En papel de envolver tostadas.


Aquella mañana de finales de otoño después del desayuno y aún con las tazas de café de Comapa en la mano pasamos a la sala es decir; caminamos cinco pasos de la cocina a los sillones que anidan mi apartamento rentado y nos dejamos caer de romplón. Soy tan arisca para abrirle las puertas de mi nido a la gente porque la mayoría ha venido solo a juzgar y detesto eso mala maña de que fisgoneen hasta las hendiduras del piso de la cocina. Por  mi parte me reservo el derecho de admisión y no porque me volviera arrogante con el tiempo –como me señalan- sino porque al nido se invita gente con la que se la  pasa bien y con quienes el calor del hogar invita a la intimidad de las conversaciones y los momentos gratos.

Quienes ya me conocen y saben del mal que padezco entienden a la perfección que no cualquiera entra en este espacio.

La noche anterior después de la reunión en la que presentó varios documentales y dio una charla, -y después de unos cuántos toques, tapis y tragos de cusha, boj y chicha- me acompañó a mi automóvil. Ambos quedamos encantados uno del otro. –El otro de la una y la una del otro-  esa buena vibra que en pocas ocasiones he sentido con personas que recién me presentan. Aquella noche yo asistí a la presentación de los documentales, él;  Boris Hernández viajó desde Guatemala como representante de Asociación Comunicarte.

Para mi sorpresa –muy grata sorpresa por cierto- él sabía de mí, me había leído, me venía leyendo hacía meses. Son de esas cosas extrañas que suceden con quienes escribimos porque lo hacemos en la intimidad de nuestros adentros y allá fuera quienes captan las ideas y los sentimientos por lo regular son personas desconocidas. Y entonces vos pasás a formar parte de sus amistades y hasta de su nido familiar todo eso sin darte cuenta, sin tener noción porque son personas que vos no conocés.

Cuando nos presentaron me abrazó con esos brazos delgados y largos que por un instante sentí que me fundía con uno de mis amigos de infancia con uno de esos hombres que me conocen hasta el modo de andar, fue una sensación extraña devolví el abrazo con júbilo -¡y con enjundia!- nuestras sonrisas se encontraron de frente y  nuestras miradas se auto presentaron sin necesidad de terceros.

Quisiera verte antes de irme me dijo aquella noche mientras yo encendía el motor de mi automóvil, no hay clavo le dije veníte con César a desayunar a la casa mañana. –César es uno de los encargados de Casa Guatemala y director del proyecto Maya Essence que trabaja con cooperativas del occidente del país-. A la mañana siguiente ahí estaban ellos con la goma del trago y yo con la goma de sueño, nos atipujamos el desayuno y al ver a mi hermana se sorprendió de  nuestro parecido físico.

Entre que hablando de temas varios se nos pasó la mañana, algo le llamó la atención de mi diminuta biblioteca y fue Orhan Pamuk  sorpresa la que me llevé yo al enterarme que él también había leído Rojo y Nieve  yo por el contrario ya había leído Nieve y estaba  en la mitad de Estambul a Rojo lo había empezado a leer pero por alguna razón se quedó arrumado. Nieve ese libro expresa tanto el sentir de las almas de poetas y poetizas que al migrar entre una ensoñación nostálgica y  de añoranza entre un vacío  letargo  les da por escribir convirtiendo en letras la silenciosa solidad que abraza en tierra ajena. Entre el resto de libros que mencionó  me invitó a leer al  Gioconda Belli  de la nicaragüense aún no he leído  un libro completo.
Y hablando de nostalgias y soledades vino a mi mente el nombre de Brenda Solís-Fong le comenté que me había contado de un libro suyo llamado La Plaza y que me gustaría leerlo. Ahí quedó. Pasamos a otros rubros, otros tushtes y otros rollos.

Tremendamente agradecido por el café de Comapa que desfiló en el desayuno se marchó al atardecer a visitar a otras amistades. El café de Comapa solamente se sirve en este chante en ocasiones especiales, de pronto cuando me ataca la nostalgia hago un mi poquito lo sirvo en un pocillo, en un tolito o en un batidor me siento junto a la ventana y veo el horizonte lejano mientras disfruto la esencia de los palos de café en el sitio de doña Juana y tío Lilo.

Hace unos días César y Pamela regresaron de Guate, anduvieron durante varias semanas trabajando con las cooperativas de occidente y de otras partes de La Patria del Criollo trían también una encomienda para mis huesos, me contaron que en tierra de sus ancestros –porque aquellos son gringuitos- se reunieron con vos Miguel Ángel Albizures  y con Boris, me contaron que me mandaste saludos y abrazos y que te has encargado de regar la bola de mi blog con tus amistades.

También llegaron a mis manos dos sobres de papel de envolver tostadas con un sello que leí: “Librería Casa del Libro”  los abrí a las carreras mientras que César me observaba también emocionado me encontré con: “El origen de  mi alegría”, “Maquillando mis Alas”  y “De Zancudos amistades y otras rarezas” los tres de Brenda Solís –Fong.

Por si fuera poco también un librazo de poesía completa de Luz Méndez de la Vega, Ligera y Diáfana. Un Documental llamado Nuestra Voz Nuestra Memoria y la revista Cambios. Era tu encomienda, era tu forma de devolver el haberte servido café de Comapa en mi nido rentado.

¿Y yo qué hago? ¿De qué forma te agradezco semejante detalle que viniendo de vos sé que es sincero? ¿De qué forma te devuelvo el tiempo que perdiste buscando la librería y los libros? ¿De qué manera yo puedo decirte gracias sin que suene a canción vieja? De ésta que
es la única forma que tengo por el momento de abrazarte. Ese libro que vos tanto esperás de mi autoría no sé si algún día llegue, pero si llega date ya por enterado que el autógrafo irá impregnado con el olor del café de mi tierra natal.

Desde ésta humilde morada en la que compartimos un desayuno y otras charadas me despido dejándote  mi agradecimiento envuelto en papel de envolver tostadas tal   cual llegaron tus libros.. tus recuerdos tus saludos. 

Ilka.-
Enero 22 de 2012.
Estados Unidos.
  

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