Don Chuz

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El 14 de noviembre de 1987 llenamos un camión de fletes con nuestros cachivaches y agarramos camino hacia Ciudad Peronia, allá nos esperaba nuestra primera casa propia y la única que tuvimos. Nos despedimos de la vecindad donde alquilamos cuando nos convertimos en migrantes internos, -como muchos mis papás emigraron de un pueblo a la capital- y con un mundo de ilusiones a nuestros pies partimos hacia el sueño hecho realidad.

En ese entonces el clan Oliva Corado lo conformábamos cuatro, mis papás, mi hermana mayor y yo, mi hermano venía en camino y al año llegó mi la cume; eran los últimos meses de gestación de mi mamá, que la recuerdo patente llegando a Peronia, con aquella gran panza que le doblaba la espalda.

En aquellos años Ciudad Peronia esa un tierrero que se levantaba con los vendavales de fin de año: las calles sin adoquinar, no había agua potable ni luz eléctrica, no habían camionetas, ni mercado, ni escuelas y tampoco existía el Centro de Salud. Por allá a lo lejos entre el zacatal se divisaban tractores trabajando, marcando la tierra para hacer los lotes. Al otro lado la aldea, el verde botella de las montañas de San Lucas Sacatepéqueza y más allá, entre la lejanía de las nubes el volcán de Agua. Caminando entre los barrancos al lado derecho, yendo de Peronia para la aldea el Calvario, la majestuosidad del volcán de Pacaya.

Solo habían dos familias, la de doña Concha con sus hijas y la de doña Irma y don Chuz con su hija Lupita. Fuimos la tercer familia en llegar a lo que hoy es uno de los arrabales más poblados de la capital guatemalteca.

La casa que era un solo cuarto, con piso de talpetate, tres puertas y una ventana, la había ayudado a construir tío Lilo, mi abuelo materno que viajó desde Comapa para irse a cuidar el material mientras el albañil construía la casa. El techo de lámina, lámina nueva que mi hermana y yo jamás habíamos visto pues vivíamos en una vecindad en las cercanías del mercado La Terminal, donde lo que abunda es el hambre, entre lepas, trapos podridos y láminas oxidadas.

En lo que ahora es el mercado, se ponían a vender comida para los tractoristas y para los dos pilotos de los dos microbuses que servían de transporte entre la Calzada Aguilar Batres (por el lado de Galerías del Sur) y Ciudad Peronia. Allá nos mandó mi mamá a conseguir cajas de cartón para tapar la ventana y las puertas. Descargamos el camión de fletes y comenzamos a echar punta sin parar, hasta el día que el sueño se derrumbó y mis propios papás se deshicieron de nuestro único hogar y al que yo sigo considerando mi nido, el único que he tenido en la vida.

El tiempo comenzó a transcurrir y Ciudad Peronia se fue poblando, llegaron muchas familias a invadir lotes, llegaban del occidente del país y de los arrabales capitalinos, en poco tiempo se pobló. Se construyó el mercado, la escuela, el Centro de Salud, hicieron la bomba de agua, llegó la luz eléctrica, cementaron las calles, y comenzaron a colocar las tuberías para las aguas negras. También junto al mercado la parada de buses y los empresarios que apuntaban en el listado de la junta directiva la cantidad de buses que ponían a disposición del arrabal que es mi sangre, mi alma y expresión. Mi gran amor.

Construyeron la capilla católica y doña Concha, doña Irma y don Chuz, junto a doña Lucy, que había llegado con su familia poco tiempo después de nosotros, se convirtieron en las voces del coro, en la ayuda del padre Pedro y en los creadores del primer grupo carismático de Ciudad Peronia.

La calle Éufrates como las otras se fue poblando poco a poco, y yo era la única niña que se agarraba a trompadas con los patojos para que la dejaran jugar fútbol, la única que andaba en la calle como vagabunda, como una demente, saltando charcos y devanándose en los barrancos, revolcándose en los zacatales de la arada mientras pastoreaba su cabras y sus marranos.

Don Chuz por pura inercia, como por cosa natural de la carencia del arrabal se convirtió en el amigo, el entrenador, el papá de leche de todos los patojos despeltrados que crecimos en la década del 90 en la calle Éufrates. Los papás trabajaban y llegaban a deshoras, mi papá para esos años se convirtió en piloto de tráiler y comenzamos a verlos pocos días al mes.

Don Chuz trabajaba de piloto de un camión repartidor de Cerveza Gallo y llegaba a las 6 de la tarde a la colonia, hora en que al cuadra hervía de patojos jugando chamusca. Don Chuz llegaba, saludaba a su esposa y a su hija, se ponía pantaloneta y salía con la única pelota de fútbol que vimos en nuestra infancia. Nosotros jugábamos con pelotas que hacíamos de ropa vieja y la enrollábamos con maskin tape. Nunca rebotaba, por supuesto, pero salía medio redonda y con eso esa suficiente.

