En las Vísperas del 15 de Septiembre.


El fin de semana lo anduve como gallina de patio en invierno: con soco y moquillo. El hambre se fue de capiusa, y lo chipe aún lo ando a tuto.  Es que la gripe es más la bulla, te sentís hamaqueada, como si te hubieran dado una pasadita, con camorra y todo incluido, y encima estrellita, o perulero (entiéndase, léase, “el perulero” sólo para egresadas –os  de la Escuela Normal Central de Educ. Física), o algo así como que te hubieras subido por primera vez a un  caballo, ¡y en aparejo!

Es que eso de la gripe si es clavo grueso, allí andás medio engomada, zurumba, y con aquel dolorón de cabeza, aquí no importa las recetas de remedios caseros que te den, ni medicina que alcance, aquí la gripe pega doble, porque no estás en casa, en el terruño, ¡andás chipe y encima con moquillo y soco!

Quise seguir la receta aquella que todas y todos sabemos: ¡7 octavos y un limón!, pero no vaya a picarme después ¡porque abro la de Zacapa Centenario y ya entonada vaya a querer sacarle hasta el diablo!

Hoy mientras estaba en el supermercado comprando queso, frijol y tostadas: para cenar guatemalteco, recibí una llamada telefónica, estaba con duda de contestar porque no reconocí el número telefónico, pero bueno mientras eran peras o manzanas, contesté: “Aló”. Del otro lado de   la tecnología inalámbrica se escuchó una voz, ronca, de hombre.

─ ¡Aló Cucurumbé!
Inmediatamente pensé: “es uno de ellos ¿Pero quién?”
─ ¿Quién habla?
─ ¿Cómo qué quién habla? ¡Yo, tu papaíto rico!
Mientras mi cabeza se hacía un queso pensando: la voz, esa voz, sólo ellos me llaman Cucurumbé con esa autoridad, ¿quién será? Y encima me trata de vos, sólo puede ser uno de ellos.
Y empiezo a bajar libros:
─ ¿Chacate?, ¿Coca?, ¿Platanón?, ¿Nani?, ¿Neco?, ¿Tubo Loco?, ¿Nata?, ¿quién habla?
─ Caliente, caliente…
─ ¡A la gran Patria quién es!
─Ya te lo dije, tu papaíto rico.
─ ¿Checho?, ¿Cheyo?, ¿Pupo?, ¿Chicote?, ¿Rubios?, ¿Tapita?, ¿Leñero?, Mmmmm… ¿quién habla? ¡Dame una pista por lo menos pué!
─ Ya los Yunaites te borraron la memoria, ¿va?
─ Sé que sos uno de ellos, pero no sé quién, dame otra pista pué…mirá que hasta salí rápido de la tienda para ganar la adivinanza.
─ ¿Zancudo?, lo siento ya están los 15, no sos ninguno de ellos, ¿entonces?
─Soy el número 16, ¡tu domador!
En ese momento sentí que la gripe se me fue ¡hasta la cola del diablo!
─ ¡No puede ser, Chocoreco!
─El mismo que trinca, viste, desviste calza y descalza. ¡Tu único domador!
 ─ Con que Chocoreco no, si no me decís ahorita mismo, quién se robó la gallina copete favorita de mi mamá te prometo que te cuelgo y ya no contesto, ¡aunque llamés mil  veces!
─Seguís tan llamarada de tusa como siempre va; ta bueno te voy a decir: fuimos el Zancudo y yo, la hicimos en caldo, nos la robamos en venganza porque vos no me quisiste cambiar el 21 que llevé.

Los 21 eran los boletos que daban en las camionetas de transporte urbano, vos contabas los  números impresos en el boleto y si en su totalidad sumaban 21, vos podías cambiarlo por un beso, con quien estuviera de acuerdo en el  juego. Pero en aquel entonces a Ciudad Peronia sólo llegaban ruleteros de a veinticinco len el pasaje, sin derecho a boleto.

