La vida en el arrabal

El otro día en el entreno de taekwondo nos pusieron a lanzar puñetazos y el Master sostenía los guantes, teníamos que lanzárselos a él. Hice mi fila y cuando llegó mi turno y lo hice el Master paró y me dijo que volviera a lanzar, lo hice, volvió a parar y me hizo repetirlo de nuevo; tenía cara de sorpresa: “a ver, hazlo de nuevo y pega con todo lo que tengas, sé que eres recia, así que pega con todo,” lancé los puñetazos y se tambaleó. ¿Dónde aprendiste a pegar así? En la calle, en la peleas callejeras. El Master soltó los guantes y comenzó a saltar de felicidad, gritaba emocionado, ¡lo sabía, lo sabía, lo sabía! ¡Eres una de las mías! Me dijo que mi estilo era único, que solo lo tenían los peleadores callejeros de la vieja escuela.

Las últimas peleas callejeras las tuve en mi adolescencia, hacía años que no lanzaba puñetazos, esa noche terminé rendida por el entreno y me pasaron doliendo los brazos tres días. En la noche cuando me acosté recordé al Master saltando de felicidad y eso provocó que muchos recuerdos de mi infancia y adolescencia también llenaran mi noche de nostalgia. La vida en el arrabal no es nada fácil y encima nos discriminan y acusan de criminales, por el solo hecho de pertenecer a la capa más baja de la sociedad.

En Ciudad Peronia llega el agua potable un día sí y dos días no y solo la ponen 3 o 4 horas, el chorro es mínimo, con baja presión, no se logran llenar los recipientes para el uso de una familia de 4. Entonces toca ir a acarrear a la bomba de agua. Largas filas se hacen en los alrededores, llega gente de todos los sectores del arrabal. Así fue mi infancia y adolescencia, días de acarrear agua y días de desvelarnos para llenar los recipientes cuando llegaba en la madrugada, a veces la ponían para nuestro sector de doce de la noche a tres de la mañana, esos días los pasábamos de largo, sin dormir. Y cuando el agua de la bomba se terminaba nos tocaba ir a las aldeas vecinas, kilómetros caminando buscando agua. Es aun así, en los arrabales hay cosas que no cambiarán nunca porque son estructurales y sistemáticas.

A las 4 de la mañana, de niña cuando subía al primer autobús que salía de la colonia para el centro, -porque iba al mercado La Terminal a comprar fruta para hacer los helados que vendíamos con mi hermana- se llenaba de jornaleros que iban a trabajar recogiendo basura en los camiones de la municipalidad, de maquiladoras, de otros vendedores de mercado que iban a comprar su producto a La Terminal. De gente que trabaja en el servicio doméstico en casas de burgueses. De gente que trabajaba en el cementerio general limpiando y vaciando nichos, de gente que trabaja de seguridad en farmacias y centros comerciales. Y también los jornaleros que se iban durante semanas a otros departamentos, a trabajar en fincas.

También viajaban otros niños y adolescentes, que iban al centro a trabajar: limpiando zapatos, repartiendo periódicos, vendiendo estuches de celulares y cargadores para carro. Vendiendo chicles. Vendiendo discos, llaveros y lapiceros. Y siempre, siempre, con sus recipientes plásticos y sus canastos, iban quienes vendían refacciones, jugos de naranja y desayunos en la parada de la entrada a la Universidad de San Carlos por el lado de la Aguilar Batres. Aún es así, eso no cambiará nunca.

La vida en el arrabal es otra vida con infinidad de historias, está en la alcantarilla a donde nadie quiere ir, de la que nadie quiere saber; está lejos de alcanzar un lugar en la sociedad que la visibilice y dignifique. Cuando conocí otros arrabales, como la Bethania, Mezquital, la Limonada, la Chácara, las afueras de Villa Nueva y Amatitlán, encontré el mismo patrón, la misma vena, el mismo enojo, la misma frustración, el mismo rechazo de la sociedad y también entre los parias la misma dignidad y solidaridad. Lo he dicho siempre y lo sostengo: los parias somos los mismos en cualquier lugar del mundo.

Y es que al arrabal solo lo amamos con locura quienes venimos de allí, solo nosotros lo comprendemos y lo cuidamos y lo honramos. Lo que llega de fuera lo señala, lo culpa, lo menosprecia, lo escupe y lo denigra. A excepciones…, por eso en el arrabal no dejamos entrar a cualquiera, eso sí, nos reservamos el derecho de admisión.

Yo crecí enojada con la vida, con el corazón vuelto hiel, con el alma seca, sin esperanzas de nada, sin ilusiones de nada; así somos los niños del arrabal: maltratados por la sociedad que nos excluye constantemente. Yo no he conocido racismo más atroz que el viví en Guatemala por ser de arrabal, negra y vendedora de mercado: paria.

