Post frontera. (XLIII)

País de residencia: las llamadas telefónicas.

¿Qué podía hablar con mi Nanoj si había emigrado precisamente por la pésima relación que llevamos? Pero en los primeros años de emigrada la situación estaba tensa y si mucho lográbamos hablar unos cinco minutos porque hasta ahí nos daba el ánimo, terminábamos discutiendo y pasábamos meses sin comunicarnos. Mi hermana mayor que siempre ha tratado que la familia esté unida era la encargada de abogar por una y por la otra, enfurecida le decía: los problemas entre mi mamá y yo no te corresponden dejá de andar de santa y caritativa tratando de tapar el sol con un dedo.

No Negra pero es que son igualitas las dos de necias y berrinchudas, peleando y un día se va a morir una y de la otra van a ser llantales. En aquellos años estaba llena de rencor y parecía volcán a punto de hacer erupción, mis emociones incontrolables, perdida en el vicio y con mis depresiones que no me permitían respirar. Además de mi fascinación por victimizarme. Es que ahora pasados los años sé que todo aquello era victimización pero antes ni enterada.
Odio, no hay nada que yo deteste más que llamar por teléfono a Guatemala y que lo primero que me digan sea: cuándo me mandás unos centavos. Ya no es que cómo estás, cómo te está yendo con el trabajo, qué tan tu salud, tu ánimo, cómo van las cosas. No, lo único que tienen en la boca es preguntar por dinero. Por esa razón dejé de llamar a amistades que creí sinceras y desinteresadas. O aquello de cuándo nos vas a mandar un equipo de sonido ya se nos descompuso el que teníamos, a ver cuándo nos mandás una refri y aquí te la vamos pagando poco a poco. ¿Cara de qué le ven a uno? De ellos no sale pero ni mandar una carta porque les pesa escribirla, ir al correo y pagar el envío. Ahora que existe la tecnología les abunda la pereza, no les nace, pero sí quieren dinero y cosas. Con los años corté de raíz con estas amistades, guardo lo bueno de los momentos compartidos pero opté por salud mental, ya no tener comunicación con ellas, porque yo llamaba para saludarlas y me salían con el romero de peticiones. La amistad no es eso.

Cuando mi mamá o alguien de la familia llamaba por teléfono por lo regular yo estaba borracha y preguntaban, ¿y la Negra dónde está? Ahí está tomando ya sabés como es, borracha está. Mi hermana me pasaba el teléfono y los saludaba a como podía, a ellos gracia les causaba porque desde niña me habían visto así, lo anormal era encontrarme sobria y mucho menos pensar en que un día dejaría la adicción pero sorprendentemente así fue.

No he sido atizadora no me gusta provocar discusiones pero sí contesto cuando me preguntan o cuando creo que debo opinar, mi papá: ¿cuándo mandás dinero? ¿No les he mandado ya suficiente y qué hicieron se lo chuparon? Ingrata que sos vos. ¿Ingrata yo, y vos qué sos? Patoja loca, deschavetada. Pues lo heredé de vos. ¿Por qué me dice ingrato? Ya no te acordás cuántos hijos dejaste tirados y no tuviste el valor de reconocerlos y darles manutención. Usted qué sabe, esos son inventos. Inventos la gran puta, mirá a Claudia es igualita a vos y aun la negás.
Claudia es la primera hija que tuvo mi papá mucho antes de juntarse con mi mamá, físicamente es una copia a carbón de mi Tatoj, pero es descarado la sigue negando.

Usted se olvida de uno de una vez. ¿Yo, y vos qué hiciste? Te atreviste a dejarnos sin comer y a negarnos, ¿ya se te olvidó que te ibas a casar con una adolescente prácticamente de mi edad? ¿Ya se te olvidó cuando llegamos tus amigos adinerados y nos obligabas a servirles como que en cantina hubieran estado? ¿No te recordás, ya perdiste la memoria o solo cuando te conviene? ¿Ya se te olvidó la forma en que mirabas a mis amigas cuando llegaban a visitarme a la casa? ¡Las desnudabas con la mirada, descarado sos! Sabe qué, mejor hablamos otro día, patoja loca, patoja chara.

