Dasha Aleksandra.

No lo hubiera imaginado ocho años  atrás, no. No hubiera imaginado ser capaz de controlar la paranoia, de enfrentar el miedo, de darle la cara al pavor, de lanzar allende los infiernos.
Durante varios años Dasha Aleksandra  pasó pensando en lanzar al bote de la basura los recipientes con droga antidepresiva, recurrió al engaño de esconderlos para no encontrarlos en el gabinete del baño, en la cocina, en la mesa de noche junto a su cama, en su bolsa de diario, en su máquina de coser. Para no tomarlos, abrir la tapa y beberse las pastillas que la mantuvieron  sedada,  que le dijeron que reducían los niveles de ansiedad, que la convirtieron como un ser inmóvil sin poder pensar, como  una sonámbula caminando sin dirección,  las tragaba para no recuperar la conciencia y sentirse  un despojo. El pavor de enfrentarse con el reflejo en el espejo y ver su propio cuerpo zanjeado de cicatrices, de recuerdos, de gritos, de golpes, de abuso, de lasciva, de poder, de control.
No, jamás hubiera imagino quedar libre de las pesadillas, de las visiones, de las voces, de los rostros de sus captores. Quedar libre de la persecución de la sensación de las manos ardientes quemando sus pezones, de sus falos empotrados en sus muslos golpeados y débiles. Jamás imaginó poder acariciar sus labios y no sentir el charco de  semen húmedo de eyaculaciones continuas  cuando estuvo en esclavitud.
Observa las muñecas de sus manos y ya no siente la brasa viva de los lazos anudados atados a la viga de un umbral, de una puerta siempre abierta tampoco las cadenas en sus tobillos sujetas a la pata de un sillón. Los recuerdos ya no la persiguen, ya no la acorralan, ya no le roban el aliento, ya no le quitan el hambre.
Dasha Aleksandra toma el recipiente donde  ha mantenido durante ocho años  las recetas médicas de sexólogas, psiquiatras, las tareas para realizar en casa dictadas por psicólogos,  coloca sobre una mesa las anotaciones, las observa, lee las fechas y las horas, tiene entre sus manos los recipientes con pastillas: Trazodone, Sertraline, Clonidine, son varios con distintos nombres y cantidad de miligramos todos  con efecto sedativo, todos con la misión de no dejarla sentir  ni pensar, con el objetivo de mantenerla viviendo y esconder los deseos de suicidio que la  han atacado cada vez que regresa  la conciencia de su realidad.
Recién hace unos días cumplió veintiocho años, vive sola en un apartamento tipo estudio que alquila en el ático de un edificio antiguo utilizado como bodega. No socializa, trabaja como costurera en una lavandería de dueños rusos, es uno de los pocos lugares donde se permite hablar su idioma materno y de vez en cuando para las fiestas de fin de año en los convivios de la comunidad rusa en la ciudad.
Dasha Aleksandra viajó  hacia Estados Unidos realizando la travesía de forma indocumentada, perforó las fronteras de varios países de Latinoamérica hasta llegar a la línea divisoria con Estados Unidos fue en Matamoros cuando la vida le cambió, tuvo la desdicha de toparse con polleros que traficaban con personas en el negocio de la trata y la prostitución.
Engañada junto a otro grupo de jóvenes que viajaban solas desde distintas partes del mundo con la única ilusión de llegar a Estados Unidos y enviar dinero para ayudar en la economía familiar. Cruzaron la frontera y tocando tierra en Texas fueron secuestradas y llevadas a una casa de seguridad  controlada y cuidada por traficantes de personas que se hacían pasar por coyotes y polleros.
Dasha Aleksandra en ese entonces de veinte años de edad fue puesta a disposición de la lasciva del cliente que pagara por poseerla, la ataron de manos y la colgaron de dos ganchos sujetados a un umbral, la abrieron de piernas y le encadenaron los tobillos a las patas de dos sillones.
La golpearon en el rostro, en los muslos, le mordieron los pezones hasta vérselos sangrar, la transgredieron por el recto e infringieron la intimidad de su oquedad una y otra vez.
En varias ocasiones tuvo puesta una pistola en sus sienes más de un encabritado drogado la amenazó con matarla si no gemía de placer, varios  le pegaron con cinchos  en la espalda, mordieron sus glúteos golpeados, su cabello largo y liso lo enrollaban en sus manos y  lo  jalaban hacia atrás cuando la transgresión era por su espalda.
Cuando los clientes querían ser tres a la vez, se sorteaban las posturas era entonces cuando llenaban su boca, sus labios y su rostro de semen mientras ella era un objeto, un harapo enmohecido, un cuerpo trasgredido  con las manos y piernas atadas.
Cuando un cliente no quería escucharla llorar, le amarraban un pañuelo en la boca.
Cuando querían hacerla gritar de dolor le golpeaban el estómago  o mordían sus pezones, éste era el tipo de cliente con privilegios por pagar un poco más de la cuota  habitual.
Han pasado ocho años, desde que estuvo en cautiverio durante tres meses, llegó a perder la cuenta de los hombres que la violaban diariamente, pasaban los cuarenta. También estaban otras mujeres y adolescentes en el lugar, niñas vírgenes que se escuchan gritar. Pagar la cuota dijeron los traficantes, al término de tres meses la dejaron libre cuando  la madre de una amiga de infancia que la esperaba en Carolina del Norte pagó el rescate, se subió en su carro y la fue a traer a un centro comercial en el corazón de Texas.  Ahí estaba Dasha Aleksandra sentada en el sillón de atrás de un automóvil último modelo con dos hombres armados que le tenían las pistolas puestas en las costillas mientras el jefe del grupo cobraba el rescate que fue entregado en un sobre de papel del cual contó la cantidad de doce mil dólares.
Descendió del automóvil y caminó hacia el otro vehículo donde la esperaba la madre de su amiga, sentada en el asiento del copiloto Dasha Aleksandra  en absoluto silencio viajó hasta el Estado en donde reside.
No se atrevió a contar a nadie lo vivido dentro la casa de los polleros, porque la amenazaron y porque el alma aun ocho años después no le da para contar a amigos y familiares lo sucedido.
Recién está intentando tener una relación con un amigo de la escuela de inglés, un joven polaco que realiza trabajo comunitario en los barrios pobres de la ciudad. Ha decidido dejar los infiernos y darse la oportunidad de amar, de sentir, de desear de reincorporarse, de reencontrarse, de renacer, de emerger, de vivir.
Durante ocho años ha asistido a una clínica psiquiátrica donde ha recibido terapias individuales y grupales, citas con psiquiatras, sexólogas  y psicólogos. Ha decidido dejar de frecuentarla y  de tomar los medicamentos.
Ya no la persigue la paranoia, ya no se le aparecen los fantasmas  cuando aborda el tren, tampoco cuando apaga las luz de su cuarto en las noches, ni en la regadera, ni escucha sus voces gritándole cuando abre la puerta de su apartamento.
Ya no camina con las manos empuñadas deseando que se le exploten las venas y desangrarse de ira, de cólera, de rabia. Ya no ha pensado en la idea fatal del suicidio como única solución a su tortura emocional.
Se  ha inscrito a clases de violín, siempre quiso aprender a tocar violín.
Dasha Aleksandra ve los frascos de pastillas, los toma entre sus manos y los lanza al bote de basura,  ha  donado también la ropa de su armario, no quiere nada que le recuerde a los años de tormento emocional y de autocastigos,  llena la tina de agua y se acuesta a disfrutar del agua caliente abriendo sus poros, es capaz de ver su cuerpo desnudo  y de gustarse a sí misma, de tocarse, de disfrutarse, de quererse.
Está vida no ha muerto, no la enterraron en vida, no la pudieron vencer, no la pudieron desaparecer, existe y resiste. Se mete dentro de un pantalón, busca un abrigo, una bufanda y sale a encontrarse con el primer día de otoño, ha decidido desayunar fuera y comprar flores de la estación.  Aun no sabe que lleva un cría en su vientre y que Bojek la sorprenderá por la tarde  con una llave en la mano y  con la invitación a que  inicien una vida juntos en un casa al norte de la ciudad que acaba de comprar  para ella.
 
