El baile callejero del Día del Niño.

Cuando era niña recuerdo que para el Día del Niño en la escuela era que nos hacían bulla las maestras, nos compraban pastel y nos reventaban una piñata. Era la felicidad lanzarnos sobre aquel tierrero y caerle encima a los dulces. También era día de venta de helados, desahuciada le decía a mi mamá que: mama hoy es mi día necesito que me des feriado. Qué feriado ni qué ni mierda, ya te me a alistar que tu hielera de helados te está esperando. En los días feriados era cuando más vendíamos y el Día del Niño no era la…

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No es una pollería cualquiera.

Aquella tarde mientras pastoreaba las frías horas del invierno sentada en el balcón y pensando en que pronto podría sembrar mi parcela de tomates cuando llegaran los aires primaverales, un mensaje en mi teléfono celular interrumpió mi ensoñación, recibí una fotografía vía WhatsApp. Era un mensaje de una alera que llegó a mí a través de mis letras, mordió el anzuelo con mi texto La Terminal brilla con luz propia, hasta este instante éramos dos totales desconocidas, recuerdo que en esa ocasión me escribió comentando el relato y de ahí pal real de lectora se convirtió en alera… (¿No es…

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La tarde en que Alfredo no llegó.

A los días de nosotros recién llegados a Ciudad Peronia también llegó otra familia de occidente, hicieron su covacha en el último terreno de la calle Danubio a un costado de la arada que hoy en día es la colonia Jerusalén. Muy poco español hablaban y eran discriminados por su condición de herederos de los pueblos milenarios, tenían dos hijos una niña y un niño, a los años tuvieron al tercero. Los mayores eran de una edad conmigo. Ellas se vestían con sus cortes y sus huipiles, ellos con sus pantalones de tela y sus camisas blancas. Para llegar de…

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La norteada.

Para cuando había cumplido un año de haber llegado a Estados Unidos me invitaron a un baile, cuando me lo dijeron me quedé suspirando porque en mis tiempos eran toques, “vamos al toque de la calle tal” aquí es ir al baile. Las añejas suspiran porque en sus tiempos era ir al repaso y mi mamá que siempre habla de los tiempos de la zarabanda. Yo que no andaba con ánimos para salir dije que no pero una mexicana me alegró cuando me contó que había en vivo música de quebradita y también norteña, pensé en las barridas de pino…

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Hágase mujercita.

Hace unos días que estaba con una gripe de aquellas dramáticas al estilo de radionovela tipo Porfirio Cadena, el ojo de vidrio. Recuerdo que cuando estaba cipota escuchábamos esta radionovela cuando recién nos pasamos a vivir a Ciudad Peronia en aquellos vientos de noviembre que arrasaban con todo. En el radio Philips de baterías que guindábamos en la pared ya no recuerdo en qué estación la daban pero grabada tengo aquella cancioncita de “la cadena azul de Guatemala, la cadena azul de Guatemala…” Que siempre que me viene el recuerdo de esa radionovela aparece la canción. No hombre aquellos truenos…

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El árbitro es una mujer.

Historias de un silbato. II. Corría el año dos mil cuando fui nombrada para dirigir un juego de fútbol de cuarta división, el pueblo era Morazán, municipio del departamento del Progreso Guastatoya. Hacía unos meses que había ascendido de árbitra asistente a central, que no fue así como así tan fácil y de solo un trámite como sucede con los hombres. A mí me exigieron el triple que a ellos porque era la única mujer del panel central y nadie me visualizaba como central creían que lo mío era ser asistente, que no desestimo el trabajo; en mi opinión necesita…

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No tuvimos nada pero fuimos tan felices.

Así comenzó nuestra conversación ayer por la mañana vía WhatsApp, “no tuvimos nada en nuestra infancia, nada material pero fuimos tan felices, vos.”  Me dijo la Soruya. Es podría decir que de mis pocas amigas la más añeja y nunca fuimos íntimas de andar de uña y mugre pero su familia fue de las primeras en llegar a Ciudad Peronia y crecimos la parvada de hijos de una edad, el cipotal con las canillas cenizas y las candelas de mocos tiesas en la nariz, las sopapeadas que nos metían nuestras mamás por andar con las crines sueltas. Su mamá de…

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El domador.

Hace unos días mientras mirábamos una película me preguntó mi hermana, vos y de verdad, ¿qué se haría tu domador? Yo alarmada volteé a ver alrededor por si había alguien escuchando ese secreto de estado, pero solo estábamos las dos en la sala del apartamento que rentamos, respiré tranquila. De seguro en alguna calle de Nueva York, le contesté quitada de la pena. Un día mientras compraba en el supermercado recibí una llamada telefónica, no reconocí el número pero contesté, ¿aló? ¡Aló Negra aquí te habla tu domador! Se me fue el alma hasta saber donde y le dije que…

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Mi libro: Historia de una indocumentada travesía en el desierto de Sonora-Arizona.

No es nada sencillo estar sentada frente a este ordenador y tratar de escribir de mi libro, le huí a este momento porque imaginé que así sería y no me equivoqué. Significa un reto porque nuevamente debo enfrentarme a mi memoria que guarda por seguro también inconscientemente recuerdos de experiencias que marcaron mi vida y que emergen cuando menos me lo espero y se paran frente a mí retándome, me encuentran desarmada y sin el deseo de combatir, porque ya no quiero cuestionar, ni explicar, tampoco aferrarme como náufraga a los pretextos. Hace muchos años cuando era niña vendía helados…

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Bodas de plata.

La novia fascinada por el día de La Virgen de la Asunción quiso casarse un quince de agosto, soñaba con vestirse de blanco y caminar rumbo al altar para dar el sí ante los ojos de Dios. Aunque el sí ya lo había dado catorce años antes en una finca algodonera donde conoció al aguambado que se convertiría en el padre de sus cuatro crías (aguamdadas también). En aquellos años ella cortadora de algodón y él tractorista en la misma finca. Ella de ojos avellana, murusha, canche con cuerpo de mulata. Él, prieto tostado, de músculos fornidos, cabello largo, bigote…

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Deberías escribir un libro.

Caminábamos a la hora de salida hacia la puerta del Centro Universitario Metropolitano (CUM) cursábamos el primer año de Licenciatura en Psicología, fue por allá del año dos mil. No éramos amigas, ni compañeras de grupo, pero nos saludábamos cuando nos encontrábamos en los corredores del edificio, mi grupo era el más inquieto del salón (cosa rara que no yo ande metida en grupos con esas características) y el suyo uno de los más disciplinados y formales. Para el año dos mil cayó rendido a mis pies el catedrático más exigente de los que impartían clases en la escuela de…

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