Mi mamá: si a mí la única hija de las dos mayores que me salió buena es Evelyn, vos sos una desgraciada. ¿Desgraciada yo? Vaya, si pues, yo parí cuatro hijos y los dejé a su suerte, yo soy la irresponsable. Perra, si saber con cuántos patojos te revolcaste cuando vivíamos en Peronia, re jugada estás.

Mi mamá disfrutaba mucho de humillarme frente a mis tías, sus amistades y las visitas que llegaban a la casa. Si ésta patoja ahí donde la miran, está re jugada ya, yo la parí pero no meto las manos al fuego por ella, saber ni con cuántos se ha acostado y saber ni cuántas enfermedades tendrá. No podía moverme del lugar porque siempre estaba haciendo oficio y si me iba era segura una tunda. Se reía a carcajadas.

Desde que llegamos a Ciudad Peronia supe que no contaba con papás, pero una cosa es eso y otra muy distinta que ellos sean los verdugos, mi mamá se ensañó conmigo como si su peor enemiga hubiera sido. Pero lo que me hizo tener muy claro que estaba sola la vida fue su reacción después de que le di la queja que el tipo de arreglaba el cable en la colonia quiso violarme.

Ya no recuerdo si fue de tarde o de mañana pero la cosa es que yo tenía las puertas de la casa de par en par porque estaba haciendo limpieza y así es en el arrabal, tenía el radio a todo volumen y en eso me fui a lavar el trapeador a la pila del patio, cuando sentí lo tenía atrás mío, tratando de bajarme la pantaloneta, entre forcejeo y forcejeo se bajó la cremallera, me costó pero logré escaparme y comencé a gritar mientras salía corriendo para la calle, las vecinas escucharon y salieron, unas escobas y otras con cubetas de agua. Cuando llegó mi mamá le conté y le dio por reírse, no paraba de reírse y me dijo: vos tenés la culpa por puta, quién te manda a usar pantalonetas tan cortas, lo provocaste, a los hombres les dan ganas. Bueno hubiera estado para que aprendás a no andar enseñando el calzón. El tipo siguió llegando a la casa a revisar el cable y mi mamá recibiéndolo como siempre: con una taza de café, una cerveza o un trago de agua ardiente: mire, disculpe a esta patoja, es que anda de birrionda usando esas sus pantalonetas tan cortas. No tenga pena doña Lila.

Puta, sentí sus palabras como si clavándome un puñal por espalda hubiera estado. Desde ese instante supe que con mamá no contaba y con Tata menos. Lo más fácil era que en lugar de defenderme me hubiera puesto en bandeja de plata para que el tipo hiciera conmigo lo que gustara.
Desde ese día mi propia revolución es la de usar pantalonetas cortas, es mi forma de decirle al mundo que ni una sola mujer deber ser abusada y mucho menos por su forma de vestir. Y así me vestiré hasta el día en que muera.

Mi mamá vía telefónica: sos una mal agradecida, te dejé vivir, si lo que quería era abortarte. Pues un favor me hubieras hecho porque para vivir una vida tan mierda mejor estar muerta. Decime con cuántos te has acostado, pasaste seguramente por toda Peronia y a mí me toca solo aguantar que me vean la cara.

El día que llegó “el novio” a pedir permiso a la casa, mi mamá le dijo: mire, usted se ve que es un hombre cabal y no le puedo mentir, quiero que sepa que ésta patoja ya está jugada, saber ni con cuántos patojos se acostó en Peronia, no le vaya a pegar una enfermedad y tampoco quiero que al darse cuenta que ya no es virgen me la venga a devolver porque ya no se la recibo así es que decida ahorita si se la lleva así o no.
Puta, me ardía la cara, sentía que me hervía la sangre. Mi novio me tomó de la mano y le dijo muy caballeroso: le gradezco la información pero yo quiero a su hija tal y como es. Entonces fue mi mamá la que cambió colores.

