Trastornos.

Te buscan imprecisas no las puedo atar, corren a tu encuentro que es niebla de temporal allá por mi Comapa en el agosto invernal. Salen de mis poros en tropel, se asoman a los umbrales de las nostalgias de mi ayer. Son lozanas y ariscas que en tu ser se vuelven miel, parecieras ser la bruja que hechizara tanta hiel. No las puedo sosegar, son rebeldes y convergen en las lunas sin dormir, en las noches desveladas, en las auroras encantadas y los guindos de un peñón, tu nombre pronuncian evocando redención. Vos las liberaste y son adeptas a tu…

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Nía Luz.

Llegó a mí como si la hubiese evocado Ligera y Diáfana. Venía en una encomienda delicada enviada desde Guatemala por la afinidad de un buen amigo. Corrían los primeros días del año 2012. Aquel enero invernal traía para mí la poesía de nía Luz Méndez de la Vega. Abrí el libro emocionada, adentro leí la dedicatoria escrita por la pluma de penas contrariadas de un errante trovador de lunas llenas y de cuartos menguantes. En sus páginas respiré el olor a zacate de arada, a urbe y a adoquín. No había escuchado de ella. Me presenté y le dije: mucho…

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Mi primera boda.

Para que el sueño de tener un camión con carrocería funcionara, mi mamá se ideó asociarse con un primo hermano hijo de un hermano de tío Lilo – mi abuelo materno- también originario de Jutiapa, Jalpatagua. El hombre renunció al trabajo, prestó dinero a su papá y dio pues la mitad para mandar a hacer la carrocería a Petén. Los dos aventureros –mi papá y él- se treparon en el tráiler y zarparon como marinos hacia un puerto lejano que yo aun no conozco, en las cercanías del río La Pasión. Allá estuvieron rascándose las barriga y cantineando patojas en…

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El Guayito.

El recuerdo de mi madre embaraza vestida con una bata azul con flores pitayas es tal vez lo más vívido que guarda mi memoria en el tiempo en que esperaba a mi hermano. Con su panza enorme de ocho meses de embarazo, su rostro entomatado cuando había calor, el cansancio en su espalda, sus pies inflamados, aun no sabía que iba a parir un varón. Fue el último año en que vivimos en la vecindad de la zona ocho capitalina. Mi madre ya había dejado de laborar de cocinera en la cafetería de Paiz Montufar y decidió tomar un curso…

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La primera que emigró.

Era un matrimonio con cinco hijos, cuatro mujeres y un varón, ambos trabajaban en un laboratorio clínico y las tres mayores eran de una edad conmigo. Estudiaban en el colegio Galilea que colinda con la aldea El Calvario y la colonia Las Terrazas, colegio en donde también estudiamos mi hermana mayor y yo, ella en los básicos y yo los últimos tres grados de la primaria. Las tres hijas mayores se unían a la manada de patojos que caminábamos en el Caminón y en el Caminito, en la arada, ambos hoy en día desaparecidos por la lotificación de la colonia…

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Korean family.

Mi primer trabajo en Estados Unidos fue con una familia coreana. Me lo consiguió una muchacha mexicana amiga de mi hermana quien hacía limpieza en esa casa. Yo tenía dos meses de haber llegado al país y no hablaba ni hola en inglés. Habló con mi hermana y durante unos días fui a ayudarle a limpiar la casa, por todo el día me daba $10 y ella ganaba $60 se quedaba con los otros $50. A la señora le caí bien y le preguntó si necesitaba trabajo, ellos no necesitaban a nadie pero les caí bien –eso me lo dijeron…

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El día de mi suerte.

Mis abuelos maternos se fueron a vivir una década a Ciudad Peronia, fue la década de los 90 que tanto marcó mi vida. Dejaron todo en Comapa, vendieron las gallinas y los marranos, la yegua la dejaron encargada con uno de mis tíos abuelos y los jocotes de agosto del palo del patio se los comieron los niños del Barro El Clavel, lo mismo que el café maduro lo cortaron las vecinas e hicieron en iguaste la flor de pito y de izote. Los guayabos rojos se cayeron maduros sobre el suelo de talpetate del patio, ahí se hicieron abono…

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