Post frontera. (XXXVIII)

País de residencia: la casa (II)

Para el tiempo de los barriletes –noviembre- de 1988 dejamos la zona 8 capitalina, habíamos vivido ahí cinco años en las cercanías de la iglesia La Divina Providencia a pocos metros de la bomba de agua, de las hueseras y de la vía férrea que atraviesa mi añorado mercado La Terminal. Mis papás alquilaban un apartamento en una vecindad de las del sector, en aquellos años a mi papá que era un campesino y tractorista le tocó hacerla de policía privado y se consiguió un trabajo en Alarmas de Guatemala, tuvo muchos oficios mi viejo, también le tocó hacerla de cargador de bultos en La Terminal.

Años antes mi madre había decidido salir de la finca algodonera La Pangola, ubicada en Escuintla, lugar al que llegó de niña junto a las cuadrillas que contrataban por temporadas para el tiempo de la siembra y el corte de algodón, iba con su padre y su hermano mayor. Era una forma de ayudar con la economía de la familiar. Poco se puede hacer para vivir en una tierra tan árida como lo es Comapa, escasea el agua potable y la milpa raras veces pasa la altura de un metro, jamás la he visto florear engalanada como en otras partes del país, el terreno es poco fértil, el invierno no es tan generoso con mi pueblo natal, pocas veces llueve y cuando esto sucede es de alistar cuanto recipiente se tenga para guardar agua de temporal.

La mayor parte del año las mujeres y niños son los encargados de acarrearla desde La Pilona, un estanque ubicado en el centro del pueblo frente a la Alcaldía, o van a los nacimientos de agua, la quebrada o el río Paz, andan kilómetros y kilómetros entre atajos y el camino real. En camiones cuenta mi mamá que salían las cuadrillas de campesinos que al verse sin oportunidad de sustento en tierra propia se veían obligados a buscarla en otra, aceptando cuanto les quisieran pagar los dueños de las fincas, así era que salían para algodoneras y al corte de la caña de azúcar, muchos agarraban camino para las fincas salvadoreñas, que de Comapa que es frontera, les quedaban a la mano.

En las fincas dormían en galeras, todos apiñados, los que tenían más recursos llevaban un petate y se acostaban en éste la mayoría lo hacía sobre el puro suelo. Como ha sucedido a lo largo de la historia, las mujeres nunca se cansan, nada les duele, ellas salían terminado el jornal y se iban al río a lavar la ropa de los hombres, así lo hacía mi mamá con la de su papá y de su hermano, las casadas con la de los esposos y los hijos. Ellas cocinaban para todos, mientras los hombres descansaban en las galeras.

Mi papá que era un niño también y ya había trabajado en las fincas meloneras, sandilleras y tabacaleras en Zacapa, agarró camino para Escuintla siguiendo a sus hermanos mayores y se hizo parte de la cuadrilla que sembraba y cortaba algodón, con los años se volvió tractorista en la misma finca, trabajo de relevancia comparada con los mozos que dejaban la espalda en los surcos. Tenía el privilegio de dormir en covacha y no en galera y el suelo era mayor. De todas las adolescentes que cortaban algodón lo impactó una canche, ojos avellana, blanca como la leche recién ordeñada, con carácter del demonio, de cabello murusho, con cuerpo de mulata, labios carnosos y pómulos pronunciados, era una jutiapaneca pinta y parado de la típica mujer de oriente. Lo embelesó.

Él, moreno, alto, con piernas de futbolista, enamorado del ciclismo, con el vicio de las peleas de gallos, el cigarro y mujeriego a morir, campesino como ella, también de oriente.

Un día llegó al río donde mi mamá estaba lavando la ropa de suya, de su padre y de su hermano, y le dijo que la quería para su mujer y madre de sus hijos y que se fuera con él en ese mismo instante, mi mamá ahí mismo se subió en la parrilla de la bicicleta del atleta e iniciaron vida juntos.

