Todo pasa

Por qué me pegaste tanto, le pregunté un día a mi mamá ahora recién pasado el tiempo. Porque eras rebelde y no sabía cómo controlarte y como así lo criaban a uno así pensé que tenía que criarte a vos. Mi mamá siempre tuvo miedo de que yo le saliera embarazada en la adolescencia, lo tuvo con sus tres  hijas pero la única que recibió palo todos los días desde la infancia fui yo. No sé qué tan terrible habrá sido ese miedo para que me golpeara hasta dejarme casi inconsciente cada vez y que mis tías tuvieran que correr a socorrerme desde su casas o las vecinas tuvieran que ir a quitármela  de encima. 

Debí odiar mi pelo largo, era la consigna odiarme, odiar mi color de piel, mi cabello suelto, sin peinar, pues sus insultos siempre fueron hacia mi color de piel, -negra morada, moronguda de mierda, tizón, chorro de humo- hacia mi forma física y mi cabello largo siempre jugó a su favor en los golpes, pues de ahí me arrastraba para tirarme boca abajo en el suelo y darme con lo que tuviera en la mano. Soy la única hija de piel oscura, mis hermanos todos son blancos, mi mamá es del color de la leche y yo saqué el color de mi papá y de  los negros garífunas y xinkas del lado de la familia de mi mamá. 

Pero eso que tuviera en la mano estaba preparado de antemano: eran cordones de planchas, cables eléctricos, pedazos de cables  anudados, cinchos con hebillas grandes y mi piel quedaba marcada todos los días, inflamada y reventada la mayor parte del tiempo. Recuerdo que cada vez que me pegaba yo corría a golpearme la cabeza contra la pared, porque quería morirme, reventármela y no sentir más. 

Fueron tantos sus golpes que me cansé de llorar y no lloré más y me tragué el dolor físico, mientras el emocional me volvía una persona con incapacidad de comunicación. No llorar frente a  ella lo veía como un reto que la enojaba más, muchas veces me quedé parada sin moverme recibiendo los golpes, eso en la adolescencia pero en la infancia corría, solo la veía aparecer con los cables en la mano y me saltaba el tapial de la casa y agarraba para la arada y  pasaba horas perdida en el monte hasta el anochecer. O me subía al techo de la casa de dos saltos, como las cabritas y allá llegaba la noche y hasta que se acostaban todos bajaba. Nunca vi a ninguno de mis hermanos decir que ese trato era injusto, el único que me defendía cuando llegaba a la casa de sus viajes en su trabajo de piloto de tráiler era mi papá, pero eso una vez al mes. De ahí me tenía que defender sola a como pudiera. Cuando tenía suerte me escapaba y corría y cuando no quedaba casi desmayada de sus golpes, todos los días. 

Eso sumado al trajín de levantarnos todos los días a las 3 de la madrugada al oficio diario y a preparar la venta, me iba al mercado con la piel marcada por los golpes. Nadie preguntó, pero todos sabían que esos golpes me los daba mi mamá y todos sabían también en la cuadra que yo tenía un trato distinto en la familia. Siempre fui la que limpió el baño, la única que tenía que limpiar el chiquero, el gallinero, la que tiraba la basura, la que cuando salía la familia dejaban en la casa sola cuidándola y a cargo del cuidado de los animalitos. No tengo recuerdos de haber asistido a un viaje al interior del país con mi familia, fueron pocos sí, pero no fui a ninguno con ellos, siempre fui relegada a cuidar los animales, mi mamá decía que no sabía comportarme en público y que mejor  me quedara en  la casa, eso a mis hermanos les parecía perfecto y mi papá que nunca tuvo voz  ni voto por su ausencia. 

Crecí sola, excluida de ese núcleo familiar. Con pensamientos suicidas que me han acompañado a lo largo de mi vida, con intentos suicidas en más de una ocasión. Preguntándome qué tenía, de qué era culpable para un trato así. Nunca me dejaron participar en las conversaciones familiares, si llegaba cuando estaban hablando se callaban y me mandaban a ver los animales, nunca tuve permiso para hacer los deberes en la mesa de pino del comedor, solo mis hermanos. Entonces aprendí a hacerlos caminando, en el trote, mientras barría el patio, limpiaba el chiquero, creo que por eso tengo la facilidad para sintetizar una lectura. Cuando pasaron los años y entré al magisterio y llegaba de noche, la comida estaba escondida, no había comida para mí y así hasta el día que emigré. 

En mis pesadillas siempre se repitieron las palabras de mi madre: que fui una hija no deseada y que  estuvo a punto de abortarme y que se arrepentía de no haberlo hecho. A los 8 años comencé a tomar, cuando mis padres tomaban los fines de semana me mandaban a mí a la tienda a comprar los litros de cerveza, yo me quedaba esperando junto a la mesa para ver el culito de cerveza en los envases y en el camino a la tienda me los tomaba, fue un sedante ese licor porque los golpes empezaron justo a edad. Y seguí tomando durante mi adolescencia y  primera edad adulta, con la misma fuerza y deseo con el que jugaba fútbol.  Me agarré con todas mis fuerzas del fútbol y de la cerveza. Y  todo el maltrato, los golpes, los insultos diarios, la exclusión de la familia se tornó en un vacío insondable. ¿Por qué me pegás? Le pregunté a mi madre varias veces en la infancia y adolescencia: por sucia y huevona. Me contestaba.  Ser negra es motivo de suciedad, tener el pelo suelto es motivo de haraganería. Odio lavar platos eso sí, siempre fue mi dolor de cabeza y un causante de muchas malmatadas por parte de mi madre. Me quiso quitar el fútbol y no pudo, yo sabía que si lo practicaba me caía palo pero me daba igual, si igual me pegaba por todo qué más daba que me pegara por jugar fútbol.

