Guatemala en el corazón

Este texto lo llevo pensando meses y nunca me había sentado a escribirlo, le huía y ponía pretextos para no enfrentarlo. Escribir de Guatemala siempre ha sido muy difícil, entro en un conflicto de emociones, recuerdos y razones que me desgastan. Mantener el equilibro me es imposible. Escribir de Guatemala es adentrarme en laberintos oscuros, en una especie de aislamiento gélido, en una guerra sin tregua de la cual siempre salgo mal herida y me cuesta reponerme.

Amo profundamente a mi país aunque siempre fui una extranjera en mi propio nido, lo entiendo ahora que estoy fuera; que no soy extrajera fuera de sus fronteras que lo fui dentro de ellas. Que nunca pertenecí a esa tierra que tanto amo. Lo acepto después de haber llorado mi cólera, mi desilusión y mi frustración: mi propio abandono. Después de haber llorado la agonía de la diáspora y el sinsabor de estar lejos.

Dentro de Guatemala me sentía encarcelada, con mis alas rotas, fatigada. Agonizante y en una irreversible decadencia. Situación compleja, porque en Estados Unidos vivo sin documentos expuesta a una deportación en cualquier instante, sin embargo no me aflige, no me quita el sueño, soy ave de paso y mi permanencia en este país tiene fecha de caducidad: lo siento en el alma, en la certeza, en mi respiración.

Y me enviarán precisamente a Guatemala, a ese país donde me sentí intrusa y que me discriminó y me arrancó la piel a tirones hasta dejarme en carne viva. Que me trató como   inmundicia. Aún no me repongo, mi lucha es arrancarme de los sesos y del corazón esa afrenta y continuar libre de ataduras, que piense en Guatemala y no me duela, y no enfurezca y no me condene por un pasado que ya se esfumó. Curar la herida. ¿Cómo curar la herida?

Aún así en esta situación migratoria de un limbo sin tiempo, he encontrado mi propia realización en mi caos. Aquí en esta tierra de nadie, aquí en esta intemperie sin pie de apoyo, sin techo, sin guía. En esta burbuja que creé para mi protección. En esta soledad que he construido palmo a palmo y que se ha convertido en una fortaleza donde puedo ser y donde mi manifiesto es mi existir. Donde me respiro, me siento, me puedo ver. Nunca fui más invisible que en mi propio país de origen. Por esa razón me ha constado tanto aceptar la luz que me dan las letras, renuncio a ella automáticamente, inconscientemente mi resistencia está en alerta y en muchas ocasiones me traiciona, lo mismo que mi carácter. Tiene forma de arrogancia a veces, pero es solo cuidar mi espacio, mi identidad, mi nido.

En instantes de lucidez he analizado renunciar a escribir de Guatemala, por mi salud mental (¿cuál?) y porque es lo más fácil y cómodo: ignorar. Pero es algo que nunca haré, lo sabe mi caos y mi razón de ser. Lo sabe mi poesía, mi agonía, lo saben mis laberintos. Existe un cordón umbilical, una cólera de clase, una rebeldía propia de la alcantarilla, que no merma; que en cambio se afianza con los años. Un cuestionamiento constante que nace desde la exclusión, del racismo y de la afrenta recibida. A mi derecho a cuestionar no voy a renunciar nunca: a cuestionar el sistema, el racismo, la misoginia, el patriarcado, el abuso, la indiferencia, la homofobia, la afrenta y el olvido.

¿Por qué?, porque amo profundamente a Guatemala. Porque a pesar de mi sensación agridulce al pensarla y aunque sean más los recuerdos amargos que los dulces, está esa infancia marginada que pide a gritos una oportunidad para una vida integral. Por eso no cambio el tono, no me interesa hacer de mi letra una obra de arte que agrade y que enamore, mi letra lleva la esencia de la periferia y arde en llamas y escupe el caos existencial de quienes son excluidos y agraviados por el sistema y la sociedad.

No hay odio en mi expresión, lo que lleva es la vena de la alcantarilla: he ahí su fuerza y su osadía. Su irreverencia. Si algún día vuelvo a mi país natal en cuerpo es lo de menos, retorno en mi expresión que es y será siempre una reverencia a mi Alma Mater: el mercado. A mi gran amor: Ciudad Peronia; y a mi natal Comapa, dulce miel de cerezos en mi vida.

Ilka Oliva Corado.

05 de mayo de 2016.

Estados Unidos.

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