Arroz con leche

Les voy a vender la casa y se van a quedar sin nada, comenzó a decirnos mi mamá en son de burla cuando se le metió a ella y a mi papá que querían comprar un tráiler, nada más y nada menos que con el dinero de la venta de la casita en Ciudad Peronia. ¿En qué cabeza cabe vender una casa para comprar un tráiler? Le decíamos mi hermana-mamá y yo, que éramos las mayores, mis hermanos aún no alcanzaban a entender la magnitud…

El terreno de esa casa lo engancharon mis papás pero las que pagamos las mensualidades fuimos mi hermana-mamá y yo con la venta de los helados. Trabajando de lunes de domingo, empezando los días a las 3 de la mañana y terminándolos a las 12 de la noche. Sin tiempo ni para sentarnos a comer. Comíamos paradas con una tortilla en la mano que si bien nos iba la embadurnábamos de mantequilla y sino con sal que era lo de siempre.

También vendíamos atol y pupusas de chicharrón, que nos tocaba cargar en las hieleras y agarrar camino en las montañas verde botella y atravesar 20 kilómetros para llegar a la finca La Fresera, a dejarlos fiados entre los jornaleros. Trabajábamos cortando fresa y también vendíamos. De regreso pasábamos a la finca La Aguacatera a comprar aguacates para revenderlos en la colonia.

Muchos años fuimos durante las tardes a vender helados, atoles y pupusas al destacamento militar que estaba en la aldea, solitas las dos con mi hermana atravesándonos la aldea y en medio de aquellos puños de soldados apuntando en un cuaderno lo que íbamos dejando fiado para cobrarlo a fin de mes. A veces nos acompañaba una amiga de mi hermana a la que le pagábamos.

Mi mamá se malmataba trabajando haciendo los helados para que los vendiéramos en la mañana antes de irnos a estudiar, y las pupusas y los atoles para cuando regresábamos de estudiar en la tarde e irlos a dejar al destacamento. Mi papá para esos años recién había cambiado de trabajo, de trabajar de guardia de seguridad y acompañarnos a dejar la venta a La Fresera, pasó a piloto de tráiler y de verlo un día sí y un día no pasamos a verlo dos o tres días al mes. En los años que trabajó de guardia de seguridad también agarraba su hielera y se iba a vender a la aldea, a la capital, a donde fuera.

Para esos años teníamos también venta de leña en la casa, y era nuestro trabajo apercharla, separar las astillas de las cáscaras, las rajas de los chiriviscos. Yo agarraba el hacha y también rajaba los leños más gruesos, con almágana y cuña aprendí a partir los troncos de encino que llegaban, con mi machete cuto (herencia de mi abuelo tío Lilo) partiendo los leños más delgados. Fueron años muy difíciles, pasamos hambre, dormíamos poco, todos trabajábamos como mulas.

Pero disfrutábamos tanto el poco tiempo libre y nuestra actividad familiar era ver televisión juntos, un solo programa o una película pero todos juntos. Mis papás se sentaban en las dos únicas sillas que teníamos y las cuatro crías nos tirábamos en el suelo de talpetate, empiernadas y el tiempo se detenía y éramos tan felices en esos instantes de convivencia.

Teníamos una muda de ropa, de lavar y poner. Y así crecimos. Con un par de zapatos donde se nos entraba en agua por la suela desgastada. Pero a los cumes no les faltaba nada, ellos tenían ropa y calzado, nunca les hizo falta su litro de leche de vaca que todos los días íbamos a traer a la aldea a las 4 la mañana. En eso desde pequeñas mi hermana-mamá y yo nos prometidos que en mis hermanos no se repetiría nuestra vida. Nunca se asomaron al mercado, no saben lo que es vender un helado o que se les entre el agua por la suela del zapato. Mucho menos crecer con una muda de ropa de lavar y poner. Ahora comprendo que fue un error tan grande el que cometimos.

 

La casa tenía ventana y puerta de cartón, le habíamos hecho un portón para el garaje porque todos soñábamos que un día tendríamos un carro familiar y que ahí lo íbamos a estacionar. Era un solo cajón, con una puerta enfrente, una ventana y el garaje, atrás otra puerta que daba al patio. En ese cajón vivimos tres familias, la nuestra, la de mi tía Aidé y la de mi tía Reina, hermanas de mi mamá que también se mudaron a Ciudad Peronia. Con el tiempo engancharon sus propios lotes.

A aquella casita le hicimos tapial de adobe, y también le hicimos un gallinero, un chiquero, y apartamos pedazo de sitio para las cabras, patos, conejos y coquechas. Para el loro y para los gallos de pelea de mi papá. Una pequeña parcela donde sembraba los vegetales y un jardín. Todo cabía dentro de los 7 metros de frente por los 12 de largo que tenía el sitio. Es el más grande de Ciudad Peronia.