─ ¿A vos te pica va? ¿Cómo te iba a cambiar un 21 si no sabía lo que era? Por tu culpa mi mamá me dio la despeltrada  del año, porque se perdió su gallina favorita. Bien dije yo que vos habías sido, viste veinte años después lo vengo a comprobar. Sólo porque no te tengo enfrente fijáte, pero bien digo que me llega el pulso y la fuerza para enviarte un leñazo desde aquí ¿en qué Estado estás?

─ En las Nueva Yores… A la vos, más de dieciocho años de no saber de vos. Uno de aquellos me dio tu  número.
De “mis hombres”, porque fueron míos dura
nte mi infancia y yo fui de ellos por supuesto, allí era todos para una y una para todos, nadie  daba  paso en falso si no estábamos cabales, siempre nos  andábamos contando si no estábamos los 16, no se aceptaba ningún reto; ni pulso, ni luchitas, peleítas, juego de cincos, trompos a los calazos, ni competencias de virulas. ¡Mucho menos ir a barranquear! Solamente ellos me llaman con propiedad: “Cucurumbé”.

El primero en emigrar fue Nata, aquel jaló por allá del 88 llegó vivito y coleando a Miami y allí se casó con una cubana, tiene 4 hijos.

Después de él, se vino la “potranca”, la que juraba no pisar suelo gringo, ni de paseo. (La vida  le ha enseñado a no decir; de esta agua no beberé).

Pero me dolió más cuando me llamaron por teléfono los 14 restantes, para decirme que se venían mojados, por la vía del tren, sin pagar coyote y que igual llamaban para avisarme y para despedirse si es que ya no nos volvíamos a ver, ni escuchar, por si quedaban en el camino. Por más que hice no logré convencerlos de lo contrario. Veinte días después me llamaron desde California, llegaron todos sin novedad ¡y sin pagar coyote!, después se regaron a lo largo y ancho de la nación de Nativos Americanos. Todos los de aquella Marita estamos aquí, en la calle Éufrates, sólo vagan confusas nuestras nostalgias.

Después de reír, llorar y recordar durante dos horas, y antes de terminar la llamada, me preguntó “¿te recordás  que cabal para hoy la jocoteada en la aldea?” Y empiezo a bajar libros, pero cuando vine a acordar ya venía rodando por el barranco y sentí la adrenalina apoderarse de mi cuerpo nuevamente.

Eran los días en que la magia de la infancia no nos permitía ver más allá… eran los años en que los pactos los sellábamos con un escupitajo en la palma de la mano y después la chocábamos como muestra de que la palabra empeñada valía más que la firma. Eran los años en que los 16 amigos de la calle Éufrates, juramos nunca abandonar la colonia.

De la Marita del Río (calle) Éufrates, éramos dieciséis, quince hombres y una potranca. A “Chocoreco” nunca se le tomó parte de la “Marita” porque se fue de la colonia cuando empezaba a botar la ceniza, dijo que sus papás habían comprado una casa en una colonia de alcurnia, llamada no sé qué  Nueva Montserrat.

El tipo era algo fanfarrón (típico macho guatemaltequensis) se creía el papá de los pollitos porque su casa era la única que tenía piso y banqueta de cemento. Siempre me cayó hasta los ovarios, y por lo mismo cualquier alegata en las chamuscas era motivo para encender la mecha y agarrarnos a trompada limpia.

Eran los primeros años de la década de los noventa. Eran los años en que los barrancos  aún no eran vertederos de basura y estaban allí verdes, llenos de árboles, frutas y flores. Con la “Marita del Río Éufrates”, como nos llamaban los vecinos, nos perdíamos por tardes completas explorando sus profundidades, nuestro único armamento eran las hondas y una bolsa plástica siempre lista, por aquello que encontráramos; nances, guayabas, flor de ayote,  jocotes, tomates, elotes. El macuy –quilete o hierba mora- el bledo, chipilín y verdolaga, la amarrábamos con una pita y la hacíamos un enorme manojo que cargábamos en los hombros junto al escobillo –con el que hacíamos las escobas para barrer los patios-.