Nunca pude hablar, cualquier pregunta, cualquier palabra, duda, siempre era contestada con golpes. Entonces creé mi propia familia: mis cabritas, los cochitos, las gallinas fueron mi familia y hablaba con mis cabritas cuando me iba a pastorearlas a la arada.  No puedo expresarme con las personas, hay una cierta incomunicación de mi parte, algo cortado que no existe, que no pudo desarrollarse o que se perdió. Aunque parezca que tengo una personalidad fascinante por mi soltura en mi experiencia  de vender helados y ofrecerlos con imaginación. Tal vez sea solo ahí o solo eso, pero mi incomunicación existe. 

Siempre estuve rodeada de hombres, en mi infancia  y adolescencia fui la única mujer del grupo de amigos, jugábamos pelota y nos íbamos a barraquear, mi madre siempre pensó que toda mi relación con ellos era sexual, entonces de negra pasé a ser una negra puta y así hasta el infinito. Y yo que solo tenía pensamientos suicidas no pasaba por mi mente pensar en acostarme con nadie, solo quería desaparecer. Me aterrorizaba la idea de pensar en un embarazo, solo de escuchar a mi mamá repetirme todos los días mientras me pegaba que si le llegaba a salir embarazada me despellejaba viva y me sacaba el hijo a patadas. Pavor que me ha acompañado durante toda mi vida, porque  le tengo terror a los embarazos. No es un miedo habitual de una mujer sin la economía suficiente para criar un hijo sola, es terror a la sola idea de quedar embarazada. Anoche descubrí que ese terror tiene que ver con los golpes que acompañaron las palabras de mi madre, lo descubrí escribiendo, haciendo mi propia catarsis. Intentando desatar los nudos…

Mi miedo fue ser incapaz de dar amor, de abrazar, de poder comunicarme con ellos. De que mi historia de vida se repitiera en ellos como mi pobreza. De no poder pronunciar una palabra y seguir siendo una isla, en silencio como lo he sido todos estos años. 

Y hoy le pongo fin a ese miedo que me acompañó durante 40 años. No tendrá más poder en mí, sobre mi cuerpo, mis decisiones, sobre mis emociones.  Y tal vez si un día mi economía cambia, adopte 4 niños, las cuatro crías que siempre soñé tener, no pasa nada si no sucede, ellos siempre estarán en mí como todos estos años. 

Escribir duele, pero también cura.  No me importa ahora qué fue lo que motivó a mi madre a golpearme tanto, ya pasó y también pasaron sus insultos y el maltrato de mis hermanos al excluirme de la familia, pasó el dolor emocional, las pesadillas también pasaron. El enorme vacío y el estigma también. Todo pasa, dijo mi Nube Pasajera cuando llegó a mi vida un día, asomando a mi ladera. Y es cierto, todo pasa. 

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado

16 de julio de 2020. 

2 comentarios

  1. excelente narracion, que se refleja en mi vida- gracias

  2. Acabo de leer tu conmovedor relato. Es difícil hacer un comentario al respecto porque resulta tan incomprensible el comportamiento de una «madre» que procede como lo hizo la que te tocó en suerte, que sólo puedo atinar a decir que, por desgracia, no eres la única ni la última. Te lo dice alguien cuya madre -no elegida ni aprobada por mi hasta hoy- aún está viva en alguna parte del mundo, y ha logrado el milagro de que yo haya puesto la suficiente distancia geográfica y emocional entre ambos como para no dar, nunca más, la oportunidad a que una relación tan irremediablemente absurda, enferma e irrecuperable – a mi juicio – , se apodere de lo que aún me resta por vivir y de mi derecho a ser feliz en este mundo. Por largo tiempo, tal vez durante toda mi vida, he estado haciendo mi proceso de reflexión y de sanación espiritual y psicológica, dispuesto a olvidar y a perdonar Mas, sinceramente y sin descartar nada, no sé si algún día lograré lo primero o lo segundo. Por lo pronto, doy fe de que a pesar del mal trato recibido, o tal vez a causa de ello, la relación que tengo con mis propios hijos, hoy adultos, difcilmente pueda ser tan positiva y agradablemente diferente a la que mis hermanos y yo tuvimos con nuestors padres. Prueba suficiente para mí de que no siempre se han de repetir los esquemas erróneos y enfermizos heredados de nuestros padres, como algunos sostienen. No siempre aplica: «..De quellos barros, estos lodos..» Podemos y debemos ser mejores.

    Solidaridad absoulta, empatía y un gran abrazo fraterno.

    Francisco.

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