Nunca tuvimos dinero para el portón del garaje así es que tocó taparlo con bloques, pero estaba ahí y se mantenía firme el sueño de comprar algún día el carro familiar. De haber cubierto la ventana y las puertas con pedazos de cartón pasamos a hacerlas de madera y a trancarlas como en mi natal Comapa.

Con el tiempo cambiamos el talpetate por piso, y a la ventana le pusimos vidrio y la puerta de adelante de metal. La del patio quedó de madera y con tranca, como una rememoración de los años de infancia de mi Nanoj en su natal Comapa en aquella casita de adobe que me vio nacer. Pasaron los años y echamos tapial de bloques a los lados y en la parte de atrás, también hicimos un cuarto afuera donde dormíamos mi hermana-mamá y yo; atrás habían quedado los años de cancel de tela y de dormir las cuatro crías en la cama de metal con la pata coja.

Hicimos un cuarto para el baño y la regadera, y cambiamos el anterior que tenía paredes de lepa. Hicimos un estanque para guardar el agua y agrandamos el polletón. Echamos banqueta enfrente y también hicimos un jardín más. La repellamos. Trabajo en el que tuve que ver directamente pues también trabajaba de ayudante de albañil y con cuchara y cernidor en mano le di el toque personal a aquella casita que sigue siendo en mi corazón el único nido que reconozco como propio.

Teníamos tantos sueños mi hermana-mamá y yo para esa casa. Mandar a hacer el portón y quitar los bloques del garaje, era un lujo demasiado caro para nuestros alcances pero al fin es esa la esencia de las quimeras.

Un buen día mi papá llegó con la bulla que su jefe que era dueño de flotillas de tráileres y contenedores le vendía un tráiler si él le juntaba lo del enganche. Fue así como decidieron vender la casa. Ni siquiera nos consultaron. Un día nos dijo mi mamá que la iba a vender y que comprarían el tráiler, nosotros nos negamos rotundamente. ¿Qué persona que tuviera dos dedos de frente iba a vender una casa por un tráiler?

Un día regresando de la escuela por la tarde, que había ido a tramitar mi papelería de recién graduada, toqué la puerta y nadie abrió. Pensé que habían salido mi mamá y mis hermanos. Mi papá y mi hermana-mamá andaban trabajando. A los pocos minutos llegó un vecino arrogante con aires de patrón, a él nos había dicho mi mamá que le iba a vender la casa, nunca pensamos que lo haría realidad.

Me enseñó las llaves de la casa y me dijo que me saliera de su propiedad, yo estaba parada en la banqueta. Me dijo que la casa mis papás se la había vendido hacía un mes y que ese día se había vencido la fecha que él les dio para que la desocuparan. Enfurecí tanto que me salté al tapial, a todo esto todos los vecinos estaban afuera observando la escena y los 16 hombres de mi vida llegaron inmediatamente a respaldarme, el nuevo dueño de la casa me insultaba y me decía que me iba a echar a la policía sino salía de su propiedad. Cada vez que me decía “su propiedad” yo enfurecía más. Busqué el machete y entré a la casa, ciertamente estaba vacía pero mi mamá le había regalado todo lo que estaba en el patio.

Mi cernidor que yo misma hice, mis herramientas de trabajo para laborar en la albañilería, las tablas con las que fundimos las columnas cuando hicimos los tapiales. Las macetas con las enredaderas que yo misma sembré, los hierros que sobraron y que no vendimos porque queríamos usarlos en los otros cuartos que queríamos construir con mi hermana. Lloraba con todas las fuerzas de mi ser y con esas mismas fuerzas gritaba improperios, las manos me temblaban y apretaba el machete.

Comencé a cortar de raíz las plantas, y el dueño de la casa corrió a empujarme y mis amigos del alma lo rodearon, todos adolescentes como yo y con la leche de la edad a flor de piel, con la misma cólera. Le puse el machete en el cuello y le dije que no se metiera porque con gusto le volaba el buche, mis amigos me agarraron. A lo lejos el nuevo dueño de la casa vio cómo corté de raíz lo que más amaba: mi parcela. Mi palo de limón, mis rosales, mis matas de tomate, mis apios, los gladiolos, todo, todo lo corté de raíz. La grama la arranqué con las manos.

A mis amigos y mis tías les regalé las tablas de las funciones, las varillas de hierro y las cosas que les podías servir. Deshice el gallinero y le quité las láminas del chiquero. Todo lo regalé. Los vecinos lloraban, mis tías lloraban, mis amigos lloraban, sabían el inmenso dolor que estaba sintiendo. Cuando terminé y las fuerzas no me dieron más para moler a machetazos las plantas, le dije al nuevo dueño; ahí está su casa, pero mi jardín es mío. Mis papás habían decidido deshacer nuestro nido. Esa traición no la pude superar durante muchos años. Me martirizaba.

