La tortillera.

Recuerdo que vivíamos amontononados en un apartamento en la zona ocho capitalina, justo a dos cuadras atrás de la iglesia La Divina Providencia. Era una vecindad con paredes de adobe repellado con cal y arena blanca, techos de lámina y puertas de madera con polilla. Un portonón en el zaguán, de ahí nos guindábamos la manadas de güiras jugando a trepar, hacíamos paradillas, saltábamos liga y avioncito.
En noviembre del ochenta y ocho agarró camino la hermana mayor con sus dos  pollitas  habadas y el pollito peluco en la panza nos fuimos a la   que soñábamos sería nuestra casa propia en Ciudad Peronia un lugar remoto al que se accedía en  uno de los dos ruleteros que se estacionaban en la treinta y cinco calle justo atrás del centro comercial Galerías del Sur.  Mi madre que ha sido la hermana-mamá de sus hermanas y hermanos jaló con las cumes, sus esposos y sus crías. Ya había emigrado mi tía Marina hacia el norte del continente.
Entonces fuimos al barranco a buscar pino seco y tierra e hicimos adobes, construimos un cuarto y echamos los tapiales que durante años yo saltaría en competencia con  mis cabritas.  Nuevamente la familia se volvía a unir. Vivía la hermana-mamá con  dos de sus hermanas cumes y sus crías.  Aquello era un bacanal de güiros,  los vestidos  de la i niñas pasaron a ser propiedad de todas al  igual que los calzoncitos de repollitos y los zapatos  usados que nos compraban en  los sótanos de la Terminal. De un plato de comida nos atipujábamos todos y todavía sobraba.  La olla de frijoles  la poníamos  a hervir todos los días con un litro de agua, nos comíamos las tortillas sopeadas en el caldo y los  frijoles quedaban para otra hervida   para el día siguiente.
Hoy desperté en la madrugada abrí los ojos y estaba mi cuerpo acostado sobre una cama cubierto con dos chamarras, me moví a ver si chirreaba como la cama de metal donde dormíamos cuatro, no, no chirrió.  Vi por la ventana y no encontré los tapiales de adobe y el único sonido que escuché fue el de las aves que retornaron en primavera. ¿En dónde está el gallinero? ¿Mis cabritas, los marranos, las patas y las coquechas? ¿ En dónde la manada de primas y primos?  Toqué la pared y mi hermana contestó con otro golpecito en su habitación, le dije ¡buenos días Pelu! Durante décadas dormimos cuatro en una cama los buenos días se daban a escasos centímetros de distancia, la cama con la pata coja fue nuestro aposento en la habitación que dividía la cocina  con un cancel de tela floreada. Me sucede seguido que no importa que amanezca en los brazos de un amante de ocasión o sola en mi habitación siempre extraño esos tres cuerpos que son parte del mío y así será hasta que estos pulmones necios dejen de respirar.
Ese ahogo nuevamente instalado en mí llevo días recordándola intacta con sus manos llenas de masa pegada al fogón y al comal de barro.
Es la tía que le sigue  a mi Nanoj,   prieta , murusha y mulata yo paso por hija suya a donde quiera que vamos juntas. Nunca fue a la escuela no aprendió a leer ni a escribir es analfabeta.
Su esposo un hombre honrado que  lleva décadas  trabajando limpiando baños en  un hospital.
Cuando fue lo de la invasión en Ciudad Peronia mi  tía aprovechó e  invadió un lote en el cual ha vivido durante veinticinco años y hasta el año pasado pudo ver las escrituras como propias. Recuerdo que fuimos la manada de ishtos y  cipotas a ayudar a hacer la covacha, ahí astilladas las manos con  las lepas vimos al final del día la choza que sería el hogar del gallo zacapaneco, la gallina jutiapeca y los pollitos habados.
Se quedó  viviendo en la casa con nosotros  la cume de las hermanas de mi Nanoj y sus pollitos pelucos, a los meses invadiría un terreno también y sería la abuela Juana y tío Lilo los que la acunarían en la nueva aventura. Quedamos las cuatro crías de la Nanoj, las gallinas,  las patas, las cabras y los marranos en aquel caserón que ahora es añejada nostalgia de mi alma de niña.
Nuevamente esa sensación del vaivén ir y venir en recuerdos. En mil novecientos noventa y uno cuando Ciudad Peronia tenía cuatro años de existencia mi tía analfabeta se convirtió en tortillera entonces se levantaba a las cuatro de la mañana a cocer el nixtamal era un quintal y medio de máiz el que se soplaba durante el día. La recuerdo palmeando la masa junto a dos mujeres más en el patio de su casa en una recién armada cocinita de lepa y lámina oxidada.  La leña de encino  humeaba saliendo el calor del fogón, su  brazos cansados y su rostro sudado,  la veía  abrazando una ilusión: que sus cuatro hijos fueran a la escuela.