Don Chuz mandaba a prestar los guantes de boxeo a Abel Mula, amigo de la infancia de mi mamá, que por rarezas de la vida fue a dar a la misma colonia que ella y en la misma cuadra, solo mi mamá le decía Abel Mula, porque así le decían en el pueblo, el resto le decíamos don Edwin. Abel Mula tenía guantes de boxeo y cada vez que había indicios de batalla campal mientras jugábamos fútbol, don Chuz ofrecía los guantes a la primer pareja que quisiera romperse las narices. Yo nunca pude pelear con guantes, intenté pero preferí a puño limpio. Y me acostumbré porque no hubo día en el que no me reventara las narices con los patojos en las peleas callejeras.

Cuando los ánimos se calentaban nos ponía a hacer ejercicio hasta dejarnos exhaustos, casi sin habla. Después ofrecía los guantes de nuevo, ninguno levantaba las manos para tomarlos. Nos ponía a que nos diéramos un abrazo y nos mandaba a cada quién para su casa. Yo era la que vivía enfrente, solo me cruzaba la calle.

Don Chuz nunca se ideó hablarnos de Dios ni de cosas de la iglesia para quitarnos lo peleoneros, ahí en la calle era uno de nosotros, el mayor sí, andaba en sus 35 años por ahí y nosotros que no habíamos cumplido ni diez.

Don Chuz fue el único que estuvo con nosotros siempre, a veces con regularidad llegaba Abel Mula pero trabajaba de bombero y su horario variaba. Un día así de la nada nos llegó la adolescencia y con ella las drogas, el pegamento para perder la mente, el alcohol y el sexo. Y nos dimos a la calle, terminábamos cantando canciones de los Tigres del Norte en la cantina Las Galaxias, don Chuz nos iba a traer y nos sacaba a todos arrastrados. Ni en esos momentos nos habló de Dios, ni del infierno, ni de la nada.

Los sábados por la noche lo veíamos pasar con doña Irma y la Lupita iban para el grupo carismático, el domingo iban a misa. En esos momentos no había fútbol que lo sacara de su tiempo con Dios y con la iglesia, sabíamos que ese tiempo era sagrado. Tocaba guitarra pero tampoco nunca la sacó para enseñarnos alabanzas ni cosas de esas, más bien se molestaba como todos los vecinos cuando los pastores de la esquina, habían hecho de su casa una iglesia evangélica y sacaban las bocinas para evangelizar a toda la cuadra.

Pasaron los años y a don Chuz se le comenzó a blanquear en cabello, pero siempre estaba ahí al atardecer con la pelota para chamusquear. Nos hablaba de las consecuencias de las drogas y de tener relaciones sexuales sin protección. Pero nunca nos dijo que no lo hiciéramos. Nunca nos prohibió nada. Nunca nos juzgó. Nunca fue a echarnos de cabeza con nuestros papás. A mí nunca me cuidó de más por ser la única mujer del grupo, me trató como a todos y tampoco jamás me discriminó. Éramos todos para una y una para todos.

Me vio tantas veces ebria en mis adolescencia, que salía a la calle con su esposa a encontrarme y me daban menjujes para que se me pasara la borrachera y no llegara así a la casa. Pero eso sí, eran los primeros que me defendían cuando mi mamá me malmataba todos los días. Tenían el valor de tocar la puerta y pedir hablar con mi mamá. Había confianza pues en los primeros años de nuestra estadía en Peronia mis papás fueron muy católicos y participaban en todas las actividades de la iglesia.

Pero de nada servía, mi mamá me malmataba enfrente de cualquiera y no había poder humano que me la pudiera quitar de encima.

Un día nuestro hogar se deshizo y con él se derrumbó también un mundo de ilusiones, mis papás vendieron la casa sin avisarnos y ahí en la calle junto a los otros vecinos y mis amigos del alma, estaban doña Concha, Chuz y doña Irma a quienes les dolió tanto como a mi hermana mayor y a mí que mis papás hubieran decidido perder lo más por lo menos.

Los años pasaron y emigré, un día me enteré que la Lupita estaba estudiando magisterio de Educación Física,  y lloré mares, emocionada y orgullosa. Mi vida era otra y estaba a miles de kilómetros de distancia de mi gran amor y de mis afectos más íntimos. Sentí que parte de mí había florecido en ella, que parte de todas las aventuras de nuestra infancia en complicidad con su papá, habían retoñado en ella.

Hace unas semanas, una noche comencé a recibir llamadas telefónicas y mensajes en whatsApp desde Ciudad Peronia, era medio Ciudad Peronia avisándome de la muerte de don Chuz y dándome el pésame.

No he podido llorarlo, lo pienso y un sinfín de recuerdos dulces me pueblan, una sensación de sosiego, de abrigo y añoranza por aquellos años hermosos y por el privilegio que tuvimos de tenerlo a él como el hombre que sirvió de papá para todos los patojos despeltrados de la calle Éufrates.

Para: La Lupita, con amor.

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Ilka Oliva Corado @contactocronicasdeunainquilina.com @ilkaolivacorado

12 de diciembre de 2016. Estados Unidos.

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