Fidel, una Revolución de utopías

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Hemos tenido el privilegio generacional de haber conocido a un hombre que marcó la historia de América Latina y el mundo. Al estadista más brillante que pudo parir la Patria Grande. Al luchador incansable por la equidad, la igualdad social y la justicia. Hemos tenido el honor de haber conocido la integridad en palabra y acción, de un hombre que demostró con su propia vida, que la conciencia, los ideales y los principios ni se compran ni se venden. ¡Se defienden!

A un líder auténtico y natural. A un incansable defensor de los derechos humanos y de la libertad de los pueblos mancillados por la opresión y el oprobio. Hemos coincidido en la historia del tiempo, con un hombre leal, lúcido y consecuente. No hay palabras que alcancen a expresar ni en la poesía más hermosa, ni en el discurso más estudiado, la  trascendencia de un ser humano como Fidel.

La inmortalidad se la han ganado pocos en la historia de la humanidad, Fidel es uno de ellos. Deja un legado de amor, hermandad y consecuencia política y humana en los pueblos del mundo. Cualquiera que piense en Revolución, en cualquier lugar del mundo, debe tener como guía a Fidel y al pueblo cubano. Cualquiera que piense en rebelión tendrá que saber que el mismísimo Fidel Castro Ruz lo es. Es una rebelión inimitable en cada célula y en cada palabra. En cada acción. En cada anhelo y en la utopía vuelta realidad.

Hemos sido privilegiados al conocer a uno de los hombres más insignes de todos los tiempos. Nuestro deber es continuar con su legado. Nos deja una enorme lección de humanidad y humildad. De hermandad. De integridad, identidad y conciencia.

A Fidel no hay que llorarlo, debemos aprenderle y honrarlo. Celebrar y agradecer haber tenido a un hermano que pasó por la tierra dejando huellas imborrables en la dignidad de los pueblos. Honrarlo en nuestras luchas por los mismos ideales: un mundo justo, equitativo e igualitario. Libre.

Fidel no se va, se queda en la inmortalidad del tiempo, en los corazones y los anhelos de los pueblos que luchan por su libertad.

Fidel no se va, se ha vuelto poesía, viento, luz, se ha vuelto río, volcán, vereda. Se ha vuelto una Revolución eterna que ni la muerte podrá doblegar.

Puede escuchar el audio, aquí. 

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Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

26 de noviembre de 2016, Estados Unidos.

6 pensamientos en “Fidel, una Revolución de utopías

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  2. In Memoriam.

    Mi hermano Fidel

    “Los bienes materiales solos no hacen felicidad; la felicidad la hace mucho también el sentido de la justicia, la dignidad, la vergüenza del hombre, el respeto, el cariño de los demás, la fraternidad”. Fidel.

    Nadie lo sabe aún, es un secreto de familia. De ninguna manera es algo que haya que esconder, ni una perversión, ni nada de lo cual deba uno sentirse avergonzado; por el contrario, es un honor, una gloria, un orgullo que no cabe en el corazón.

    Tuve un hermano mayor. Se llamaba Fidel. Acababa de cumplir sus primeros noventa añitos. Yo hace rato había pasado por ahí, pero juro que él era mayor que yo. Para comenzar, él medía cerca de dos metros, todo el mundo lo conocía, y fue uno de los mayores personajes de la segunda mitad del Siglo XX y comienzos del XXI.

    Mi hermano Fidel fue bien conocido por la singularidad de su personalidad: esa barba desordenada que en lugar de hacerlo parecer un vagabundo le daba un aire de superioridad intelectual poco frecuente entre académicos; el uniforme verde oliva le confirió esa grandeza y esa majestad tan escasa entre oficiales de carrera, y que muy pocos jefes de Estado pueden exhibir. Ya no lo usaba, pero el habano complementaba esa facha ya de por sí, misteriosa y superior. Era dueño de una vastísima erudición y una profunda sabiduría que no cabe en cualquier enciclopedia, o cualquier ordenador, conformada por saberes y conocimientos fundamentados analítica y críticamente. Su acento, típico del Caribe, su charla, tan amena como la de un contador de historias, pero su bonhomía, su camaradería, su risa, y su humanidad fueron muy propias de él.

    Por sobre todo, mi Hermano Fidel siempre se preció de tener una conciencia prístina, una estatura moral indoblegable, una fortaleza humana recta y transparente, una claridad ideológica, y una convicción política como pocos en la historia de este pequeño Planeta.

    Era un muchacho aún cuando, alucinado, le apostó al porvenir. En asocio con unas decenas de muchachos tan románticos empedernidos como él, hizo una revolución, se enfrentaron a un imperio cien veces superior en tropas, recursos, tecnologías, capitales, y los derrotaron militarmente, políticamente, diplomáticamente, pero sobre todo, HUMANAMENTE.

    Sí, derrotaron a aquellos mentirosos que un día proclamaron que: “todos los hombres nacen y permanecen libres, y son iguales en dignidad”; que en nombre de ‘esos principios’ hicieron también una revolución, la primera en América, la primera en Occidente contra el absolutismo monárquico, y fundaron una República, la primera de los tiempos modernos. Pero fue tal su soberbia que no pudieron permitir que otros pueblos anhelasen ser libres, y pudiesen hacer sus propias revoluciones. Miserables.

    Fidel, y los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra tenían algo que el dinero y las armas no consiguen, tenían dignidad, hidalguía, sentido de Patria, amor a la humanidad. Su Isla era su mundo, y los cubanos raizales, los guajiros de a pie, sus hermanos, sus amigos, sus compañeros. No necesitaban más, lo tenían todo, el verde de la isla más hermosa del Caribe, el iridiscente agua marina de sus mares tropicales, y la caña, y el ron, y el son y la guaracha, y la alegría, y el calor, y la entereza, y la fe en sí mismos, y la esperanza en el porvenir.

    Mi hermano Fidel fue un hombre bueno que avizoró el futuro y esparció su semilla en una tierra fértil. Un hombre hecho de honestidad y firmeza, a quien la vida le exigió todo.

    A ella le entregó todo su corazón, toda su mente y toda su alma. Amó la vida, su pasión. Amó la tierra, su morada. Amó a los hombres, sus hermanos. Amó el trabajo, su sustento. Amó el amor, su familia y su alegría, su íntimo ser, con todas sus fuerzas, con el amor indecible que se tiene por las cosas bellas.

    Ha partido Fidel. Mi hermano se ha ido, porque es una ley inexorable de la naturaleza. Él estaba listo para el viaje.
    Ahora lo sabemos. Pleno de serenidad, se ha ido en busca de la luz, camino de la eternidad.

    Hoy no hay desesperanza, ni tristeza. Él ha adquirido un profundo sentido en nuestros corazones. Aunque se ha inmaterializado, se ha hecho más real en la veneración, el respeto y la añoranza que sentimos al pronunciar su nombre. Él es la esperanza, la fuerza y el orgullo de que seguiremos siendo rectos, caminando por la senda recta, hacia la Patria verdadera.

    Mi amigo, mi hermano, mi Viejo Fidel, un abrazo, un beso.

    DESCANSA EN PAZ, HERMANO FIDEL.

    GLORIA ETERNA, COMANDANTE FIDEL CASTRO RUZ.

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