Esa misma tarde llegaron mi tío y mi abuelo a tocar la puerta de la covacha donde vivía mi papá, cuando éste abrió los vio con machete en mano a cada uno, llegaban a arreglar la situación del robo de mi madre, pero ella fue clara y les dijo que había decidido iniciar vida con mi papá y que se mantuvieran al margen, una vez clara la situación de que fue con su gusto y con su gana que agarró marido, mi abuelo y mi tío le dieron la bienvenida a la familia, al zacapaneco descocado.

Esos dos eran unos adolescentes cuando el amor les dio un perolazo en la cabeza que les desató una furia ingrata que hizo que a los meses nacería mi hermana mayor y a los dos años yo. Ambas vivimos los primos años de infancia entre los surcos de algodón, cepas de guineo, plátano y bananos y sobrevivimos a los inviernos que se llevaban a cuanto niño podían.

Los dueños de la finca no autorizaban a ningún trabajador a salir de la algodonera, tampoco llevaban doctores para que trataran las diarreas, fiebres y dengue que atacaban a los niños en invierno, los padres desesperados los venían morir entre sus brazos y no había más que enterrarlos en la finca porque tampoco autorizaban para dejarlos salir par sepultarlos en sus pueblos natales. No había escuela para los hijos de los jornaleros, los niños estaban creciendo sin aprender a leer y a escribir, mi mamá no quería eso para sus dos hijas, ya había pensado en la posibilidad de irse de la finca pero mi papá no quería y fue hasta que yo me enfermé con una de las fiebres descomunales de invierno que, mi mamá decidió salir de la finca.

Tenía un año y ese invierno también se enfermaron otros niños y a duras penas un tractorista logró salir de la finca e ir por un médico al pueblo de la Gomera, él me dio el desahucio, le dijo a mi mamá que no pasaría el día y que se comenzara a despedir de mí porque ya estaba muerta era cuestión de horas nada más. Ese día llegaba el fotógrafo que visitaba la finca una vez al mes y mi papá le pidió de favor que me tomara una foto porque quería tener un recuerdo de su niña que se estaba muriendo, me vistió, y me paró a la par de un medio tonel que servía como tiesto en donde estaban sembradas unas flores de las diez, de lo débil que estaba no lograba sostenerme en pie, y ella tenía que correr a pararme otra vez repesada en el tonel, hasta que por fin me quedé unos segundos y ahí logró el fotógrafo tomar la instantánea. Resulta que no morí y me recuperé. Muchos niños no lo lograron ese invierno. Es la única fotografía que tengo de mi infancia. Y las flores de las diez son una especie de sortilegio en mi vida, siempre tuvimos en el jardín de mi arrabal, entre ellas y yo hay un canal de comunicación que no logra comprender ni mi sexto sentido. Es demasiado íntimo.

Así fue como a los meses la jutiapaneca le declaró a mi Tatoj que se iba con sus hijas y que si la acompañaba él bueno y si no pues también, el negro con piernas de futbolista no tuvo más remedio que irse atrás de la de ojos avellana y carácter del demonio, llegaron a Sanarate y allá la dejó alquilando una habitación y él se fue a trabajar de tractorista a las tabacaleras, aparecía la mes y solo dos días para ir a dejar lo del gasto, una vez más la de cabello murusho le sentenció que agarraría camino para la capital, ella quería que sus hijas fueran a la escuela y así fue como llegaron a la zona 8. Sin conocer a nadie y sin trabajo mi mamá la hizo de cargador de bultos hasta que se fue abriendo camino en la capital, como lo hacen los emigrados del interior del país.

Ahí mi mamá encontró trabajo en Paiz Montúfar, trabajaba de cocinera en la cafetería y mi papá de guarda espaldas de un viceministro de salud pública. Llegaba a dormir al apartamento regularmente todos los días y por las madrugadas salían a correr, los recuerdo con sus piernas rollizas, ambos en pantalonetas cortas, fascinación que les heredé.

Mi mamá que es la cabeza de familia de su clan, pronto envió por sus hermanas que inmediatamente se fueron a vivir al mismo sector, ya casadas y con hijos. Ellas también dejaron la finca de algodón y el oriente guatemalteco para llegar al pueblón.