Ilka Oliva Corado.
Sep. 22 de 2013.
Aquí.
 
 
 
 
 
 
 
 

Un comentario

  1. Querida Ilka. Soy guatemalteca viviendo en El Líbano supimos de ti por una amiga que vive en Portugal su hija está casada con un amigo nuestro. Llevamos un año leyendo tu blog y eres fenomenal, escribes de todo maravillosamente con frescura, ahínco, responsabilidad. Tenemos una célula de latinoamericanos en este país y realizamos muchas actividades culturales para tratar de unir a la pequeña comunidad latina. Hemos publicado en nuestro boletines algunos de tus escritos. Pero hoy te escribo para comentarte y sé que no te enojarás por al atrevimiento pero nos ha parecido muy loable tu denuncia con el tema de la trata de mujeres en la frontera, aquí sucede mucho también desde hace seis meses estamos editando una revista que imprimimos una vez al mes y que compartimos con la comunidad latina hemos ya colocado cuatro de tus historias de Transgredidas las cuales han sido muy bien aceptadas, seguiremos colocando una en cada publicación porque es también responsabilidad de todos involucrarnos en estos temas. También hemos visto tus videos y niña tú eres una persona tan cálida. Gracias por escribir, síguenos deleitando, aducando. Síguenos armando de valor para continuar con esta lucha. Soy Marta una de las fundadoras de la célula soy guatemalteca como tú casada con un portugués de origen iraní quien me ha apoyado mucho como mujer y activista. Abrazos cuídate mucho y por favor nunca dejes de escribir.

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