Pasaron los años y en el país de residencia decidí vivir mi sexualidad sin contemplaciones, eso si que el corazón bajo siete llaves. Muy clara y poniendo las cartas sobre la mesa: esto es lo que ofrezco, esto así, esto no. Y no es no. Si hablamos de putas a mí que me hagan un monumento, hasta la cuenta perdí de todos los amantes que he tenido. Porque he sido más de amantes que de novios.

Para cuando hablaba por teléfono con mi mamá y me trataba de perra, le decía: mirá mamá te voy a decir algo, vos siempre has pensado que yo dese niña me acostaba con los patojos pero no fue así, nunca tuve nada que ver con ninguno porque los quería como hermanos, además si así hubiera sido era asunto mío pero ahora sí, ahora de grande me he dado la grande fornicando con cuanto hombre he querido, de distintas nacionalidades, edades y clase social, así es que hoy soy yo la que te pide que le digás a tus amigas que en Estados Unidos tenés una hija puta que una perra de las buenas. Porque así es como me has dicho siempre, perra, pues deciles que la perra se cogido a cuanto hombre ha querido.
Pero les decís. Así como gozaste diciéndolo cuando era niña y adolescente decíselos ahora y hasta dales mi número que con gusto les doy detalles.

Y no eran mentiras ni ganas de provocarla, era la verdad.
Así pasamos durante años discutiendo, hasta que un día en el 2012 compré un puño de tarjetas telefónicas y la llamé, le pregunté si tenía tiempo porque quería hablar con ella largo y tendido, me dijo que así.

Bueno mamá es tiempo que hablemos de mujer a mujer, olvidáte que soy tu hija, quiero que nos digamos todo lo que nos duele y saquemos todo lo que llevamos dentro, que me digás por qué y en qué sentís que te he fallado como hija y yo te diré también con toda sinceridad también qué es lo que he llevado dentro todos estos años. Me tocó empezar porque se le cortó la voz. Pasamos hablando cinco horas. Traté de que aquello no fuera solo de discusiones, logré controlar mis impulsos y tratar de ponerme en sus zapatos. La que más se desahogó fui yo porque llevaba un infierno dentro, unas cosas comprendió y otras no.

De otras dijo que no se recordaba y yo le refresqué la memoria pero ni así, parecía que yo me estaba inventando todo. A mi madre le pesa mucho que yo sea la más parecida a ella de sus hijas, es que tenemos el mismo carácter, físicamente le heredé los pómulos pronunciados y el cabello colocho, la facilidad para reírnos de todo también, ambas reímos sin parar hasta que nos salen lágrimas y nos duele el estómago, el resto del clan Oliva Corado no es así. Me encanta sembrar flores y hortalizas y hasta su estilo tengo para hacerlo, hablo con las plantas, igual que ella. Ella es blanca, la viva leche y con que el día esté medio soleado se le pone el rostro como tomate.

Me trastornan los hombres de pelo en pecho y barba espesa, como a ella. Me encanta bailar apercollada, como ella. Mis pensamientos pecaminosos vuelan en segundos, como los suyos, cuando vemos a un hombre que nos gusta. Somos letales cuando estamos enojadas. A ambas los días en que baja la sangre nos ponen insoportables, así de ofrecer cuentazos a quien nos dice buenos días.
El problema es que pienso y actúo abismalmente distinto. Mejoró en mucho que habláramos aquel día. Pero hay lazos rotos que ni remendándose…

Lo mismo hice con mi papá, lo llamé por teléfono y también hablamos, le dije de toda mi frustración de haber heredado sus habilidades deportivas, su buena mano para la siembra y las manualidades y que él me viera de menos y me pulverizara todo el tiempo por su decepción de que yo no había nacido varón. Es que cuando jugaba fútbol le pegaba al balón igualito a él, la forma de dominar el balón, las fintas, las técnicas, todo era suyo, pero por la gran puta, tenía ovarios en lugar de coyoles, nunca me lo ha perdonado.

