que no me queda ninguna duda de su existencia, yo lo admiro en cada una de sus obras, podría decir las flores, la lluvia, el sol, el nacimiento de un bebé etc. Ese Dios que nos pensó antes de la fundación del mundo y quien sabe quienes somos, nos creó con un propósito, ese propósito es únicamente para su alabanza, así como nos ha dado el don de la vida para que la disfrutemos, hizo un manual de operación, como toda máquina, ese manual se llama Biblia, yo la animo a leerla y estoy seguro que como yo, usted va a encontrar la razón por la cual usted está vivita y ha sido dotada de un talento maravilloso como lo es la escritura, le aconsejo que lea sobre el apóstol Pablo en el libro de los Hechos y sus cartas, este es un hombre que a mi me pone los pelos de punta, y la razón es que entendió cuanto Dios nos ama y estuvo dispuesto hasta a morir por El, Dios nos ama tanto, tanto, tanto, que dio a su único hijo para rescate de la humanidad. léala, la Palabra de Dios es tan eficaz que hace entender a los sabios y a los no sabios, Jesucristo dice: Escudriñad las escrituras porque a vosotros os parece que en ella está la vida eterna y ellas son las que dan testimonio de mi”, Dios tiene un plan maravilloso para usted pero El necesita que usted le entregue su corazón y entonces disfrutará desde ahora de esa paz infinita que solo El puede dar. La vida eterna empieza aquí, todos somos eternos, solo que unos para perdición y otros para vida. ¡ANIMO! ¡FELICITACIONES! si no la veo aquí, espero verla en la eternidad.

  2. Te admiro por ser lo que eres, por compartir con amor tus vivencias, pienso que todas las mujeres hemos vivido mas de alguna opresión en diferentes circunstancias, y pienso también que aunque el camino es difícil podemos liberarnos de ella, lo importante es encontrar la paz con nosotras mismas. Eres ejemplo para muchas jóvenes y mujeres que aún viven situaciones difíciles y que algún día encuentren esa luz, que tu y muchas mujeres estamos viviendo. Un abrazo para ti.

  3. Querida Ilka…honestidad de principio a fin, historia, imágenes, situaciones, tan humanas, tus palabras son como torrente que despierta emociones, nos coloca frente a nuestras propias contradicciones…convoca demonios y trasciende…para anunciarnos que la paz interna es posible…pero tiene un costo. Abrazos amiga, hermana…!!!

  4. Indudablemente a través de tus escritos me transportas aquellos años de mi adolescencia reprimida (porque mis papás no me daban permiso para hacer nada, comparto muchos de tus sentimientos en esos momentos) que aunque me catalogaste siempre como la nerdita caquerita y conocí muy poco de todo lo que ahora escribes, te puedo decir que te entiendo ya que detrás de nuestras sonrisas o caras largas como sea todos tenemos nuestra historia lo único es que tu tienes ese coraje de expresarlo y librar tus batallas; habemos muchos que aún vivimos con nuestros miedos y frustraciones y no logramos llegar a calmarlos, mis respetos mi estimada sos lo máximo, sos un ejemplo y se te aprende un chingo, mi admiración y cariño negrita mi linda

  5. Están redimidos, tienen un lugar en tus bellas y desgarradoras palabras, admiro tu honestidad y tu valor. No todos podemos abrirnos tanto y traer de los recuerdos los infiernos, y por lo tanto también debemos perder otros buenos. Un abrazo.

  6. Gustavo Adolfo Celada Robles /Totonicapán, Guatemala

    Recorrer un camino en retrospectiva es más difícil que caminarlo normalmente, porque hay de volver sobre el camino separando cada suceso cada acción, cada dolor, cada carencia de amor, cada atrocidad que se nos hace vivir, cada limitación de los que tienen y a nosotros no nos tocaron; pero fundamentalmente tener la madurez de evitar la doble moral para pintarnos como fuimos, como nos transformamos y como somos, porque en ellos se forjó nuestra vida y nos hace mas fuerte que cualquier roble. Te rindo el más grande de los homenajes por ser tan fiel contigo misma porque no evitaste nada de lo que te llevó a ser quien eres hoy y que compartas todas tus vivencias para que quienes nos recreamos en tus líneas, aprendamos a ver la vida del color que verdaderamente es. Te aprecio mucho.

  7. Nuca había leído tus letras, me gusto mucho lo que escribiste con tanto realismo, creo que mas sincera no pudiste ser expresando con tanta fluidez los recuerdos que guardas dentro de tu ser, experiencias que te han llevado a ser lo que eres, me fascino y espero leer mas de ti; siempre he dicho que el arte tiene un gran poder que puede hacer la diferencia en la vida de las personas. Saludos.

  8. Marylena Bustamante

    Ay Ilka querida, yo como usted sabe soy bastante barata para eso de la llorada. Mis ojos son un río. Sin duda tiene un talento innato y su desarrollo de escritura es asombroso, sabe llevar a sus lectores a una montaña rusa y desde la parte más alta, deja caer sus verdades tan crudas y hermosas. Mis respetos, admiración por usted y por la niña y adolescente que la habitan.

  9. Iduvina Hernández

    Ay nía Ilka, no he podido parar de leer hasta terminar la crónica. Me cautivaste desde el inicio. Sos valiente y has podido escribir una historia magistral, no solo por la narración sino, principalmente, por el contenido. Una historia humana, la tuya, contada con el coraje que ya desearía tener. Ojalá algún día, pueda yo también vaciar mi mochila con la valentía y la maravillosa narrativa que lo hacés vos. Gracias por dejarnos entrar a tu alma. Gracias por estar y escribir. Te abrazo hermana.

  10. Carlos René García Escobar

    Es un texto dramático y profundamente enternecedor que me provoca respetar tus letras. (Aunque aun no he leído tu producción literaria).
    Carlos René García Escobar

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