Pasaba horas interminables palmeando las bolitas de masa y guardando las tortillas en un enorme canasto, las filas de personas esperando a la hora del almuerzo y la cena.
Después de la venta del almuerzo descansaba una hora y nunca apagaba el rescoldo del fogón siempre había plátanos o guineos  asándose, la jarilla de café Quetzal o Miramar caliente a un costado del comal.  Entonces la  manada de sobrinos y sobrinas con las canillas cenizas y las candelas de mocos  saliendo  por la nariz  llegábamos a su casa solo en busca de un abrazo tranquilizador, su regazo calma cualquier tormenta y cualquier ansiedad que sentencie con robarnos el sueño. La llamo por teléfono cuando los necesito.
Salía mi tía aun con sus brazos llenos de masa y  el  bocado en la  boca y nos abrazaba, siempre nos atacaba el hambre casualmente en su casa  la comida más rica que he degustado ha sido la preparada por sus manos:  dos huevos revueltos con cebolla y tomate  fritos en el rescoldo del polletón  siempre alcanzó para la manada de sobrinos y todavía sobraba.  La magia del amor de madre.
Con los años sus colochos oscuros se fueron tornando de colores cobrizos el calor del fuego y el humo los cambiaron de por vida.  Se le doró la piel del rostro y de los brazos, las venas  de las piernas se le inflamaron pero sus  crías siguieron estudiando.
Después debido al cansancio del trabajo en la venta de tortilla se ideó salir los fines de semana a la puerta de su casa y vender pupusas de chicharrón. Es una quimera en la que ya lleva más de quince años, sus hijos todos terminaron la educación media y tenemos la honra de que su hija cume será si la venia nos los permite la primera egresada de la familia en la educación superior y por supuesto como digna arrabalera en la Universidad de Mis Amores.
Es la tía que me tiene apartados como cinco patojos en Peronia para que se casen conmigo y me  hagan parir porque sueña con verme de gallina habada con mis pollitos poshorocos, quiere que tenga un nido y un gallo giro,  o una gallina inglesa pero que tenga un nido aunque los huevos que ponga sean de sombra.
Yo tengo el orgullo de ser sobrina de una tortillera, una mujer trabajadora, honesta, honrada y sobre todo digna.  Recuerdo las tantas veces que en  mi infancia  llegué llorando en mi desconsuelo y ella calmó con un abrazo todo anuncio de temporal, en mi adolescencia fueron incontables las ocasiones en que toqué su ventaba a las cinco de la mañana para que me prestara para el pasaje para irme a estudiar y no tenía, entonces era ella  la que les iba a tocar la puerta a sus vecinas para prestarles y dármelo,  -no si soy maestra por la ayuda de tantas mujeres que me arroparon-,  nos prestaba su zapatos, sus pantalones, sus blusas se las terminamos gastando la Pelu y yo. Nunca en la vida la hemos escuchado reprochar  al contrario todo lo que emana de su corazón y se extiende en sus labios es agradecimiento, fuerza y voluntad para honrar la vida.
A mi tía Aidé a quien este amor perturbado de sobrina se empecina en llamar mamá. A usted mi locura, a usted mi enajenación de niña heladera, a usted tía esta nostalgia que en la diáspora llueve en forma de alfileres helados.
Ilka. -Su Chiligua-.
Mayo 29 de 2013.
Tabucolandia.

4 comentarios

  1. No tengo el gusto de conocerla, pero en uno que otro intento que he tenido de escribir, leerla es realizar lo que un día de repente domine como Ud. Créame que me transportó a cada uno de los lugares que describió y de linda que es, nos compartió. Soy Bombero y he conocido de cerca muchos lugares en la ciudad por 20 años de diferentes colores y realidades, pero estos que nos comparte son como un Paraíso, y es que los recuerdos de la infancia, si somos de los que gracias a Dios no fuimos abusados ó maltratados (corregidos siempre y muy merecido! ja,ja,ja), los guardamos como nuestra propia vida: agradecidos, constantes y muy reales. La felicito por su talento. Que esté bien.

    • Mucho gusto Juan Ramón bienvenido al blog, gracias por sus palabras. Mire pues los recuerdos hacen tratadas. Le envío un fuerte abrazo y no se niegue a escribir que esto tampoco es arte. Abrazos.

  2. Me encanta Ilka !! felicidades por tu talento.. y tu voz.. !!!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.