Pero “Chocoreco”  con su llamada, aparte de contarme que vive en Nueva York hace algunos años, junto a otros conocidos de la colonia,  también me llevó de la mano hacia  un año en especial,  a una semana justamente: “La Semana de la Independencia”.

Aquella semana él regresó  a la colonia tras dos años de ausencia, más ñecudo y fisiquín de lo que era cuando se fue, en esos días yo era la que  imponía normas en la cuadra, me debatía a duelo de trompadas con quien se me pusiera al brinco, es que no hacía falta llegar a los insultos para que “la Potranca” corcoveara, hasta ese momento también “Chocoreco” había sido abatido en tres duelos los años anteriores, así es que justo llegaba para la revancha.
En los primeros días de esa semana se perdió la gallina copete de mi mamá, nunca supimos quién la robó, las plumas aparecieron el siguiente día a la orilla de la banqueta, cuando mi mamá se enteró de la pérdida de su favorita, me ha metido una zarandeada de aquellas que hasta despeltrada resulté. Para mediados de la semana, “Chocoreco” llegó con su fisiquín y sus ñeques más grandes que antes,  algo dentro de mí, me decía que él se  había peinado la gallina copete, y se lo pregunté de frente: pero como buen macho lo negó rotundamente;  no me quedé con las ganas y le dejé ir la primera trompada, él como pudo logró levantarse del suelo y en calienta me abrazó y me tiró sobre la polvareda, allí me zampó un trinque que apenas me dejó respirar, los patojos tomaron el tiempo: ¡dos minutos y quince segundos! Desde ese momento se ganó el título de “Domador”, posteriormente me declaró su amor, al que le respondí que su amor me pelara los dientes, pero como buena perdedora acepté que ganó la pelea y  allí mismo nos escupimos las manos, las chocamos y nos volvimos amigos y fue él, el último que entró al grupo de la “Marita del Río Éufrates”.

En aquel año yo cursaba quinto primaria en el colegio Galilea, ese año le había ido muy bien a mi mamá con la venta de leña que teníamos en la casa y a mi papá le iba de perlas con su trabajo de guardaespaldas del Viceministro de Salud, así es que accedieron a consentirnos con nuestro sueño para el 15 de Septiembre: mi hermana de batonista, allí iba con una su falda de tres cuartas de largo, paletoneada, de azul y blanco, botines, boina y un su palo de escoba  partido por la mitad forrado con papel de color azul, más dos pompones con los colores de la Bandera Nacional. Eran las patojas más coquetas de los básicos del colegio Galilea.

En cambio yo, siempre  nadando contra la corriente; rebelde y alrevesada, nadie logró convencerme de  no formar parte de la “banda de guerra” del colegio, así es que se me ampollaban las manos con las baquetas. Los ensayos comenzaron dos meses antes, a principios de julio, todas las tardes después del colegio, allí limpiábamos nuestros redoblantes, bombines, liras, flautas y cuanto tiliche se utilizara para formar la banda de guerra del colegio. En el patio parecíamos “Cuques” cada vez que salía mal algún ensayo nos mandaban a correr alrededor del campo de fútbol con los instrumentos a tuto, para que se nos quitara  “lo burro” y prestáramos más atención a  la patoja de la “batuta” que al final era la que indicaba los cambios de ritmo. Nos daban las seis de la tarde ensayando: “un solo golpe al caite” y “dos hojitas de té”.

