La banca en el mirador.

Cierta mañana Roderico Vásquez se levantó sintiendo la misma incipiente sensación, esa soberbia letanía que crea el destierro; de más está decir que la culpable de su penar era la atinada nostalgia.

El pronóstico del tiempo anunciaba un día templado con lluvias ligeras y vientos solapados por ser típico del verano. Pero que el señorito sol se ocultaría más temprano de lo habitual. (Y que quedara claro que no era horario chapín). Rode se puso una chumpa, malaya una su capa Ciclón (en el invierno la protección) o cualquier pedazo de nailon con tal de cubrirse del aguacero pensó, pero la urgencia pudo más y agarró camino en busca del mirador “natural” más alto que pudiera encontrar, le habían comentado que desde las playas privadas en los suburbios se podía obtener una vista panorámica chilera y se atravesó la ciudad hasta llegar a uno de judíos nada modesto, admirado se quedó vigiando las enormes mansiones que salían a su paso, los árboles en diversidad de tonalidades que tupían las banquetas, los jardines de locura con sus cercas de madera pintadas del típico color blanco algunas y otras al del aserrín con el que cubrían la tierra desnuda. (Porque son tan chachalacos que le temen al color del barro crudo).
Pasmado se quedó fundido en el sillón del automóvil al ver el titipuchal de árboles de manzana panzones con el fruto sazón en plenas banquetas ¡juepúchis!, vio patente el que sembró junto a su abuelo en la parte de atrás del terreno. Se sacudió la chaveta y volteó esperando no verlo nuevamente pero no pudo, el frondoso allí estaba esperándolo como cuando lo dejó al partir… se estacionó como pudo, se bajó del carro con toda la intención de cortar una, zamparle una mordida, saborear su jugo cuando éste chorreara por la comisura de sus labios y terminara manchando su camisa. A colgarse de una rama iba convertido en saraguate cuando lo pararon en seco, los muchachos que cortaban la grama de los patios que daban a la calle, le dijeron que ni siquiera hiciera la cacha porque aunque los gringos no se comieran las frutas tampoco permitían que otros lo hicieran así las pudieran ver tiradas era preferible no tocarlas porque derechito al bote los mandaban y con eso de que la mayoría era indocumentada de una vez con boleto gratis de vuelta a su país de origen. Ese aviso lo mandó con aviada a la arrogante zona quince de la capital guatemalteca y lo hizo recordar cuando vendía escobas y trapeadores de puerta en puerta. Pero en la misma regresó. Se trepó a su carro y se fue.

A vuelta de rueda perforaba aquellas calles, anonadado con el lujo y el desperdicio, en las aceras se podían observar niñeras que dedujo podrían ser por su estirpe; europeas, allí iban las gacelas carroceando a los güiros, mientras; sus patrones desperezaban la mañana envueltos en sábanas blancas de hilo fino, acompañados de una taza de café espeso (como meados de macho) se los imaginó: ellos leyendo el Chicago Tribune y ellas engasadas con el programa de Oprah Winfrey. Las banquetas eran asaltadas por deportistas que al trote sudaban bajando las pocas calorías que les quedaban en el cuerpo escuálido, enclenque y pellejudo, algunas señoras en la flor de su menopausia caminando coquetas con algún amigo (de cuatro patas) y hablando en su soledad con el que no le prestaba atención.
Se acercó al centro del pueblo en el que choteó había una gasolinera, un banco, una estación de bomberos y de policía, panadería con estanterías topadas hasta las cachas de bagels, una tienda de Starbucks de donde veía salir a tipos en traje de golf sosteniendo vasos desechables que humaban, todo eso ubicado así al tanteo pensó en una manzana de terreno. Todo bien construido, estructurado como en las películas… Parado en el semáforo estaba, (bueno no literalmente) esperando que cambiara de color cuando se le plantó coqueto, inmenso, con su arrolladora hermosura, de olas iracundas y de un azul color cielo; el más buscado durante la mañana, el embrujador lago Michigan. Atónito, pasmado, asoleado ante tal belleza quiso irse de culo, pero no pudo porque estaba sentado, intentó desmayarse pero tampoco porque ya había cambiado el semáforo de color y Dios guarde en lo que se recuperaba del soponcio llegara una patrulla, y con eso de que manejaba sin licencia del estado, estaba jodido. (Le pasara las de Jacinto). Lo que hizo fue meterle el pie al acelerador mientras cantaba: chofer, chofer más velocidad, métale la pata y verá cómo se va, chofer, chofer…. Pero cuidadito, tampoco le podía meter la pata así de talishte así que se fue al límite antes de que le sembraran una remisión (y se diera cuenta al mes, al entrar de chachalaco a muniguate.com, de paso va) quiso apearse y salir a su encuentro, zampar la carrera tipo la media maratón de Cobán (suspendida, atrasada y por poco cancelada) pero no era tan pilas para correr, tenía pie plano.

