Vuelvo, sirvienta y escritora

En marzo, anuncié en mi blog mi retiro de la escritura, tuve una especie de colapso que detuvo mi escritura por completo. Pero detener mi escritura solo fue el reflejo externo de la tormenta que yo vivía por dentro.  Durante 3 semanas cerré las puertas a toda forma de expresión y me instalé en el silencio.  

 

Esas tres semanas fueron de una especie de aterrizaje, de soltar la soga que no me permitía poner los pies sobre tierra, de dejar de pelear contra lo imposible y sobre todo de aceptar mis circunstancias de vida y la realidad de éstas. 

 

Mi primer trabajo en Estados Unidos  fue limpiando una mansión, donde ese día había  una fiesta judía, recuerdo que estaba llena a reventar y yo que nunca en mi vida había visto una aspiradora,  mientras la llevaba en una mano y en la otra los utensilios de limpieza, me  tropecé con el cable y rodé por las escaleras hasta caer al piso del sótano;  me desmayé y desperté  minutos después rodeada de personas que me hablaban en un idioma que no entendía. 

 

La mudada que un día antes había comprado en una tienda de ropa usada, la tenía empapada de cloro del bote que en la caída se destapó. Así comenzó mi trabajo de sirvienta que ya lleva 15 años y que para nada fue temporal como yo imaginé. Una pelea conmigo misma por sentirme fracasada por limpiar baños en lugar de ejercer la profesión que tanto me costó. 

 

15 años insultándome, odiándome, denigrándome por limpiar baños, con una frustración y una cólera cada día más profundas, como agujas incrustadas en la yema de mis dedos, como grilletes en mis tobillos, como tijeras cortando mis alas y como mordaza silenciando la voz de mi espíritu. Marchitándome. 

 

15 años de sirvienta y negándome a mí  misma el trabajo que me daba de comer, renunciando a él todas las mañanas y todas las noches y a todas horas. 15 años menospreciándome por no haber podido realizar uno solo de mis sueños, aún habiendo  luchado por ellos con todas las fuerzas de mi ser. Un fracaso rotundo, la voz de la derrota, el rostro de la  decepción; eso era lo que veía en mí: un harapo viejo en un basurero. 

 

Esa hiel que brotaba de mis poros la fui plasmando (no sé cómo) en la escritura y lo único que podía expresar era esa cólera que había dentro de mí. Espinas lanzadas como dardos por doquier.  Y me fue agotando estar en guerra conmigo misma, y me fue cansando intentar e intentar lograr lo imposible que para mí era dejar de ser sirvienta. Y me herí, me odié, hice de la niña soñadora una mujer amargada y llena de hiel que su  frustración la inundaba. 

 

Mientras tanto mi escritura tomaba su propio camino, volaba lejos en esos horizontes que mis alas soñaban surcar, en esos caminos que  mis pies soñaban recorrer y  atravesaban fronteras que yo no podía y cantaban y danzaban con el viento en las llanuras. Y conocían lugares maravillosos que mis ojos no podían ver y que mis manos no podían tocar.  Y entonces quise volar como ellas y no pude y la frustración me hundió en amargura.  Sumada la realidad y la frustración del día a día limpiando baños. 

 

Y no porque denigre el trabajo de sirvienta, si no porque me esforcé tanto pos mis sueños que  no aceptaba que con tanto esfuerzo de por medio y tanto amor  no los pudiera realizar.

 

Y me negué a aceptar que era escritora y poeta y renuncié a mi escritura una y otra vez. Y me miraba al espejo y gritaba que era una fracasada que de poeta no tenía nada, que era solo un lastre tratando de sobrevivir en un mundo que no comprende y que lo daña. Y me negué a escucharlas e intenté arrancarlas de mis poros y las insulté, renegué de ellas tantas veces que me cansé de hacerlo y ellas siempre volvían a mí: dulces, tiernas, comprensivas, pacientes. 

 

Un día de marzo colapsé y renuncié a todo y me inundó el silencio. No fue ningún arranque, no fue ningún pataleo, vino de lo más profundo de mi alma, vino de las fibras más íntimas de mi ser, solté todo y guardé silencio. 

 

En ese silencio que pensé que viviría el ojo de la tormenta  sucedió lo contrario: aterricé. Sin buscarlo, sin pensarlo, sin intentarlo solamente solté la soga, los dardos, las espinas, los grilletes en mis tobillos y la mordaza.  Y acepté que soy sirvienta, que limpio baños y que también soy escritora y poeta. Que soy muchas cosas, que soy tan sola una caminante que se va encontrando en la vereda con diferentes circunstancias de vida que tiene que ir sorteando en la sobrevivencia, como cualquier ser humano que es ante la inmensidad del tiempo  y del universo tan solo una pequeña partícula. 

 

Y he aceptado también que en la inmensa sabiduría de la vida, los sueños  que yo creí que eran para mí, no lo eran y que ella en su infinita bondad me ha llevado por caminos que sabe que puedo transitar. Y estoy aquí permitiéndome vivir la alegría  y la felicidad de las caricias de mis letras que cada día viajan más lejos de mí. 

 

Y sí, soy sirvienta, escritora y poeta, entre otras muchas cosas que hacen de mí la persona que soy que sin duda día con día irá formándose.  

 

Me siento bien sin escribir todos los días y no escribiré por obligación de ningún tipo,  porque la expresión del alma no se obliga, escribiré solo y cuando mi espíritu lo desee.  

 

Y aquí estoy, intentando dejar de odiarme, de sentirme fracasada, de aceptarme, de  aceptar lo que la vida tiene para mí, que es mi lucha del día a día. 

 

Gracias por estar, mis amores.

 

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Ilka Oliva Corado.  @ilkaolivacorado

05 de mayo de 2018, Estados Unidos. 

 

 

2 comentarios

  1. Dennis Orlando Escobar Galicia

    Me alegro sobremanera que retome la pluma. es necesaria su palabra. Eso me motivará a escribir con más frecuencia y a salir de este tunel.

    Saludos

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