Las baquetas me las hizo un carpintero de la aldea, nítidas, nítidas, yo echaba chile con ellas en los ensayos, los parches de los redoblantes los comprábamos en Casa Instrumental, si los rompías por error el colegio los pagaba, pero si era por andar abriendo la boca y le dabas mal  con las baquetas y se rompía por tu culpa, los dieciséis quetzales los pagabas vos. Fui la única mujer de la banda de guerra ese año, al siguiente se unió otra potranca como yo, por supuesto que; ¡tenía que ser coyota de la misma loma!
El trece de septiembre de mil novecientos noventa y uno,  en el  que debió ser el ensayo general pero que se suspendió por  un temporal de tres días y el último con cantarazos de agua,  recuerdo que  esa tarde habíamos quedado con la marita de mi cuadra en que asistirían para verme ensayar, así es que llegaron los quince pelones, pero no hubo ensayo,  así es que se idearon  irnos a comprar jocotes a la aldea de enfrente llamada  El Calvario.
El único problema es que para llegar a la aldea se debía cruzar un barranconononón,  pero ese no fue impedimento, y junto con los demás de la banda de guerra del colegio, agarramos camino hacia la aldea, dejamos los instrumentos guardados y nos fuimos  aquel ishtalito pisado como de cincuenta pelones, llevamos bolsas plásticas en caso nos vendieran hasta guayabas.

Pero como suele suceder con quienes son dueños de fincas, que prefieren que se pudra la fruta a venderla, recuerdo que bajo la llovizna perenne preguntamos en tres fincas si nos vendían jocotes, nos dijeron que no, y vos mirábas aquellos jocotales tirados en el suelo debajo de los árboles, pudriéndose de maduros,  así es que nos dimos a la difícil tarea  de peinarnos los que se pudieran.

Eran manzanas y manzanas de terreno circulado con puros palos de  jocote de corona,  y allí estábamos nosotros trepados, a dos manos soloquándonos los jocotes. Acostados en las ramas, ni hablar podíamos porque no nos metíamos menos de cuatro jocotes en cada atipujada, unos hasta se quitaron los calcetines, otros anudaron las camisas y allí los echaron,   yo hubiera querido haber usado sostén para meter unas mis dos manos en cada copa, pero ni a talle llegaba… así es que me conformé con meterlos en las calcetas y en una bolsa de plástico de la Dispensa Familiar. ¡Bien llevaba mis dos cientos digo yo!

Ya llevábamos como una hora de estar allí sentados cuando llegó el dueño de la finca, en un su picopón de cuatro por cuatro, junto a otra media docena de hombres armados, aparte de pistolas llevaban lazos y machetes, todo un “arsenal” para arrear a un güiralito  que oscilaba entre los diez y los doce años de edad. En ese instante se escuchó el primer plomazo lanzado al aire,  y decimos todos a bajarnos de los palos, de un salto caímos como sapos, de panzazo, de culumbrón, de bruces,  de lado, allí mismo zampamos la carrera en busca del barranco para cruzarlo y llegar a la colonia, pero aquello quedaba demasiado lejos, estábamos a aproximadamente cinco kilómetros adentrados en la aldea.

Corrimos, corrimos y corrimos, sin voltear, saltamos todos los cercos de alambrados habidos y por haber, nos carrerearon chuchos y hasta gallos  pensando que nos queríamos peinar sus gallinas de seguro, nos caíamos entre el lodazal y allí mismo en un santiamén nos levantábamos, mientras atrás de nosotros aquel hombrerío corriendo con los lazos listos para amarrarnos, dos hombres montados aparecieron de la nada, querían circularnos, pero valieron pura estaca, con la rapidez que nos andábamos echando en la loable labor  de barranquear todos los días, no había caballo que nos alcanzara, por muy de carrera que fuera.

Cuando logramos llegar a la orilla del barranco, ya no llevábamos ni un solo jocote, ¡pero tampoco los zapatos!, todo los habíamos dejado tirado en el camino, menos la cabeza porque la cargábamos pegada, (diría mi mamá)  la única salvedad que encontramos para ganar velocidad fue: rodar hasta llegar al fondo y de allí zampar la carrera en la subida para llegar a tierr
a salva: Ciudad Peronia.