Tengo sus cejas (que no me las depilo porque me encantan así como las suyas) la forma de sus ojos, la forma de sus labios y cuando sonrío soy toda su expresión, heredé sus piernas rollizas, y hasta el parado y la forma de caminar. Lo loco, la locura es suya.

Era la goleadora de los torneos, porras de porras iban solo a verme jugar, y cuando él iba solo era para gritarme desde las bancas: ¡para qué putas, patas para el monte! ¡Ese gol lo fallás! ¡No le den juego, entrenador, porque no sirve, haga un cambio! La gente lo abucheaba y cuando eran las finales los entrenadores me pedían que por favor no llevara a mi papá porque me desconcentraba y todo me salía mal. Y así era, o vio un solo gol porque cuando estaba él me pulverizaba. En cambio cuando no iba, me lucía, metía los goles como yo quería, y ay, dios, los de chilena eran mi carta de presentación. La gente me esperaba la salida y se tomaba fotos conmigo, me pedían autógrafos y los entrenadores me querían en sus equipos. El fútbol me ha dado tanto, no existiría sin él.

Cuando estaba desesperada me iba a correr a la arada y me llevaba una pelota de plástico y me ponía a tecniquear solita, sudaba y hasta que me cansaba regresaba, con la cabeza más serena. Las pijeadas que me metía mi mamá por haber dejado a los animalitos solos pero qué me importaba necesitaba agarrarme en algo con todas mis fuerzas para no caer, el alcoholismo era fuerte en esos años y lo único que me sostenía era el fútbol. La pasión de mi vida.

Entonces le dije de sus amigos adinerados y que por poco y nos violaban ahí en la casa porque ellos borrachos, le dije que mi cansancio de ir a vender helados y cargar una hielera que me desgració la espalda y los meniscos para toda mi puta vida, era tan pesada que apenas si podía caminar con ella sobre los hombros. Mientras él invitando a sus amigos traileros a cajas de cerveza y a almuerzos y nosotros sin comer en la casa. A los dos les reclamé no haber estado conmigo el día que recibí mi diploma de tercero básico, ni fueron a la escuela a recibir calificaciones, ni a mi seminario, y que cuando me gradué fueron porque mi hermana mayor los llevó obligados.

Todo el dolor y la cólera que sentía lo saqué. Cuando le pregunté a mi padre en qué le había fallado me dijo que en no ser una mujer normal, siempre me creyeron marimacho, le extrañó que no hiciera cosas que hacían las niñas a mi edad, a las muñeras que encontraba en la calle de una patada las mandaba a volar, lo mío era: el trompo, cincos, pelota, barranquear. Pero se le olvidó que todo eso él me lo enseñó porque no se resignaba a que no hubiera nacido hombre y me hizo a su imagen y semejanza. Los barriletes los hago como él. Lo único que lamento es que no me enseñó a hacer atarrayas. Es un bárbaro para hacerlas, son creaciones maravillosas.

Cuando me hice árbitra me reclamó porque era de fútbol y no de baloncesto, como mujercita, no que haciendo mierdas de hombres. Le reclamé a los dos que cuando los juegos que dirigía eran televisados, o cuando salían entrevistas mías en los periódicos, no me dijeran por lo menos una palabra de aliento, ni cuando llegaba cansada a la media noche de haber entrenado. Ni cuando me desvelaba estudiando. Todo se los dije y no me quedé con nada. Lo saqué todo a borbotones.
Mi papá me dijo: patoja loca. Y ahí terminó la conversación.

Él no recuerda, de pronto se le olvidó (cuando les conviene olvidan).