En un papel mi mamá dejó apuntaba la dirección de la nueva casa, y me fui a buscarla. Mi pobre hermana-mamá también como yo regresando del trabajo tocó la puerta y no había nadie, a ella le tocó ver todo destrozado como yo lo había dejado.

A partir de ese día yo dejé de hablar con mis papás, mi comunicación con ellos nunca volvió a ser igual. Me ensimismé aún más. Tenía una cólera con la que no podía. Engancharon el tráiler, lo hicieron camión y comenzaron una de las tantas aventuras que han tenido en su afán de empresarios. A partir de ahí mi hermana y yo nos echamos encima el alquiler de la casa y la manutención de mis hermanos, tal y como lo habíamos hecho desde niñas. Ahora no vendiendo helados sino recién graduadas de diversificado.

Con el tráiler entonces eran los dos los que se iban durante semanas, las mayores tuvimos que profundizar el papel de mamá y papá. Mi hermana el de mamá y yo el de papá. Aún así la que siempre se sacrificó más económicamente, en tiempo y entrega fue mi hermana-mamá.

Mis hermanos superaron pronto lo de la venta de la casa, yo no pude. Era mi nido, tanto sacrificio, tanto amor ahí. Mis montañas verde botella. El tapial de adobe. Mis cabritas. Mi arrabal. Todo quitado de tajo.

Algo sucedió muy dentro de mí que nunca volví a sembrar, y aborrecí las plantas, jamás volví a cocinar la comida que me gustaba. Me prometí que recuperaría esa casa a como diera lugar y cuando emigré fueron tantas las veces que llamé para preguntarle a la dueña el precio, cada vez lo subía más. Sabía de mi amor por mi nido que se aprovechaba de eso. Año tras año yo hacía cuentas, buscaba más trabajos, todo para ahorrar y recuperarla. Un buen día la dejé ir, finalmente la dejé ir. No tenía el dinero y sabía que nunca lo iba a tener aunque trabajara como lo estaba haciendo. La lloré tanto, me dolió tanto pero la dejé ir.

Dejé de contestar las llamadas que me hacía la nueva dueña proponiéndome precios. Y cuando finalmente la dejé ir comencé a sembrar, en Estados Unidos, en el balcón de mi apartamento rentado. Mi hermana que nunca fue de plantas, -en la casa las que sembrábamos éramos mi Nanoj y yo- sembraba todas las primaveras en pequeños tiestos, me invitaba a hacerlo y yo lo que hacía era irme para no verla sembrar.

Una primavera hace tres o cuatro años, le dije que me acompañara a comprar plantas para sembrar en la parcela (parcela le llamo a cualquier lugar o tiesto donde pueda sembrar una planta) ella no lo podía creer, me abrazó tan fuerte y lloramos juntas. Nos pasamos todo el día sembrando flores y hortalizas. Habían pasado más de 13 años de la vez que corté de raíz mi jardín en Ciudad Peronia.

Para finales de invierno  de este año me fui al supermercado y compré arroz y leche. Mientras lo hacía volví a ser niña, corrí entre los zacatales de la arada, aticé el fuego en el polletón, arrullé a mis hermanos bebés, jugué cincos y trompo con los 16 hombres de mi vida. Y sonreí recordando las tardes en familia viendo televisión. Lloré de alegría.

Cuando mi hermana llegó del trabajo el apartamento olía a arroz con leche, se le salieron las lágrimas de la emoción. ¿Qué levante la mano quién quiere arroz con leche? Pregunté. Mi hermana levantó la mano inmediatamente. ¿Arroz con leche? Preguntó, desconcertada. Sí, ¡arroz con leche!

Después de 18 años sin cocinar, hice uno de los manjares que tanto disfrutamos en nuestra infancia. Pasé cocinando arroz con leche tres semanas seguidas. Y volví a sentir en mi paladar la dulzura de los momentos felices que vivimos en familia y el calor de aquella casita que sigue siendo el único nido que reconozco como propio. Una casita con parcela, corredor y polletón ha sido el sueño de mi vida, para sembrar un palo de limón, gladiolos, milpa, frijol y girasoles. No sé si algún día lo haga realidad, mientras tanto escribo en esta mi parcela que es Crónicas de una inquilina, que es como sembrar en tierra fértil.

Si usted va a compartir este texto en otro portal o red social, por favor colocar la fuente de información URL: https://cronicasdeunainquilina.com/2016/06/05/arroz-con-leche/

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

05 de junio de 2016.

Estados Unidos.

5 pensamientos en “Arroz con leche

  1. Me sacaste las lágrimas con este artículo, y me disfruté el arroz en leche que describiste. A vivir mi querida Ilka, que de eso se trata la vida. Dejar ir lo que nos puso tristes una vez, y abrazar aquello que nos hace felices ahora. Te quiero bella.

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