Uno a uno fuimos llegando a la otra orilla del barranco, despeltrados, unos con el choreque reventado, la mayoría escurriendo sangre en las canillas, otros con las tapitas de las tabas en el puro pellejo vivo, ¡todos sin un jocote ni de recuerdo!, pero estábamos cabales y habíamos vivido para contarla, ¡pero no para salvarla! Porque a todo esto ya eran las 7 de la noche y las mamás preocupadas habían salido a buscarnos, así es que después de abrazarnos al saber que todos estábamos vivitos y coleando, nos dieron nuestra propinada de rutina, a chicotazo limpio durante todo el camino de regreso a la casa ¡eran cuatro kilómetros! Ya no nos dejaron disfrutar de la velada nocturna, con los de los básicos que fueron a traer la Antorcha, hasta el siguiente día nos enteramos del movimiento.
Así es que el catorce de septiembre de 1991  mientras nos juntábamos en el colegio para salir desde allí desfilando hacia la parada de buses, lugar en el que se unían todos los colegios, se cantaba el Himno Nacional, se hacía La Jura a la Bandera y se leía parte del Acta de Independencia y por supuesto se daba por terminado el desfile. Esa mañana, mientras las mamás corrían en busca de ganchos sandinos y ganchos de ropa. Gelatina para algún quispín alrevesado, pintalabios para alguna Batonista, corbata para algún Gastador fisiquín, (por lo general eran los más altos y guapos ah y ñecudos) curitas por cientos para los pies y  calcañales, para las manos de quienes tocaban instrumentos en la banda de guerra.

Aquella mañana mientras las mamás carrereaban a los fotógrafos apuntando en un cuaderno la dirección de la casa y nombre de la niña o niño a fotografiar, aquella mañana mientras se sentía el fervor al amor patrio,  nos enteramos  que la noche anterior  hicieron una fogata en el patio del colegio,  cantaron La Sanjuanerita, El Grito, Soy de Zacapa, hicieron   porras durante toda la noche, celebrando la Independencia, (o la idea de Independencia que te enseñan en la escuela).

Aquella mañana del 14 de septiembre, estábamos los de la banda de guerra, con las canillas chicoteadas, raspadas, los codos de color verde musgo, las narices chatas, tirando a un morado medio revuelto con verde botella, allí estaba yo; estrenando calcetas, zapatos, blusa, falda-pantaloneta, baquetas, cincho típico para sostener el redoblante, y con un dolorón de cuerpo (como el de hoy) pero feliz, porque desfilaría, porque celebraba la Independencia.

Aquella mañana de desfile trae a mí el recuerdo nublado de aquellos años inocentes.  Trae de vuelta el recuerdo sagrado de la amistad. Pero más que eso, me muestra la diferencia de la idea de Independencia que me enseñaron en la escuela, a la realidad escondida tras esa Acta de Independencia y el  inconcluso sueño Bolivariano.
Nota: A  vos “Coca” uno de mis 15 hombres, que me leés desde el cielo.

Ilka Ibonette Oliva Corado.
13 de septiembre de 2010.
Estados Unidos.
              

2 comentarios

  1. Aun en mis anos de infancia las fiestas patrias nunca inspiraron, ni han inspirado hasta la fecha, nada en mi.Hay un cierto dejo a passe y uno lo puede observar en la indiferencia,falta de civismo o patriotismo con la que mucha gente ve estas conmemoraciones. Pues despuesde todo: como en terminos cocretos podemos hablar de independencia?, en que nos ha beneficiado como nacion?.A la larga todo esto es un eufemismo porque en lo interno como lo externo seguimos siendo sometidos por los poderes prevalecientes.

    1944-1954 debio de haber sido ese momento cumbre,seminal, de nuestra historia, en el que debimos concretizar esa aspiracion, en algo genuinamente democratico.Pero desgraciadamente fallaron las generaciones de ese entonces, como hemos fallado las genaraciones posteriores en defender y darle vida a es gloriosa gesta.

    Hoy como consuelo nos queda la fiesta ,la celabracion insulsa, de una fecha y acontecimientos casi que ficticios, a los que poca gente les presta seriedad, a no ser que se trate de aquellos, que en un ritual macabro gorilezcamente se golpean el pecho.

  2. Que buena memoria tienes y muy bonita forma de relatarlos, a mi me trajo muchos recuerdos de esas epocas, gracias por hacerme recordar de mis vivencias, un abrazo Ilka, saludos!!!

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