Mi hermana era la encargada de cuidarme, nos íbamos juntas a la Escuela para niñas José María Fuentes, y así mismo regresábamos, ella me daba de comer, revisaba mis tareas y se encargaba de que yo no me despeltrara las rodillas cuando me daba por subirme al techo de la vecindad y bajarme entre los tapiales y portones.
Fue la época más feliz de mi infancia. La más hermosa que guardo celosamente en mis recuerdos.

Pobres como siempre pero unidos, éramos una familia, los fines de semana arreglábamos panes con frijoles y fresco de tamarindo o de rosa jamaica y nos íbamos caminando por toda la línea férrea al zoológico la Aurora, a veces por la avenida la Castellana en otras por toda la avenida Las Américas y comíamos entre los arcos y las arboledas de los arriates. Yo siempre tomada de la mano de mi papá y mi hermana con mi mamá. Nos ponían vestidos de revuelitos, calzones de repollitos y las calcetas caladas de la escuela con los zapatos negros.

Pasábamos cerca dela Pizza Hot de la zona 9 y el olor nos alborotaba las tripas pero nunca alcanzó para entrar y comer ahí, ya ni preguntábamos con mi hermana porque sabíamos que había que pagar todo lo fiado del mes en tienda de doña Mary. Para cuando crecí y pude comer pizza en ese lugar opté por no ir, nunca fui a Pizza Hot en Guatemala y aquí mucho menos, cuando comemos pizza con mi hermana es para nosotras una especie de ritual, ambas regresamos a aquellos días…

A mi papá le regalaron un perro recién nacido al que nombramos Oso, creció enorme y era mi mejor amigo, inseparable. Peludo como él solo, y juguetón como yo, nos tirábamos al suelo a agarrarnos de las greñas hasta que uno de los dos se cansaba, siempre era yo la rendida.

Salía a encontrarme cuando llegaba de la escuela, hasta que unos días antes de irnos a vivir a Ciudad Peronia ya no salió a recibirme y lo busqué desesperada por toda la vecindad y nadie supo darme cuentas de él, todos sabían lo que había pasado pero dejaron que fuera mi madre la encargada de decirme, me veían llorar angustiada y lloraban conmigo pero guardaron silencio.

Cuando llegó mi mamá del trabajo me dijo que lo había regalado y sentí la muerte, me devanaba en el suelo llorando a gritos, quería a mi Oso y lo había regalado y no me había dicho nada, no me pude despedir de él. Esa tarde comenzó en mi vida el martirio de recibir los golpes de mi mamá porque se enojó tanto de verme tan dolida por mi perro que me dio una tunda que me dejó en cama, tenía 9 años. Lo recuerdo patente, toda su frustración de trabajo, de su vida, de nuestra miseria la descargó en mí y no supo controlarse hasta que se cansó de pegarme y lo seguiría haciendo durante años, se lograba tranquilizar hasta que se cansaba de golpearme y su fuerza ya no daba para más. Aquella tarde se rompió el embrujo que yo tenía por mi madre, porque a partir de ese momento me agredió física y emocionalmente día a día, hasta que me acostumbré a recibir golpes e insultos como algo habitual. Fue la primera vez que conscientemente la escuché denigrarme por mi color de piel, todo tipo de improperios salían de su boca dirigidos a mi color cáscara de encino.

El Oso fue mi amor y aunque en la casa de Ciudad Peronia siempre tuvimos perritos nunca volví a tocar uno. Algo se secó dentro de mí, y les huí, los aborrecía, no podía estar cerca de ellos, hasta en el año 2013 que finalmente me atreví a soltarlo y dejarlo ir, 25 años después del cambio que significó en mi vida su ausencia y el inicio de los golpes…

Hasta hace unos años le pregunté a mi madre cuál había sido el final del Oso porque nunca la creí que lo hubiera regalado, me dijo que lo habían puesto a dormir porque tenía rabia y había mordido a una persona.

Para el tiempo de los barriletes, en 1988 asentamos campamento en Ciudad Peronia que sería nuestro hogar hasta 1998. Una década que marcó mi vida para siempre.

Continúa.

Ilka Oliva Corado.
Estados Unidos.
Julio 06 de 2014.

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