¡Los bollos de mí Tatoj!


Por la tarde recibí un mensaje de texto en mi teléfono celular, era de mi hermana-mamá y leí: “Negra te dejo en el refrigerador unos tamales y pan que mi tío hizo explícitamente para vos, te veo en la noche”.

De los once hermanos de mi papá conozco nada más a 4 y con ninguno he compartido más que del saludo en ocasiones imprevistas. Salvo con mi tío Jorge, que es  tres años mayor que mi papa. Es por esa razón que prácticamente la parte de mi raíz zacapaneca la desconozco. El tío y su familia emigraron hace más de quince años. La vida y el vendaval que empuja y dirige el andar de quien emigra, nos juntó en el mismo Estado.

Su voz, su rostro, su acento, los modismos zacapanecos con los que habla me recuerdan a mi Tatoj, es tan sólo tres años mayor. Y chocamos de la misma forma en que tiro chispas con mi papá, cuando conversamos de igualdad de géneros. Es un Oliva al derecho y al revés, por donde lo mirés, y bueno yo también soy las más Oliva de las sobrinas,  -en cuestión de carácter- entonces ya te imaginarás; un machista   y una feminista  en la misma foto.

Pero algo sucede cuando  hilvanamos el tema de los recuerdos de infancia, ambos nos desconectamos de la realidad y viajamos a lugares lejanos, perdidos y extraviados en algún lugar de la memoria, que uniéndola, zurciéndola, he logrado remendar parte de mi raíz zacapaneca.

Gracias a los relatos que mi tío cuenta en las tardes de domingos otoñales, he logrado desempolvar esa historia de vida que abrazó la infancia de mi Tatoj. Hoy en mi destierro, he comenzado a comprender sus silencios, sus nostalgias y sus miedos, sus reacciones y sus desencantos.

Aquí en mi autoexilio conocí la razón por la cual mi papá se discute unos caldos de costilla y de patas, dignos de un chef de fama mundial. Su especialidad en los gajes de la panadería.

De sus cuatro retoños –del matrimonio con mi Nanoj-  soy yo quien es una fotocopia de su rostro y su sonrisa, sus cejas y las piernas rollizas. De él heredé mi amor por las letras, una cierta habilidad en las manualidades y por supuesto mi pasión por el fútbol y los deportes.

Debo decir que mi hermana-mamá, heredó el arte de la repostería, ella es una Oliva de linaje, el mismo sazón, la paciencia y la facilidad para todo lo que tenga que ver con harinas y azúcar. Cuando ella hace molletes, siento el sabor idéntico al  sazón de mi Tatoj, me atrevo a decir que no hay diferencia entre uno y otro. Los ojos se me aguan mientras saboreo, porque probar un mollete “Oliva” no es cuestión de todos los años, en el exilio  solamente para la Navidad me consiente.
El clima ha cambiado repentinamente, hoy los cielos lucen cenizos y emponchados, el colorido chiltoto de los arces comienza  a engalanar la estación, vendaval desatado, días fríos y nublados, con cierto  empacho de nostalgia transcurre septiembre.

Entro a mi apartamento rentado y abro la puerta del refrigerador, me encuentro con una bolsa de tamales envueltos en papel aluminio, todavía no me acostumbro a verlos sin hojas de guineo. A un costado dos bolsas de bollos. Bah bollos. Un nudo de sal se desborona en mi garganta instantáneamente, y mis ojos se llenan de agua que instantáneamente comienza a rodar por mis mejillas.

Corro a buscar el celular y aun con la respiración contenida le envío un texto a mi hermana, a su celular: “¡Los bollos de mi Tatoj!¡ingrata!” Por toda respuesta recibo un: “¡ajá!”

Caliento un tamal y saco un bollo, lo toco, lo acaricio, lo respiro. Su forma y su aroma me transportan a los fríos noviembres de mi infancia en Ciudad Peronia. Cuando mi papá nos permitía el lujo de disfrutar bollos hechos  con sus manos. -¡También puede tortear!-.

Llegaba con una bolsa de harina, azúcar, sal, y otros polvos y menjurjes. Cuando menos acordábamos las manos de aquel morenazo comenzaban a darle forma a la masa que descansaba sobre la pequeña mesa de pino que era nuestro amueblado de comedor. Acompañadas de un candil bajo la penumbra de las noches de cielo estrellado, y abrigadas en un poncho de Toto las cuatro crías esperábamos el manjar que esa noche se convertiría en nuestra cena.

Los hacía con y sin sal, y los acompañábamos con café de tortilla cuando no había dinero para comprar una bolsita de café Miramar o Quetzal. El proceso de horneado, salía al patio a encontrarse con el polletón, lo cubría de piedras y formaba una especie de horno. Fueron pocos los noviembres de vendaval que disfrutamos de quesadillas y franceses, tortas y bollos, hechos en manos de mi Tatoj, pero su impacto en mi vida, me persigue hasta el día de hoy que respiro en tierra extraña.
Podría identificar ese aroma al otro lado del océano, es sazón “Oliva” es único, como también lo es el “Corado”.

Vaya sorpresa me esparaba en esta noche otoñal, regresar a aquella pequeña casa de cuatro paredes, suelo de talpetate,  sin puertas y ventanas, cubiertas con cartones y dividida con cancel de tela floreada. Regresar al recuerdo de la pobreza que nos albergó en la infancia, pero también a la época más feliz que he vivido; allí aprendí a valorar cada bocado que me he llevado a la boca.

Gracias a la magia del tiempo, y al sazón de mi tío Jorge, regresé, retorné a abrazar a aquel morenazo, robusto y fuerte que un día decidí llamarlo: Tatoj.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
Septiembre 20 de septiembre.
Estados Unidos.

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