Es común que un niño o adolescente de arrabal se drogue, huela pegamento y se inyecte cualquier cosa para perder el sentido momentáneamente. Los padres de familia trabajan de lunes de domingo hasta deshoras para poder llevar comida a la casa, en el arrabal se come una vez al día y si es lujo dos. ¿De dónde van a tener energía, si no llevan una alimentación balanceada? No hay parques recreacionales, ni bibliotecas. ¿Dónde van a conocer libros y ejercitarse físicamente y tener actividades recreacionales? Hay padres de familia que se ausentan durante semanas, por trabajo. El sistema los obliga. ¿Entonces cómo se atreve otro desde fuera a culparlos por las tragedias? Los niños no se pierden porque los padres no los cuidan, el sistema, el gobierno y la sociedad los desaparecen desde que nacen, los olvidan, los excluyen y los abusan y luego los culpas de lo que ellos mismos provocaron.

A mí me salvó el fútbol, las peleas callejeras y el alcohol. Hasta hace dos años dejé de caminar con las manos empuñadas, crecí así, con el enojo a flor de piel y la sangre hirviendo constantemente, entonces automáticamente andaba con las manos empuñadas, alerta para cualquier pelea callejera, cualquier insulto, cualquier provocación.

El fútbol se convirtió en mi pasión y practicándolo sacaba toda la energía y toda la cólera y mi frustración. Las borracheras me sedaban y me alejaban de los problemas. Nunca me drogué, nunca olí pegamento, nunca me inyecté nada y nunca me acosté con nadie porque yo me había prometido que iba a tener relaciones sexuales hasta que tuviera la edad suficiente para hacerme responsable de mis actos.

Así que de vieja fue que volví putona y con aviada: ¡tuve mi propio harén!, y la marihuana la probé hasta el año pasado y dos veces y nada más: ¡más la bulla!

Yo tomé decisiones serias que han marcado mi vida desde niña, dije no a muchas cosas que en su momento eran una provocación y una salida de escape emergente. Pero al fútbol, al alcohol y a la peleas callejeras yo los escogí.

Muchas de mis conocidas fueron violadas y no por gente del arrabal y las embarazaron, son madres solteras, que unas migraron hacia Estados Unidos para poder alimentar a sus hijos y otras simplemente para tratar de olvidar. Otros niños fueron violados por policías que llegaban a patrullar desde la capital. Historias de abuso y tragedia en el arrabal hay miles.

Los puños no siempre fueron para pelear en la calle, la mayoría de veces le pegaba al tapial de adobe que circulaba parte del cerco de la casa, innumerables ocasiones me somaté la cabeza contra la pared, buscando reventármela a golpes.

Yo corrí con suerte, a mí me sedó el alcohol, el fútbol me salvó, me salvaron los barrancos, pastorear las cabras, limpiar el chiquero mientras hablaba con los marranos, me salvó el techo de lámina de la casas, donde me sentaba a llorar y a ver las luces de la capital al anochecer, las montañas verde botella que   enamoraron mi infancia. Y sí, también mi vida la salvó vender helados porque eso me mantenía sumamente ocupada, entre la escuela, el trabajo en la casa y las ventas.

Otros niños y adolescentes en el arrabal no tuvieron tiempo ni la oportunidad para pensar y tomar decisiones, ellos no corrieron con la misma suerte. A muchos de ellos se los llevó la limpieza social: porque tenían tatuajes, fumaban marihuana, olían pegamento, se inyectaban o simplemente por parias, porque los encontraron a deshoras en la calle o los fueron a sacar de sus casas a golpes, encapuchados y los dejaron a los tres días tirados en los barrancos, torturadas y otros aparecieron sus cuerpos en cajas selladas en la parada de autobús. No eran delincuentes, eran niños y adolescentes marcados por la exclusión y el estigma.

Tengo muchas razones para hacer visible mi calidad de paria, y una de ellas es la memoria, la memoria de dónde y cómo crecí, de quiénes me rodearon, quiénes fueron mis amigos de infancia. La memoria de mi arrabal y del pueblo donde nací. La memoria del mercado que es mi Alma Mater, por eso insisto con el tono y no lo cambio, no cambio mi palabra, no cambio mi modo de escribir ni de hablar ni de expresar. Porque soy arrabal y mercado. De alcantarilla y quiero que quede claro.

Mucho hay por contar de la vida en el arrabal, y tiene que ser desde dentro: donde está la herida viva, donde se sufre en la miseria, donde se llora el abandono y la soledad. Donde se forman las maras que no son más que la familia que los niños y adolescentes forman en las calles como modo de protección y donde encuentran el amor y el refugio que la sociedad y el sistema les negó. ¿Culpar a los padres? Jamás, ellos vienen del mismo lugar y del mismo abandono y así por generaciones.

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

13 de marzo de 2017, Estados Unidos

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