Por fin a las cansadas llegó al estacionamiento de la enorme playa privada que se plantaba ostentosa ante su mirada atónita, una enorme emoción lo invadió, lo apercolló y se lo trincó en el instante, mientras se apoderaba de su respiración ya casi moribunda y de sus gritos de auxilio el vendaval anfitrión, que lo invitó a sumergirse en la intangible reminiscencia de los años pasados…

Se sentó como pudo, en una de las bancas del mirador, con la revoluciones cardíacas a punto de salir de contrabando en las bocanas de aire que intentaba respirar, envuelto en la bruma del tiempo se sintió nuevamente libre, soberbio, ishto, güiro, soñador. No tuvo que pagar mordida para realizar el trueque, esa mañana el universo confabulaba a su favor… y antes de agarrar farra con tanto llanto, soltó sus recuerdos que a galope lo condujeron al chilazo a la cima del volcán San Pedro, en San Pedro la Laguna, desde esa cúspide sentado sobre el filo de una piedra (como en días pasados) observó la tonalidad variante del azul de las aguas en las que se sumergió en pampa, y se emborrachó en enajenación de la hermosura del que lo vio crecer. Estaba allí nuevamente frente a su amor nostálgico, el Atitlán.

Sentado en esa banca en aquel lujoso mirador llamó en su ensoñación Tz’utujil al abrazo de la etérea briza que se desprendía de las aguas frías, a la bruma que solía desvanecerse lentamente cuando llegaba el alba dejando al lago frágil y desnudo acompañado del fantasma del pato Poc, y del llanto de la marimba, que deslizaba el su eco sonoro en las venas del San Pedro cuando amenizaba las noches bordadas de estrellas en algún pueblo vecino, en aquellos días lejanos de su niñez, cuando no era llamado extranjero. Habían transcurrido ya dieciséis años desde la última vez que nadó en sus aguas, sin embargo el tiempo impreciso no había logrado mitigar aquella leal añoranza.

Mientras Rode divagaba ensimismado, embadurnado en ese sentido de pertenencia, en tanto se capeaba hacia ese ineludible retorno a la infancia, empezó a lloviznar en aquel solitario lugar, y; en un movimiento casi imperceptible se devanaban las finas gotas de lluvia sobre las hojas moradas del enorme maple, cayendo lentamente sobre el rostro desnudo del hijo ausente de aquellos tres volcanes: San Pedro, Tolimán y Santiago.
Sorbiendo ese inextinguible recuerdo se encontraba cuando lo bajó de la cima de un tetuntazo que iba en aviada (y ni tiempo de despedirse del volcán le dio) la belleza arrolladora de aquella joven que lo atrajo instantáneamente. Se acercó al borde del mirador y ni dos veces se asomó, observó la inusual hermosura de aquel ser que se empapaba bajo las gotas de lluvia mientras caminaba en la orilla del lago.

Se paseó en todo, porque mandó a la nostalgia por un tubo, y clavo su mirada en las curvas voluptuosas que se contorneaban al movimiento lento y sensual del andar de su dueña. La esperó, sentadito en la
banca, mientras ella subía por el camino de piedra. A lo lejos se observaban los peñascos que cubrían las mansiones que algunas con teleféricos transportaban a sus desabridos dueños que en un dos por tres lograban llegar a sus muelles en donde anclados esperaban sus veleros.

La observó pasmado como en una especie de trance, sus facciones eran perfectas, su cabellera negra y murusha se escurría sobre su espalda, la vio alejarse mientras ella caminaba hacia el estacionamiento, vigiándola con el rabillo del ojo la vio subirse a su carro. Regresó a su silencio sobrecogedor y se internó de nuevo en esa enorme estepa que acunaba sus recuerdos.
Un sensual excuse me lo regresó a la vida. Volteó y frente a él se encontraba la mulata más hermosa que jamás había soñado. Se internó en sus ojos enormes como dos pepitas de diamantes negros, profundos, de donde se deshilaban incontables imágenes de imprecisos colores, en ese enorme espejo Rode vio el reflejo de sus cejas pobladas. Como era pilas para el inglés porque lo había aprendido de oído cuando vendía pulseras y hacía trenzas a los turistas que llegaban a Pana en las interminables tardes de su niñez. Se le facilitó y enseguida prestó el auxilio, resultó que el carro no encendía y aquel ni corto ni perezoso fue a su nave y con chapuz de remedo de mecánico le encasquetó los cables a la batuca y en un dos por tres se pavoneó al escuchar el ronroneo del motor cuando su musa lo encendió.