Después de esas dos llamadas las siguientes fueron más calmadas, como que las fricciones ya no estaban tan fuertes, opté entonces por tomar el papel de cronista y conversar de sus vidas mucho antes de que yo naciera.

De pronto algo así: hola mamá, te llamo porque sabés qué estaba pensando, que cómo eran los inviernos cuando vos ibas a aguar las vacas allá a San Miguel, te recordás que un día me contaste que te caíste de una bestia. Mi mamá: ay, sí ingrata, vieras esa vez eran aquellos aguaceros… Y así y así cuando sentimos ya se terminó la tarjeta telefónica y no discutimos.

Mamá te llamo porque estoy haciendo dobladas de flor de ayote, ¿qué es lo que les ponés vos ya se me olvidó? Ay, sí jodida, mandáme una, pero mirá pue, ponéles tal cosa…

Nanoj, ahorita me recordé de la vez que estábamos rajando leña y pasó el don que vendía queso, ¿te recordás que hasta frijoles colados hicimos y nos soloqueamos aquel muñeco de tortillas? A la vos sí que tenés memoria, hasta café de la jarrillita compramos y pedimos fiado dos quetzales de pan.

Tatoj, me recordé de cuando íbamos a la arada vos y yo a buscar las varitas para los barriletes, ¿te recordás de aquel cáñamo bien nítido que conseguías? Ah, sí. Lo que pasa es que lo compraba en La Terminal, allá por los graneros…

Tato, ¿qué hacés? Solo llamaba para platicarte de cuando íbamos a vender helados a la fresera y me recordé de aquella caída que hizo pozoles mi hielera con todo y fresas hueveadas y todos muertos de la risa y después se cayeron ellos y no les quedó ni una fresa entera. Mi papá muerto de la risa. ¿Te recordás de eso vos pues? Claro… Ve, patoja loca.

Encontré la formula para comunicarme con ellos sin que se desaten discusiones que como resultado nos dejen sin hablar meses.
De por sí llamo muy poco, de vez en cuando, siento que es mejor así. Pero los pocos minutos que hablamos ya no son de reproches ni de culpas, ni de señalamientos. Por lo menos no siempre, eso ya es avance.

A mi mamá con lo de puta le hago bromas, hablamos abiertamente de temas sexuales, “ay, no vos Ilka, sos el vivo demonio, dónde aprendiste eso”, a vos que te valga en dónde lo aprendí, practicàlo con mi papá o con quien se deje, de ahí hablamos y vamos a ver si me vas a decir demonio.

A los días: “vos Ilka, tenías razón” Va te que dije, juntáte conmigo y ya vas a ver que te voy a volver pilas. Ayuda mucho que no la vea como mamá, sino uno una hermana más. Días en que me llama por teléfono: “vos Negra, aquí está la mujer de fulano, aquella patoja que vendía rábanos, dice que tiene tal problema con el marido porque no se le para, ¿que le aconsejás?” Que lo deje. Son risadas de las dos. Que vayan a donde el doctor, que no sean cletos.

Siempre estoy que le voy a mandar un arsenal de juguetes sexuales para que se diviertan con mi papá (sola o con quien guste, si el señor no se apunta por decente) y dejen de ver televisión pero de soplada siempre se me olvida.
En la familia Corado, soy la puta oficial, las otras son pulcras almas benditas (dicen ellas). Pobres, de lo que se están perdiendo por asoleadas. Y de los hombres ni hablar, todos son beatos (con un resto de hijos tirados). Así es que yo muy bien, gracias.

Ha sido un proceso lento, -como el dorar los pishtones en el rescoldo del polletón, o la elaboración del atol shuco para el tiempo de la tapisca- esto que logró salir en las llamadas telefónicas. Pero, ¿qué fue lo que lo impulsó a ser expresado si lo guardé en mi vida durante tantos años?

Continúa.

Ilka Oliva Corado.
Julio 10 de 2014.
Estados Unidos.

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