Pudo observar atontado sus enormes labios gruesos, tiernos, jugosos y crujientes (como el menú campero) listos para ser devorados, pero el hambre se la quitó la patoja cuando le preguntó: ¿cuánto le debía? Aquel todo chuchón quiso contestarle que con un trinque, prense, o soque estaba bien, (que el llegue sería después si ella quería por supuesto) pero se limitó a responderle ofendido que no era nada. Ella se marchó sin antes agradecer el favor y la vio por las pequeñas calles que cubrían las mansiones.

Desde aquella mañana, cada fin de semana Rode se sentaba en la misma banca en aquel mirador y encontraba casualmente a su musa caminando en la playa, con el transcurso de los días y después de los muchos saludos se hicieron amigos, (no de los amigos al estilo gringo, de esos que son con derecho) ambos se sentaban en la banca, él imaginándose la cima del San Pedro y ella la caída del agua en las cataratas Victoria, caminaban durante largas horas mojando sus pies en las frías aguas del lago Michigan, él transformándolo en Atitlán y ella en las corrientes del inmenso río Zambeze.

Su nombre: Florence nacida en las lejanas tierras de Zimbabue un pequeño país ubicado al sur de África. Mientras desboronaban las tardes y veían agonizar el ocaso en el lejano horizonte se contaban los cuentos que escucharon de niños, él hasta los inventados, que había escuchado en su vida de emigrante en las noches de trova de un acogedor restaurante ubicado en su barrio (tipo Las Cien Puertas) como por ejemplo, la leyenda de un atrevido guerrillero que se comentaba había cambiado su nombre cuando dejó la clandestinidad y orgulloso firmó en su cédula de vecindad (ya próxima a ser caduca) el de su entrañable amigo quien le salvó la vida en incontables ocasiones al cobijarlo en sus entrañas: Santiago.

Rode: había viajado dieciséis años atrás con un grupo de quince amigos, salieron todos en manada despidiéndose y avisando de su decisión tan sólo una noche antes a sus familiares, no se llevaron más que la bendición y el deseo de volver algún día. Ahora vivía en el norte de un país de imitación y encima chafa de Inglaterra, sus amigos se habían dispersado en varios estados. Trabajaba de albañil para un emigrante polaco. Vivía en el sur de la ciudad, en el barrio mexicano.

Florence: había emigrado hacía diez años, atravesando varios países de Europa logró llegar a la meca del sueño americano, con una deuda de cuarenta mil dólares en su yagual, sólo de gasto de travesía, el motivo de tal atrevida decisión; muy común, proveer de oportunidades a sus siete hermanos pequeños, sacrificó una beca para viajar a Francia y estando en el país se las peló para Estados Unidos, en ese lugar trabajaba como niñera interna, cuidaba tres niños de un joven matrimonio anglosajón de herencia irlandesa. Su único día de descanso era el domingo, ocasión que aprovechaba para reunirse con el chico de cejas pobladas y manos callosas.

El tiempo transcurrió (como en todos los cuentos…) y éstos dos tortolos se convirtieron en novios, primero de manita sudada y después emborrachados en un derroche de pasión, sumergidos en el sopor de un amor desenfrenado, ambos perdieron la virginidad el mismo día, en una habitación de un Motel 6. Después de efervescentes y lozanas pruebas de amor en las noches que él ensopado e hirviendo en un sopor pasional acariciaba las caderas encabritadas de su musa, ella dejándose seducir, sutil, fecunda, hembra al fin; bajo las sábanas tibias de aquel viejo motel. Decidieron casarse catorce meses después en una calurosa tarde de agosto, en el mismo mirador en donde se conocieron, son las horas en las que Rode estará contándole las pecas de la espalda a su musa, y yo; de gran mampluza aquí solita en mi habitación contándote su peculiar historia de amor.

Ilka Oliva.
Miércoles 26 de agosto de 2009.
Estados Unidos.

Un comentario

  1. Que bonita historia, no cabe duda que uno en cualquier paisaje encontrará la viva imagen de sus tierras. Muchisimas gracias amiguita por contarnos esto. Te deseo muchos éxitos en tu vida y como siempre te digo que sigas adelante, llegarás a ser más grande de lo que ya eres.

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